sábado, abril 21, 2007

OCHENTA


Gabo cumplió ochenta. Y hemorragias de tinta en todo el mundo hispanohablante se han asociado al festejo. Además han buscado coincidencias entre su cumpleaños, la fecha de aparición de su novela más famosa y la entrega del premio Nobel. Un cóctel explosivo para sacar jugoso partido. Es decir que por un tiempo García Márquez ocupará el centro de la escena literaria. Ya hubo maratón de lectura a cargo de famosos; el 26 de marzo en el Congreso de la Lengua, en su Colombia se presentará la edición homenaje de “Cien años de soledad” con una tirada de quinientos mil ejemplares a un precio bastante accesible, dicen.

Es inevitable. En otras columnas hemos hablado si tienen razón de ser estos aniversarios y si aportan algo a la figura o a la obra en cuestión. En nuestra época no es posible disociar literatura y mercado, por lo que cada una de estas fechas—cuando se trata de artistas o de obras—tiene su cuota de interés que las vuelve un poco sospechosas. Pero a su vez permiten para muchos una puerta de acceso al conocimiento de un autor o de una obra. Las sensaciones son ambiguas.

También hay cierta inquietud de mi parte, una inquietud carente de lógica y es la siguiente: me cuesta admitir que ese anciano de pelo y bigote blanco y anteojos enormes de miope sea el escritor que uno ve en las solapas de los libros que están en mi biblioteca. Quizás tienda a asociar la escritura de esos libros, su perennidad con las fotos cuyo referente—a la inversa de Dorian Gray— se sigue desgastando con el tiempo. Es la misma zozobra que experimento ante el envejecimiento de los rockeros. Pertenezco a una generación que creció en un contexto en el que el rock era una música hecha por jóvenes y para jóvenes, sin embargo hoy quedo perplejo ante los aliños que el tiempo ha hecho en la mayoría de aquellos rebeldes. No asocio mi propio cambio al cambio de determinadas esferas del mundo circundante, olvido aquel famoso verso de Machado: “cambian la mar y el monte/ y el ojo que los mira”.

Pero volvamos al cauce principal después de todos estos meandros. Volvamos a Gabo. Después del Tony, después de Corin Tellado, después de Lafuente Estefanía, García Márquez está asociado en mi memoria con la pasión de leer, con la puerta de entrada a la literatura. En aquel adolescente cuyo tiempo era un remanso, la escuela me brindó la oportunidad de encontrarme con un librito pequeño, rarísimo (para mí), que trataba de una espera y que tenía una violencia contenida que en cada página estaba a punto de estallar. Comentábamos el final, sobre todo la palabra “mierda” que cerraba el libro. Fue el primer escalón.

Algunos años después, tirado en el piso de un comedor, buscando el frescor ausente de las siestas del desierto patagónico, devoré en ese enero encendido, la saga de los Buendía. Aún recuerdo el aroma del papel, el color de la frazada que me aislaba de las baldosas y el hueco del tiempo tallado por esa historia inolvidable.

(En la foto, García Márquez con Augusto Monterroso)



miércoles, abril 11, 2007

CLASIFICADOS

Los lectores de la sección de clasificados de los diarios son un tipo especial de lectores que podemos denominar utilitarios, buscan la sección que les interesa y generalmente no leen el resto del suplemento, ése es sin dudas la parte más pragmática de los periódicos.

Pero uno que no tiene nada para comprar ni para vender, uno lo lee por amor al arte y se encuentra con innumerables sorpresas que dicen mucho de determinados sectores comerciales o empresarios de nuestra sociedad y de las agencias de publicidad; sorpresas referidas a lo idiomático que tienen más que ver con la ignorancia y el cholulismo.

Es evidente que la publicidad más creativa de los diarios regionales se la lleva el sector automotriz, con avisos que hacen gala de un lenguaje informal que pretende una cercanía con el lector, ya que utilizan constantemente el voseo argentino y tenemos enunciados como: “vení, acercáte a tu 0 km”.

En cuanto a la ortografía, la publicidad en muchos casos omite una regla elemental: los signos de interrogación(¿?) y exclamación(¡!) en nuestro idioma se abren también no sólo se cierran.

Sigamos con nuestra lectura, imaginemos que tengo a mi lado una muchacha búlgara, estudiante de español, que se interesa por los avisos del mercado inmobiliario. Primero la chica no entenderá nada, supondrá que es una parte del suplemento que se vende en Estados Unidos y buscará palabras como Houston, Los Ángeles, Chicago, Nueva York; pero nada de eso encontrará, en su lugar aparecen palabras como Manzanero, El Rincón de Otilia, Bahía Durazno, etc. Y uno debe explicarle que nuestra moneda es el peso argentino, y que si todo está en dólares es posible que la gente de las inmobiliarias siempre haya tenido el sueño de vivir en el gran país del norte; o bien nos han visto flojos en multiplicación y nos quieren obligar a practicar la tabla del tres.

Pasamos a la sección en la que se requieren distintos tipos de empleos. Aquí el prestigio de las empresas va de la mano con lo rimbombante del cargo solicitado. Hay una máxima que sobrevuela toda la sección: hay que parecer, más que ser. Así los bancos ya no piden un empleado administrativo-contable, sino “oficiales de negocios” nombre genérico que no se sabe bien qué quiere decir y en el que entran un sin número de tareas. Ahora solicitar un vendedor a secas no entra en los perfiles de las empresas, hoy se piden para la misma tarea “agentes, ejecutivos en venta o comerciales”, que suena mucho más prestigioso.

Además está el detalle menor de los requisitos casi siempre en letra más chica. Cuando es atención al público solicitan una mezcla de la Madre Teresa con Angelina Jolie en el caso de mujeres y una especie de Antonio Banderas cruza con Bill Gates en los hombres. En cuanto a experiencia previa, algunos avisos piden por poco práctica en alunizaje. Además está el dichoso “perfil” de la empresa, una especie de molde en el que debe entrar el solicitante. El “perfil” es como Dios, todos hablan de él, pero nadie lo define.

(Esta columna no fue autorizada para la publicación en el diario)



miércoles, abril 04, 2007

DÍA DE LA POESÍA


La UNESCO ha declarado al 21 de marzo como Día Internacional de la Poesía, siguiendo la moda de que todo debe tener su día en el calendario.

Si uno sigue cierta lógica sabe que el día de los enamorados, del padre, de la madre, de la mascota, etcéteras; provoca en nosotros una fiebre regaleril. ¿Por qué no pensar que el día de la poesía será algo similar? ¿Cómo no imaginar a chicos, jóvenes y grandes caminando con su libro de poemas bajo el brazo para leer o regalar? Imaginar que en ese día los libreros pudiesen vender esos libros de poemas que duermen en los anaqueles desde hace décadas. O fantasear que el mozo del bar de la esquina a nuestra llegada nos espete con un "Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver...” del maestro Darío. Nada de esto sucede, lo sabemos y el día de la poesía pasa tan inadvertido como el día mundial de la bola de billar.

Aunque cueste creerlo, en mi edificio se celebró el año pasado tan inesperada fiesta gracias a doña Enriqueta, presidenta del consorcio y además fanática de las novedades.

Salía yo un tanto adormilado rumbo al trabajo, cuando don Jaime, el portero, me sorprendió con un "Buenos días, señor, feliz día de la poesía, en nombre del consorcio". Se me cayó el maletín y sospeché que la sesión nocturna de cognac de don Jaime todavía persistía. Pero no, inmediatamente el portero me invitó a elegir algún ejemplar poético de los apilados en la mesita. Sorpresa y asombro, habían conseguido (seguramente a un viejo librero retirado) una remesa de los "Clásicos Castellanos" de Espasa-Calpe.

Mientras me deleitaba contemplando viejos e inalcanzables títulos, comenzaron a bajar el resto de mis vecinos, quienes eran recibidos con la misma frase sorprendente por don Jaime.

"El libro del señor don Marqués de Santillana no está porque se lo ha llevado doña Enriqueta", advertía Jaime al grupo que revolvía libros en el hall. "¡Aaaaah, Bécquer!", gritó la solterona del 3° C, al tiempo que estrujaba el libro contra su pecho. "¿Alguien vio un libro con poemas de Sócrates?" preguntó el Secretario de Cultura de la comuna que vive en el 2° B. "¿Algún libro con poemas de autoayuda?", inquiría la cuarentona del 4° A, preparada ya para el gimnasio. "¡Este es el mismo que recita la vieja de literatura!, exclamó el adolescente del 1° D ante un soneto de Quevedo. "Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando", recitaba a Jorge Manrique con voz radiofónica mientras se alejaba por el pasillo, la maníaco-depresiva del 3°A.

Poco o nada le importa a la poesía, el día de la poesía. Ella sigue estando presente en nuestras vidas, desde las canciones de cuna con que nuestras madres convocaban al sueño, las rondas que jugábamos de guardapolvos blancos, los poemas de amor que copiábamos para conquistar los favores de la compañera de curso, el instante preciso en que un poema, un verso nos reveló—a la manera borgeana—nuestra propia cara, la inigualable belleza del mundo y el don secreto de las palabras.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...