lunes, diciembre 24, 2007

HISTORIAS DE NAVIDAD


a J. K. In memoriam

Juan tenía una infancia. También tenía un perro. Ambos quedaron en Wlodawa, en el recuerdo del viento helado y la nieve contorsionándose. Más que el hambre, más que el ruido de los cañones, más que los campos arrasados; Juan recordaba siempre aquellos días de la infancia corriendo por el campo amarillo de espigas, jugando con sus hermanos y vecinos en el bosque cercano o lanzando bolas heladas. Pero esas cosas eran adornos de su infancia.

Su infancia se liga, indisoluble, a su perro. Juan recuerda que las primeras imágenes de su niñez están asociadas a Batuque. Su hermana mayor le dijo que se lo habían regalado el día que nació; lo cierto es que no había mayor contraste verlos caminar desde el campo hacia la escuela de la aldea. Uno, blanquísimo, con el pelo del mismo color de los campos en abril, grandote, desgarbado; el otro, negrísimo, chiquito, de pasos eléctricos para seguir las zancadas del niño.

En vano los maestros intentaron disuadir, primero al niño y después al perro, que no había lugar para ambos en el aula. Pasados los primeros grados, Batuque ya no se conformó con estar echado a los pies de Juan, sino que terminó disputándole la silla o trepado en su regazo, muy atento a los intríngulis de sumas y restas. Compartían el recreo y algún mendrugo o una fruta hurtada por el camino.

Cuando el padre de Juan partió a América, el perro se apegó aún más al niño. A mediados de otoño, en la mesa, frente a la sopa cotidiana, su madre anunció que ahora ellos partirían. Lo que sucedió después se acumula en la memoria de Juan con el caos del vértigo. Los preparativos, las pocas cosas que tenían y que se llevaron las resumieron en dos grandes baúles.

Poco atesora en la memoria sobre la despedida de la familia en la aldea; sí le quedó de ella un largo sacón de lana negra de su primo mayor, que le permitió mitigar el frío y envolver también a Batuque, en el viaje hacia el puerto de Goynia.

Su madre le explicó a punto de embarcar que no podría llevar al perro, Juan se aferró con desesperación al cuerpo caliente del animal. Todavía hoy tiene la imagen de la cara del hombre que se lo arrebató; en la memoria y casi sesenta años después le duelen los brazos, los gritos y le vienen las lágrimas como entonces al evocar aquel forcejeo. Entre dos marineros lo cargaron en cubierta. Vio como Batuque se liberó y corrió por el muelle tratando de alcanzar la nave que se movía con lentitud. Corrió impelido por la angustia hacia la popa, lo llamó varias veces y el perro en medio de sus ladridos buscaba con ahínco el camino hacia el barco. Esa es la última imagen.

En la larga travesía, Juan recorrió todos los vericuetos del buque con la secreta esperanza de hallarlo. En Buenos Aires su padre los esperaba y emprendieron el viaje en tren hacia la colonia. No compartió la alegría de sus hermanos y de sus padres aquella Nochebuena, miraba constantemente sus manos, el piso, el regazo. Unos minutos antes de la medianoche, se levantó, hurgó en uno de los baúles y apareció con el abrigo de lana negro hecho un ovillo entre sus brazos, se sentó y se abrazó a él mientras la noche reventaba de cohetes y de ausencia.

miércoles, diciembre 19, 2007

HINCHAR COCOS


Los escritores-personajes son peligrosos. Uno corre el riesgo de quedar entrampado en la seducción del personaje y padecer una severa miopía para su obra. Sucede con Oscar Wilde, sucede también con Unamuno. El frondoso anecdotario unamuniano oculta muchas veces la profundidad de su vivero personal.

Toda la preocupación filosófica y literaria de Unamuno puede resumirse en lo siguiente: ansias de más vida. Dicho con sus palabras: "cómo no morirme del todo, cómo seguir siendo después de lo inevitable".

Unamuno comienza su estudio de la filosofía anunciando que se ha propuesto crear un nuevo sistema filosófico, ni más ni menos, a lo Quijote. En su obra filosófica no hay que buscar un pensamiento sistemático y lógico; más bien sus ideas son como esos fuegos artificiales que alumbran por un instante la noche y luego se apagan, sin embargo sus resplandores permanecen largo tiempo en la retina. Y esas ideas son contradictorias muchas veces; pero coherentes dentro del sistema unamuniano, para quien "el hombre es un animal contradictorio"...y Dios casi una creación humana.

"Del sentimiento trágico de la vida" es una obra singular del pensamiento español del siglo XX, postula en ese caótico y único libro que en realidad la preocupación fundamental de los hombres es cómo no morirse del todo cuando uno muera. En ese libro se anticipa por años al movimiento existencialista. Su obra ensayística -- género al que Unamuno dio nuevos bríos-- es extremadamente personal como no podía ser de otra manera en alguien tan egocéntrico. Por ejemplo, algunos de sus artículos religiosos llevan como título "hinchar cocos"; en otros propuso como característica del espíritu español "la real gana", que tenía su asiento no en el alma, sino en los testículos.

Pero más allá del pintoresquismo, estaba el ansia de saberlo y devorarlo todo. Fue uno de los primeros europeos que conoció profundamente la obra de Kierkegaard, tanto que aprendió danés sólo para leerlo en su idioma propio.

Introdujo en aquella España mojigata a Spinoza, Kant, Nietzsche; a los poetas escandinavos y latinoamericanos. En 1894, Unamuno había exaltado por todo el mundo hispánico la excelencia del "Martín Fierro".

Escribió novelas singulares, a contramano con las corrientes de la época; la crítica las rechazó y negó que fueran auténticas novelas. Unamuno no se inmutó y acuñó el nombre de "nivolas" para sus creaciones. En ellas, la caracterización del ser español, el anhelo de inmortalidad y la búsqueda de la fe son sus temas principales.

Y para dejar a este ilustre vasco, termino con otra anécdota. Cierta vez el rey Alfonso XIII convocó a muchos ilustres de la península, para otorgarles la orden Alfonso XIII, creo (cito de memoria). Todos estaban expectantes sobre el discurso de Don Miguel, al momento de retirarla dijo con su vozarrón: "agradezco al rey esta medalla que bien me merezco". El primer desconcertado fue el rey, no sabía si reírse o tomarlo en serio, luego de unos segundos incómodos en el palacio, el rey le contestó:" es raro, todos los que la han recibido antes dijeron que no la merecían"; y Unamuno remató: " y tenían razón".

lunes, diciembre 10, 2007

TODO O NADA



La Universidad de Salamanca, cuya fama trasciende los límites de España, tiene dos figuras emblemáticas: Fray Luis de León y Miguel de Unamuno. Éste es sin dudas un caso especial. Unamuno era la originalidad en persona. Fue novelista, ensayista, dramaturgo, poeta, profesor de griego, latín, filósofo; fue Unamuno. Una personalidad que en su tiempo excedía su obra, y esto es mucho decir para quien ha dejado algunas de las mejores páginas de la literatura y la filosofía española.

Unamuno era vasco, pero sobre todo provenía del país de la desmesura y del culto al yo; y eso lo hace hermano de otro gran desmesurado y ególatra: Sarmiento. Pilar de aquella Generación del 98 que se propuso pensar una nueva nación y recuperar la dignidad perdida. "Quijotesco" lo definió acertadamente su amigo Machado; "energúmeno español" lo caracterizó su examigo Ortega y Gasset.

Energúmeno, arbitrario, excéntrico, singular, estrafalario, y más era don Miguel. Un hombre que no usaba corbata, que le encantaba dormir, que no dejaba hablar a nadie, que denostaba a un mito tan hispano como el Don Juan, que se atrevió a decir que el Quijote sonaba mejor en inglés que en español no podía pasar inadvertido para su época. En aquellos años agitados anteriores a la guerra civil, padeció varios destierros por sus opiniones realmente insólitas y poco prudentes. Como cuando dijo de Primo de Rivera que era "un putañero, un borracho". Terminó nuevamente exiliado en París.

Si hay algo que proliferan de Unamuno son las anécdotas que lo pintan mucho mejor que las descripciones. Cuando la República Española se va extinguiendo, Unamuno, que había sido uno de sus pilares, se vuelve un crítico feroz del rumbo que había tomado el gobierno. Trata de loco al presidente y le pide que se suicide. Así, como siempre, Unamuno no se andaba con chiquitas.

Cuando Salamanca ya pertenecía a los franquistas y Unamuno era otra vez rector de la universidad, se realizó el acto del Día de la Raza, asistieron generales, eclesiásticos y profesores que apañaban al régimen. Unamuno permanecía sentado y se había propuesto no hablar.

Sobre el final del acto el general Millán Astray, uno de los lugartenientes de Franco, junto a su guardia se atrevió a vivar a la muerte, a decir que había que matar a todos los liberales, los vascos, los catalanes, los intelectuales y... Unamuno no se aguantó, con su vozarrón calló al general, después lo trató de criminal, de imbécil, y...no paró por varios minutos hasta echarlos del lugar porque "un grupo de asnos (estaba la esposa de Franco, creo) como ustedes poco pueden hacer en este templo de la inteligencia". Dicho esto se fue a dormir, al otro día no sólo ya no era más rector en Salamanca, sino que tenía arresto domiciliario.

Denostado por igual por la derecha triunfante y la izquierda derrotada, Unamuno se quedó solo por pensar y decir lo que su íntima convicción le dictaba, sin reparar en conveniencias. A todo o nada, a lo Unamuno. Murió el 31 de diciembre de 1936 en su casa, rodeado de pajaritas de papel que él mismo construía.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...