lunes, agosto 30, 2004

EL MOTIVO DEL VIAJE II

Viajar es sinónimo de cambio, de sorpresa, de intriga. Será por eso que el motivo del viaje es central a lo largo de la historia de la literatura, los ejemplos se suman a los de columnas anteriores.

Olvidaba, antes de dirigirme hacia los tiempos modernos, a las novelas de caballería como el "Amadís de Gaula", por nombrar una de las más famosas. En estas novelas es esencial el desplazamiento geográfico en busca de aventuras generalmente por un territorio casi fantástico.

El mar es sinónimo de aventura, también de pesares. Muchos de los grandes relatos de viaje están situados en ese infinito salobre. Herman Melville nos abrió la puerta a la cabina del barco parra recorrer los mares en busca de "Moby Dick", la ballena blanca.

Patético es el caso de Emilio Salgari, ese inolvidable autor del aventurero "Sandokán, el tigre de la Malasia"; digo patético porque cuentan la anécdota que jamás salió del norte de Italia, y sus novelas, siempre ambientadas en lugares exóticos fueron el resultado de su imaginación creadora y de sus lecturas.


Si del mar hablamos, imposible soslayar a ese marinero polaco devenido en escritor inglés, como es Joseph Conrad, autor de esa novela cíclica llamada "El corazón de las tinieblas", donde se narra un viaje hasta los límites mismos de la civilización para que una vez terminada la novela nos quede la duda de qué es eso que llamamos civilización.

¿Quién en su ilimitada imaginación infantil no soñó ser el capitán Nemo y conducir el submarino Nautilus a lo largo de "20.000 leguas de viaje submarino"? Julio Verne, autor de esta novela y creador de varias donde las aventuras rondan con la ciencia ficción --de hecho está considerado uno de sus precursores-- al parecer llevó una vida bastante reposada de escritor profesional. Sin embargo nos ha regalado a sus lectores el placer del viaje en novelas como "De la tierra a la luna", "Viaje al centro de la tierra" y una que me gusta y mucho "A través de la estepa", un viaje en el famoso tren transiberiano.

Y antes de dejar el mar y para que esta desordenada enumeración no entre el caos más absoluto, cito una novela que es un viaje simbólico hacia uno mismo: "El viejo y el mar", esa versión moderna de la tragedia griega escrita por Hemingway.

"La vorágine" es un viaje hacia el infierno mismo de la selva colombiana, escrita por José Eustasio Rivera, esta novela tuvo en su época el valor social de hacer conocer el drama de los caucheros.

Y ya que hablamos de selva, una de las mejores novelas de viaje, de un viaje imposible en el fondo, es "Los pasos perdidos" del cubano Alejo Carpentier que relata el itinerario de un músico en su viaje al fondo de la selva, que es también un viaje en el tiempo.

Hay viajes que sirven para otorgar placer, como el que hace el escuadrón de prostitutas para visitar a los soldados desperdigados en cuarteles solitarios en medio de la selva. De eso trata "Pantaleón y las visitadoras", la novela de Vargas Llosa.

lunes, agosto 23, 2004

EL MOTIVO DEL VIAJE

El viaje como unidad narrativa está en el comienzo mismo de la literatura. Conviene hacer una salvedad antes de internarnos en el tema: existen libros de viaje como el diario de Colón o los textos de Marco Polo; no es a ese tipo de construcción a la que me referiré en este espacio, sino al viaje como centro de una composición teóricamente ficticia.
Ya en los mitos griegos el tema del viaje servía como columna vertebral a todo el relato; todo héroe realizaba una salida hacia un destino impuesto o buscado, debía luego pasar por una serie de pruebas que tenía que superar por fuerza o ingenio y finalmente retornar al lugar de origen.
Esto lo hace Teseo desde su hogar en Trecén hasta Atenas y desde allí a Creta para liberar a los atenienses del Minotauro y por último regresar a la capital griega. Viaja Jasón en el "Argos" en busca del Vellocino de Oro, viaja Heracles que debe sortear los siete trabajos para ser rey de Micenas. Viajan estos mitos de ciudad en ciudad, de época en época.
Pero el primer gran monumento literario sobre el viaje está en Homero, autor a quien se atribuye la invención de la "Odisea", término que es hoy sinónimo de un viaje lleno de contratiempos.
La "Odisea" cuenta la historia de Ulises en el regreso a su patria, Ítaca. En ese largo periplo desde Troya a su hogar, vive las más variadas aventuras, en las que en muchos casos pone en riesgo su vida y que él sortea gracias a su fina inteligencia.

También desde el mundo árabe llega un relato-río, construido ni más ni menos que para hechizar a la muerte, "Las mil y una noches" narradas por la princesa Sherezada. Innumerables viajes hay allí, pero rescato aquellos que tienen como protagonista al gran Sinbad, el marino, que viaja por lugares que despiertan el ensueño y la imaginación.
Viaja Eneas desde su derrotada Troya hasta el lugar donde algún día se levantará el Imperio Romano, no sin antes encallar en las costas cartaginesas, visitar el Averno y tomar parte de algunas batallas, amoríos y otra serie de aventuras que hacen de la "Eneida" uno de los grandes monumentos de la creación romana.
Viaja Dante en compañía de Virgilio, de Beatrice por esa pesadilla de la imaginación humana que es el infierno; viajamos los lectores por esa maravilla literaria que es la "Divina Comedia".
Viaja Ruy Díaz de Vivar, más conocido como el "Cid Campeador" desde su Burgos natal hacia ese territorio temido e incierto que es el del exilio. Después entrará en mil batallas por los campos moros y tomará Valencia, hazaña que será reflejada en nuestro primer poema épico en lengua castellana: "El poema de Mío Cid".

Viajan los pícaros como el "Lazarillo de Tormes" y el "Guzmán de Alfarache" por la vida española del siglo XVI.
Viaja Alonso Quijano, transmutado en Don Quijote por ese campo de La Mancha que es todos los campos. Don Quijote es el viajero sin norte físico determinado, el viajero cuyo horizonte es la utopía.

martes, agosto 17, 2004

VIAJES

"Se narra un viaje o se narra un crimen, ¿qué otra cosa se puede narrar?", se pregunta el escritor argentino Ricardo Piglia.

Más allá del reduccionismo de la cita, el viaje es estructuralmente el material perfecto para la narración. Otros temas suponen un artificio mayor ya que debemos encontrar un origen para la historia y sobre todo un final en el que es difícil sustraerse de los convencionalismos del happy end o de la derrota de los malos.

La narración de un viaje le ahorra estas dificultades al narrador. El viaje tiene desde el vamos un comienzo determinado y un claro final, simplemente porque uno no se puede pasar la vida viajando, excepción hecha de los personajes de "Viaje a las estrellas", pero esa es otra historia.

Todo viaje es en sí mismo una ficción, un acontecimiento excepcional que sustituye la modorra de la cotidianeidad del paisaje, las caras, las tareas, las costumbres por la novedad, lo inesperado, lo sorprendente; una especie de película que pasa delante de nuestros ojos y en la que uno es el impensado protagonista.

Un viaje es una ficción porque la cotidianeidad es desplazada de nuestro centro vital, aunque psicológicamente la llevamos como una segunda piel y funciona como un punto de referencia.

Hubo viajeros célebres que no se resignaban a perder fragmentos de su mundo habitual, pero al mismo tiempo no podían resistir la tentación del viaje.
Ejemplo extremo es el inglés Robert Byron que andaba por los desiertos árabes con una caravana de Rolls Royces, innumerables cajas de champagne, vajilla y cristalería, parte de su biblioteca personal y otra serie de extravagancias. Este exquisito viajero escribió uno de los libros de viajes más recordados, The Road to Oxiana, que sirviera de inspiración luego a otros renombrados viajeros ingleses.

Otros viajan simplemente para encontrar lejos del hogar las mismas cosas que dejaron. El shopping --ese lugar hecho para perderse-- de los fines de semana es sustituido por otro pero en Miami, que curiosamente o no, tiene las mismas palmeras y casi los mismos comercios que el del barrio, incluido el infaltable negocio de hamburguesas.

Varias son las características de los viajes del siglo XXI. Una de ellas es casi la ausencia de novedad. Todo lo sabemos porque lo vimos antes; en el reino de la imagen no me sorprenden el glaciar Moreno ni el río Amazonas en la misma medida que pudieron sorprender a los viajeros decimonónicos.

Otra es la ausencia de peripecia, de dificultad. Las compañías de turismo se encargan de que todo sea confortable, previsible, entretenido y por lo tanto insulso. Una tercera nota estaría en la velocidad. Hay que llegar pero nunca se llega, porque siempre se corre hacia otro lugar.

Se viaja por la misma razón que se consume ficción; para distraerse, para aprender, para olvidar, para conocer, para reponerse de algún traspié vital. Se viaja porque se quiere vivir la ilusión momentánea de que tenemos otra vida más fascinante que esa que nos espera irremediablemente semanas después al girar la llave de nuestra puerta.



lunes, agosto 09, 2004

LA NOVELA EPISTOLAR

Y llegamos a la última forma de la carta, cuando es netamente literaria e integra ya un cuento o una novela o una obra teatral. Aquí ya no hay carta en el sentido estricto, es la parodia de una forma vuelta literatura. Es curioso que hoy cuando se escriben pocas cartas siguen apareciendo narraciones cuyo eje central son este tipo de textos.

La carta como forma literaria se difunde ante el gran público en el siglo XVIII, es en esta época cuando la novela epistolar alcanzó un verdadero furor. Las cartas les permitían a los personajes contarse verdades íntimas ante un destinatario indiscreto, el público.

Ese siglo dio grandes novelas dentro del género epistolar, entre ellas cómo no mencionar "Las relaciones peligrosas", de Choderlos de Laclos, llevada al cine en varias oportunidades y que retrata la decadencia moral de un mundo aristocrático que se derrumbaba.

En ese mismo siglo, pero anticipando el movimiento romántico, Goethe publica "Las penas del joven Werther", novela epistolar que termina con el suicidio del héroe y que fue imitada en toda Europa. Por su influencia en la época merecen ser citadas también "La nueva Eloísa", de Rousseau y "Pamela" de Richardson, novelas que aún hoy pueden leerse pese a cierto exceso de artificio.

El romanticismo fue tierra propicia donde abonó este género, sobre todo la vertiente gótica con una novela fundacional "Drácula" de Bram Stocker, novela que relata la historia de un conde rumano y su vampirismo ya conocido por todos. Menos conocida es la novela epistolar de Jane Austen, "Lady Susan".

Publicada en 1938, "Paradero desconocido" de Katherine Taylor, es el relato epistolar de dos jóvenes, un alemán y un judío y puede leerse como una anticipación lúcida de la atmósfera del nazismo.

La lista de autores contemporáneos que han optado por la carta como forma narrativa es extensa. Alice Walker escribió "El color púrpura", también llevada al cine, esta novela epistolar relata la vida de dos hermanas negras.

En la actualidad quien utilizó muy bien la carta en sus cuentos fue Julio Cortázar, entre ellos podemos destacar "Lejana" y "Sobremesa". Maestría en los tonos, el estilo y la parodia cursilesca son las cartas de Nené incluidas en "Boquitas pintadas" de Manuel Puig.

No hace mucho tiempo el peruano Alfredo Bryce Echenique publicó "La amigdalitis de Tarzán", una novela epistolar donde el humor y el amor entretejen una historia memorable. Otro peruano, Jaime Bayly publicó este año "Los amigos que perdí", novela en la que el narrador escribe cartas a sus amistades truncas y lejanas.

Antonio Tabucchi, creador de algunas excelentes narraciones aparecidas en las últimas décadas escribió "Se está haciendo cada vez más tarde", una serie de 17 cartas en el que intenta una vuelta de tuerca con el género epistolar.

Llama la atención que en nuestra época, autores renombrados se inclinen por un género que teóricamente ha dado ya lo mejor de sí, en un momento en que la carta es una costumbre ya casi perdida. Sin embargo, la literatura rescata la forma en lo esencial, como transmisora de las pasiones humanas.

lunes, agosto 02, 2004

CARTAS Y ESCRITORES

Y el ciclo de la carta va llegando a su fin. Interesa destacar ahora a los escritores y escritoras que han tenido predilección por el género epistolar para comunicarse con sus amigos, amantes, editores, lectores y que constituyen hoy textos que brindan un acceso diferente, una mirada muy particular casi cotidiana a la vida y la obra de un autor.

Un gran escritor de cartas en el mundo latino fue sin dudas Cicerón, nos han llegado alrededor de 900 cartas dirigidas a familiares, a Ático, su amigo íntimo y a diversos personajes. Estos textos son verdaderos testimonios de la época y a pesar de que la mayoría tiene la intención de la privacidad, aparecen en ellos los rasgos propios del gran estilista que fue Cicerón.

Franz Kafka, el autor de "El proceso", escribió gran cantidad de cartas sobre todo a su novia y eterna postergada Milena. Esas cartas son testimonios de sus escritos, de su tortuosa relación familiar, de su trabajoso vivir y de la complejidad del alma kafkiana.

Escritor obsesivo si los hubo, ese fue Flaubert, el padre de "Madame Bovary"; se conservan varios volúmenes de cartas, merecen destacarse las escritas a Louise Colet, en muchas de ellas Flaubert reflexiona sobre el arte, la escritura y detalla las vicisitudes que le acarrea la composición de tal o cual personaje.

Frondoso también es el epistolario entre dos cumbres literarias alemanas, Goethe, ya viejo, ya consagrado que aconseja y discute; y Schiller, joven que disiente, se rebela y trata de exponer la estética romántica.

Si uno hojea los tres tomos de correspondencia de Julio Cortázar, además de sorprenderse por la cantidad de cartas, también permite ver a un hombre comprometido con los problemas de su tiempo, e incluso a personajes reales que luego pasaran a integrar alguna de sus obras.

Las cartas de amor de escritores y escritoras han tenido amplia difusión, aunque muchos de ellos no pensaron jamás en su difusión. Es posible leer hoy las cartas de amor de Joyce a Nora Barnacle, las de Neruda a Matilde Urrutia o las de Simone de Beauvoir al novelista Nelson Algren. Éste busca por todos los medios que la francesa se separe de su pareja "oficial", Jean Paul Sartre, pero no lo logra.

Curioso es el epistolario amoroso entre Hannah Arendt, la pensadora judía y el filósofo filonazi Martín Heidegger, cartas donde se mezclan el amor, la agudeza intelectual y sus diferencias ideológicas y éticas.

Cartas de amor son las que cruzan de una punta a la otra de Latinoamérica para mantener unidos a la novelista Elena Garro, mujer de Octavio Paz, y a Adolfo Bioy Casares.

Hay escritores que han renunciado a escribir cartas, uno de ellos es García Márquez, "no escribo más porque mis intimidades secretas son sólo mías, y ya no quiero que alguna gente venda mis cartas a las universidades, a los diarios; así que ahora sólo uso el teléfono".

Las cartas privadas se hacen públicas con la excusa de conocer mejor al autor de una obra, excusa que disimula cierto morbo naturalmente humano.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...