domingo, junio 29, 2014

PÍCAROS II



Después de historiar la palabra pícaro y hacer un recorrido por dos novelas importantes que inician el género de la picaresca, seguimos con otros personajes que pertenecen al mundo de los que buscan sobrevivir de cualquier manera en una sociedad cada vez más hostil. La picaresca es el artefacto retórico que encontró la novela (y la literatura) para señalar las pústulas sociales que las clases dominantes ocultaban. En cierto sentido, a pesar de que el género se fue consolidando, no perdió nunca algunos ademanes de “protesta”  y por ende de crítica.

En 1624 (se estima que fue escrito en el primer lustro del siglo) aparece
"La vida del Buscón”, la novela en la que Quevedo demuele a la sociedad de su tiempo desde el punto de vista de un pícaro: don Pablos. Si el Guzmancillo, aparecido un cuarto de siglo antes tenía una mirada triste y amarga de la sociedad en la que vive; la mirada de Pablos es aún más dura, feroz,  y no tiene contemplaciones en pos de su único fin que  es triunfar socialmente (“ser un caballero”) y para serlo necesita dinero. Ladrón, estafador, extorsionador, pendenciero, Pablos nos muestra como pocos el mundo del hampa de algunas ciudades españolas por las que vagabundea: Madrid, Alcalá de Henares, Toledo, Segovia, Sevilla. También el sórdido ambiente de las cárceles.

A medida que seguimos las aventuras del protagonista podemos suscribir aquella definición de Borges sobre Quevedo: “un genio verbal”. Son variadísimos los registros y lectos que se manejan en la historia, todo el mundo lingüístico de la germanía está presente por los escenarios donde se desplaza el pícaro. Pero la genialidad verbal está también en los constantes juegos de palabras, las variaciones semánticas, el doble o triple sentido de una frase. Paralelo a esto hay también una complacencia del autor en las descripciones fisiológicas, en detenerse en situaciones escatológicas, en el chiste procaz, en retratar el ambiente de los burdeles y sus prostitutas. Gran parte del acervo verbal de su tiempo circula por sus páginas. Como hombre del Barroco (como su autor) Pablos va siempre a los extremos; por ejemplo, de la naturaleza de los cuerpos mostrará las situaciones más escabrosas, si aparece la suciedad no se detendrá hasta presentar lo más repugnante, si es irónico no parará hasta el sarcasmo.

Sin embargo, “El buscón”, termina con una sentencia moral que desenfoca toda la obra y le da una nueva significación: “como obstinado pecador, determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres. En el fondo por más extrema que sea la historia de Pablos, esta se “domestica” por la mirada satírica de Quevedo cuyo sayo moral envuelve a la novela y hace más “digerible” el texto para los lectores contemporáneos. Y si pensamos que en la segunda parte de “El Guzmán de Alfarache” el protagonista ya adulto se convierte en moralista implacable, el único texto que se mantiene plenamente incómodo es el inaugural “El Lazarillo de Tormes”.

 Luego llegará Cervantes que como siempre trastocará y trocará todo lo establecido. De la simbiosis de la novela picaresca y la novela corta italiana saldrán “Rinconete y Cortadillo”, dos truhanes adolescentes, maestros en el robo y la engañifa con los naipes; también la apuesta suprema cervantina sobre el mundo de la ficción: transformar a dos perros en pícaros en “El coloquio de los perros”. Los pícaros cervantinos trascienden la picaresca y muestran la  laboriosa complejidad que entreteje la vida humana.

martes, junio 10, 2014

PÍCAROS




Cuando uno ve a un chico hacer travesuras o a un/a  adolescente, también a un/a joven salir de una situación embarazosa con gracejo y humor, inmediatamente pensamos “es un /a pícaro/a”.  Es que rara vez asociamos los argentinos la picardía con algunos de sus significados, como por ejemplo vileza, engaño o maldad, bellaquería, intención o acción deshonesta; estos términos los asignamos a lo que caracterizamos como “viveza criolla”, que tiene entre nosotros un matiz netamente peyorativo.
En cambio en la literatura las fronteras no son tan claras y el pícaro no siempre es el de la burla inocente y graciosa; sino aquel que apoyado sobre las fisuras morales de una sociedad sobrevive y vive aprovechando a cada momento esos quiebres. Parece ser que la historia de la palabra “pícaro” no es muy diáfana que digamos, se la encuentra por primera vez en un texto castellano alrededor de 1545. Para algunos la palabra está asociada con el latín “pica”, según la cual la palabra pícaro tendría el sentido de “miserable”, ya que los romanos sujetaban a sus prisioneros atándolos, para ser vendidos como esclavos, a una pica o lanza. También se la relaciona con la raíz pic, de la palabra picus, con el valor de “picar”, que primero significó “abrirse algo el camino a golpes, con esfuerzo”, y desde ahí evolucionó para indicar “el mendigo, el ladrón, el desharrapado”. Hay otros estudiosos que la relacionan con  diversas acepciones de “picar”, ya sea por los pícaros de cocina, que picaban la carne o la verdura, o bien trabajaban sin sueldo ni tarea fija en las cocinas y picaban para ganarse la comida. Covarrubias conjetura en su diccionario que se les llamaba así a los naturales de Picardie, en el norte de Francia, que emigrados a España eran gente muy pobre.
El primer pícaro de la literatura es Lázaro de Tormes, aunque esa palabra no aparece nunca en la novela que funda el género de la picaresca: El Lazarillo de Tormes”. Este pequeño texto aparecido en 1554 es la historia de una vida contada por el protagonista desde la niñez a la adultez. Pero también es una novela que retrata con crudeza el mundo social de la época; además se la puede leer (entre otras lecturas posibles) como la novela de formación de un carácter. Lázaro es en el fondo una buena persona, un chico de buen corazón, sin experiencia, al que la realidad  un muchacho de buen corazón, sin experiencia, al que la realidad pone a prueba constantemente para sobrevivir. Sus acciones tienen en gran parte del libro un solo norte: conseguir comida. Es el hambre el gran impulsor del Lazarillo. Como sostiene Zamora Vicente “no es un delincuente profesional, sino que le sobran cordura y viveza y le falta ambición”.
En cambio cuarenta y cinco años después Mateo Alemán da a la imprenta a otro pícaro, “El Guzmán deAlfarache”. Otra vez tenemos a un adulto que relata su vida desde niño, otra vez hay un proceso de formación de una personalidad y hay también una crítica feroz al orbe circundante. Pero se ha perdido cierto tono zumbón o festivo que se traslucía en el “Lazarillo”; en cambio sobrevuela en sus páginas una  acentuada tristeza y una fuerte amargura. Medio siglo después, parece decirnos el protagonista que el mundo ha cambiado bastante y lo ha hecho para mal. El Guzmancillo es un joven que huye de su casa para  buscarse el sustento y luego de andar por cientos de caminos dentro y fuera de España termina preso y condenado a remar en las galeras. Lejos estamos del Lazarillo, este es un verdadero delincuente, un ladrón, estafador, un sin vergüenza, “perdíla por los caminos, que como vine a pie y pesaba tanto, no pude traerla”. Alguien que no puede exhibir ningún sentimiento edificante, ningún valor,  precisamente porque la sociedad que lo moldeó no los tiene.

martes, junio 03, 2014

PAZ


Lo de siempre, viste; digo, los centenarios suelen traer un diluvio de reuniones, artículos, opiniones que forman un verdadero lodazal de lo más variado, con suerte a veces se parece al barro termal que nos reconforta, aunque la mayoría suele ser simple y pegajoso lodo. Octavio Paz hubiese cumplido cien años y en México y en el resto de Latinoamérica, también en España, su figura ha vuelto a ocupar las primeras planas, reedición de sus libros, trabajos críticos sobre su obra y su vida, jornadas, simposios, películas…


Pero más allá de la hojarasca que este vendaval trae, también paradójicamente nos devuelve prístina su figura siempre presente a pesar de los años de ausencia. Figura enorme, poliédrica, omnívora. A veces he pensado que Paz, de haber nacido en el siglo XIX, hubiese llegado a ser presidente de su país, una especie de Sarmiento mexicano. Pero nació mucho después, cuando los pensadores ya tenían vedado (por voluntad propia o de otros) el correoso campo de la política que reparte cargos. Sí, a Paz le tocó presenciar el tiempo en que el perfil y el peso del intelectual se fue disipando como una niebla arrastrada por los vientos de cambio. El intelectual faro hoy ya no existe, y la entidad misma del intelectual es hoy harto discutida en las sociedades posmodernas. Paz fue el último de ese tipo de pensadores ya extinguidos cuya estatura opacaba a cualquier personaje o corriente de opinión.


Genial, enciclopédico, polémico, dejó huellas por cuanto género literario adoptó y conquistó. Su obra, “El laberinto de la soledad”, es un esfuerzo titánico por comprender ese territorio símbolo del mestizaje (Me viene a la mente Martínez Estrada que realiza un gesto similar por estas pampas) . Como dice Enrique Krauze, ese libro ya no define a los mejicanos “pero ilustra muchas de las pasiones que nos caracterizan”. Si su obra hubiese sido solamente la vertiente de ensayista socio-político-antropológico ya tendría un lugar destacadísimo en el pensamiento americano. Pero fue eso y mucho más.


Una inteligencia crítica prodigiosa que a la manera de una serpiente  no dudaba en morderse la cola. De allí su relación siempre tensa con la izquierda, de la que fue un disidente que pasado el tiempo adoptó posiciones más moderadas y creyó siempre que la libertad del individuo era el punto fundante. Abordó todos los temas y problemas, desde los más simples a los más abstractos y complejos y su paso por ellos abrió caminos por los que transitan hoy pensadores y artistas. Además, tratados por Paz, muchos de esos temas se volvían nuevos, y marcaban un hito que después era muy difícil de superar. Muchos libros hubo y actualmente hay sobre Sor Juana Inés de la Cruz, pero la mayoría recuerda el libro de Paz “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, ya convertido en un verdadero clásico. Cuando uno lo lee parece que ya lo ha dicho todo sobre la poeta. Uno de los análisis más esclarecedores sobre el Virreinato de Nueva España están en ese libro.


“El arco y la lira” es un referente cuando se trata de acudir a obras que teoricen sobre el mundo siempre lábil de la poesía. “El poema no es una forma literaria sino el lugar del encuentro entre la poesía y el hombre”, sostiene Paz en su estilo siempre claro, siempre poético.


Es evidente que no te oculto mi gran admiración por Octavio Paz que viene desde los lejanos días de estudiante, cuando con algunos amigos comprábamos sus libros de poemas y discutíamos y celebrábamos sus versos. Te dejo algunos para el final: “Tal vez amar es aprender/ a caminar por este mundo./ Aprender a quedarnos quietos/ como el tilo y la encina de la fábula./ Aprender a mirar./ Tu mirada es sembradora./ Plantó un árbol./ Yo hablo/ porque tú meces los follajes”.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...