miércoles, diciembre 27, 2006

CALDWELL


Siempre me ha interesado trazar o reconstruir la ruta que lleva al encuentro de un lector con un autor y su obra; más si ese autor y sus libros no tienen actualmente el prestigio otorgado por las instituciones culturales. Sucede con autores de todas las épocas. De uno de ellos quiero dejar algunas notas de ese encuentro.

Fue Osvaldo Soriano, el autor de “A sus plantas rendido un león”, el que puso el hito Caldwell en mi mapa literario. Soriano con sus permanentes elogios sobre este narrador despertó mi curiosidad lectora. Encontrar un libro del escritor estadounidense era y es una tarea esforzada. Hasta que en una mesas de usados y saldos di con una edición colombiana de “El camino del tabaco” publicada en Estados Unidos en 1932.

La experiencia de lectura de esta novela seguramente no dejará indiferente a nadie, pocas veces la pobreza ha sido retratada con tanta crueldad, sarcasmo, ironía y hasta humor. El rostro oculto del sueño americano ambientado en el sur, más precisamente Georgia, con sus tensiones sociales, la marginación y el olvido emerge de sus textos con una crudeza y una violencia inusitadas.

Sus historias describen la vida de los obreros de Georgia, sus condiciones sociales y morales. Retratan las consecuencias que la Gran Depresión de los años 30 trajo para toda la economía campesina del marginado sur, encarnadas en pequeñas familias que se hunden en la pobreza, pese a su feroz resistencia y con ella se hunden sus valores. En el fondo los protagonistas de Caldwell son guerreros, la batalla—perdida de antemano—es contra el hambre y la degradación. Así en la diaria lucha por conseguir el sustento familiar van cediendo terreno y se borran las antiguas fronteras del bien y el mal. Indignidad y marginación es el resultado del presente.

Ese mundo narrativo construido por Caldwell en novelas y cuentos magníficos es también una feroz acusación al sistema social y económico de su país. Lo que sorprende es que muchos de esos elementos de su mundo narrativo bien podrían ser los de la realidad campesina de algunas regiones de la Argentina. Los pequeños productores de algodón, arroz, tomate, azúcar, uva, etc., se asemejan en más de un aspecto a los Lester, la familia protagonista de “El camino del tabaco”.

No sorprende entonces que el escritor norteamericano haya influido en varios narradores argentinos y latinoamericanos como el mencionado Soriano, Onetti que tradujo alguna de sus obras o Mempo Giardinelli, que en “Tiempo de cosecha”, uno de sus cuentos más logrados, le dedica estas palabras: “A Erskine Caldwell, a cuya influencia no pude sustraerme, quizá porque su tierra y mi tierra están emparentadas por los infinitos e insondables misterios de esta América”.

Clásico a la hora de narrar, Caldwell es un maestro en la construcción de personajes a los que caracteriza, a veces, con mínimos pero sugerentes detalles. Erskine Caldwell nació en 1903 en White Oak (Georgia). Fue periodista, agricultor, corresponsal de guerra antes de dedicarse de lleno a la literatura. Murió en 1987.

martes, diciembre 19, 2006

HISTORIAS DE NAVIDAD

José y sus hermanos

A Raúl y Miguel

José Jorchuk espera el tranvía en esta Nochebuena calurosa, siente que ese clima festivo no le pertenece, porque él y su familia y su hermano y hermanas están de paso por Buenos Aires.

Mientras espera repasa mentalmente algunas momentos de sus treinta años, demasiado pocos para decisiones tan fuertes. Inmediatamente la imagen de la nieve cayendo incansable y sus ojos claros del otro lado del vidrio perdidos en la lejanía del campo emblanquecido y frío. El pueblo, el frío y la pobreza tan monótona casi como la nieve. Los ojos nublados ahora por las escenas de la casa paterna, de la infancia feliz y el tranvía que se va.

Insulta en ruso por lo bajo y se resigna al próximo. Dos o tres caminantes pasan cargados de paquetes. Les envidia por un momento tener ese destino fijo. “Mañana voy a ver las cosas”, se dice. Las cosas son en realidad algunas que José y sus hermanos trajeron de Rusia y otras que juntaron a lo largo de 10 años de vivir en Argentina y que ahora están en una bodega del puerto esperando por un barco que tarda en zarpar.

Y está el dolor, el inevitable dolor de volver, porque los 10 años pasados en la Colonia Rusa, allá en Mendoza lo han modelado para siempre. Le dieron un idioma nuevo y todavía un tanto resistente, los amigos indelebles, el fútbol, el mate, el olor de otro campo con zampas, pichanas, algarrobos...

Pero tanto esfuerzo y el campo no da, “no es ésa la vida que vinimos a buscar a América”, piensa casi con seguridad y los recuerdos de la aldea natal se agigantan. Se achica en sus ojos el tranvía que no espera. Decide caminar las treinta cuadras “para ver si se me aclara la cabeza”.

Ahora que vuelve a Rusia no sabe si siente más nostalgia por la aldea natal o por la Colonia a la que dejó hace un mes, ahora que se va se siente un barrilete tironeado por dos hilos. Alguien que no es de ninguna parte.

En medio de la noche, y contra un zaguán en penumbras, José Jorchuk llora su errancia, su angustia y su desconcierto. Lo interrumpe una voz pequeña y firme. Es un niño lustrabotas, lleva un pan dulce y su cajón con esfuerzo. Dos o tres veces le pregunta qué le pasa. Entre avergonzado y abatido José le cuenta. El chico le pasa la mano por la cabeza y se sienta a su lado.

Los dos callados, cada uno en su mundo. Hasta que el niño rompe el envoltorio de su pan dulce, lo parte con la mano y le da un pedazo. Primero se extraña y después lo acepta, comen en silencio mientras se oyen las campanas de las iglesias anunciando la Navidad.

En el sabor dulce y salado del pan y sus lágrimas, en la compañía de un niño desconocido en medio de la soledad de la noche, José Jorchuk entendió que él y sus hermanos habían encontrado su lugar, ahí en Buenos Aires, ese 24 de diciembre de 1958.

jueves, diciembre 14, 2006

CÓDIGOS II


En la columna anterior decíamos a grandes rasgos que un código es un conjunto de leyes que regulan y sistematizan un determinado ámbito del saber y también del hacer. Los soportes tecnológicos traen consigo la utilización, en muchos casos, de nuevos códigos comunicacionales.

Al aparecer estos, se los ve como inevitables pero no siempre como positivos. En general sentimos la amenaza de lo nuevo sobre lo establecido y genera en muchos de nosotros una actitud de resistencia. Esto ha sido así a lo largo de la historia y puede ser tomado casi como “natural”.

La aparición de la fotografía llevó a muchos a decretar la muerte de la pintura, para otros el cine clausuraría el teatro, y más acá en el tiempo, la televisión “mataría” al cine o internet al libro. Sin embargo la realidad nos muestra que se sigue pintando, se sigue haciendo cine, se siguen editando libros. Es que estos nuevos “lenguajes” no reemplazan a los otros, sino que se suman al universo de códigos y enriquecen la experiencia. Los más antiguos generalmente sufren un proceso de reacomodamiento pero siguen plenos y vitales.

La actitud con la que enfrentamos o asumimos las nuevas tecnologías ha sido tratada en un libro ya clásico, “Apocalípticos e integrados”, por Umberto Eco. El título refleja los dos caminos que tomamos para tratar la irrupción de estos nuevos códigos.

Así, después de este largo circunloquio, volvemos al tema del código escrito y los subcódigos que los soportes tecnológicos como el mensaje de texto o el chat utilizan. Y otra vez la misma dicotomía: o los consideramos una amenaza al código escrito y causa de la deficiente escritura de los/as jóvenes; o bien son “lenguajes” acotados y específicos que responden a la necesidad de comunicación y velocidad propias de estos soportes.

Desde ya me inclino por la segunda posición, y estimo que una tarea de la escuela es enseñar a los/as chicos/as a no confundir el uso del código general de la escritura con los subcódigos generados por la tecnología.

Tener una adecuada competencia de la escritura supone poder adaptarse y –con un poco de ejercicio—comprender el lenguaje particular del mensaje de texto o del chat. Sin embargo el camino inverso no es posible. Muchos/as usuarios/as muestran su pericia en el dominio de estos códigos un tanto más libres, pero cuando hay que utilizar el código escrito escamotean su uso y lo delegan. Otros más osados, aunque los menos, usan las herramientas que dominan en ese territorio no tan libre de la escritura convencional y el resultado es decepcionante.

Y no puede ser de otra manera, la característica más saliente de estos mensajes es la velocidad, para ello se buscan todos los atajos que conduzcan a la brevedad: breves son las palabras, breve es el mensaje.

La complejidad de nuestra experiencia, una experiencia vital que trasciende al uso de un teléfono celular o una computadora, puede ser abordada desde la complejidad de la escritura, un código que lejos de la celeridad exige sosiego y reflexión.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...