martes, mayo 10, 2011

ÁRBOLES Y LITERATURA II


               Los árboles en la literatura tienen una historia ancestral. Baste recordar el pasaje bíblico sobre el árbol de la ciencia del bien y del mal, árbol de la tentación del que el Señor dijo: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”. Todos recuerdan los pasajes posteriores y las consecuencias que para el género humano tuvo la desobediencia.
               También los árboles han tenido papel central en las mitologías de diferentes pueblos. Quién no recuerda—ayudados  por Ovidio—a  la ninfa Dafne, perseguida por los requerimientos amorosos del dios Apolo, encaprichado por haber recibido una flecha de Eros; Dafne huyó y al ver que podía ser alcanzada comenzó a gritar y lentamente su cuerpo se fue cubriendo de corteza, sus manos de ramas, sus cabellos de hojas verdes, así quedó transformada en laurel. Apolo desesperado se abrazó a la planta y prometió que sus hojas serían siempre verdes y estarían consagradas, en forma de corona, a los vencedores, artistas y poetas.
               Son numerosas las leyendas aborígenes argentinas, por ejemplo las del palo borracho, las de la yerba mate, las del pehuén y tantas otras. Pero quisiera pasar ya a mencionar algunas obras literarias en las que el árbol tiene suma importancia para su construcción (curiosamente, dos obras famosas como la obra teatral “Los árboles mueren de pie” de Alejandro Casona y la novela de Pío Baroja “El árbol de la ciencia” no tratan en su contenido más que en forma tangencial y simbólica la presencia de los árboles).
               Confieso que apenas he leído algunos pasajes de la saga de Tolkien, “El señor de los anillos”; pero sorprende la cantidad  de árboles especiales que hay en sus páginas. Esto no es caprichoso, es conocida la devoción de Tolkien por la naturaleza y por los árboles en especial. El más conocido, creo, es el “árbol blanco de Gondor” que tiene hojas oscuras, pero si las damos vuelta son plateadas y está colmado de racimos de flores blancas. Otro árbol importante es Teleperion que significa “Árbol de Plata” fue el primero en nacer y en esparcir su luz de plata por las Tierras Imperecederas. Tenía  hojas combinadas de verde oscuro y plata, de sus innumerables flores caía una garúa continua de luz plateada.
               Pero dejemos ya estos árboles maravillosos y vamos a guarecernos a la sombra modesta de plantas entrañables. María Luisa Bombal, la hoy poco frecuentada escritora chilena, tiene un cuento excelente llamado “El árbol”, en el que se da una comunicación sin igual entre la protagonista, Brígida, una mujer sujeta a los mandatos de la sociedad e incomprendida por su marido, y el gomero, la planta que filtra la luz de su cuarto. En los momentos de hastío y soledad, el mundo natural del árbol le ofrece a Brígida la serenidad, comprensión y comunicación que no le brinda su esposo. La separación matrimonial coincide simbólicamente con el corte del gomero, y así cuando su marido le pregunta por qué se va, ella contesta: "­¡El árbol, Luis, el árbol! Han derribado el gomero".
               Seguramente lector, lectora, recordarás otros árboles literarios, ahora mismo viene a mi memoria aquella novela querible de José Mauro de Vasconcelos, “Mi planta de naranja lima”, pero este y otros recuerdos serán tema de la próxima columna.

lunes, mayo 02, 2011

ÁRBOLES Y LITERATURA


               En la columna anterior hablamos de la  ecoliteratura y del ecopoema, manifestaciones del campo literario que subrayan la preocupación por nuestra casa planetaria. Fue inevitable que relacionara en estos días, naturaleza y literatura, y de manera más acotada recordé algunos árboles que se tornaron entrañables gracias a un poema, un cuento, una novela o una pieza teatral.
               Y el primer recuerdo, a la manera de un barrilete en el cielo, fue traído lentamente, enrollando el hilo de la memoria, apareció un verso, luego otro y la escuela y el guardapolvo y aquel acto en el que recitaba: Yo tengo mis recuerdos asidos a tus hojas,/yo te amo como se ama la sombra del hogar,/ risueño compañero del alba de mi vida,/ seíbo esplendoroso, señor del Paraná”. Y los versos de Rafael Obligado vienen lentos como una vieja cometa que busca tocar tierra por falta de hilo y viento.
                Ya casi no hay ombúes en la pampa húmeda, cada vez que veo uno es inevitable cubrir de voz estos versos:“Bajo el ombú corpulento,/ de las tórtolas amado,/ porque su nido han labrado/ allí al amparo del viento;/ en el amplísimo asiento/ que la raíz desparrama,/ donde en las siestas la llama/ de nuestro sol no se allega,/ dormido está Santos Vega/ aquel de la larga fama”. En ese ombú poético tiene lugar la payada más fantástica de la literatura argentina y la derrota final de Santos Vega. Una derrota simbólica que monitorea los estertores de un tipo social y  su representación literaria.
               Sigamos en la poesía y su honda comunión con el árbol. Antonio Machado contó como pocos la flora de Soria, en los confines de Castilla. Cómo no recordar su predilección por las encinas “En tu copa ancha y redonda nada brilla,/  ni tu verdioscura fronda/ ni tu flor verdiamarilla./ Nada es lindo ni arrogante/ en tu porte, ni guerrero,/ nada fiero/ que aderece su talante./ Brotas derecha o torcida/ con esa humildad que cede/ sólo a la ley de la vida,/ que es vivir como se puede”. Machado también tiene un poema que es un canto a la esperanza en medio de la destrucción, una muestra maravillosa de aquella sentencia spinoziana sobre las cosas que perseveran en su ser. “Al olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido,/ con las lluvias de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido”.
               En el exilio eterno de Luis Cernuda hay un plátano de la fría Cambridge que le evoca los plátanos calientes y con cigarras de su tierra; pero frío y todo al apoyar su mano en el tronco helado siente la premura de la savia ahí adentro: “Al lado de las aguas está, como leyenda,/ en su jardín murado y silencioso,/ el árbol bello dos veces centenario,/ las poderosas ramas extendidas,/ cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,/ dosel donde una sombra edénica subsiste”.
               Olegario V. Andrade es un poeta de fines del XIX, hoy una rareza porque apenas se lo lee, de él quiero rescatar un poema llamado “La vuelta al hogar” en el que se contrastan la infancia y su paisaje idílico y el hombre que vuelve herido por la vida y recuerda ante la naturaleza como testigo: “Bajo aquel sauce que moja/ su cabellera en el río,/ largas horas he pasado/ a solas con mis delirios.//Las hojas de esas achiras/ eran el tosco abanico,/ que refrescaba mi frente/ y humedecía mis rizos.// Un viejo tronco de ceibo/ me daba sombra y abrigo/ un ceibo que desgajaron/ los huracanes de estío.// Piadosa una enredadera/ de perfumados racimos/ lo adornaba con sus flores/ de pétalos amarillos”. El poema avanza hacia un desencantado final.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...