miércoles, noviembre 28, 2007

BASTA DE INTERIOR

Como tan bien lo enunció un teórico ruso, todo lenguaje está cargado de ideología, y en sus porosidades esa ideología deja ver una época, una región, un género, etc. Dicho de otro modo, el lenguaje nunca es inocente. Intentaré demostrarlo.

Cuando paseo por la capital argentina suelo gastar algunas bromas a desprevenidos comerciantes o interlocutores ocasionales (es en estas circunstancias cuando mis amigos sostienen que soy un pedante), ante la consabida pregunta “¿Usted es del interior?”, suelo responder que sí, e inmediatamente les pregunto “¿De qué parte del exterior es usted?”; esto provoca el desconcierto de mis receptores y les explico que “algo interior tiene sentido si hay un exterior”; todavía perplejos intentan explicarme que para ellos, “el interior significa todo aquel que no es de Buenos Aires”.

Y este es el meollo de la cuestión. Los centros de poder cuando son descaradamente hegemónicos tienden a mirarse el propio ombligo y minimizar o despreciar al resto. “Interior” es una palabra que designa algo; pero aplicado a nuestra geografía no designa nada, o sí, una vaguedad, que junta Jujuy a Santa Cruz, Catamarca a Misiones. “Interior” es la cómoda fórmula para designar a “los otros”, sin importar sus peculiaridades y diferencias, el término señala a los que no son de acá, entendiendo ese acá como el lugar de privilegio, como el centro.

Esto no es nuevo en la historia. Lo han practicado todas las civilizaciones. Los griegos etiquetaban a los demás pueblos como bárbaros. Borraban toda particularidad, toda identidad, ya que los bárbaros eran los que no hablaban su idioma. Algo similar ocurre con la palabra “interior”.

No pretendo realizar disquisiciones históricas sobre esta palabra, me interesa mucho más la larga vigencia de su uso. Lo curioso y a mi juicio preocupante es que esta actitud se reproduce y tenemos que en algunas provincias hay un “interior del interior”. La capital neuquina convertida en macrocéfala, se arroga—conciente de su hegemonía—el derecho de llamar “interior” a todo lo que no entra dentro de sus dominios, da igual que sea Las Lajas o San Martín de los Andes. Lo mismo sucede con Santa Rosa, ubicada en el centro mismo de La Pampa, con perplejidad veo cómo sus habitantes hablan del interior de la provincia ¡como si ellos estuvieran ubicados en la estratósfera!

Tenemos así capitales provinciales con pretensiones hegemónicas muy fuertes que se trasuntan en cierta desestimación del otro y esa mentalidad se deja ver en el lenguaje. En cambio sería imposible en Río Negro hablar de interior, porque no hay ningún centro hegemónico que destaque, sino que el poder está diseminado en diferentes ciudades. Es impensable que un viedmense hable del “interior” ante un roquense, un cipoleño o un barilochense, porque estos se le irían a las barbas al instante.

El lenguaje no es inocente. El vocablo “interior” en nuestro país está articulado desde los lugares hegemónicos, desde la posición del fuerte, desde la arrogancia que da el no reconocer las diferencias. La macrocefalia sólo permite ver nuestro propio ombligo, más allá están los bárbaros...y así nos va.

lunes, noviembre 19, 2007

RINCONES

Un rincón es siempre un refugio, un lugar donde nos sentimos a gusto. Puede ser un ámbito natural, nuestro jardín, ciertos sitios muchas veces poblados de árboles, un recodo de un río o arroyo; o bien un lugar artificial, un café, cierta esquina, algún lugar especial en la casa. En el fondo esos lugares están atravesados por nuestra subjetividad, un rincón es un lugar íntimo, un sitio intransferible, un “locus amoenus” como lo llamaban los latinos.

Para otros puede ser un misterio nuestra preferencia por esos lugares, y no podrás negarme—lector, lectora--, que mientras recorres estas líneas, no giran en tu memoria los diversos refugios que te han cobijado y que aún funcionan a modo de un territorio secreto.

En la literatura también aparecen esos rincones, cómo no recordar aquella arboleda y las retamas que evoca en su primer tomo de memorias el poeta Rafael Alberti: Todo era allí como un recuerdo: los pájaros rondando alrededor de árboles ya idos, furiosos por cantar sobre ramas pretéritas; el viento trajinando de una retama a otra [...]. Todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luza caía como una memoria de la luz, y nuestros juegos infantiles, durante las rabonas escolares, también sonaban a perdidos en aquella arboleda. [...] Cuando por fin allá, concluido el instante de la última tierra [...] me tumbaré bajo retamas blancas y amarillas a recordar, a ser ya todo yo la total arboleda perdida de mi sangre.”

Cómo no recordar ese jardín de Ferrara que se llevó para siempre la guerra junto a sus protagonistas y que sólo vive en el recuerdo del narrador de “El jardín de los Finzi-Contini” de Giorgio Bassani; o la casa de la infancia a la que vuelve un hombre ya viejo y sufrido en el poema “La vuelta al hogar” de Olegario V. Andrade.

Los recuerdos literarios que evocan o dan cuenta de los rincones son muchos. Ahora quiero volver a los míos. Uno de mis rincones ya no existe, o quizás sí, es un refugio cargado de nostalgia y misterio y tiene que ver con el niño que fui.

Hay un lugar, no muy lejos de una casa centenaria, en el que crece la gramilla, hay unos árboles altos, acacias principalmente, algún álamo aislado. Y recostado sobre ese espacio, en uno de sus extremos un bosque de tamarindos dispuestos en círculo como un espacio mágico. Allí en las siestas solitarias y fatigosas, el niño que fui se internaba en esa espesura, en la sombra fresca de esos tamarindos que conformaban verdaderas cavernas y pasadizos y dejaba en libertad su imaginación custodiada por la seguridad de ese rincón.

Siempre descubría un nuevo túnel, un inesperado vericueto, allí recostado sobre ese mundo vegetal el niño que fui soñaba su infancia, acompañado de un perro y de algunos juguetes y el rumor de los animales en los corrales.

Cuando volví, muchos años después, el hombre que soy, halló apenas vestigios de aquel círculo mágico. El hombre que soy sabe que ese lugar fue lo más cercano al paraíso, un paraíso, quizás irremisiblemente perdido.

El cuadro pertenece a Roberto Lewis y se titula "Tamarindos"

miércoles, noviembre 07, 2007

LOS SUICIDAS



"El único verdadero problema filosófico es por qué no me mato". Así, con la desnudez brutal que caracterizaba a sus frases, Albert Camus, el autor de "El extranjero" resumía su principal preocupación. Una lucha constante por dotar de sentido al mundo, y así evitar la tentación de un final precipitado.

La cita de Camus es algo que ponemos en práctica todos los días aunque lo hagamos en forma inconsciente. La madre de todas las decisiones es ésa, la disyuntiva de permanecer o no en la vida. Todas las demás elecciones están subordinadas a esta soberana determinación.

El suicidio ha llamado siempre la atención, ha suscitado un sin número de especulaciones sobre el porqué las personas lo hacen. Las causas pueden ser muchas y ninguna, y provoca en la mayoría de la gente desconcierto.

En el caso de los escritores suicidas, al contrario de lo que sucede con algunos músicos que la muerte "los mejora"; en la mayoría de los casos sus obras permanecen no por el destino del autor sino por su calidad literaria.

Cuatro son los grandes nombres de escritores suicidas ilustres en la literatura argentina, afortunadamente ninguno ha hecho milagros ni tiene un santuario. Los cuatro nos legaron como verdadero milagro sus obras.

Horacio Quiroga, el autor de "Cuentos de la Selva" fue un hombre signado por la tragedia. Decidió poner fin a su vida antes que el cáncer se adueñara de su voluntad. En una calurosa noche de febrero de 1937 salió del hospital, compró cianuro y whisky y decidió visitar a la compañera de muchos de sus cuentos para "volver a ser parte primigenia de la naturaleza"

El otro, recorrió en tren por última vez el trayecto Buenos Aires-Tigre, luego abordó una lancha hasta un hotel en las islas del delta, se encerró en una habitación, bebió también cianuro y murió exactamente un año después que su amigo Quiroga. Sucumbió a "esos dogos ilusos" que vivían en su interior y que un día lo asaltaron para siempre. Al otro día nadie daba crédito a la noticia de que Leopoldo Lugones había terminado con su vida.

En octubre de 1938, una mujer poeta a la que le dolía la vida, resolvió encarnar aquello que había anunciado en su escritura; y en la madrugada del 25, Alfonsina Storni caminó hacia el mar para dormirse definitivamente y terminar la lucha contra el mundo y la enfermedad.

Pasaron 34 años para que otra poeta, dueña de una lucidez excesiva y un dolor infinito, ingiriera un frasco con pastillas que eran el pasaporte que utilizó Alejandra Pizarnik para derrotar la honda y lacerante soledad que las palabras habían provocado.

Es curioso, todos decidieron morir en la noche, que es la amiga del sueño, que es el hermano de la muerte. Lugones se fue con su secreto; Quiroga y Alfonsina, orgullosos como eran, decidieron tener la total soberanía sobre sus vidas. Pizarnik comprendió que las palabras pueden ser ese infierno tan temido y huyó buscando un paraíso.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...