martes, enero 29, 2008

Creer o no creer

El lenguaje está plagado de absurdos lógicos, es decir que abunda en frases que las leyes de la razón dan como imposibles de cumplir. Uno de los antecedentes más ilustres dentro del campo de la filosofía es la famosa aseveración socrática sólo sé que no sé nada. Comprobamos que es absurda porque todos sabemos algo, es imposible no saber nada y si esto fuese así, tanto saber como nada implican determinados conceptos que uno debe comprender.

Vayamos ahora a ejemplos más cotidianos; hoy escuché a una mujer decirle a su amiga no me pongo una bikini porque siento que todo el mundo me mira; es evidente que esto es una exageración o que la muchacha tiene un ego desmesurado, o bien su concepción del mundo es un tanto minúscula. ¿A qué nos referimos cuando decimos todo el mundo?

Otro de los absurdos lógicos es la frase no creo en nada, además es una frase vitalmente imposible porque los humanos inevitablemente creemos en algo, tenemos una necesidad ínsita de creer, las cuestiones de fe religiosa son una prueba de ello.

La diferencia entre la infancia y la adultez no sé si tiene que ver con la inocencia, tiene que ver, me parece, con las diferencias en las cosas que creemos. Cuando somos chicos creemos en las Reyes Magos, en Papá Noel, en los héroes del cine o la literatura. Cuando somos adultos creemos en otras cosas, a veces bastante abstractas que cada uno llena de significados, qué otra cosa es el concepto de Patria por ejemplo.

Nuestro derrotero vital está plagado de creencias y deseos, sin ellos la vida sería imposible. El capitalismo es el sistema en que estamos inmersos; como todo sistema tiene su cara y ceca. Desigual, egoísta, inhumano, pragmático son algunos de los adjetivos que se utilizan para calificarlo en su vertiente negativa. Sin embargo, este sistema basado en la hegemonía del dinero se asienta en la creencia y no en otra cosa. Creemos que esos billetes valen porque supuestamente tienen un respaldo en oro o en reservas, etc. Sucede lo mismo con las acciones bursátiles. Cuando los ciudadanos dejamos de creer, esos papeles, tan valiosos por lo que representan, se convierten en simples papeles, en meros objetos y nada más.

Es tan natural la necesidad de creer que a lo largo del tiempo hemos inventado y consumido historias sabiendo que no son verdaderas. Hemos creado la ficción. Así una novela, un cuento, una película, una pieza teatral nos sumergen en un mundo paralelo al mundo real, pero esa inmersión debe contar con nuestra complicidad. Es un juego, jugamos a creer que esas historias suceden en la realidad, por eso nos emocionamos, reímos, lloramos, nos sobresaltamos.

Los teóricos actuales llaman a esto (enunciándolo en forma muy complicada, claro está) pacto de verosimilitud. Es decir, hasta qué límite y hasta qué punto de la historia creeremos. No son las mismas expectativas de creencia en aquella persona que lee o ve una película de ciencia ficción que aquella otra que se inclina por las historias cotidianas contemporáneas.

Creer o creer, esa es la cuestión.

lunes, enero 21, 2008

VACACIONES

Ahora que es tiempo de solaz y de descanso, quiero lector o lectora compartir algunas experiencias de este tiempo de vacaciones por la costa atlántica. En realidad las vacaciones constan de dos momentos, el previo, cargado de proyectos e ilusiones y el de las vacaciones propiamente dichas, entre ambos una distancia equivalente a los talentos literarios de Coelho y de Tizón.

Uno pensaba, con el aguinaldo y el sueldo me alquilo un departamento con vista al mar, dos ambientes y cochera. Después de averiguar por Internet, teléfono, diarios uno no sabe si alquila en la costa nuestra o en la costa azul francesa. El dos ambientes quedó en un mono, la vista al mar se transformó en vista a los balcones del edificio de enfrente a cinco cuadras de la playa, y el auto estacionado frente a la plaza, lo que provoca tres o cuatro corridas nocturnas ante el menor sonido de una alarma.

Uno pensaba, me llevo una reposerita, el diario, las revistas, algún libro y me la paso todo el día en la playa disfrutando de la tranquilidad. Bueno, en esas cinco cuadras cualquiera puede confundirme con un nepalés cargando las provisiones para ascender al Everest: el diario y las revistas entre los dientes, la sombrilla a modo de fusil, la bolsa con los juguetes para la arena que mis hijas utilizan cinco minutos por día, las reposeras en una mano, la heladera en la otra, los toallones y esteras sobre los hombros y el bolsito con el equipo de mate colgando del cuello.

En cuanto a la tranquilidad en la playa, es cosa del pasado. Ni bien logro instalarme debajo de la sombrilla, a la que abrazo cual novia quinceañera para que el viento no la vuele, me sobresalta el churrero a puro grito, luego el inmediato contrapunto de mis hijas: “papá, compráme”. Les compro pero el problema se presenta cuando le voy a pagar. Sabido es que a la playa no se lleva la billetera por cuestiones de seguridad, y entonces luego de revolver todos los bolsos y demás vericuetos descubro que los billetes arrugaditos estaban en el bolso de las cremas y bronceadores y parecen untados en salsa golf.

Mientras escruto el mar con mirada filosófica y me dispongo a relajarme, al heladero se le corta la correa de la conservadora y me la da en el pie. Lo bendigo diez veces, el tipo no sabe como disculparse y les regala dos helados a las nenas y para mí un poco de hielo seco.

No puedo leer, pasa el budinero, pasa el que vende ojotas, el que vende collares, el que vende mallas, diarios, pirulines, y de repente uno que grita “chipá calentitas” y la frase que preveía: “papá, compráme”, apoyada ahora por “Viejo, comprá, así vemos qué son”. Pancitos calientes con queso, eso son; pero están un poco fríos y el queso adquiere las propiedades de un pegamento plástico, y por algunos instantes, pese a mis denodados esfuerzos, no puedo separar mis mandíbulas, por señas pido un mate, agua o algo líquido para despegar mi dentadura.

lunes, enero 07, 2008

MONEDITAS


Amo el cine italiano. Especialmente el de sesenta y setenta. Confieso que un gesto de Mastroianni, de Gassman, de Sordi me resultan mucho más convincentes que alguna mueca de De Niro, algún disfraz de D. Hoffman, por ejemplo. Y mientras pensaba en esto me preguntaba qué conozco del cine italiano actual, de sus actores, actrices. La respuesta es nada o muy poco. Puedo alegar que aquella "edad dorada" ya pasó y que hoy hay cierta decadencia, que las distribuidoras apenas nos dejan ver cine europeo, etc.; pero todo esto son excusas.


En el fondo no conozco nada del panorama cinematográfico italiano porque no me interesa, porque prefiero seguir aferrado a aquellas viejas y brillantes películas, a aquellos directores y actores de leyenda, a aquellas escenas inolvidables. No quiero cambiar.


Te preguntarás si esta será una columna de crítica de cine, desde ya te digo que no. Esta actitud ante el cine italiano de ayer y hoy es una muestra patente de cómo a cierta edad algunos comenzamos a ofrecer una resistencia a los cambios.


Si la vida es cambio, como decía Ortega y Gasset, no es menos cierto que a medida que el tiempo pasa se nos hace cada vez más difícil cambiar. A la manera de los niños vamos depositando experiencias, gustos, manías, taras y un sin fin de monedas más en la alcancía de nuestra vida. En esa alcancía está nuestro tesoro, malo o bueno, pero nuestro y él es el garante que le da fisonomía y sentido al propio vivir.


En realidad todo cambio, en general, implica una pérdida, un entregar algo en favor de... Me resisto a entregar algunas de mis valiosas moneditas en pos de una incertidumbre. A muchos/as les pasa igual. No es extraño que grandes escritores y escritoras, llegados a cierta edad, se declaren ciegos ante el presente literario y manifiesten que sólo se dedican a releer aquellos autores cuyo placer está garantizado en un volver a experimentar el recuerdo de aquel placer primigenio cuando se toparon por primera vez con ese libro.


También hay otros/as que por miedo a mancillar aquel placer inigualable ante un libro o autor deslumbrante, deciden no releerlo. Tememos que si por examinar de nuevo una de nuestras moneditas, descubrimos que es falsa. Eso me pasa con Sábato, al que no releeré.


Esto que sucede con la literatura nos sucede en la música (ahora venimos a entender a nuestros padres cuando escuchaban aquella música "vieja"), en el arte, en las costumbres e incluso en las cuestiones materiales. La era de la electrónica asienta uno de sus pilares en el constante cambio; sin embargo a mí me cuesta tirar esa impresora, ese monitor que son bastante nuevos pero cuyo arreglo ya no se justifica. Más aún, me cuesta tirar los platos descartables.


Mi actitud ante el presente del cine italiano me llevó a entender que como el avaro Grandet, cada vez cuento con regocijo las mismas moneditas.


"Un hombre comienza a hacerse viejo cuando descubre en el espejo el rostro de su padre", dijo en una de sus novelas el colombiano más famoso. Qué lo parió.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...