lunes, marzo 15, 2010

EL DANUBIO Y LA LITERATURA

"El Danubio enfila las ciudades como perlas, transcurre grande, y el viento de la noche pasa sobre los cafés al aire libre como la respiración de una vieja Europa que tal vez se encuentre ahora en los márgenes del mundo y no produzca, sino sólo consuma historia". La cita corresponde al libro más famoso e inclasificable de Claudio Magris titulado "El Danubio". En él, el autor italiano viaja por el río en el tiempo y por los vericuetos de su interioridad, es un viaje sentimental; pero también es un viaje hacia el centro mismo de la cultura centroeuropea.

Es raro, es subyugante, es especial este río; sobre él ha pasado parte de la historia del continente y no hay río que resuma como este el espíritu de Europa; ir por sus aguas es encontrarse a cada momento con retazos espirituales de diferentes épocas y civilizaciones; y allí cae uno en la cuenta de que las fronteras actuales son en gran parte artificiales a pesar de los diez países que atraviesa el río.

Hay una novela sobre el esplendor del Imperio Austro-húngaro titulada "El rey de las Dos Sicilias" del polaco Andrzej Kusniewicz que sitúa su acción a orillas del Danubio. También recuerdo imágenes -mientras los violines de una orquesta austriaca recrean a Mozart- que se funden con las del agua que bambolea la embarcación, recuerdo, decía las de la película "Sissi" cuando la emperatriz da un paseo por el río y saluda a los barquitos agitando su pañuelo blanco y al fondo se ven estos castillos. Miro hacia las altas ventanas con la esperanza de que Romy Schneider aparezca, pero nada sucede. Tampoco olvido que la lente de Kusturica nos ha devuelto en algunas de sus películas la otra cara del río vedada a los turistas.

Desterrado en una de las islas estuvo el poeta Garcilaso de la Vega, y no pudo resistir a su encanto, así en la Canción III dice: "Danubio, río divino,/que por fieras naciones/vas con tus claras ondas discurriendo,/pues no hay otro camino/por donde mis razones/vayan fuera de aquí, sino corriendo/por tus aguas, y siendo/en ellas anegadas...". Siglos después Hölderlin exaltará Asia y añorará el destino del agua que marcha hacia esa región: "con las ondas del Danubio/cuando desde la cima baja y va/hacia el Oriente, buscando un cauce...".

Mi corto viaje por el río termina en Bratislava, la capital de Eslovaquia. El Danubio separa como un tajo temporal la ciudad vieja y la nueva. Sólo dos puentes comunican ambos tiempos. Me maravillo con la ciudad vieja, los edificios testigos de un esplendor que cuesta imaginar. En ella conviven eslovacos, húngaros y alemanes. Está situada a muy pocos kilómetros de Viena, de Budapest y algo más lejos de Praga. Bratislava es única cómo único es el río por el que he navegado hoy desde Viena; como único es el castillo que señorea sus aguas rubias por el atardecer. Desde este lugar escribo, mientras el rumor de los barcos y el sonido del agua componen una postal inefable.

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