miércoles, septiembre 12, 2012

YALA




Hay lugares que se transforman en sitios de culto, que trascienden el espacio y el tiempo y quedan fijados para siempre en la literatura. Así hemos conocido ciudades como la Buenos Aires de Borges o la Lima de Vargas Llosa, o la Valladolid de Delibes; sin embargo estas ciudades solo viven en los libros, son urbes diferentes en la actualidad. No sucede lo mismo con Yala, el pueblo de HéctorTizón, el narrador jujeño. Yala apenas ha tenido algunos cambios en el último siglo, y el pueblo que está en la escritura del autor de "La mujer de Straser"  es el mismo de hoy. Cualquier lector tizoniano puede reconocer sus calles y sus dos boliches, sus andenes marchitos, su verano largo, sus bosques, sus dos ríos y montañas verdes y las bandadas de pájaros y el silencio de su gente.
De Yala salió esporádicamente el joven Tizón para estudiar en Salta y luego en Buenos Aires. De ahí a México y el mundo. Luego el regreso al pueblo y el exilio en España; con la llegada de la democracia, Tizón vuelve a Jujuy, a su Yala de la que ya no se irá más. Conocido por todos en el pueblo, famosa su casa colonial por lo hospitalidad que brindaba,  su ancho patio, sus galerías, las plantas, los pájaros, un lugar con reminiscencias edénicas.
El paisaje de la Puna, el desierto, la gente que allí vive, sus historias, sus creencias y costumbres y su lengua es el mundo literario de Tizón.  Un escritor de los epígonos, alguien que busca por medio de la literatura rescatar un mundo y una lengua que se pierde; pero no lo hace desde el fanatismo del color local o del estereotipo regional, las historias del escritor de “Fuego en Casabindo” tienen la solidez del mito que involucra al hombre de todos los tiempos y sus repetidas preocupaciones. Aquellas mujeres (el personal doméstico de su casa) me transmitieron la concepción que el hombre antiguo tenía acerca del mundo, las relaciones del hombre con el universo y de las relaciones de los hombres entre sí, todo ello dicho con los vestigios del poder del lenguaje antiguo y el aporte de la lengua del conquistador impuesto a través de los siglos…”, en esa síntesis compleja está el secreto de la lengua de Tizón. Una lengua cuyo ritmo cabalga entre la prosa de los escritores del Siglo de Oro español y la oralidad mestiza del quechua y el español, un ritmo lento, acompasado, sentencioso, de quien no tiene prisa por hablar y disfruta del fraseo de las palabras.
Lejos de las modas, lejos del mercado editorial y los suplementos culturales, lejos de la fanfarria y la promoción, lejos de los leguleyos de la crítica, el escritor jujeño construyó una de las obras más singulares de la literatura argentina. Por prepotencia de talento se impuso por sobre todas las reglas del mercado literario, siempre en el límite, como un “ejemplar de frontera” como a él le gustaba llamarse aludiendo a su condición de escritor y a su lugar en la tierra.
Alguna vez resumió de esta manera su obra: “[Soy] Un escritor cuyos únicos temas, una y otra vez, han sido la piedad, la muerte, el amor y el tiempo, camuflados en crónicas de hechos que ocurren o han ocurrido en un determinado lugar del mundo y entre la gente que yo he conocido y son o fueron mis paisanos”.
Entre esa gente descansa definitivamente desde fines de julio Héctor Tizón. Apenas un mes antes había salido su despedida literaria: “Memorial de la Puna”, en este libro le dice adiós a la escritura: Tampoco escribiré más, ahora me doy cuenta más claramente de que escribía porque la vida no me bastaba. Ahora sé también que no basta con escribir, hace falta un destino".

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