miércoles, junio 22, 2011

ÁRBOLES Y LITERATURA III


               “El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza. Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia”. No pude resistir la tentación de citarte este pequeño pasaje de un cuento emblemático de HaroldoConti, “La balada del álamo carolina”, ahora que los álamos lustrados de amarillo despiden a sus hojas.
               Al releerlo justo en medio ya de los colores que el otoño ha pintado en la flora patagónica; colores sinestésicos, porque me evocan el tiempo cíclico de la naturaleza, y también otro tiempo, el de la memoria, el que transcurre por mi sangre; estos dos tiempos tan vitales y diferentes al codificado en los relojes. Recuerdo arabias y su particular aroma en primavera y su fruto áspero y dulzón en la lengua. También los “humildes tamariscos”—como los llama Virgilio—formando un cerco misterioso, con túneles en los que se cobijaba mi imaginación en juegos solitarios, en zumbido de abejas libando sus flores rosadas; cerco de tamariscos como el que rodeaba la casa de Olga Orozco y que evoca en un poema en prosa.
               Si hay un árbol hoy desprestigiado en nuestras ciudades por sus raíces feroces y plagas, es el olmo. Sin embargo este férreo y sacrificado superviviente de climas hostiles hace las veces de pionero en solares en donde la sequía, la arena y el viento no permiten ninguna invasión vegetal. En un olmo de siglos, en Pamplona, el novelista Pío Baroja contaba que se subía a fumar y desde las alturas dejaba volar su imaginación. Un atento lector me acercó el poema “Olmo en flor” de mi admirado Edgar Morisoli que dice: “...Agosto empuja/ sus polvaredas ocres, y el cardo errante pasa/ a morir entre médanos,/ tú, tembloroso, floreces en mi patio,/ en soñolientas plazas de provincia,/ junto a acequias del sur”.
               Morisoli ha cantado como pocos al paisaje hostil de la pampa “seca”, pocos como él han desentrañado sus secretos, aquí te dejo un fragmento de otros poema sobre los árboles: “Así digo mis árboles/ y acaso lo que de árbol en mí se perpetúa./ Aguaribay, ribera de torcazas,/ labio mayor del aire y estrellero,/ bajo el lento zureo de sus tardes creció el amor y  fue más claro el canto./ Padre caldén, padre chañar, el monte/ levantó en las  arenas de la tierra más sola su frente maderera...”
               Los árboles y el arte son el camino de salvación de un pintor exiliado que todo lo perdió en un memorable cuento de Héctor Tizón. “Y allí estaba el árbol [afuera], el mismo que esa noche había pintado en el centro de la tela; [...] un árbol que se elevaba balbuceante, como si rezara, o, mejor, como si cantara. Un árbol nuevo y semejante a algún otro árbol perdido de su infancia...”
               Árboles perdidos, talados como aquellos álamos de Abelardo Arias que siguen viviendo en esa novela inolvidable sobre su adolescencia en San Rafael. Árboles en la memoria, tuya, mía, que siguen caminando con nosotros.

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