lunes, agosto 23, 2010

PARANÁ


               Hay una vieja canción que dice “el Paraná no es un río, es un cielo azul que viaja” * y a uno le gustaría que fuera de así; pero no siempre lo poético se condice con la realidad, y el padre río, por estas épocas, tiene poco de azul y mucho de marrón. A diferencia del Río de la Plata, las ciudades que  se levantan junto al Paraná tienen una relación mucho más  estrecha con el ilustre río y esto también se traslada al folklore y la literatura.
               Más allá de crónicas circunstanciales escritas por integrantes de múltiples expediciones españolas, quizás el primer testimonio literario realizado por un hombre de estas tierras, que aún no se llamaban Argentina, es la famosa “Oda al Paraná” de Manuel de Lavardén(1754-1809), impregnada de neoclasicismo y convenciones de dudoso gusto, que muestran al río poblado de deidades griegas y romanas.Augusto Paraná, sagrado río/ [...]Baja con majestad, reconociendo/ de tus playas los bosques y los antros./ Extiéndete anchuroso, y tus vertientes,/ dando socorros a sedientos campos,/ dan idea cabal de tu grandeza”...
               El Paraná salvaje y difícil de amansar, inmerso en un territorio hostil es el río de muchos de los cuentos de Horacio Quiroga, quién conoció como pocos esa zona del Alto Paraná en el límite con Brasil. En “A la deriva” una descripción del río anticipa ya el destino fatal del protagonista: El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única”.
               Aguas abajo encontramos al poeta de los ríos, Juan L. Ortiz. El paisaje fluvial de Entre Ríos tiene en Ortiz su más alta condensación poética, lo prueban estos versos: “Era yo un río en el anochecer,/ y suspiraban en mí los árboles,/ y el sendero y las hierbas se apagaban en mí./ Me atravesaba un río, me atravesaba un río!”   
               Juan José Saer admiró siempre a Ortiz, quizás porque él también estaba atravesado por el río. Su obra narrativa, una de las mayores de nuestra literatura, tiene casi siempre el paisaje fluvial como escenario presente o evocado. “Balnearios” es un texto de sus comienzos y en él aparece una de las obsesiones de Saer, los límites, los territorios difusos y la manera de “atrapar lo real” con las palabras: “...Pero estamos siempre al costado del río que pasa sin mirarnos, desdeñosamente. [...] La arena amarilla se despliega frente al agua caramelo en un semicírculo débil. Pasan cuerpos quemados corriendo sobre el borde del agua, y en la orilla se forma la franja triple de un arco iris insólito...”
               Su libro “El río sin orillas” es uno de los ensayos más lúcidos sobre un territorio fluvial conformado por el Paraná, el  Uruguay y el Río de la Plata.
*(Debo confesar mi error, la canción se refiere al río Uruguay y no al Paraná)

viernes, agosto 06, 2010

MAR DULCE

Desde la costanera, y por caprichos de la perspectiva o la imaginación, los aviones parecen navegar allá en la altura celeste, como si el cielo fuese una imagen que el río refleja; pero este río extraño (a pesar de Borges) no ha probado jamás ese color. Dicen los geógrafos que su superficie es casi la de Holanda y sin embargo su enormidad está cada vez más oculta, ya que en nombre del urbanismo verde, los arquitectos e inmobiliarias han emprendido una carrera por tener una privilegiada “vista al río”, y lo único que logran es taparse unos a otros con edificios cada vez más altos, cada vez más cercanos al agua.
¿Y fue por este río de sueñera y de barro/ que las proas vinieron a fundarme la patria?/Irían a los tumbos los barquitos pintados/ entre los camalotes de la corriente zaina.// Pensando bien la cosa, supondremos que el río/ era azulejo entonces como oriundo del cielo...” . Estos versos de Borges refieren el descubrimiento del río y la fundación de Buenos Aires; podemos interpretar la palabra “patria” como la tierra chica, personal del poeta; pero también podemos conjeturar una mirada centralista que concibe la fundación de la patria con la fundación de la ciudad.
En sus riberas están las dos capitales de dos países macrocefálicos, ambas tienen más puntos en común entre sí, y no tanto con muchas de las ciudades de provincias, de ahí que se hable de una cultura rioplatense. Por historia, por la situación geopolítica de Buenos Aires, el río ha sido parte esencial de la ciudad y por ende tiene en la literatura ¿argentina? una presencia mayúscula. Río de la Plata lo llamaron, aunque todos sabemos que el metal precioso lejos estaba de estos lugares. En otro sentido sí lo fue y lo sigue siendo como vía de exportación e importación. En verdad, prefiero el nombre que le diera Solís, Mar Dulce, porque al mirar sus aguas desde la costa o navegarlas, nada impide pensar en un mar curiosamente dulce.
El río se asocia a las primeras láminas patrias o los actos escolares, desde allí el aguatero con su carro repartía agua por la ciudad y seguramente se cruzaba con las lavanderas que iban rumbo al río con sus atados de ropa en la cabeza. Eso lo sé muy bien, Billiken no miente y mi maestra de segundo tampoco. Bromas aparte, el río fue lo primero que vieron desde barcos diferentes (como tantos) mi bisabuelo y mi abuela en su lento ingreso a estas tierras.
La historia del río y de los hombres que surcaron sus aguas y descendieron en estas tierras ya está desde el inicio mismo de la conquista. El primer poema escrito en Buenos Aires por Luis de Miranda refiere su nombre; un alemán, Ulrico Schmidl, que conoció como pocos esta parte de América, contó las aventuras y crueldades vividas junto al río por Pedro de Mendoza y su tripulación.
Vendrán otros a lo largo de los siglos que escribirán sobre “el río sin orillas”, como acertadamente lo llamó un escritor nacido en las riberas de otro gran río; pero hoy tiro aquí el ancla.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...