jueves, septiembre 30, 2010

PERIODISMO

Hay una frase de ese periodista y literato extraordinario llamado Ryszard Kapuscinski que siempre me ha seducido por funcionar como el ideal del oficio y dice más o menos así: “Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias”.

Sé que tendrás mil objeciones a esas frases, me dirás que has conocido a cada periodista destacada/o que a los cinco minutos te daban ganas de huir ante tamaña decepción de su persona. Es cierto, te lo concedo y también te concedo que la concepción del periodista de Kapuscinski es una entelequia que no siempre se verifica en las terrenales redacciones, estudios radiales y televisivos. Lo sé, pero me gusta, porque suena utópica, y la persecución de la utopía nos permite ir un poco más allá de nuestros límites, es un motor que busca en el horizonte la posibilidad de ser mejores. También porque en esa idea de periodista del escritor polaco subyace toda una concepción del periodismo con la cual me identifico plenamente.

La idea de que el periodismo es una profesión que está al servicio de la gente y que debe tener cierta empatía con la gente, y cuya objetividad es un mito que tiene las alas más derretidas que el pobre Ícaro. También la deconstrucción del poder cualesquiera sean las formas que este asuma y la conciencia vigilante y atenta ante lustrosas verdades vendidas en grageas listas para ser digeridas.

Eso está muy bien, dirás, sin embargo en este mundo discepoleano y salvaje, en el que la información es un bien de intercambio sujeta a intereses de variado espectro y además administrada o producida por empresas que se mueven con la lógica del mercado, ¿qué papel juega el/la periodista en ese andamiaje y de qué manera puede hacer valer aquella concepción del periodismo expresada por Kapuscinski? Te lo concedo, es difícil y casi imposible.

Un pequeño vástago de ciprés en medio de la meseta es el comienzo de un bosque modesto; así una formación que exceda los límites impartidos en la academia periodística es esencial. No solo idiomas, sino la frecuentación de varias disciplinas que hacen a la formación, primeramente cultural y luego específica de su interés son más que fundamentales. NO se puede concebir alguien en el oficio que no sea un lector voraz. También el conocimiento de la gramática y la práctica de la escritura son centrales en el oficio. El/la periodista que no sea claro/a en sus expresiones está malgastando sus esfuerzos informativos y no contribuye al objetivo primordial de su tarea. El estilo periodístico es una generalidad que se actualiza en cada periodista, este deberá optar entre la anemia estilística o una escritura personal; hacia este último camino avanza, creo, el periodismo actual. En el fondo, y sobre todo en la prensa escrita, no hace nada más que volver a sus orígenes, al periodismo del siglo XIX.

También los medios electrónicos hoy proporcionan algunas maneras de construir ese periodismo, ya sea en publicaciones propias en blogs, en revistas, o bien en diarios en línea; todos ellos necesitan, ante la multiplicación de la información, un tratamiento singular y cercano al credo de Kapuscinski. Ese es el reto… sería bueno aceptarlo.

viernes, septiembre 24, 2010

RÍOS

Y el viaje por los ríos y la literatura llega al final. Volvemos a puerto y como todo navegante, volvemos cambiados, con más lecturas, referencias, experiencias en la faltriquera. Innumerables han sido las sugerencias de lectores y lectoras, es cierto que queda mucho por decir; pero ya la serie se torna larga y es hora de darte descanso, y de evitar que me endilgues el cartel de monotemático y aburrido.
Me quedan algunos recuerdos de novelas o autores cuyo centro ha sido el agua, el río, para ser más preciso. Me quedan leyendas en la memoria que rescatan la creación de ríos centrales de nuestro paisaje como el Limay, el Neuquén y el Río Negro. Me queda la serena imperturbabilidad del agua bajando desde siglos, indiferente a los desvaríos y grandezas de los hombres. He atravesado ríos salvajes, enormes, llenos de vida y ríos serenos, disimulados, que luchan por perseverar y que dan vida; ríos impredecibles y otros monótonos. Cruzo por las mañanas uno cuyas aguas son del color de la sangre. Me he mirado en otros que son verdaderos espejos andantes, algunos dejan ver su interior, muestran sus secretos, otros llenan su lecho de misterio.
Recuerdo “Sudeste”, la primera novela de Haroldo Conti, un enamorado del delta del Paraná y de su paisaje y su gente; para Conti el agua, la navegación era parte esencial de su vida. No es extraño que el Boga, su protagonista, navegue y conozca como pocos los vericuetos del delta. En una de sus páginas podemos leer: “El río es espléndido y el hombre se siente misteriosamente atraído por él. Esto es todo lo que se puede decir. Ese hombre se detiene junto a sus aguas y observa la susurrante vastedad con cierta nostalgia, como si hubiera extraviado algo muy querido y absolutamente primordial en medio de este río semejante a la eternidad”.
Enrique Wernicke fue otro escritor que tejía sus historias con el agua y sus personajes tenían una relación muy especial con el río, así podemos leer en “La ribera”: “Vivo en la ribera. Los fondos de mi terreno son como el mismo fin de la tierra porque dan de boca, entre abruptas toscas, contra el río. El terraplén del ferrocarril es un muro inaccesible que nos tapa la vista de la ciudad. El horizonte del río, por el contrario, nos invita a todas las ansias.” La novela póstuma de Wernicke, a modo de testamento se titula “El agua”.
Nacido en un territorio vasto, en el que los ríos son una extrañeza, Héctor Tizón construye su novela “La mujer de Strasser” en torno a un puente y un río jujeño, “Hilde caminó en dirección al río. Buscaba el ruido de las aguas que al deslizarse tumultuosamente la calmaban, pero también la empujaban hacia adentro, como un símbolo”. En realidad ese puente y ese río son un símbolo de la vida humana.
Recuerdo a Aníbal Ford navegando el Salado pampeano, el Atuel, un río de la infancia. Ríos simbólicos, reales, expresión de vida, de tiempo; ríos que los hombres malgastamos y emponzoñamos por un confort imbécil y suicida.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...