jueves, diciembre 23, 2004

HISTORIAS DE NAVIDAD

RECOMENZAR


Andrés Miscovich cumplió ochenta años la víspera de Navidad. Ese 24 de diciembre amaneció caluroso y húmedo y hacía presagiar tormenta. Fue hasta el potrero, a buscar la vaca para que su mujer la ordeñara y como un relámpago se vio niño allá en esa aldea polaca que la memoria ha difuminado conservando apenas un nombre, algunas escenas campestres, las caras de sus padres iluminadas por la chimenea una nochebuena de viento y nieve.

Pensó en que todo se repite, en que el tiempo pasa para los cuerpos pero no para las situaciones, y mientras llegaba con la vaca al corral tuvo la certeza de que "es una mentira que cumplo años".

La Navidad lo desconcierta, porque con el paso de los años hay una sensación casi física del frío y la nieve que lo rodeaban cuando iba con sus hermanos por el campo en busca de leña para la única comida lujosa del año. Y estas Navidades en la colonia, tan sofocantes, tan verdes y floridas de alfalfas y tomates. A lo lejos la tormenta ya era una amenaza.

Cerca del mediodía aporcó algunos surcos de pimientos, sacó yuyos de la quinta y preparó el lechón que esa noche serviría para el doble festejo. Después de la siesta, sintió ganas de recorrer la chacra. Miró con satisfacción el maíz creciendo cerca del desagüe, los tomatales que este año si tenían buen precio y la fábrica pagaba la cosecha en término quizás pudiera comprarse un auto para no estar tan lejos de todo.

En el atardecer, el calor dio paso a la lluvia y unos goterones gruesos marcaron la tierra, luego se desató un vendaval de piedra y granizo que levantaba vapor del horno de barro ya encendido. Dos horas duró la tormenta y cuando terminó, también habían acabado los sueños de cosecha de ese año.

La cena fue amarga, los amigos y los hijos trataban de mantener cierto espíritu navideño, pero apenas se lograba. Después del doble brindis, y pese a la insistencia de todos decidió acostarse. Mojó la almohada y gran parte de la noche no durmió. Dudó del destino y de Dios.

Su mujer escuchó ruidos, miró el reloj que con las primeras claridades marcaba las seis. Estaba sola en la cama, preocupada salió hacia el galpón cuidando de no caerse en el barro, y por un instante pensó lo peor. Abrió la puerta y lo vio: sentado sobre un fardo con la lima empuñada por las dos manos callosas, Andrés Miscovich, afilaba pacientemente la reja del arado para salir otra vez y como siempre, a arar el campo.

martes, diciembre 21, 2004

ATLAS ETÍLICO

Y esta serie de ilustres literatos borrachos va llegando a su fin. La lista y las columnas con aquellos que hicieron del gusto por la bebida parte de su vida y sus escritos sería larga y seguramente reveladora de algunos casos sorprendentes. Queda por revelar la historia del vino y su asociación con el arte, aunque ése será motivo de otros escritos. Y como dice el refrán que en “la variedad está el gusto”, concluimos hoy con un recorrido por diferentes geografías y escritores que han hecho del acto de beber toda una ceremonia del placer o una escena trágica.

Julio Ramón Ribeyro, es apenas conocido en nuestro país por la edición de sus cuentos completos por Alfaguara. Ribeyro, limeño, contribuyó a hacer conocer su ciudad en la geografía literaria hispanoamericana; pero con una óptica diferente de sus contemporáneos del boom: la brevedad del cuento, la economía en el lenguaje. Alguna vez confesó que practicaba “la embriaguez moderada como método de conocimiento”, y pese a su débil salud se las arregló para preservar los placeres del alcohol y del tabaco.

Otro peruano, hoy conocido internacionalmente libró una seria batalla con la botella; Alfredo Bryce Echenique, el autor de “La amigdalitis de Tarzán”. Bryce Echenique ha contado en varias notas cómo su labor de escritor y su vida han estado a punto de naufragar entre las olas del whisky.

Ya situados en Europa, hay una versión sobre Dostoievski en la que se cuenta que el autor ruso se propuso redactar un escrito en contra del alcoholismo, el resultado fue “Crimen y Castigo”. De ser cierta la anécdota sorprende, ya que Dostoievski era un empedernido bebedor, hijo de alcohólico y además enfermizo jugador.

La llamada “Generación Beat” de escritores estadounidenses: Kerouac, Guinsberg y Burroughs supieron del descontrol etílico y de otros ácidos. Jack Kerouac, el autor más famoso de este movimiento, bebió toda su vida y algunos sostienen que su muerte fue causada por las secuelas de su constancia alcohólica. A esta misma causa le atribuyen la muerte del poeta británico Dylan Thomas.

Lawrence Durrell, el célebre autor de “El cuarteto de Alejandría”, mantenía una férrea disciplina de trabajo, alternada por una férrea disciplina bebedora, tanto de whisky como de bebidas tradicionales árabes.

Y si de argentinos se trata hay que nombrar a Enrique Wernicke, autor injustamente olvidado por el campo literario argentino, quien sobrellevó el alcoholismo hasta el final de sus días y contribuyó a su fama de autor mítico e inabordable para sus contemporáneos.

Otro caso es el Abelardo Castillo, en una célebre novela “El que tiene sed”, cuenta las peripecias del Poe alcohólico; pero sobre todo es también la particular experiencia que con el alcohol tuvo su autor. Años después Castillo sostiene que “beba o no, quien llegó a la etapa crónica de su enfermedad, será siempre un alcohólico”.

Y para el final el caso de un excelente poeta argentino, Aldo Oliva, quien solía llegar a su cátedra en la universidad en condiciones poco académicas; aunque esto nunca fue un obstáculo para componer una obra rigurosa.

lunes, diciembre 13, 2004

EL DIABLO BORRACHO

“He pasado la mitad de mi tiempo en una taberna y la otra mitad en una biblioteca”. Estos versos son la síntesis perfecta de la vida de uno de los escritores-mito de Occidente: Charles Bukowski o Buk o Henry Chinasky, ese otro o el mismo Buk que deambula por su escritura.

En el encarpetado mundo literario anglosajón, un escritor es casi un funcionario de las grandes editoriales, con sus agentes, secretarias, traductores y agentes de bolsa. Bukowski es la antítesis de esa imagen. El último de los grandes escritores norteamericanos que no escribe por compromiso editorial, sino porque le da la real gana; “para salvarme a mí mismo”, porque una página bien escrita, como una mujer o una botella o la música, mitiga un poco el sin sentido de la vida.

Leer a Bukowski es un verdadero ladrillazo en la cara. Un tipo que nos muestra que todo lo que nos rodea es maquillaje, circo, distracciones elegantes, consumismo estéril. Porque detrás de todo eso, como telón de fondo, está la vida que es trágica, absurda, vacía.

Buk muestra el revés del “american style way”. Odiaba el trabajo. La vida planificada. Limpiar, cortarse las uñas. A los críticos literarios, a los escritores, a la gente que nunca le invitaba a un trago. Es el hombre que no tiene dueño, tan sólo comprometido con la bebida y con su vieja máquina de escribir. Por eso cada vez que lo leo aparece su figura como la de un Diógenes moderno, un cínico sabio y por supuesto desencantado.

Bukowski nació en Alemania en 1920, era hijo de una oficial yanqui y de una joven alemana. De niño vivió en los suburbios de Los Ángeles, donde conoció la pobreza y la violencia paterna. A punto de graduarse en periodismo, abandonó la carrera y comenzó su vida itinerante y su sed de alcohol: el mito había comenzado.

Ejerció los más diversos empleos, fue basurero, lavacoches, sereno; frecuentó andurriales, los hoteles de mala muerte, los bares con resaca humana , las calles solitarias en plena noche, las mujeres fieles por algunas horas, los hipódromos. El único empleo estable que le duró por casi diez años fue el de cartero; con ese nombre aparece en 1970 su primera novela, que le permitirá dejar el correo y dedicarse todo el tiempo a la literatura.

Bukowski es el escritor de una prosa descarnada y violenta, de versos sencillos y letales. Tanto sus novelas como sus poemas hablan siempre de mujeres, de sexo, de alcohol, de caballos y de soledad, de una infinita soledad. Y de humor y de cinismo.
Bebió hasta el final de sus días. Murió en 1994, gozaba de una fama que por momentos le resultaba incómoda. Este poema titulado “Cerveza” condensa al mejor Bukowski:
“No sé cuántas botellas de cerveza/consumí mientras esperaba que las cosas mejoraran./No sé cuanto vino, whisky/ y cerveza,/principalmente cerveza/ consumí después/ de haber roto con una mujer/ esperando que el teléfono sonara/ esperando el sonido de los pasos,/y el teléfono no suena/ sino mucho más tarde/ y los pasos no llegan/sino mucho más tarde”.

lunes, diciembre 06, 2004

ESCRITORES BORRACHOS II

Recorrimos en esta columna los casos emblemáticos de los "Juanes" Rulfo y Onetti. En ellos la mezcla de tinta y alcohol llegó a su grado sumo y provocó el alejamiento de la bebida del mejicano; Onetti siguió hasta el final de sus días, y algunos amigos describen a la borrachera como su estado natural.
En la mayoría de los casos los escritores borrachos han aprovechado sus momentos de lucidez co o sin alcohol para producir una obra, que curiosamente, pese a tener el contexto del caos, tiene rigurosidad y disciplina a la hora de la escritura.
Hay algunos críticos que destacan ese sentido de compromiso con la escritura de muchos escritores anglosajones o germánicos y lo atribuyen a la educación protestante, sobre todo; pero no dejan de ser ejemplos arbitrarios que se dan también en escritores de ascendencia latina y de un ámbito católico.
El siglo XIX europeo muestra un grupo de poetas franceses que instauran una nueva estética, este grupo proclama un "desorden de los sentidos", generalmente obtenido con el maridaje entre el alcohol y las drogas. Así Baudelaire, el poeta de "Las flores del mal", famoso además por su gusto por el licor de ajenjo. Este licor, vinos de todo tipo y aguardientes baratos fue el derrotero elegido por otros dos poetas "malditos", Rimbaud y Verlaine.
El maestro de ellos y reconocido como el fundador de la literatura policial, Edgar A. Poe era dipsómano (según Abelardo Castillo, otro célebre bebedor, los dipsómanos se emborrachan con sólo una copa); y murió en el umbral de una taberna.
James Joyce, el irlandés autor del "Ulises" la novela que cambió el modo de narrar en el siglo XX, no bebía jamás vino blanco porque le habían dicho que era perjudicial para su vista; en cambio pasaba por alto las secuelas del whisky que bebía en cantidades y por periodos de tiempo, tenía otros periodos que era abstemio. Joyce le trnsmitió el gusto por el whisky a su secretario de ese entonces y luego escritor singularísimo, Samuel Beckett, autor de esa maravilla del absurdo que es "Esperando a Godot".

Faulkner caía en profundas crisis alcohólicas producto de su ritmo de trabajo siempre acompañado por el whisky; para recuperarse de sus crisis tenía una habitación pagada en un hospital de Memphis y así no interrumpir por demasiado tiempo su labor.
Francis Scott Fitzgerald, quien escribió "El gran Gatsby", es uno de los mayores escritores de esa generación de entre guerras llamada "generación perdida". Fitzgerald bebió siempre, y mucho más cuando el éxito se diluyó, y la sequía temática y el fracaso como guionista lo derrumbaron por completo. Dicen que en el momento de su muerte, a los 45 años, estaba completamente borracho.
Raymond Chandler, en "El largo adiós", esa obra maestra del policial negro, le hace decir a uno de sus personajes: " El alcohol es como el amor. El primer beso es magia; el segundo, intimidad; el tercero, rutina. Después de eso lo único que hacemos es desvestir a la muchacha".

Quizás el alcohol sea la búsqueda de una magia secreta y perdida.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...