jueves, julio 30, 2009

EL POLICIAL NEGRO


Hablamos en el texto anterior de la operación editorial que Ricardo Piglia realizó en Tiempo Contemporáneo con su colección “Serie Negra”. Veamos ahora algunas características de esta vuelta de tuerca al género policial.

La novela hard-boiled o novela noir es la literatura urbana y social por excelencia -no confundir con realista- del siglo XX que la alumbró. En sus mejores páginas hay una sociedad que gira en torno al crimen y la violencia, que tiene en el mal su mecánica vital. Una sociedad retratada -resolviendo un misterio, haciéndose preguntas- desde el punto de vista de un individuo, a menudo un detective o un delincuente, siempre un inadaptado, un antihéroe que recibe continuos golpes como si estos fueran el precio de su aparente marginalidad del aparato colectivo.

El policial negro es en el fondo un relato ambiguo en varios planos, en la trama, en la filiación de los personajes, en la mirada sobre la sociedad. "¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?’, decía Brecht y en esta pregunta está la mejor definición de la serie negra que conozco", así caracterizaba al género Piglia.

Las derivaciones del policial negro en la literatura argentina han sido fecundas, principalmente en la novela. A lo largo de los años 70' hubo una serie de novelas que tomaron muchos elementos de policial negro, pero hay que hacer una salvedad. Los escritores argentinos recibieron no sólo la influencia de autores clásicos como Hammett, Chandler, Mcoy, etc; sino también la fuerte influencia que tuvo el cine norteamericano de los 40' y los 50', muchos de cuyos filmes estaban escritos por autores del policial duro.

En los primeros años de la década del 70' hay un florecimiento del género gracias a la publicación de un conjunto de novelas notables, a modo de ejemplo cito sólo algunas: Triste, solitario y final, de Osvaldo Soriano; El agua en los pulmones y Los asesinos las prefieren rubias ambas de Juan Carlos Martini; Los tigres de la memoria de Martelli; Noches sin lunas ni soles de Rubén Tizziani; Su turno para morir de Alberto Laiseca; Ni el tiro del final y Últimos días de la víctima de José Pablo Feinmann; Luna caliente de Mempo Giardinelli.

El policial duro ha continuado dando muy buenas obras que llegan hasta la actualidad, como es el caso de Lanús de Sergio Olguín, la mayoría han sido novelas aunque rescatamos un volumen de cuentos de Jorge Manzur titulado Serie Negra. Debemos también rescatar El simulacro de Álvaro Abós, uno de los mejores textos que dio el género en la década del 90'. Para finalizar esta arbitraria y caótica enumeración destacamos dos autores, Pablo de Santis, autor de La traducción y El calígrafo de Voltaire , en esta última hay un cruce entre elementos del policial y el gótico, ambos ya presentes en Poe. Queda por nombrar a Antonio Dal Masetto, quien en su novela Bosque, vuelve a las fuentes del género negro y consigue un relato singular.

La influencia del hard-boiled está presente en gran parte de la producción novelística argentina de la actualidad. Esa influencia está dada por los temas, el ambiente o el culto a los perdedores, personajes propios del policial negro.

miércoles, julio 22, 2009

El género policial



¿Cómo lee la tradición un corpus de obras con características nuevas que marcan una ruptura con las convenciones que ha establecido esa misma tradición? En algunos casos lo ignora, el corpus permanece silenciado; en otros casos esa tradición bastardea al corpus innovador desde diversos ángulos. Ediciones de baja calidad, ausencia de circulación por circuitos de prestigio, y en el caso de otras lenguas, malas traducciones, fragmentarismo, etc.


Algo de eso sucedió con el género policial en Argentina. Un género que a pesar de haber tenido algunos precursores ilustres como Paul Groussac, Eduardo Holmberg y ya entrado el siglo XX, Quiroga y Arlt; y colecciones como Misterio y editoriales que fomentaron la lectura del policial, ese género no se consolidó por las razones expuestas en al párrafo precedente.


El policial entra en el territorio de la literatura argentina cuando Borges y Bioy Casares fundan en 1944 la colección Séptimo Círculo de la editorial Emecé. Lo nuevo está en la pretensión de alcanzar otro público, también en la elección de escritores de cierto renombre y en cuidadas traducciones. Prevalece en esta colección el policial de enigma, la resolución de un delito por medio de la inteligencia.

Es decir, una tradición local muy corta, con un número creciente de lectores y escaso aporte de los escritores vernáculos. Recién en 1952 se publica “Diez cuentos policiales argentinos”, la primera antología del policial a cargo de un ilustre del género, Rodolfo Walsh.


Tanto Borges, Bioy como Walsh rescatan el policial inglés, ese policial de pistas verdaderas y falsas, que pone en evidencia la superior inteligencia del investigador.


A mediados de la década del 60', la producción y la difusión de textos policiales era casi en su totalidad del estilo del policial tradicional. Circulaban malas traducciones y en colecciones muy desprestigiadas, autores estadounidenses como Hammet, Chandler y otros, que habían renovado el género; pero que en Argentina no tenían ningún tipo de repercusión masiva en lectores y escritores. Se leían estos textos con las pautas y criterios del relato de enigma, por eso eran rechazados como textos confusos, aproximaciones fallidas, y sus actores ignorados.


Es en este momento cuando la figura de Ricardo Piglia adquiere un relieve singular en la historia del género. Su propósito es instalar una nueva forma de leer estos textos que no se entienden plenamente, para eso fue necesario montar una operación editorial que tuvo varias características:

a) lanzar una colección exclusivamente dedicada a los autores del 'hard boiled', la misma llevaba el título emblemático de “Serie Negra” en la editorial Tiempo Contemporáneo (1969).

b) otro elemento esencial en la configuración del policial negro es la traducción, y en esta colección se puso especial cuidado en respetar el texto, en ser fiel a los caracteres particulares que todo un grupo de autores destacaba.

c) La presencia junto a la ficción de prólogos y estudios preliminares tienen implícita una intención didáctica para los lectores.


Así la intuición, la inteligencia y la habilidad editorial y crítica de Piglia supuso la creación de un nuevo corpus en el que abrevaron las siguientes generaciones de escritores argentinos.

jueves, julio 02, 2009

SILENCIOS


“La enfermedad hace agradable la salud; el hambre la saciedad; la fatiga el reposo”, decía el viejo Heráclito apoyado en el devenir y en la convivencia de los contrarios. Y me reconozco heraclitano: a veces es necesario perder algo para echarlo de menos, valorar cosas, afectos, presencias cuando ya no las tenemos.
Es complicado establecer qué es lo contrario del silencio, porque uno inmediatamente tiende a colocar al ruido, algunos a cualquier sonido; pero ahí todo se oscurece ya que también hay silencios en la música, el lenguaje mismo es impensable sin los silencios. Recuerdo poetas como Blas de Otero o Juan Gelman que hacen del silencio parte sustancial del poema.
El propósito de estas líneas no es hacer un estudio filosófico, si se quiere, sobre el silencio, sino simplemente hacer notar cómo en nuestra vida cotidiana el silencio es cada vez más difícil de encontrar. La vida actual hace de cualquier tipo de sonidos (un escape libre de un auto, una moto poderosa, un equipo de audio generoso en decibeles) verdadero culto y cuando esos sonidos desaparecen inmediatamente intentamos reponerlos, porque estamos inhabituados al silencio.
Así cuando salimos a caminar o correr por algún bosque, playa o lugar desolado vamos acompañados de algún adminículo tecnológico como un aparato de música o nuestro apéndice celular. Disfrutamos poco de los sonidos ambientales que la naturaleza nos proporciona, es más, ya casi ni reparamos en ellos. Aquí hago una salvedad, no se trata del silencio puro, sino de la ausencia de “sonidos tecnológicos”.
Algo similar sucede en nuestras casas. Siempre debe haber de fondo una radio que nadie escucha o a la que apenas prestamos atención, o bien un televisor que emite para nadie en particular pero que funciona como una especie de fondo antisilencio. La televisión misma rara vez aprovecha la imagen cruda, como si desconfiara de ese sonido ambiental, la acompaña con fondos musicales o con comentarios que no hacen más que dificultar o perturbar la comprensión de esa imagen.
Sí, estamos poco habituados al silencio y cuando uno lo transita surge la incomodidad del otro que indaga si uno está aburrido, si le pasa algo. Es curioso, el silencio es hoy sinónimo de aburrimiento y no un lugar de paz, de tranquilidad, de meditación. Es un lugar incómodo, al que le tememos. Lo palpamos este verano cuando los cortes de energía nos dejaban inermes ante nosotros mismos, y más allá de una vela o una luz de emergencia, lo que nos inquietaba no era tanto la oscuridad sino la ausencia de ruidos. ¿Qué tapan estos sonidos? ¿Qué fantasmas vuelven o nos visitan cuando estamos en silencio? Preguntas lector, lectora que quizás vos puedas responder.
“El silenciero” es una de las grandes novelas del mendocino Antonio Di Benedetto, en ella su protagonista está obsesionado por el silencio, aún el doméstico y hace cualquier cosa por suprimir los ruidos. No es esa la obsesión de esta columna; sino simplemente llamar la atención sobre lo poco que reparamos en el silencio, y quizás acercarnos nuevamente a repensar—con otro sentido, por supuesto—aquella vieja frase hospitalaria: “el silencio es salud”.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...