viernes, junio 20, 2008

JRJ



A veces uno se pregunta si tienen razón de ser los aniversarios de natalicios, muertes, publicaciones exitosas, etc., con la literatura misma. La respuesta es no, en ese encuentro único e irreemplazable del lector con el texto poco importan las efemérides; pero—siempre hay un pero—en el mundo literario, mundo que tiene diversas caras y cada una con sonados intereses, estas recordaciones ponen nuevamente sobre el tapete una obra, un autor. Y este afán interesado redunda a veces en beneficio de los lectores.

Hace unos días se cumplieron cincuenta años de la muerte de Juan Ramón Jiménez en San Juan de Puerto Rico. Lo curioso es que apenas hubo recordaciones ante la queja de sus herederos que ven esto como una injusticia. Y en parte tienen razón, el campo literario no ha sido muy generoso con Juan Ramón en la posteridad.

Soy un conocedor bastante superficial de su poesía, puedo mencionar que su obra poética tiene etapas bastante diferenciadas; pero hay constantes que la recorren de una punta a la otra, entre ellas la soledad, la perfección estética, la belleza como ideal a construir en el poema y el incesante laboreo sobre la palabra. Un poema que me gusta y mucho, porque resume en cierta medida lo que todo escritor se propone con su obra: ¡Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas! /… Que mi palabra sea / la cosa misma, / creada por mi alma nuevamente. / Que por mí vayan todos los que no las conocen, a las cosas…”

Me pregunto cuál es el motivo de esta reticencia, por la que se quejan sus familiares, para con el autor de “Platero y yo”; porque nos guste o no, Juan Ramón está en todas las avenidas que conducen a la poesía contemporánea española, por asimilación o por rechazo, es un autor insoslayable.

Hasta el estallido de la Guerra Civil fue un referente para toda la intelectualidad y los poetas jóvenes que esperaban siempre la venia poética del poeta de Moguer. Y es aquí donde podemos encontrar algunas de las claves de este desencuentro a medias entre JR y la posteridad.

Juan Ramón nunca fue un poeta muy amigo de las reuniones y multitudes, arrastró una neurosis depresiva durante toda su vida y tuvo un carácter cambiante y muy susceptible. Rara vez le duraban sus amigos, no era de elogio fácil y era temible cuando atacaba a alguien. Del filósofo catalán Eugenio d’Ors dijo “Para mí cursi significa afectado, redicho, falso, por ejemplo. Todo esto que Eugenio d’Ors es desde que nació.” Estimó mucho a Antonio Machado, pero hablo muy mal de su libro más famoso: “Campos de Castilla”. Nunca valoró ni la persona ni la poesía de Neruda, se disgustó con Miguel Hernández cuando varió su estética, no apreció la obra de Lorca ni de Cernuda. Cuando León Felipe le envió su poesía, directamente lo ignoró.

Pocos hablan de su generosidad; sin embargo, cuando recibió el premio Nóbel donó la mitad del dinero a la Universidad de Puerto Rico y la otra mitad a Moguer, el pueblo donde nació y en el que descansan sus restos.

domingo, junio 15, 2008

EL ÚLTIMO EXILIO


La serie del exilio desarrollada en esta columna llega a su fin. Habrás notado, lector, lectora, que hemos visitado algunos personajes de narraciones que padecían el exilio, también voces poéticas que en versos tan disímiles y en estéticas tan variadas coincidían en el desgarramiento de la lejanía del solar querido. Este muestrario netamente expositivo de estas columnas tenía la intención de generar en quien lee la curiosidad de ir hacia esas obras y autores. Si Ovidio en su destierro inició esta serie, Andrei Sorov la terminará. Si de uno me separan siglos, del otro miles de kilómetros; si de uno me quedan sus obras conocidas en todo el orbe, del otro sólo espaciados correos electrónicos, algunos textos fragmentarios y noticias sobre sus obras.

Andrei Sorov o Sorok—hay oscilaciones sobre la consonante final--, vive en un pequeño pueblo en las afueras de Kiev, la capital de Ucrania. Es considerado en ese país un escritor “de culto”, famoso por sus excentricidades, entre ellas las de no dar entrevistas ni aparecer en público, una especie de Salinger eslavo, y de darse el lujo de no publicar nada desde hace más de veinte años.

Todo esto no tendría demasiada trascendencia y no se justificaría hablar de él en esta columna. Pero sucede que Andrei Sorov es argentino, nacido a fines del veinte o comienzos del treinta en una colonia ucraniana en la provincia de Mendoza. La manera en que di con él es obra de la casualidad y del contacto con familiares de Andrés Sorok, (como aparece asentado en el registro); uno de sus sobrinos me habló de un tío al que literalmente “se lo tragó la tierra” a fines del 55. Por curiosidad me propuse buscarlo con algunos datos aportados por sus parientes; internet ayudó muchísimo y luego de algunos años creí dar con él.

Le envié cinco cartas con diverso contenido, en todas ellas le decía de mi sorpresa por haber descubierto que era un poeta y narrador famoso, pero no respondió; finalmente este verano llegó un sobre blanco con un papel que decía en ucraniano “¿qué quiere? Escríbame” y luego una dirección de correo electrónico.

De su obra poética pude acceder a algunos fragmentos transcriptos en blogs, cuatro pequeños relatos aparecen en dos revistas electrónicas de Kiev, nada más; el resto son comentarios esparcidos en diferentes sitios sobre su obra, al parecer no muy abundante.

Debo haberle escrito más de una docena de correos electrónicos, me ha contestado pocos, siempre en ucraniano. Me dice que ha olvidado el español y que de Argentina y de su vida recuerda muy pocas cosas y que no vale la pena que yo las conozca. Nunca me contestó sobre las razones de su partida. Pese a mi insistencia sólo pude conseguir que me enviara unos pocos poemas y diez relatos cortos que intento traducir.

Cuando le hablé de su exilio, me obsequió un largo catálogo de improperios en ucraniano. De mi catarata de preguntas sólo contesta una o dos, se irrita con facilidad y siempre creo que ya no me escribirá más; sin embargo, espaciados, sus correos siguen llegando.

Te debo para otra oportunidad alguno de sus textos.

martes, junio 03, 2008

EL EXILIO ARGENTINO II



El exilio es embriaguez. El excluido ve doble, el espacio y el tiempo se sitúan en un mismo plano...el sueño de estar aquí y allá al mismo tiempo y constantemente se alimenta de esa duplicidad entre dos existencias simultáneas vividas en registros diferentes, el de la realidad y el del deseo dice el poeta Jorge Boccanera en su libro Tierra que anda.

El golpe militar de 1976 es clave es esa literatura del exilio argentino. Muchos de los escritores argentinos dejan para siempre el territorio, porque mueren o deciden quedarse en otro país; otros vuelven y su obra cobra un nuevo relieve a partir de la llegada de la democracia. A muchos el exilio los ha templado, a otros los ha destruido.

Aquí algunas voces que dan cuenta de la diáspora argentina de los setenta. Ariel Ferraro (1925-1985), ese insigne poeta riojano hoy casi olvidado, y al que el exilio exprimió todas sus energías, dice: No hubo peor exilio que el de la propia tierra./ No hubo peor palabra que la oración en llamas./ No hubo animal más triste que la sombra del hombre./ Espantando fantasmas al romperse en la calle.

Héctor Tizón, el narrador jujeño, autor de La casa y el viento deambuló por España y México en aquellos años de la dictadura, a su regreso sigue escribiendo sobre la cosmovisión del hombre del norte argentino. De esa novela reproduzco un pequeño pasaje: Desde que me negué a dormir entre violentos y asesinos, los años pasan. [...]Cuando decidí partir, dejar lo que amaba y era mío, sabía que era para siempre, que no iba a ser una simple ausencia sino un acto irreparable, penoso y vergonzante, como una fuga. En realidad todas mis partidas fueron fugas. Creo que es la única forma de irse.

Juan Gelman el poeta que acaba de recibir el premio Cervantes, resolvió no volver, quizás porque las ausencias ya eran demasiadas. Desde México sigue esculpiendo una obra que es, sin dudas, una de las mejores del continente. Son innumerables sus poemas sobre el exilio, alguna vez sostuvo que son especie de conjuros. Este poema en prosa fue escrito en Roma a comienzos de los ochenta: No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida. Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.

Entre la larga lista de escritores que no volvieron del exilio figura otro riojano y músico, además de narrador: Daniel Moyano, autor de cuentos inolvidables como éste, llamado Esqueletos de caracoles blancos en el que el personaje central dialoga en una plaza de una ciudad extraña con el que fue su carcelero. En la última navidad hice una lista de las personas que más gravitan en mi exilio. A medida que llegaban a la memoria, usted, desde lugares insistentes, empujaba, quería entrar. Yo me oponía[...]Quise anotar su nombre pero no lo sabía, algo tan importante no tenía nombre. Puse carcelero aunque al mismo tiempo estaba pensando: padre.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...