miércoles, mayo 30, 2007

SÁNDWICH

Hay un momento en que nos configuramos como individuos sociales, en plena juventud, e influidos por una serie de ideas que se corporizan y circulan y dan una determinada fisonomía a quienes compartimos por edad un tiempo. Inevitablemente llevamos ciertos rasgos epocales que como una matriz dejan un sello indeleble en nuestra mirada social, y por supuesto en nuestra práctica. Soy parte de una prole que no vivió las grandes epopeyas de los sesenta y comienzos de los setenta, llegué tarde para ser hippie, tarde para cambiar el mundo, tarde para arriesgar en una esquina el pellejo en medio de la noche armada. Cuando supe del Che, ya era un muerto, ilustre, pero muerto al fin.

A lo largo de innumerables madrugadas y en el camino hacia el trabajo, he compartido las charlas con Luis y Daniel, y ellos hablan de una epopeya que en su interior todavía no termina, de la militancia social de los setenta; los escucho conjeturar por qué perdieron, repasan con pasión y dolor los errores, pero interiormente o no tanto, continúan con la resistencia. Hablan de una heroicidad que sigue batallando debajo de sus canas y sus arrugas.

Soy parte de una prole que ya estaba moldeada cuando irrumpió la democracia y sus esperanzas de las que se hicieron eco los/las más jóvenes, (esperanzas que en la práctica han terminado en naufragios) pero como imaginario funciona y conlleva una mirada irreverente sobre la realidad, una libertad para decir y hacer lo que se les cante, para juzgar y ejercer el parricidio contra los/las jóvenes militantes anteriores a la dictadura del Proceso.

Yo no puedo ofrecer ningún relato, ninguna matriz trascendente. Sólo imágenes proyectadas en el espejo evanescente de las conjeturas: sé que si hubiera tenido varios años más habría sido un fervoroso militante, también si hubiera tenido varios años menos habría sido un esforzado participante de la política partidaria; nada de eso soy, cuando ingresé a la secundaria llegaron los militares y cuando llegué a la universidad todavía seguían.

Si se puede aplicar—con todas las reservas del caso—el concepto de generación a los que tenemos entre 45 y poco menos de 40 años, somos una especie de generación sándwich (para usar una imagen de Carlos Gazzera de quien tomo esta idea), pero no somos el jamón, sino una especie de aderezo un tanto insípido o bajas calorías.

Ni soñadores, ni irreverentes, ni utópicos, ni desprejuiciados, somos la generación escéptica, la generación inmóvil. Somos el proyecto de lo que pudo ser y no fue. Una constelación de retazos de la generación anterior y la de los ochenta, retazos que intentamos zurcir y componer sin entrar en conflicto con ambos mundos. No tenemos marcas fuertes de estilo, o nuestro estilo es eso, un centón, o peor, un pastiche que desnuda nuestro fracaso generacional.

Llevamos esa carga casi siempre solapada, cavernosa; quizás sea hora de hacerla visible, de pertrecharla y hablar desde ese lugar, contra viento y marea, y echar a andar un estilo, una marca, un mojón que difumine tanta niebla, tanta seña inconclusa.

miércoles, mayo 16, 2007

PAVESE


Hay lecturas que son como anteojos, comenzamos a ver todo desde la óptica de la obra que leímos; éstas son sin duda las páginas inolvidables, las que nos revelan, años después, las mínimas circunstancias en que esa revelación se produjo. Césare Pavese (1908-1950) es uno de esos autores que modificó mi concepción de literatura y siempre con el tiempo algo hay en Pavese que me sale al encuentro. Hace pocos días en los pasillos de una facultad un joven leía, aislado del mundo que circulaba a un metro de él, un libro. Mi curiosidad me llevó a preguntarle cuán poderosa era la historia para permanecer fuera de ese espacio y de ese tiempo; la respuesta fue “El bello verano” de Pavese.

Sorprendido por la coincidencia, también a mí a su edad me había impactado la obra del italiano; recordé otra, hace mucho tiempo en un sendero perdido de mi pueblo, leí, sorprendido, “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”...ese verso famoso de Pavese. Coincidencias y olvido. Su obra hoy es apenas leída, y sin embargo la huella de Pavese en la Argentina fue profunda., traducido por Rodolfo Alonso, Hugo Gola, fue leído con avidez en la década del 50 y los 60, para luego paulatinamente entrar en un cono de sombras.

Muchos escritores manifiestan su admiración por Pavese, entre ellos Álvaro Abós, Mayra Montero, Elías Canetti, Calvino. En algunos, por ejemplo Saer, es impensable su concepción estética sin la influencia del escritor piamontés.

Sus nueve novelas son una verdadera comedia humana, uno de los ciclos narrativos más densos y dramáticos de la narrativa italiana y uno de los más importantes en la descripción de ambientes sociales. La vida de la pequeña burguesía urbana y campesina, las miserias y bondades del piamonte rural y urbano, sobre todo Turín. Sus personajes viven siempre la angustia de la soledad, y en algunos casos cuando logran saltar ese difícil vallado, viene la desazón por todo contacto humano. La incomunicación, que lo torturaba en su propia vida, se vuelve un tema recurrente en sus narraciones.

La columna vertebral de toda la obra de Pavese pasa por transformar instantes de experiencia en instantes de absoluto; tener y hacer un estilo y ser ese estilo. Por eso sus reflexiones y estudios en torno al mito serán fundamentales para cimentar su estética. A lo largo de su vida buscará transformar lo irracional, lo mítico en claridad, en literatura, como una operación catártica. Esto tiene sus riesgos, porque una vez que se ha hecho luz sobre los mitos de su propia vida, ¿cómo continuar? ¿qué escribir?

Escribió además ensayo, poesía y dos de los diarios más célebres de la literatura moderna: El oficio de poeta y “El oficio de vivir”. El gran tema de “El oficio de vivir” es cómo se transforma la vida en literatura, cómo se va haciendo escritura; en sus páginas se palpa la heroica resistencia de un hombre contra el suicidio, un ejercicio de autoanálisis en el que vemos una progresiva autodestrucción que terminará con su vida en un viejo hotel turinés en el verano de 1950.

miércoles, mayo 09, 2007

Gran Hermano

Debo confesar una falta: no veo Gran Hermano. Esto supone que desde hace meses en reuniones, fiestas, pasillos, colas de bancos, cajas de supermercado apenas si puedo entablar conversación alguna, además de soportar las miradas de extrañeza, cual si fuera un ornitorrinco, cuando me dicen: “viste, Diego se fue de la casa” y yo respondo que no, que mi vecino sigue ahí, que dos por tres se pelea con su mujer, pero la cosa no llega a tanto; o cuando auguran: “va a ganar Marianela” y a mí se me da por preguntar ¿juega tenis la chica?

Más allá de la exageración, me pregunto por qué la gente ve un programa en el que varias personas encerradas simulan una vida cotidiana que tiene poco de televisiva, porque al contrario de lo que sucede en las cámaras, en la vida cotidiana de las personas no pasan a cada instante grandes acontecimientos como ganar una carrera, descubrir un crimen, viajar por el Caribe, heredar una estancia, robar un banco o que la mujer soñada caiga rendida a nuestros pies.

Nuestra vida cotidiana está amasada de pequeños hábitos, manías, rutinas férreas alteradas muy de vez en cuando por aislados sucesos trascendentes. En ese programa no hay noticia, no hay novedad, no hay una historia, no hay acción.

¿Entonces? ¿Cuál es el secreto del éxito? Arriesgaré algunas hipótesis. Hay un precepto que el común de la gente tiene de la televisión: creer que lo que pasa en ese medio es “real” o que es verdad. Ya lo expresó un famoso teórico de la comunicación: “el medio es el mensaje”, en este caso es la televisión el medio que por su sólo prestigio y por su incidencia en la vida de la gente se constituye en mensaje, no importa su contenido, importa el lugar desde donde se imparte ese contenido. Hoy, las cámaras son la expresión de la existencia social, la cosa pública, que antes sucedía en las plazas, en las calles, en el presente sucede en la televisión, se despliega en nuestro hogar.

Así los ideólogos televisivos armaron un tipo de programa para acercar aún más la televisión y la vida, son los “Reality Show”, en los que se encubre un viejo sueño televisivo: que todo pueda ser filmado, transformar la vida privada en espectáculo. Por ahora son intentos bastante fallidos, porque estos “reality” tienen mucho de show y nada de “reality”.

La televisión—en palabras de Martín Barbero—lleva a la “reconfiguración de las relaciones de lo privado y lo público (...) la superposición entre ambos espacios y el emborramiento de sus fronteras”.

Gran Hermano es para muchos el programa que muestra la vida de la gente común, de ahí su masividad. Es el espacio donde se hace posible ver lo privado como show, la ilusión de que si filman a esas personas también me podrían estar filmando a mí, el sueño de la cámara instalada en nuestra casa o en la del vecino y la posibilidad de espiar y ser espiado. El sueño peligroso de que sólo siendo parte de la tele se puede existir socialmente.

miércoles, mayo 02, 2007

HAROLDO CONTI


"Hay cierta clase de escritores que después de leerlos uno quisiera llamarlos por teléfono; hay otra clase de escritores a la que mejor no conocer: son la mayoría". La clasificación es de Abelardo Castillo. Si hay alguien que indiscutiblemente está dentro del primer grupo ése es Haroldo Conti.­

Pertenecía a una generación de escritores nacidos entre los años 20 y 40 que cambiaron la literatura argentina. La mayoría de ellos provenía de las provincias.­

Haroldo Conti era la contracara del escritor intelectual, decía: "Soy escritor nada más que cuando escribo, el resto del tiempo me pierdo entre la gente". Y de eso dan fe todos sus amigos desde los más variados ámbitos en los que se movía. Fue seminarista, profesor, marinero, cineasta, aviador y periodista. Sus pasiones fueron sobre todo la escritura, la libertad y la gente. ­

En el delta encontró su paraíso, tanto que se fue a vivir a las islas, donde era uno más, con los viejos pescadores y nutrieros. Allí se armó su bote en forma artesanal y salía a navegar por ese mundo de agua y verde. Un día un aviso en el diario juntó a cinco desconocidos para una expedición a Río de Janeiro. Querían libertad, Conti era uno de los tripulantes. La aventura terminó en naufragio en el balneario Las Palomas, en la costa Uruguaya. Aprovechó para hacer amigos entre los marineros y vagabundos; y por supuesto pescar. Desde ese momento Las Palomas se convirtió en el lugar obligado de veraneo durante muchos años. ­

Otra expedición memorable fue la de las aletas de tiburón. Cuenta Aníbal Ford que Haroldo supo que a los japoneses les gustaba mucho una comida con aletas de tiburón, inmediatamente se dedicó a recorrer todos los balnearios de la provincia para acopiar aletas, enfardarlas y hacerse rico. Por supuesto que el viaje duró demasiado, y el proyecto de negocio se diluyó entre pesca, asados, amigos y la ruta. ­

Si algo lo caracterizaba era el estar siempre en movimiento. Los viajes eran para conocer nuevas geografías, pero sobre todo para estar en contacto con la gente. De esos periplos Conti aparecía con diversos objetos que acumulaba en su departamento de Buenos Aires, en el que había hasta una enorme costilla de ballena.­

Cuba es el viaje que cambia su literatura y su vida. Desde ese momento aquélla se vuelve más "americana" en sus temas. Y comienza una militancia política mucho más comprometida con lo social; "ser revolucionario es una forma de vida, no una forma de escribir", confiesa­.

Escribió algunos de los mejores cuentos de la literatura argentina. En su prosa trató de aunar la literatura y la vida. Muchos de sus amigos, los ambientes, la gente que frecuentó están en su obra­

Es curiosa la contradicción de un hombre que amaba viajar. Justo en el momento que más necesitaba irse se quedó, pese a las advertencias de tantos amigos. El 5 de mayo de 1976, en Buenos Aires, Haroldo Conti fue secuestrado. El resto es un final abierto o cerrado, depende, pero final al fin. ­

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HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...