sábado, julio 26, 2008

CAMPO vs CIUDAD

Estos días agitados de la política argentina, días que dividieron al país en dos y que dejaron indiferentes a muy pocos, no son una situación inédita; por el contrario, son episodios recurrentes en nuestra historia, a la manera de persistentes oleajes. Las viejas dicotomías terminan por emerger como raídos fantasmas y así tenemos a unitarios y federales, Buenos Aires y las provincias, peronismo y antiperonismo, campo versus ciudad, oligarquía y clases populares,...la enumeración podría continuar.
Dos elementos repetidos y demagógicos se dan como constantes en estas luchas: el uso del lenguaje y el de los símbolos. En este último enfrentamiento nuevamente afloró cierto lenguaje “patriotero”, cargado de hipérboles y de por sí ya gastado y vacío de contenido, y cuyo único efecto es el de arrancar algunos aplausos efímeros en la multitud. Acompañando a ese lenguaje está el intento de ambos sectores de apropiarse de los símbolos. Así vimos como dirigentes y simpatizantes se envolvían en banderas argentinas reclamando la argentinidad para cada grupo en una actitud excluyente; o coreaban ¡Argentina! y cantaban el himno en un intento de apoderarse de los símbolos y reivindicarlos como propios. Detrás de estas actitudes sectarias está el mensaje de "si no compartís mi postura estos símbolos no te pertenecen, por lo tanto no sos argentino".
Pero dejemos el análisis político o sociológico para los que saben y vayamos al territorio de las letras para examinar una de estas oposiciones. En los orígenes mismos de nuestra literatura ya está la natural división campo-ciudad como temática. Y esa división adquirirá claras connotaciones políticas (aunque toda literatura lo es) bajo el enunciado sarmientino de “Civilización y barbarie”.
Le corresponde a Bartolomé Hidalgo, con sus “Cielitos” y los “Diálogos patrióticos”, el honor de ser el creador del género centrado en un personaje singular de la campaña argentina y uruguaya, el gaucho. La gauchesca es el intento de transmitir los usos y costumbres del campo rioplatense. Si en sus comienzos el género celebró la independencia y fue vehículo de consolidación del poder, lentamente se irá despegando hasta tornarse crítico. A Hidalgo le seguirán otros nombres ilustres como Hilario Ascasubi, cuyos personajes ya tendrán un marcado tono cuestionador e irónico para con los gobernantes de turno.
Todo esto terminará en la obra cumbre de la gauchesca, el “Martín Fierro”. El poema de Hernández establece una clara partición entre el campo, el gaucho y la ciudad como el lugar desde donde provienen los males que los afectan. Hay una crítica muy fuerte contra el poder central y su política que influye seriamente en las condiciones de vida de la gente de la campaña. En la primera parte del poema, escrito en 1872 y conocido popularmente como “la ida”, el protagonista toma una decisión extrema, deja el campo y se va a vivir con los indios. Las consecuencias de esta decisión fueron enormes y a Hernández le llovieron críticas desde los más variados sectores. Siete años después el gaucho rebelde vuelve a la campaña; pero ya tiene un tono más conciliador, una de las razones es una política diferente con respecto al campo por parte del gobierno de Avellaneda.

sábado, julio 12, 2008

El túnel


Si la comunicación de la experiencia es esencial en muchas disciplinas científicas, la comunicación de las experiencias esenciales de nuestra existencia es un tanto más difícil y lo hacemos por aproximaciones, por continuos rodeos en torno de un núcleo de experiencia, a sabiendas de que en el fondo lo que intentamos es un imposible. Porque cómo podemos comunicar la pérdida de un ser querido, la primera vivencia del amor, el nacimiento de una hija o cualquier episodio que ha dejado una huella perenne en tu vida lector o lectora. Más allá de nuestros afanes por verbalizarla, más allá del psicoanálisis, sólo arrastramos a la superficie los retazos de un mundo complejo e intransferible.

Y si me entretengo en estos meandros a modo de un río caprichoso, es para decir que toda experiencia fuerte de lectura (y les llamo fuerte porque nos ha cambiado, nos ha modificado como personas) es en el fondo incomunicable. Por eso los no lectores no entenderán nunca por qué pese al mar, la arena y las sinuosidades femeninas uno persiste en la visión de esas hojas mágicas en la playa; por qué rechazamos las películas previsibles que nos ofrecen en los viajes o por qué a la hora de dormir hay sobre la mesa de noche siempre un tercero en discordia.

Y ahora que los medios anuncian los sesenta años de la publicación de un libro singular, "El túnel", la primera y la más pareja (creo) novela de Ernesto Sábato; ahora digo, como una flecha que dirigida al blanco de la memoria le marca un orificio por donde como esporas, saltan los recuerdos, así me encontré otra vez transportado a la noche en que leí "El túnel". Leí la confesión de Juan Pablo Castel una noche de invierno en mi pieza de estudiante. La leí de un tirón, impactado, sorprendido, atrapado, por ese celoso enfermo que mata a la única mujer que pudo amar. La leí bajo el peso de las frazadas que suplían una calefacción inexistente; pero que gracias a la magia de la literatura, esas páginas conjuraban el frío y el cansancio. Me sedujo María Iribarne, una mujer inolvidable, también me compadecí de ella y (esto no lo entenderán nunca los no lectores) compruebo hoy, mientras escribo, que está más viva en mi memoria que algunas mujeres de carne y hueso que pasaron por mi vida.

El libro pertenecía a Seix Barral, formaba parte de una de las primeras colecciones españolas que llegaron a los quioscos a mediados de los ochenta. Tenía una tapa de color crema, el nombre del autor en letras doradas en relieve y el título en negras, luego la firma en la tapa también en letras doradas. El olor del papel -de pésima calidad- era penetrante, producto de la no muy buena alquimia con la tinta. Ese papel grueso y áspero envejeció rápidamente hasta tornarse casi ocre y mis anotaciones en lápiz apenas se vislumbraban. Hablo en pasado, ya que cuando quise hojearlo para redactar estas notas, comprobé con verdadera desazón que ya no lo tengo. Sé que no volveré a releer "El túnel", pero si encuentras un ejemplar así, házmelo saber.



HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...