sábado, septiembre 26, 2009

LA LAGUNA ESTIGIA




Sí, la laguna Estigia marca el límite, el umbral que una vez transpuesto ya no se vuelve, el viaje sin retorno, el final de nuestro derrotero sobre la tierra. Ubicada en un territorio impreciso, la laguna era la puerta de entrada al mundo de los muertos, al Hades, como lo llamaban los griegos. Según la mitología helénica Estige era una ninfa que ayudó a los dioses en su guerra contra los titanes y se le concedió la importancia de ser el puente entre este mundo y el otro.


Pero no debemos olvidar que también sus aguas tenían—paradójicamente—el poder de volver invulnerable a cualquier hombre que se bañara en ellas. Aquiles, al nacer, fue sumergido por su madre y sólo le quedó el talón sin ser tocado por el agua. Años después el héroe morirá de un flechazo justamente en ese lugar desprotegido. Se decía también que sus aguas eran pestilentes y venenosas.


Las almas de los muertos no pasaban solas la laguna, sino que un barquero se encargaba de conducirlas hacia el Hades, ese barquero era Caronte. En general la literatura lo presenta como un viejo malhumorado e inflexible, que cobraba a las almas por el viaje (de allí la antigua costumbre de enterrar a los muertos con una moneda en la boca o en los párpados) y que rechazaba a algunas porque sus cuerpos permanecían insepultos o no tenían el óbolo. Caronte no permitía a los vivos acceder a su barca y sólo lo pudieron hacer Heracles, Orfeo y Eneas según lo cuenta Virgilio en el libro VI de la “Eneida”.


La literatura ha utilizado profusamente a lo largo del tiempo la imagen de la laguna y la de su barquero. Luciano de Samosata, filósofo griego y creador de diálogos satíricos y morales que le han dado perduradera fama; presenta en uno de ellos llamado “El diálogo de los muertos” a un grupo de almas en las orillas de la Estigia, a punto de abordar la barca. Pero Caronte se queja de que el peso es mucho e invita a todas las almas a despojarse por completo para poder subir. Ninguna de ellas quiere quitarse la belleza, las medallas, los músculos, etc. Con pasajes realmente hilarantes el diálogo es una muestra de lo poco que sirve ante la muerte, las vanidades, grandezas, fortunas, vicios y debilidades humanas.


Alfonso de Valdés, secretario del emperador Carlos V, compuso el “Diálogo de Mercurio y Carón” en el que los dos protagonistas, ya cristianizados, se encuentran a la orilla de la laguna e interrogan a las almas que llegan. En la obra se denuncia la intolerancia religiosa, la soberbia eclesiástica, la ambición, el espíritu belicoso y se exalta la obra política del Emperador.


Garcilaso en la Égloga III, también hace mención al “Estigio lago” y cómo olvidar los versos de Machado que dan digno final a esta columna: Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar”.

miércoles, septiembre 16, 2009

HOMERO Y EL AGUA



Bucear en la literatura clásica las relaciones entre esta y el agua es adentrarnos en un mar sin fondo. De ese inmenso piélago rescatamos algunas perlas valiosas y siempre vigentes.

Todo comienza en Troya, la ciudad mítica, edificada a orillas del río Janto, que cambiará su nombre cuando el joven Escamandro en un combate cae a sus aguas y, convertido en dios-río por Zeus llevará ese nombre para la posteridad. Con ese apelativo se conocen sus rojizas aguas en "La Ilíada", en aquel célebre pasaje del canto XXI que relata la furia de Aquiles por la muerte de su amigo Patroclo. Cuenta Homero que el héroe mató a tantos troyanos y sus caballos y los iba tirando al río, y que este, asumiendo figura humana, lo instó a dejar de matar troyanos, Aquiles lo desafió y el río quiso ahogarlo. Uno de los dioses acudió en ayuda del guerrero griego y ordenó a Escamandro que retornase a su cauce.

Muchos siglos después de aquella célebre transformación del río en un hombre, el español José María de Samaniego repite parte de la escena en clave paródica y subida de tono en un largo poema titulado “El dios Escamandro”. En él un astuto joven, Simeón, urde un plan para conquistar a una doncella que está lavándose con sus aguas, con voz tonante, mojado y con algas y plantas en la cabeza finge que es la personificación del Escamandro y por supuesto, la requiere de amores con un sinnúmero de promesas: “Por ti la forma de hombre/ me he gozado en tomar: nada te asombre./ Vuelve al río, dichoso/ en gozar de ese cuerpo delicioso,/ que aún más que su cristal puro es mi pecho./ Ven a dejar mi anhelo satisfecho;/ y en pago estas riberas esmaltaré de flores/ que huellen esos pies encantadores;/ y a ti y tus compañeras,/siempre que a ser mi esposa te resuelvas,/ ninfas haré del río o de las selvas...”. Ante tales proposiciones la ingenua cede.

También Ulises, el héroe de la “Odisea” debe luchar contra el agua durante toda su odisea, surcando el mar laberíntico, de isla en isla, perdido por años el camino hacia su tierra, Ítaca. Al final del canto V y luego del naufragio frente al país de los feacios, Ulises nada hacia la costa; pero hay un río que desemboca en ella y no lo deja llegar por lo intenso de su caudal. Perdido por perdido le suplica al río cómo si fuera un dios: "Óyeme, ¡oh soberano, quien quiera que seas! Vengo a ti, tan deseado, huyendo del mar y de las amenazas de Poseidón. Es digno de respeto aún para los inmortales dioses el hombre que se presenta errabundo, como llego ahora a tu corriente y a tus rodillas, después de pasar muchos trabajos. ¡Oh rey, apiádate de mí, ya que me glorío de ser tu suplicante!”. Cuenta Homero que el río disminuyó su corriente, apaciguó las olas y salvó a Ulises.

De la que nadie nos salva es del paso obligado por la laguna Estigia, antesala del mundo de los muertos, pero confiemos que la hora de surcar sus aguas está lejana.

martes, septiembre 08, 2009

LITERATURA Y AGUA


La especie humana tiene una larga historia sobre la tierra, pero vaya paradoja, quizás nuestro origen, nuestra infancia en el mundo esté en el agua. Allí—dicen los que saben—está nuestro vientre materno, de allí salimos y un día dejamos ese líquido amniótico y pisamos la tierra y nos afincamos en ella. Pero no cortamos ese cordón umbilical y nos establecimos casi siempre cerca del agua. Sería impensable el desarrollo de las grandes civilizaciones humanas sin la presencia de ella. ¿Qué sería de la Mesopotamia y sus múltiples pueblos sin el Tigris y el Éufrates, de Egipto sin el Nilo, del Al-Andalus sin el Guadalquivir, de Cartago sin el Mediterráneo, de la India sin el Ganges, y tantos más?


Ya uno de los primeros filósofos griegos, Tales (640 a. C.), nacido en una de esas islitas periféricas que baña el Egeo, en Mileto, afirmó que el origen (arjé) de todo está en el agua. Esta afirmación la fundamentó en su observación de que el agua es el elemento primordial para la vida.


La literatura como nuestra vida, tiene una larga relación con el agua; y los pueblos desde sus primeras manifestaciones artísticas le han otorgado un espacio central en sus mitos y leyendas. En la mitología es frecuente la relación que existe entre el agua y la mujer, como dadora de vida. También el agua en estas historias aparece como purificadora, regeneradora, aunque a veces también es un sitio de muerte. Los espíritus que habitan en el agua suelen ser benignos en algunos casos y malignos en otros.


En el libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh, en un comienzo sólo existían el cielo y el agua (mar), luego el dios Huracán dispuso la creación de la tierra y esta pujó desde el mar. La primacía del agua también aparece en una leyenda nigeriana que tiene como personajes al sol, la luna, su novia y el agua, estos vivían sin problemas en la tierra. El sol le reclamó al agua que lo visitara ya que él siempre la visitaba. El agua le pidió que construyera un lugar muy grande pues ella tenía muchos amigos. El sol y la luna así lo hicieron y cuando el agua los visitó inundó todo y para no morir ahogados buscaron ambos refugio en el cielo.


No debemos olvidar que las ninfas, esas deidades femeninas griegas, estaban generalmente ligadas al agua. Había ninfas en los mares y también en los ríos, lagos y fuentes. También las sirenas son seres acuáticos que subyugan a los marinos con sus cantos irresistibles, como el célebre pasaje que cuenta Homero en su Odisea. Ya olvidaba que Afrodita, la diosa del amor entre los griegos y romanos, nació del agua.


A veces también el fondo de los lagos o de los ríos es la morada de diosas malignas que mediante la seducción de su figura atrae a los hombres que pasan por sus riberas. En muchos casos, y relacionada con tradiciones celtas y nórdicas, estos lugares con agua ocultan en su fondo el mismísimo infierno.


La literatura y el agua tienen un largo fluir en nuestra historia. Navegaremos por ellas.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...