lunes, marzo 29, 2004

EPITAFIOS II
Este amanuense no sale de su asombro. Son muchos, por lo que veo, quienes gustan de los epitafios, no digo al punto de coleccionarlos, pero mucha gente recuerda algunos, y me los hicieron llegar, por lo que mi colección sigue creciendo. Una costumbre adoptada en Cuba, refiere que en los encuentros de cantantes de la trova cubana, una de las atracciones es improvisar epitafios y dedicárselos, una especie de payada gauchesca, pero un tanto más lúgubre.

El género del epitafio, tiene muchos cultores y en diferentes países, pongamos por caso en México y España hay concursos con prestigio literario. Es que el epitafio requiere condensación y hondura, además de cierto valor poético, lo que hace muy difícil su escritura.

En una de las lápidas que están en el campo santo de la iglesia de la Santísima Trinidad, en Stratford-on-Avon, se pueden leer estas líneas: "Buen amigo, por Jesús, abstente/de cavar el polvo aquí encerrado./Bendito el hombre que respete estas piedras,/
y maldito el que remueva mis huesos". Se trata del epitafio de William Shakespeare. Según la leyenda es el mismo poeta el autor de estos versos.

Otros poetas también han compuesto sus propios epitafios; es singular el que escribiera el inglés John Keats, autor de "El ruiseñor", todo un ejemplo de condensación y lirismo, dice así: "Aquí yace alguien cuyo nombre se escribió en el agua".

Igual de poético y relacionado con el agua son los versos que el chileno Vicente Huidobro eligió para su tumba: "Aquí yace el poeta Vicente Huidobro/abrid su tumba/debajo de su tumba se ve el mar". Una conciencia desgarrada por la falta de fe, por el ansia de no morirse del todo llevó al ilustre Miguel de Unamuno a estampar «Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo».

La poeta chilena Gabriela Mistral, autora de "Desolación" pidió ser enterrada en su pueblo Monte Grande del Valle de Elqui y en su epitafio se lee "Lo que el alma hace por su cuerpo, es lo que el hombre hace por su pueblo."

El polaco Milosz tiene grabado en su tumba estas esperanzadas palabras: "Entramos en la segunda inocencia,/ en la alegría merecida, reconquistada, consciente".
Más sentenciosos son los versos que estampó en un alejado cementerio de Irlanda William.B. Yeats, premio Nobel de literatura; sobre su lápida puede leerse: "Con una fría mirada/a la vida, a la muerte./¡Jinete, pasa!"

El gran novelista estadounidense Francis Scott Fitzgerald, padre de "El gran Gatsby", dejó escrito para su epitafio: “Estuve borracho muchos años, después me morí”. Otro narrador recientemente fallecido, Camilo José Cela, autor de "la Colmena" durante toda su vida repitió una frase que hizo famosa - hasta convertirla en su epitafio - aquella que dice "quien resiste gana".

Y el último llama la atención, ya que lo escribió uno de los más grandes dramaturgos del teatro francés, Moliere, sin embargo en su epitafio resalta no su labor de escritor, sino la de actor. "Aquí yace Molière el rey de los actores./En estos momentos hace de muerto/y de verdad que lo hace bien."

lunes, marzo 22, 2004

EPITAFIOS I
El epitafio es ese escrito que suele figurar en la tumba de una persona. Una frase, unos versos que el ahora muerto ha elegido para sí mismo; o bien alguno de sus familiares o amigos que se cree con derecho a resumir la vida de otro, estampa sobre su lápida palabras que tienen el peso de presentar al difunto.

No sé por qué siempre he tenido la manía un tanto tétrica de coleccionar epitafios. Este género hoy ya en desuso fue en la antigüedad muy cultivado. La costumbre de adornar con inscripciones las tumbas y monumentos fúnebres tiene su origen en el Antiguo Egipto. La literatura funeraria egipcia, se preocupaba por la suerte del alma en su viaje al más allá.

En Grecia el epitafio se convierte en género literario. Los epitafios son escritos, en su mayoría, en versos, poemas breves, llenos de intimismo y sentimentalidad. De su lectura aprendemos acerca del carácter del difunto. Nos enteramos del oficio y hasta su forma de morir. En cada uno de ellos se impone el deseo de permanecer en la memoria de los hombres.

Creo que el primer epitafio que me impactó e inauguró esta manía fue el que según la tradición, construyó el poeta Simónides a Leonidas y sus trescientos espartanos en el desfiladero de las Termópilas: "Caminante, ve a decir a Esparta que aquí perecimos por cumplir sus leyes".

En el mundo romano, el epitafio llegó a adquirir un notable desarrollo literario; había comenzado con la simple mención del nombre del difunto hasta llegar a convertirse en un auténtico elogio fúnebre versificado —en no pocas ocasiones de elevada calidad literaria. También los romanos advertían que "leer epitafios causa locura", advertencia que en mi caso ha llegado demasiado tarde.

Y en su lengua, el latín, uno de los mayores poetas romanos, Virgilio, autor de "La Eneida" dictó los versos que hoy se leen en el monumento en las alturas de Fuorigruta, en Brindisi, donde murió. "Mantua me vio nacer/Calabria morir/ahora me posee Parténope./Canté los pastos, los campos, los héroes".

Andando el tiempo hay algunos epitafios memorables que pintan de cuerpo al destinatario del escrito. Por ejemplo el del Marqués de Sade, ese escritor tan vituperado y demonizado por su búsqueda del placer; pero tan buen escritor--que es lo que importa-- en su tumba hizo escribir: "Si no viví más, fue por que no me dio tiempo". Ansias de vida, búsqueda de vida testimoniada en su frase postrera, de escritor enormemente vital.

Mientras cuidaba el jardín del castillo Muzot, donde vivía en Suiza, Rainer María Rilke, el poeta de las "Elegías de Duino" se pinchó con una rosa, hecho que posteriormente desencadenó su muerte. En su tumba un epitafio que él mismo escribió, reza así: "Rosa, oh contradicción pura, placer, de no ser el sueño de nadie debajo de tantos párpados". Para algunos toda una premonición.

Dicen las malas lenguas que el poeta inglés John Donne colocó en la lápida de su esposa la siguiente inscripción: "Mientras tú reposas, yo descanso..." Amor marital, que le dicen.

Tumba de J. Donne en Londres.

lunes, marzo 15, 2004

SER NADIE
Se puede tener talento para un oficio, puede uno destacarse en esa tarea, ser reconocido por todos, puede uno situarse en el mundo gracias a ese oficio para el que se está naturalmente predispuesto. Claro, tener el talento, lograr la aprobación del resto en el ejercicio de una determinada labor no es tarea fácil, y a algunos se nos va la vida en el intento.

¿Qué ocurre cuando un hombre tiene todo eso y emplea la mayor parte de su vida en negar la literatura, en postergarla de tal manera para que en la dilación, el hombre, el escritor se vaya diluyendo hasta esfumarse por completo, hasta ser nadie?

Ése fue el propósito que animó la vida del suizo Robert Walser: desescribir lo escrito; propósito imposible que lo llevó a internarse en un hospicio en 1929. Durante 28 años de internación, interrumpidos por su muerte, Walser escribirá extraños galimatías en restos de papeles y tratará por todos los medios de que lo olviden.

Antes de su ingreso al manicomio de Waldau, Walser desempeñó diversos oficios: empleado en una librería, luego en un banco, obrero de una fábrica de máquinas de coser, y finalmente mayordomo en un castillo suizo. En sus ratos libres, el joven Walser ejercita sus dos pasiones, escribir y caminar. En esta época publica tres pequeñas obras a las que debe su fama,"Los hermanos Tanner", "El dependiente" y "Jakob Von Gunten". Son libros en general inacabados, que relatan de una manera nueva la impersonalidad del mundo, y en eso Walser es un claro precursor de Kafka.

Y como el autor de “La metamorfosis”, Walser escribió mucho sobre sí mismo, pero esa escritura está al servicio de la extinción de sí, al servicio de un sueño irrealizable, poder borrarse a sí mismo como si fuera una caricatura animada.
Gracias a sus obras, comienza a ser solicitado por diarios y revistas que piden la colaboración de su pluma, el resultado: surmenage intelectual. Se vuelca de lleno a su otra pasión, el caminar, camina día y noche, va de Berna a Ginebra en el día, anda y anda y decide que no tiene nada más por decir, renuncia para siempre a su otra devoción, la escritura. Entonces ingresa al manicomio.

Lo que se conoce de esta etapa se debe a su amigo Carl Seelig que lo visitó hasta la desaparición de Walser. En el hospicio realizaba tareas de limpieza, armaba bolsas de papel y en los ratos de ocio, caminaba.
Vila-Matas en su raro libro "Bartleby y compañía" dice: "Toda la obra de Walser, incluido el silencio de 28 años, comenta la vanidad de toda empresa, la vanidad de la vida misma. Tal vez por eso sólo deseaba ser un cero a la izquierda. Alguien ha dicho que Walser es como un corredor de fondo, que a punto de alcanzar la meta codiciada, se detiene sorprendido y mira a maestros y condiscípulos y abandona..."

Robert Walser permaneció fiel a su pasión andante, murió mientras caminaba por un paisaje nevado, el 25 de diciembre de 1956.

martes, marzo 09, 2004

LA COLUMNA QUE NO SALIÓ...

ENCRUCIJADA
“Para mí, un buen poema es la mejor carta de presentación de un periodista. Parece extraño, pero es así. Hay gente que es literaria y otra que no lo es. Yo creo en la gente literaria. Creo, por ejemplo, que un buen poeta puede escribir una excelente crónica de fútbol”, sostenía el inigualable Natalio Botana, mandamás del diario “Crítica”.

Si las redacciones de hoy siguieran el criterio de Botana, seguramente quedarían bastante despobladas. Si tomamos sus palabras en un sentido más amplio no han perdido para nada vigencia, y hoy más que nunca cierta rigurosidad estilística es necesaria para sacar a los diarios actuales del estancamiento.

Los diarios hoy no están en su mejor momento. El mundo cada vez más sofisticado de la comunicación electrónica los ha puesto en un lugar incómodo, en un sitio que si permanecen quietos el alud del progreso los arrastrará.

La mayoría de los periódicos generan estrategias para no quedar al margen del consumo de información por parte del público. Unos han variado su formato, otros le han dado suma importancia a la imagen y han dejado menos espacio a lo escrito. Las líneas editoriales, generalmente buscan ya no la gran noticia sino aquellas menos relevantes pero más cotidianas y cercanas a la gente.

Todo eso está muy bien, pero hay un hecho incontrastable que relativiza estos logros y los vuelve un tanto periféricos: el diario llega tarde; y a medida que pase el tiempo llegará cada vez más tarde con la información a los lectores.

Esto es inevitable y además imposible de resolver porque está en el centro mismo de la instancia de emisión y producción del diario tal como hoy lo conocemos. Modificar estas instancias sería lisa y llanamente tirar por tierra el diario actual.

La televisión, internet, la radio nos acercan la información casi al instante. Y cualquier ciudadano medio puede conocer sentado en el sillón de su casa la que pasa con la crisis política de Haití o la hambruna en Etiopía. La imagen se impone y es percibida como objetiva, y los cables que se leen en la radio presumen de objetividad.

Ante esto el periódico se transforma en más de lo mismo salvo que por otro canal. El problema está en el corazón mismo del diario y atañe a la escritura. Una escritura que refleja una pretenciosa y siempre discutible objetividad, ya vetusta y quizá necesaria cuando el diario todavía era un portador de primicias.

El estilo periodístico es el verdadero talón de Aquiles de los diarios, esa impersonalidad pretendida que convierte a la escritura en un verdadero lenguaje de fórmulas. Sólo en el periodismo el “hospital” es un “nosocomio”, el “agua” es el “líquido elemento”, los accidentes o fenómenos naturales son “horribles”, “desesperantes”, “catastróficos”, “impresionantes”; y en cierta medida todas las noticias suenan parecidas, aunque traten de hechos muy diferentes.

Quizás (arriesgo) los lectores del futuro busquen en los diarios las noticias tratadas desde la mirada personal del periodista, desde sus broncas, opiniones, dudas y saberes; una mirada que se ha de reflejar en un estilo original, alejado de una impersonalidad artificiosa.


lunes, marzo 08, 2004

MÁS PORTAZOS
Hablábamos hace unos días de la extrañeza de ciertos gestos radicales de algunos escritores, el gesto de decir basta, el de dejar definitivamente el mundo de la escritura creativa; ese mundo que uno imagina como una fortaleza que muchos quieren conquistar y una vez lograda la conquista, pocos se resignan a dejarla.
Sin embargo, hay escritores que han llegado a la cima de la fortaleza y un día se van, deciden salir ya sea en forma silenciosa, casi de puntillas, o bien dando un soberano portazo.
"Lo que pasa es que se me murió el tío Celerino que era el que me contaba las historias". Esta ingeniosa justificación para decirle adiós a la escritura corresponde al mexicano Juan Rulfo. Autor de una colección de cuentos titulada "El llano en llamas" y de una novela "Pedro Páramo", ambas de mediados de la década del 50; desde ese momento y a pesar de su fama internacional, Rulfo no volvió a publicar hasta su muerte. Para despistar a veces decía que estaba escribiendo una novela que se titularía "la cordillera", pero nada se ha sabido de ella, y muchos conjeturan que tal novela jamás existió.
Lo curioso es que Rulfo seguía frecuentando el mundo de las letras, ya que era amigo de innumerables escritores, además asistía a congresos, simposios, charlas; su gesto era una lenta despedida. Alguna vez--y ahora en serio--expresó que ya no escribía más "porque lo que me duele ya me duele demasiado". Se llevó su dolor y su secreto a cuestas.
Otro caso emblemático es el de Jerome David Salinger, escritor estadounidense y autor de sólo cuatro libros, uno de ellos de fama mundial titulado "El guardián entre el centeno", publicado en 1951. Su último libro data de 1963, desde ese momento Salinger es sólo un misterio, porque además de su silencio literario lo que se conoce de él es muy poco: graduado en una academia militar, asistió brevemente a dos universidades y nada más. Llama la atención su casi absoluta invisibilidad, pocos saben dónde está, dónde vive, cómo es su rostro hoy, ya que las contadas fotos que se conservan son de varias décadas atrás.
Algunos especulan que ya ha muerto, otros que hay noticias que pronto saldrá una nueva obra, otros publican libros en los que relatan sus encuentros o desencuentros con el escritor. Lo último que se sabe es por sus demandas judiciales para impedir publicaciones de personas allegadas a él, una de ellas escrita por una amante y la otra por su hija. Eso es todo.
El gesto final de Tolstoi conmueve, el escritor más renombrado del mundo en ese momento renunció a escribir, porque dijo que la literatura era la responsable de su derrota moral. Una noche dejó inconclusa una frase en su diario en el que escribía desde hacía más de sesenta años (" Haz lo que debes, pas...)", lo cerró y se fue para siempre de su casa; así con ese doble gesto se fue de la literatura y de la vida.

Juan Rulfo. Salinger en una de las contadas fotos que se tiene de su vejez.

lunes, marzo 01, 2004

PORTAZOS
Siempre me han llamado la atención aquellos escritores que un día deciden colgar el lápiz y dejar el oficio, los que renuncian, los que instalados en la morada de la creación literaria un día la abandonan, unos saliendo en puntillas, otros dando un portazo, los nómadas, los renunciantes, los divorciados.
Esta perplejidad proviene, creo, de un prejuicio, creer que los creadores estéticos están comprometidos de por vida con el campo de su creación, prejuicio de considerarlos diferentes a una secretaria, un oficinista, una profesora o un chofer profesional.
Más allá del prurito, me siguen dejando perplejo. Si la escritura era un hecho esencial en sus vidas ¿ por qué dejaron de hacerlo? ¿acaso por una conciencia artística demasiado rigurosa? ¿ o porque se quedaron sin nada más para decir? ¿ En algún momento no los cercó la tentación de volver al oficio? o ¿cómo resistieron las presiones para retomar la escritura de colegas, público, mercado editorial? Ante la pregunta temida por todos estos escritores: "¿qué está escribiendo ahora? "; ¿qué estrategias usaron para acallarla, para no ceder?
El primer caso es el de un clásico: Shakespeare. Su primer gesto de retiro fue dejar Londres y todo ese ambiente en el que gozaba de fama. "La tempestad", su última obra, fue concluida ya en su pueblo natal, Stratford. Es allí, en esa pequeña aldea, donde el mayor dramaturgo de las letras inglesas vive sus últimos años como un simple poblador más, entre gente que lo conocía desde su infancia, lejos de la gloria y la literatura.
Quizás la renuncia más impactante sea la de Rimbaud, el autor de "Una temporada en el infierno". A los 19 años ya había revolucionado el panorama de la poesía moderna y era el niño terrible de la literatura. Un día decide abandonar todo, cerrar para siempre su gabinete de escritor y salir a la aventura del mundo. En uno de sus últimos borradores puede leerse: "Ahora puedo decir que el arte es una tontería".
¿Algo similar habrá pensado el caso más enigmático de las letras argentinas? Enrique Banchs, el poeta autor de "La urna", un libro intemporal, único y casi perfecto de la poesía argentina. Además de "La urna", Banchs había publicado dos libros anteriores que ya le habían dado fama de gran poeta de su generación. Después de esa fecha, 1911, Banchs enmudece, y salvo algún poema suelto no escribió más, tenía sólo 26 años. Borges intentando explicar este silencio conjeturó que " tal vez su propia destreza le hace desdeñar la literatura como un juego demasiado fácil".
Juan Ramón Jiménez, el gran lírico español, una vez muerta su mujer Zenobia, decide no escribir más; el hombre que había hecho de su vida un sacerdocio de la poesía termina en el silencio absoluto, como si después de la muerte de su esposa, ya no hubiera poesía en el mundo. Solo y en silencio enfrentó su propia muerte, despojado hasta de las palabras que lo arroparon a lo largo de su existencia.

Casa de Shakespeare en Stratford. Rimbaud a los 18 años.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...