viernes, octubre 28, 2016

DON FRUTOS


       Me conozco de memoria las oficinas de detectives y comisarios de diferentes partes del mundo. He visto el cuarto de Sherlock Holmes y su pulcritud inglesa; el escritorio sucio y enclenque que hacía juego con la piecita de Philip Marlowe; el desorden reinante en la oficina de Maigret que contrasta con el orden de Poirot. En fin, he pasado frío en la desvencijada y espartana comisaría de Laurenzi en  La Plata, o en la celda 273 de la Penitenciaría Central, epicúrea e inclemente, que albergaba a don Isidro Parodi, el detective amigo de Bioy y Borges. 
      Esta larga enumeración muestra mi falta de modestia y la petulancia de mostrarme como un lector omnívoro de policiales. Recuerdo haber comenzado casi por azar con un pequeño libro de E. A. Poe (aún lo conservo) de tapas amarillas y duras, pertenece a la desaparecida colección (y también editorial) “Club Bruguera”. Auguste Dupin hace gala de una envidiable capacidad analítica que lo lleva a desentrañar “Los crímenes de la calle Morgue”, que dicen los historiadores es el inicio del género policial. Después llegaron las novelas de Agatha Christie que compraba y canjeaba en un piringundín de usados, hasta que la ironía, el sarcasmo y el engreimiento de Poirot me hartaron y le cerré la puerta hace ya muchos años.
     
Connan Doyle y su detective estuvieron en las siestas adolescentes, eran un verdadero reto a la inteligencia. Asombraba la capacidad de razonamiento de Sherlock Holmes para lograr dar con el culpable; como también asombraba la intuición potente del padre Brown, el singular investigador de Chesterton. Como en toda frecuentación asidua, comenzaron las grietas, y ya molestaban la confianza desmedida, el tono superior y la jactancia del triunfo. 
En cambio el comisario Laurenzi tenía ciertas fisuras que lo hacían más cercano a nosotros, contaba sus fracasos, su poca confianza en la justicia de los jueces, sus aprietes, su debilidad ante determinados casos que le impedían arrestar al culpable; pero también tenía un ojo de lince para observar detalles y pistas que lo llevaban a resolver el caso.
Después llegaron los detectives del policial negro sobre todo las creaturas de Simenon y de Chandler, el Sam Spade de Hammett y el Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. Personajes entrañables, que mostraban que el mundo del delito era mucho más complejo que la polaridad buenos-malos o ladrones-policías.
Pero de todos ellos hay uno que es mi favorito, no sé bien por qué, quizás porque es único, porque decapita parte de la teoría sobre el género policial, porque es ocurrente, sabio, ladino, inteligente, comprensivo y piadoso. Lo descubrí casi por casualidad en una antología policial para estudiantes. Se llama don Frutos Gómez, es el comisario de un pequeño pueblito correntino llamado Capibara-Cué y así lo describió Velmiro Ayala Gauna: “Estatura mediana, robustez, ojos pequeños y renegridos, cabello que empezaba a ponerse tordillo y una menuda barba en punta, eran los rasgos principales de don Frutos Gómez”.
Don Frutos es un hombre sabio, alguien que conoce a fondo la sicología humana y su entorno. El campo es su hábitat natural y sería impensable encontrarlo en una comisaría de ciudad. No fue nunca a la escuela, parece, habla una mezcla de guaraní y castellano rural, dice: trompesó, pa, nicó, dentre, refalao, gurí, emprestao; no sabe, por ejemplo, qué quiere decir “deducción” ante el admiración de su “estruido” oficial Arzásola.
Don Frutos todo lo averigua sin aspavientos y con sabiduría. Un personaje querible por donde se lo mire, al que dan ganas de pasarle un mate y sentarse con él junto al brasero de la comisaría para hablar largo y tendido sobre el bicho humano y sus miserias y sus grandezas.

            

martes, octubre 11, 2016

¡BASTA DE GRAMÁTICA!



               “Mamá, ayudame, tengo que subrayar los sustantivos propios, comunes, colectivos y abstractos de esta fotocopia. Pero a mí se me hace lío”. Y la mamá va e intenta recordar cómo se clasificaban o busca en el cuaderno del chico/a cómo eran las diferentes clases. “Papá, ¿el sustantivo grito es abstracto?” Y el padre contesta: “No, pero vos qué entendés por  abstracto”? Y la niña contesta que los abstractos son los que no se pueden ver ni tocar. Claro desde esa lógica la palabra “grito” es un abstracto; pero si ella fuese  a cualquier manifestación o a un estadio de fútbol comprobaría que aunque no se pueda ver ni tocar, “grito” es atronadoramente concreto. Seguramente también y ya que estamos con el ejemplo te habrá tocado pesquisar y recortar diferentes tipos de sustantivos en diarios, revistas o en cuanto papel impreso ande por la casa para luego pegarlos en el cuaderno, el problema es que alguno de los sustantivos que buscamos se empeñan en no aparecer y después de un rato nos quedan los ojos como estrellas de mar.
               Y uno se pregunta (como vos te habrás preguntado), para qué diablos hacen eso y si eso ayuda a que entiendan la clasificación de los sustantivos, por ejemplo; y en caso de que la entiendan, para qué les sirve. Además, esa vieja clasificación proviene a grandes rasgos de los griegos y responde a categorías filosóficas muy alejadas no solo de los chicos sino también de los docentes. Explicar que un sustantivo es abstracto porque no se puede ver ni tocar es tan disparatado como decir que la célula es un huevito pero muy chiquitito que casi no se ve. Después seguramente sigue hacer oraciones con esos sustantivos y a otra cosa mariposa…se vienen los adjetivos.
               Eso sí, nos rasgamos las vestiduras  y ponemos cara de asombro cuando descubrimos que los pobres niños apenas pueden escribir un conjunto de oraciones inconexas cuyas ideas se pelean o se ignoran entre sí. Sin embargo este es el resultado lógico de lo que se ha hecho en la escuela. ¿Por qué queremos que construyan textos si nos hemos centrado en la palabra y en las oraciones y apenas escribimos alguna forma textual aislada (cuentos, por ejemplo) y poco más.
En fin, este tipo de situaciones nos lleva a reflexionar sobre el sentido y la forma de abordar algunos contenidos gramaticales en los primeros años de la educación primaria. Ese sentido y esa forma tienen que ver con la concepción de lengua que tenemos; y me parece que el rol más importante de esta es ni más ni menos que la comunicación. Si la concebimos de esta manera, debemos dedicar todos nuestros esfuerzos a que los chicos adquieran una competencia comunicativa sólida, esto implica competencias de lectura y escritura que son muy complejas y por ello necesitan de tiempo y paciencia. De nada servirá enseñarles de la manera acostumbrada la gramática o el análisis sintáctico; al contrario, nos distraeremos en una tarea un tanto estéril y descuidaremos lo que realmente queremos que los chicos aprendan: a leer y escribir en forma competente. Y a leer y escribir se aprende leyendo y escribiendo textos y no pescando adjetivos.
Muchas veces he pensado que quizás habría que cambiarle la denominación a la asignatura y en vez de llamarse “Lengua”, se podría llamar “Taller de lectura y escritura” o bien “Taller de comunicación oral y escrita” y así nos quitaríamos de encima tanto lastre gramatical al cuete.
                                          

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...