lunes, agosto 25, 2003

HAROLDO CONTI
"Hay cierta clase de escritores que después de leerlos uno quisiera llamarlos por teléfono; hay otra clase de escritores a la que mejor no conocer: son la mayoría". La clasificación es de Abelardo Castillo. Si hay alguien que indiscutiblemente está dentro del primer grupo ese es Haroldo Conti.
Pertenece a una generación de escritores nacidos entre los años 20 y 40 que cambiaron la literatura argentina. La mayoría de ellos provenía de las provincias.
Haroldo Conti era la contracara del escritor intelectual, dec¡a: "Soy escritor nada más que cuando escribo, el resto del tiempo me pierdo entre la gente". Y de eso dan fe todos sus amigos desde los más variados ámbitos en los que se movía. Fue seminarista, profesor, marinero, cineasta, aviador y periodista. Sus pasiones fueron sobre todo la escritura, la libertad y la gente.
El delta era su paraíso, tanto que se fue a vivir a las islas, donde era uno más, con los viejos pescadores y nutrieros. Allí se armó su bote en forma artesanal y salía a navegar por ese mundo de agua y verde. Un día un aviso en el diario juntó a cinco desconocidos para una expedición a Río de Janeiro. Querían libertad, Conti era uno de los tripulantes. La aventura terminó en naufragio en el balneario Las Palomas, en la costa Uruguaya. Aprovechó para hacer amigos entre los marineros y vagabundos; y por supuesto pescar. Desde ese momento Las Palomas se convirtió en el lugar obligado de veraneo durante muchos años.
Otra expedición memorable fue la de las aletas de tiburón. Cuenta Aníbal Ford que Haroldo supo que a los japoneses les gustaba mucho una comida con aletas de tiburón, inmediatamente se dedicó a recorrer todos los balnearios de la provincia para acopiar aletas, enfardarlas y hacerse rico. Por supuesto que el viaje duró demasiado, y el proyecto de negocio se diluyó entre pesca, asados, amigos y la ruta.
Si algo lo caracterizaba era el estar siempre en movimiento. Los viajes eran para conocer nuevas geografías, pero sobre todo para estar en contacto con la gente. De esos periplos Conti aparecía con diversos objetos que acumulaba en su departamento de Buenos Aires, en el que había hasta una enorme costilla de ballena.
Cuba es el viaje que cambia su literatura y su vida. Desde ese momento aquélla se vuelve más "americana" en sus temas. Y comienza una militancia política mucho más comprometida con lo social; "ser revolucionario es una forma de vida, no una forma de escribir", confiesa
Escribió algunos de los mejores cuentos de la literatura argentina. En su escritura trató de aunar la literatura y la vida. Muchos de sus amigos, los ambientes, la gente que frecuentó están en su obra
Es curiosa la contradicción de un hombre que amaba viajar. Justo en el momento que más necesitaba irse se quedó, pese a las advertencias de tantos amigos. El 5 de mayo de 1976, en Buenos Aires, Haroldo Conti fue secuestrado. El resto es un final abierto o cerrado, depende, pero final al fin.


lunes, agosto 18, 2003

LOS SUICIDAS II

"Morir es un arte, como todo./Yo lo hago excepcionalmente bien...", con esos versos Silvia Plath dejaba claro la seducción que la muerte ejercía sobre ella. La vida de Silvia Plath marcó siempre el contraste de una plenitud externa y una desolación interior. La hipersensibilidad y su extremada fragilidad eran una combinación letal para la vida. Una noche de 1963, mientras sus hijos dormían, introdujo su cabeza en el horno de su cocina y abrió el gas; terminó así una obra de una belleza trágica inusual que había construido durante 31 años.
Si hubo un escritor que entendía que la vida era pura acción ese fue Ernest Hemingway, el autor de "El viejo y el mar". Amante de las fiestas, corresponsal de guerra, aficionado como pocos a la caza y a la pesca. Dueño de una prosa que hizo escuela y de historias que demuestran que el hombre puede ser derrotado, pero no destruido.
Ése hombre vital, sin embargo terminó repitiendo una historia familiar. En su vejez el destino no le fue pródigo Tenía trastornos nerviosos, problemas en la vista que amenazaban con dejarlo ciego, y ya no era capaz de escribir. Los estados paranoicos eran cada vez más intensos, y al parecer los electroshocks terminaron por minar aquella luminosa inteligencia. En la madrugada del día 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway abandonó el dormitorio de su casa en Idaho y se disparó un tiro de escopeta en la cabeza, cerraba así el círculo que había comenzado décadas atrás su padre.
Yukio Mishima era dueño de una personalidad extraña, delirante. Soñaba con el Japón imperial de guerreros invencibles; sin embargo le tocó presenciar la derrota nipona en la Segunda Guerra Mundial.
Mishima escribió obras memorables como "Confesiones de una máscara", formó una extraña organización paramilitar que reivindicaba las ancestrales tradiciones guerreras japonesas. Se dio el lujo de tomar por asalto un cuartel del ejército, arengar a las tropas y luego se suicidó haciéndose el harakiri. Tenía 45 años y un exagerado destino trágico casi emparentado con el patetismo.
Uno de los pocos escritores que narró cabalmente el mundo quechua, su marginación, su explotación fue el peruano José María Arguedas. La depresión lo acompañó siempre alternándose con ciclos de creación, en los que escribió obras magníficas, como "Todas las sangres". Bregó por una sociedad peruana más justa, porque se entendiera al indio y se lo integrara definitivamente. Sin embargo, la lucha terminó el 28 de noviembre de 69, un tiro en la sien puso punto final al escritor que mejor entendió el mundo indígena del Perú.
La sátira, el sarcasmo, la violencia, la soledad son algunas características de la obra del escritor polaco Jerzy Kosinski, autor de "Desde el jardín" y del guión de la película que le dio fama mundial.
Kosinski no pudo nunca reconciliarse con la humanidad después de padecer durante su infancia los horrores del nazismo y luego la dominación soviética. Miembro de una extraña sociedad secreta que perfeccionaba "técnicas del bien morir", terminó graduándose en 1991 cuando introdujo, mientras se bañaba, una bolsa de plástico en su cabeza.

nestorio_62@yahoo.com.ar

martes, agosto 12, 2003

LOS SUICIDAS

"El único verdadero problema filosófico es por qué no me mato". Así, con la desnudez brutal que caracterizaba a sus frases, Albert Camus, el autor de "El extranjero" resumía su principal preocupación. Una lucha constante por dotar de sentido al mundo, y así evitar la tentación de un final precipitado.
La cita de Camus es algo que ponemos en práctica todos los días aunque lo hagamos en forma inconsciente. La madre de todas la s decisiones es esa, la disyuntiva de permanecer o no en la vida. Todas las demás elecciones están subordinadas a esta soberana determinación.
El suicidio ha llamado siempre la atención, ha suscitado un sin número de especulaciones sobre el porqué las personas lo hacen. Las causas pueden ser muchas y ninguna, y provoca en la mayoría de la gente desconcierto.
En el caso de los escritores suicidas, al contrario de lo que sucede con algunos músicos que la muerte "los mejora"; en la mayoría de los casos sus obras permanecen no por el destino del autor sino por su calidad literaria.
Cuatro son los grandes nombres de escritores suicidas ilustres en la literatura argentina, afortunadamente ninguno ha hecho milagros ni tiene un santuario. Los cuatro nos legaron como verdadero milagro sus obras.
Horacio Quiroga, el autor de "Cuentos de la Selva" fue un hombre signado por la tragedia. Decidió poner fin a su vida antes que el cáncer se adueñara de su voluntad. En una calurosa noche de febrero de 1937 salió del hospital, compró cianuro y Whisky y decidió visitar a la compañera de muchos de sus cuentos para "volver a ser parte primigenia de la naturaleza"
El otro, recorrió en tren por última vez el trayecto Buenos Aires-Tigre, luego abordó una lancha hasta un hotel en las islas del delta, se encerró en una habitación, bebió también cianuro y murió exactamente un año después que su amigo Quiroga. Sucumbió a "esos dogos ilusos" que vivían en su interior y que un día lo asaltaron para siempre. Al otro día nadie daba crédito a la noticia de que Leopoldo Lugones había terminado con su vida.
En octubre de 1938, una mujer poeta a la que le dolía la vida, resolvió encarnar aquello que había anunciado en su escritura; y en la madrugada del 25, Alfonsina Storni caminó hacia el mar para dormirse definitivamente y terminar la lucha contra el mundo y la enfermedad.
Pasaron 34 años para que otra poeta, dueña de una lucidez excesiva y un dolor infinito, ingiriera un frasco con pastillas que eran el pasaporte que utilizó Alejandra Pizarnik para derrotar la honda y lacerante soledad que las palabras habían provocado.
Es curioso, todos decidieron morir en la noche, que es la amiga del sueño, que es el hermano de la muerte. Lugones se fue con su secreto; Quiroga y Alfonsina, orgullosos como eran, decidieron tener la total soberanía sobre sus vidas. Pizarnik compredió que las palabras pueden ser ese infierno tan temido y huyó buscando un paraíso. .

nestorio_62@yahoo.com.ar

miércoles, agosto 06, 2003

PEONES GOLONDRINA II

La lectura es una tarea de recolección, una cosecha que hacemos los lectores de libro en libro, como esos peones "golondrina" de cosecha en cosecha.
En los tiempos que corren, frase hoy más acertada que nunca, es difícil dedicar un tiempo para la lectura. La mayoría de los no lectores enarbola la coartada perfecta: " a mí me gusta leer, pero tengo tan poco tiempo..." Sin saber que aquellos que tenemos el virus lector leemos en los lugares más inverosímiles o en los trabajos más agitados.
"Que otros se jacten de los libros que han escrito, yo me jacto de los que he leído", decía Borges, y uno que no le cree muchas de sus "modestias", está seguro de que es así. Además pocos escritores han reflejado su pasión por la lectura en su obra como lo ha hecho Borges. Alguna vez también manifestó que el peor inconveniente de su ceguera, era no poder leer.
La historia de las letras está llena de ejemplos ilustres. Cervantes declara que leía hasta los papeles tirados en las calles. Quevedo se hacía servir la comida en su mesa de trabajo, allí junto a su plato colocaba un atril con un libro y mientras comía, leía; tanto era el gusto y la sed de saber que no se permitía perder tiempo.
Si es por sed de saber, pocos lectores han tenido conocimientos tan enciclopédicos como Leopoldo Lugones. Cuentan que una vez, siendo inspector nacional de escuelas, llegó a una de ellas y había faltado un profesor, Lugones pidió el programa de la materia y dio una clase por más de dos horas sobre minerales, ante el asombro del director, que luego confesó que "esa bestia sabía más de minerales que dos geólogos juntos".
Pero volvamos a la literatura. Un lector insaciable y obsesivo, fue Tomasi de Lampedusa. El autor de "El gatopardo" repetía todos las mañanas un ritual que era quedarse horas leyendo en algún café, abstraído del mundo, luego hacer las compras que incluía, además de alimentos, los infaltables libros que poblarían sus horas. Su biblioteca era impresionante, su ritmo de lectura también. Es cierto que era noble, es cierto que no necesitaba trabajar, pero sólo una pasión por la lectura puede llevarnos a obrar de esa manera.
La tarea de escribir es siempre una tarea incompleta, un oficio a medias. Para que una obra deje de ser una cosa más entre las cosas necesita del lector. La obra literaria se convierte en tal cuando un lector la recrea, y entonces ese mundo de papel se transforma en vida.
La lectura del "Werther" de Goethe provocó, poco después de su publicación, una serie de suicidios que inquietaron a las autoridades y al propio autor. Dolly, la esposa de Onetti, cuenta que cuando su marido terminó de leer "El perseguidor" de Cortázar, su reacción fue pegarle una piña tremenda al espejo del baño que terminó pulverizado.
Leer es eso, convocar el misterio de unos signos anclados en una página blanca, para que naveguen por nosotros.

martes, agosto 05, 2003


ESCRITURA=ESPERMATOZOIDES II
Escribir es una situación espermatozódica, en ella se abortan las posibilidades de que algunas palabras vean la luz, en detrimento de otras.
El primer paso de quien frecuenta la escritura con tentación literaria, es tomar consciencia de esa situación.
Esto es algo que no sucede en la adolescencia. No hay sensación más plena de sentirse escritor que allá por los 15 o 16 años. En esa edad decirle a un chico o una chica que su escrito está bien pero que hay que corregirle; supone generalmente una mirada de estupor, seguida de decepción ya que uno le encuentra fallas a algo que está perfecto.
Una anécdota sobre esta "inconsciencia lingüística" la cuenta Abelardo Castillo, autor de "Las otras puertas", y quizás uno de nuestros mayores escritores. Relata Castillo que a los diecisiete años había escrito un cuento que él suponía perfecto y fue a leérselo a un intelectual un tanto excéntrico. El cuento comenzaba "Por el sendero venía avanzando el viejecillo". Bosio Arnaes, que así se llamaba este intelectual pueblerino, lo interrumpió y le preguntó: ¿ por qué ' sendero' y no 'camino'? ¿por qué 'avanzando' y no 'caminando'? ¿por qué 'el' viejecillo y no 'un' viejecillo? ¿y por qué en vez de 'viejecillo', no puso 'viejito', 'viejo' o 'anciano'? ¿Por qué no había escrito "El viejecillo venía avanzando por el sendero" que es el orden lógico de la frase? Todas estas preguntas cayeron como verdaderas cataratas de rocas sobre el joven Castillo, que sólo atinó a responder: "ese es mi estilo, señor". Y Bosio Arnaes terminó su paliza diciéndole: "antes de tener estilo, hay que saber escribir".
Tarea por demás ardua la de saber escribir, que no es otra cosa que cierta clara consciencia de usar la palabra justa en la situación justa. Por eso, en el fondo todo escritor tiene algo de cabalista; se ejercita en sus obras para encontrar en algún momento, las palabras que revelarán el misterio de una frase, de un verso perdurable.
Hoy causa gracia saber que a veces cierta crítica miope, en nombre del "escribir bien" institucionalizaba a algunos escritores y descalificaba a otros. En las primeras décadas del siglo XX, Manuel Gálvez era el novelista aclamado por los círculos literarios; hoy nadie lo lee, salvo algún profesor de literatura encarcelado que haya optado por leer "La maestra normal" en vez de purgar sus diez años de trabajos forzados en Alcatraz.
Por la misma época que Gálvez, Roberto Arlt era considerado un escritor que "escribía mal"; sin darse cuenta que aquello que Arlt quería decir, sólo era posible mediante esa escritura vertiginosa, cuya influencia llega hasta los narradores actuales.
A veces se me figura que los escritores son como los encantadores de serpientes; saben que las palabras dormidas, sibilantes y peligrosas pueden no moverse o bien picarlos e inmovilizarlos para siempre: Pero también saben que si logran arrancar los sonidos mágicos de esa flauta, las palabras despertarán, se contornearán, bailarán al son de su música y seguirán bailando cada vez que el encantador de serpientes-escritor decida convocarlas, para disfrute de todos los que abrimos un libro.


ESCRITURA=ESPERMATOZOIDE
La escritura es la herramienta de todos aquellos que pretenden hacer literatura. Desde los juglares hasta hoy, la única creación oral importante son los cuentos verdes; siempre y cuando no consideremos a los chismes como una nueva especie literaria oral.
Escribir es elegir, es una condición de posibilidad en la que damos al papel una forma y abortamos muchas. Es una situación espermatozódica. Las cartas que jugamos o que nos guardamos, la baraja, es la lengua.
Y si seguimos con la imagen "timbera", hay algunos que con unas 50 cartas se las arreglan para andar por el mundo; y si no pregúntenles a los chicos de Gran Hermano, que además de las palabras "obvio" y "boludo", de vez en cuando usan otras. Pero para escribir literatura hay que atesorar más de 50 cartas, hay que tener un diccionario un poco más completo. Claro que tampoco se debe caer en la pedantería verbal, esa que Borges le reprochaba a Lugones, de que hay que escribir con todas las palabras de un idioma.
Con un equipaje interesante de palabras, el problema no se soluciona, hasta se complica; porque es necesario elegir entre varios términos y de paso ordenarlos de una determinada manera, la bendita sintaxis. Cuando hemos logrado un resultado que nos deja más o menos conformes, viene la pregunta final y fatal: ¿esta frase, dice lo que yo quería decir?. Nueva complicación y dos caminos: o abandono y me dedico a la pintura (después de todo en el jardín de infantes los pinitos me salían lindos); o persisto sabiendo de los esfuerzos y complejidades que me esperan.
Si perseveramos y para ayudarnos a ir encontrando las palabras y las frases, suelen estar los talleres literarios. Muchos escritores han pasado por ellos, otros han coordinado talleres. Hay ejemplos famosos como el de Rulfo, el de Pedro Orgambide, el de José Donoso. El chileno 'Pepe' Donoso, hombre de "pocas pulgas" expulsaba violentamente a sus alumnos del taller si no habían leído a Dostoievski. "¿Para qué vienen?, para escribir, primero lean..." y les cerraba la puerta.
Lectura y escritura son dos actos inseparables. En muchos casos son nuestros gustos literarios, determinados autores, temas, etc., los que condicionan la escritura. No se puede pensar en la obra de Onetti sin Faulkner, ni en parte de la poética de Rubén Darío sin los parnasianos y simbolistas franceses.
En el acto de escribir dos son las posiciones extremas. Están aquellos que corrigen sin descanso, palabra a palabra, frase a frase, con un rigor obsesivo como Flaubert, el autor de "Madame Bovary". Están también aquellos que escriben y no corrigen prácticamente nada, se dice que Cervantes escribía de esta manera. En la actualidad, César Aira, el autor de "La liebre" manifiesta que publica sin corregir. Por supuesto que la gran mayoría de los escritores adopta una posición intermedia, se corrige pero sin llegar a la obsesión.
En fin, corregir o no corregir no garantiza la calidad de la obra literaria, lamentablemente hacen falta otras cosas. Se dice que Stendhal necesitó sólo 50 días para escribir "Rojo y Negro" y que Tolstoi escribió siete veces "La Guerra y la Paz". El problema es que los Tolstoi y los Stendhal son una especie poco frecuente; como poco frecuente es el maldito talento que se necesita para comenzar a ser un buen escritor.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...