martes, octubre 30, 2007

ESCRITURA=ESPERMATOZOIDES II

(Si un blog sirve para tender un puente en la distancia y conocernos sin que nos hayamos visto nunca, ni nos vayamos a ver, si un blog sirve para hacer miles de kilómetros y poder tomar un cerveza, un café y hablar de libros hasta que la tarde se doble, entonces vale la pena). Para Jorge reedito esta columna.


Escribir es una situación espermatozódica, en ella se abortan las posibilidades que algunas palabras vean la luz, en detrimento de otras.

El primer paso de quien frecuenta la escritura con tentación literaria, es tomar conciencia de esa situación.

Esto es algo que no sucede en la adolescencia. No hay sensación más plena de sentirse escritor que allá por los 15 o 16 años. En esa edad decirle a un chico o una chica que su escrito está bien pero que hay que corregirlo; supone generalmente una mirada de estupor, seguida de decepción ya que uno le encuentra fallas a algo que está perfecto.

Una anécdota sobre esta "inconciencia lingüística" la cuenta Abelardo Castillo, autor de "Las otras puertas", y quizás uno de nuestros mayores escritores. Relata Castillo que a los diecisiete años había escrito un cuento que él suponía perfecto y fue a leérselo a un intelectual un tanto excéntrico. El cuento comenzaba "Por el sendero venía avanzando el viejecillo". Bosio Arnaes, que así se llamaba este intelectual pueblerino, lo interrumpió y le preguntó: ¿ por qué ' sendero' y no 'camino'? ¿por qué 'avanzando' y no 'caminando'? ¿por qué 'el' viejecillo y no 'un' viejecillo? ¿y por qué en vez de 'viejecillo', no puso 'viejito', 'viejo' o 'anciano'? ¿Por qué no había escrito "El viejecillo venía avanzando por el sendero" que es el orden lógico de la frase? Todas estas preguntas cayeron como verdaderas cataratas de rocas sobre el joven Castillo, que sólo atinó a responder: "ese es mi estilo, señor". Y Bosio Arnaes terminó su paliza diciéndole: "antes de tener estilo, hay que saber escribir".

Tarea por demás ardua la de saber escribir, que no es otra cosa que cierta clara conciencia de usar la palabra justa en la situación justa. Por eso, en el fondo todo escritor tiene algo de cabalista; se ejercita en sus obras para encontrar en algún momento, las palabras que revelarán el misterio de una frase, de un verso perdurable.

Hoy causa gracia saber que a veces cierta crítica miope, en nombre del "escribir bien" institucionalizaba a algunos escritores y descalificaba a otros. En las primeras décadas del siglo XX, Manuel Gálvez era el novelista aclamado por los círculos literarios; hoy nadie lo lee, salvo algún profesor de literatura encarcelado que haya optado por leer "La maestra normal" en vez de purgar sus diez años de trabajos forzados en Alcatraz.

Por la misma época que Gálvez, Roberto Arlt era considerado un escritor que "escribía mal"; sin darse cuenta que aquello que Arlt quería decir, sólo era posible mediante esa escritura vertiginosa, cuya influencia llega hasta los narradores actuales.

A veces se me figura que los escritores son como los encantadores de serpientes; saben que las palabras dormidas, sibilantes y peligrosas pueden no moverse o bien picarlos e inmovilizarlos para siempre. Pero también saben que si logran arrancar los sonidos mágicos de esa flauta, las palabras despertarán, se contornearán, bailarán al son de su música y seguirán bailando cada vez que el encantador de serpientes-escritor decida convocarlas, para disfrute de todos los que abrimos un libro.

lunes, octubre 15, 2007

REFERENTES



Hay un cuadro de Wassily Kandinsky llamado "Composition VIII", allí el pintor ruso explora las figuras geométricas y las líneas en el espacio. Dos jóvenes que lo contemplan manifiestan su perplejidad, otros dicen no entender nada, y otros se preguntan si eso es arte. Lo que estas personas expresan es sin dudas la posición de muchos que se aventuran a la pintura moderna. El desconcierto proviene de no hallarle referente, es decir, una conexión que vincule la figura de la pintura con una figura que esté en la realidad. Al no haber conexión, esas personas no pueden dar sentido al cuadro y éste se manifiesta como opacidad, como un sinsentido.

Esto es en pintura, algo menos en la literatura, obra de las vanguardias estéticas de las primeras décadas del s. XX que buscaron cortar amarras con el realismo estético, con el naturalismo cientificista que con férrea unión vinculaban (pretendían) la obra con su correlato en la realidad.
No pretendo aburrirlos/as con teorías sobre referencialidad, sino simplemente acercarnos a un problema complejo que está presente, aunque no lo creamos, en la cotidianeidad.

En esto la música, al emplear sonidos y no imágenes y palabras tiene ventaja sobre la literatura y la pintura en este equívoco de la referencialidad. Nadie objetaría que “Train” ejecutado por el saxo de Coleman Hawkins, no es igual al tren tal, o que no se parece en nada al expreso que va a Chicago. Los músicos se liberan de esa pesada carga de responder por sus modelos.

Aún hoy, muchos espectadores ven con otros ojos una película basada en hechos reales, como si tuviera cierta ventaja a la hora de juzgar sus méritos. A lo largo de la historia de la literatura esta exigencia por el referente se acentuó a partir del s. XIX. Ya mencionamos la frase aquella de Flaubert, “Madame Bovary, soy yo” que provocó desconcierto en los lectores, ya que esperaban una mujer como modelo. O los ríos de tinta que corrieron para buscar quién era la mujer de carne y hueso que Cortázar llamó “La Maga”, conozco algunos delirantes que a su paso por París, juraban haberla conocido; o el enigma sobre la identidad real de Alejandra (personaje de “Sobre héroes y tumbas”), una de las mujeres más atrayentes de la literatura argentina. Ambas mujeres viven en el mundo posible de lo literario e importa poco y nada si tuvieron o no un modelo concreto fuera de ese ámbito.

Con las ciudades literarias sucede otro tanto. Recuerdo que cuando “Pedro Páramo”, esa novela perfecta de Rulfo vio la luz, incontables críticos y lectores salieron por la geografía mejicana para descubrir el “verdadero” Comala, el pueblo donde se desarrolla la historia. La búsqueda terminó en fracaso, Rulfo tuvo que desalentarlos también al decirles que ese pueblo existía sólo en la novela; lo mismo se podría decir de Macondo, de García Márquez o de la ciudad de Santa María de Onetti.

La literatura o el arte en general son planetas autónomos que no necesitan girar en la órbita de nuestra realidad por extraño que nos parezca.

martes, octubre 09, 2007

ECOS

La realidad no es una sola, es una construcción en la que intervienen diversas variables. Imaginemos que la realidad es la superficie de un lago, esa superficie nunca es serena, está agitada por diversas ondas provenientes de diferentes centros a la manera de cuando tiramos una piedra en un estanque. Imaginemos que cada centro difusor de ondas, cada piedrita caída en la superficie son corrientes de pensamiento, formas de ver el mundo, ideologías, movimientos espirituales, etc. Muchas de las ondas provocadas por cada piedra se han amenguado, algunas desaparecieron arrastradas por otras más poderosas, de algunas nos llegan las últimas vibraciones. “Metafórico estáis”, dirás a la manera de un personaje quijotesco.
De una de esas piedras que causó oleajes importantes en la realidad y cuyos débiles ecos aún perduran es de la que quiero hablar. El Romanticismo fue básicamente una nueva mentalidad y sensibilidad que inauguró el siglo XIX y que en diversos aspectos y en distintas regiones tuvo una duración acotada. Sin embargo muchas de sus ondas llegan hasta hoy en el imaginario de la gente. Me refiero a algunos aspectos del Romanticismo como movimiento estético, y sobre todo, literario.
Una de las primeras ideas que aún perduran es la de identificar autor y personaje. La voz que allí aparece es la del autor que se “confiesa”, porque la obra es la expresión de sus sentimientos. Si bien es cierto que con el Romanticismo las distancias entre autor y personaje se redujeron al mínimo, siempre en el personaje hay una “deformación” de esas vivencias dadas por el género, las convenciones de la época, el lenguaje...
Apagado los ecos del movimiento romántico, hay determinadas frases célebres de grandes autores ajenos a esa estética, que siguen alimentando esa idea romántica. El caso más famoso es el de Gustave Flaubert, autor de “Madame Bovary”. Ante el éxito de esta novela y la insistencia de la crítica por saber quién era el modelo en la realidad de esa muchacha a Flaubert se le ocurre una frase un tanto desgraciada: “Madame Bovary, soy yo”. Desconcierto de muchos porque esa mujer no tenía una equivalencia en lo referencial, satisfacción de otros que persistían en la idea de la obra como reflejo de su autor.
Tiempo después también el dramaturgo noruego Henrik Ibsen (1828-1906) contribuyó al malentendido al decir que “los personajes salen del corazón”, una imagen que cualquier escritor romántico hubiese suscripto con los ojos cerrados. Para reírse de esto, Humberto Costantini (1924-1987), ese poco valorado gran cuentista argentino, comentaba que sus personajes le salían del hígado, imagen ramplona y nada literaria.
Y aún hoy muchos no distinguen y adjudican actitudes y opiniones de los personajes a sus autores. En realidad los personajes, esos seres de ficción son verdaderos engendros, Frankensteins multiplicados, armados con vivencias, imágenes, rasgos de gente concreta, anécdotas, mucha imaginación y fundamentalmente de palabras.
Las voces que aparecen en un poema, un cuento, una novela, una pieza teatral son personajes que existen en un plano diferente del individuo que los creó, unidos a su mesías por el cordón umbilical de las palabras

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...