martes, julio 27, 2004

MUJERES Y CARTAS

Las mujeres hacen su entrada a la historia de las letras de la modernidad en el Renacimiento y esa entrada es a través de las cartas. Es cierto que en la antigüedad griega, --ya que la mujer en el mundo romano no tiene casi participación en la cultura letrada--, podemos destacar a Safo, que en su época tenía justa fama; Platón, la llama "la décima musa".

También, menos conocida  por culpa  de circunstancias ajenas a su talento, tenemos a Hipatia, filósofa y matemática pagana célebre por su sabiduría que fue arrancada de su casa, lapidada y por si fuera poco, quemado su cuerpo en una plaza pública; todo esto en nombre de la fe cristiana.

Después sigue un vasto silencio de siglos que cubre algunas tenues voces femeniles. Ya en la Edad Media, los conventos  con su espacio para la escritura y la lectura comienzan a ser las campanillas que despiertan el alma femenina para la literatura. Ese recomenzar es tímido aún y estaba sometido a la constante vigilancia de sus superiores varones. El talento, la creatividad, la voluntad severa de hacer de la creación literaria el sentido de la vida siendo mujer y monja, lo pagó muy caro Sor Juana Inés de la Cruz ya en tiempos bastante alejados de la época medieval.

Quienes conocen la historia de amor de Abelardo y Eloísa saben que el renombre del primero se debe a su labor filosófica, sin embargo sus pergaminos no han logrado opacar la figura de su compañera gracias a las cartas que ella le dirigía siendo abadesa de un convento. Sus cartas son el testimonio de un amor apasionado que ni el tiempo ni las circunstancias consiguen borrar.  Las cartas de ambos serán el símbolo de una lucha entre la amante que sigue fiel al amado y Abelardo que quiere transformar ese amor humano en amor divino.

"Aquellas voluptuosidades de amantes que hemos disfrutado juntos han sido para mí tan dulces que no puedo recordarlas sin pena. Me vuelva hacia donde me vuelva, ellas se imponen siempre a mi vista; ellas y sus deseos...Yo, que debería lamentarme por lo que hecho, suspiro ante lo que he perdido". Las cartas de Eloísa son los primeros testimonios ya modernos del amor hecho escritura.

Hay otra historia no tan popular que refiere que Madame de Sevigné escribe a su hija recién casada, que vive en la Provenza, una serie de cartas en las que hace patente el amor de madre; pero además Madame de Sevigné se preocupa por relatarle las grandezas y bajezas de la corte, las anécdotas más jugosas, el sabroso chusmerío; todo esto escrito con la intención de agradar y de contar en la forma más vívida y divertida posible. 

Las cartas  de Sevigné se comienzan a publicar en 1725 y tienen un éxito tal que su autora se encuentra, casi sin pensarlo, con la gloria literaria. Los ejemplos se suceden y la carta como vehículo de expresión literaria  se afianza en el público.






miércoles, julio 14, 2004

CARTA A DON PABLO

[Esta columna es la última aparecida en el diario, si sigo el orden en que vengo publicando en el blog, seguramente le correspondería en el 2005, cosa que la haría totalmente inactual y descontextualizada.]

Estimado Don Pablo: no sé si decirle feliz cumpleaños, pero hoy 12 de julio en varios sitios del mundo se lo están festejando. Sé que eso le parecerá raro, sobre todo ahora que el tiempo para usted es sólo una espiral de humo; pero creo que no le desagradarían estos festejos, creo que a sus editores tampoco.

Cien años, Don Pablo, qué me dice. Homenajes para coleccionar, justo a usted que le gustaba tanto coleccionar y tenía sus casas atestadas con mascarones de proa, caracolas, primeras ediciones, botellas; incluso mujeres, Don Pablo, no se haga el desentendido, eso sí, ellas no siempre estaban a la vista. Anoche mismo vi el homenaje que en España hicieron para usted un grupo de artistas que le agregaron música a varios de sus poemas y otros los recitó un actor vestido a la usanza nerudiana: pantalones anchos, sacones largos y la infaltable gorra marinera.

Le comento, pero no se enoje, ese actor recitaba,--como era de esperar-- mejor que usted; y a propósito le confieso que si hubo algo que un día me decepcionó de usted, allá en mi adolescencia, fue escucharlo recitar sus poemas con esa voz de hipopótamo somnoliento. Yo imaginaba (sin ningún tipo de fundamento) que nadie decía mejor los poemas que sus propios autores, no podía creer que esa letanía uniforme que salía del grabador fuera la voz de Neruda, después, claro, esas cosas lo hicieron aún más singular.

Vuelvo a los homenajes, seguramente hoy Don Pablo, será el poeta más nombrado en todos los medios, toneladas de papel a su nombre diciendo obviedades o singularidades. Habrá biógrafos con vocación de proctólogos que agregarán algún dato sensacionalista, estudiosos de su obra que intentarán explicar básicamente lo inexplicable: la transformación de las palabras en un derrotero poético. Supongo que eso le gustará; usted que era tan afecto a las fiestas, a los disfraces, a la buena mesa. Alguna vez escribí que para mí usted era un glotón, un glotón de la vida, de las palabras. Me gustaría perfeccionar esa imagen: usted es un sibarita glotón.

Porque si hay algo que está en el inicio mismo de su poesía—y disculpe la petulancia Don Pablo—es esa actitud de gustador refinado del mundo; por eso sus poemas, aun en sus momentos más bajos o en sus temas más dolorosos, son siempre celebración. Usted ha sido el Sumo Celebrante de la poesía del siglo que se fue. Un Withman chileno. No se ría Don Pablo, sé que le agrada la asociación con el viejo Walt.

Sabe, siempre quise conocer Parral, ese pueblito de lluvia eterna cercano a Temuco. Me parece que el lugar de la semilla, el sitio primigenio lo nutre a uno de la empatía necesaria para comprender al artista; seguramente pensará que es un delirio lo que digo, yo también. Le cuento una anécdota y lo dejo. En Macchu Picchu prescindí del guía, ¿qué podría decirme ese señor si yo tenía la garganta llena de sus poemas que traspasaban las piedras y el tiempo?

“Por fin soy libre adentro de los seres”: más no se puede pedir Don Pablo, más no. Un abrazo.



lunes, julio 12, 2004

CARTAS COLECTIVAS

La carta se escribe en la antigüedad--ya lo hemos dicho, pero conviene recordarlo-- para una minoría ilustrada y ha tenido en la historia de la cultura un papel relevante muchas veces no reconocido por los estudiosos.

Hay una vertiente de la carta que sale de la esfera de lo íntimo porque se escribe pensando en destinatarios colectivos. Esto se ve en las cartas del apóstol Pablo y en otras del Nuevo Testamento, en las de Cicerón y Séneca, verdaderos documentos en los que se decanta el alma romana. Otras misivas manifiestan la estética del autor y los consejos a quienes se inician en el oficio de escribir, como son las cartas de Horacio a los Pisones, antecedente basal de "Cartas a un joven poeta" del lírico alemán Rainer M. Rilke.



Esta forma que busca en los destinatarios colectivos el campo fructífero para el nacimiento y transmisión de nuevas ideas va teniendo cada vez mayor difusión en el Renacimiento, y dará lugar a la cultivadísima epístola.

Así estos andantes pliegos van preñados de palabras, que en algunos casos transformarán la sociedad de la época. Como verdadero ejército ilustrado servirán a la difusión del Humanismo con Erasmo; también a la divulgación de ideas y cuestiones religiosas, recordemos "Las cartas provinciales" de Pascal.

Otras estarán dirigidas a la disección del corazón mismo de la sociedad, como son las sátiras sociales de Montesquieu y el ilustrado español José Cadalso.

Y andando el tiempo y el continente, son los románticos americanos quienes explotarán la dimensión colectiva y didáctica de la carta, generalmente usada en virulentas polémicas políticas o para arremeter contra la vieja escuela ilustrada.

Imposible soslayar en estos casos a Sarmiento que polemizó fuertemente con Alberdi sobre la prensa en Argentina en el ciclo denominado "Cartas quillotanas" y que también la emprendió contra Andrés Bello y su visión neoclásica del idioma, arquetipo del intelectual ilustrado del siglo XIX en Sudamérica.

Imposible también no mencionar una carta trágica, muestra de valentía y honestidad intelectual, la "Carta abierta a la Junta Militar" que escribiera el día antes de su desaparición el rionegrino Rodolfo Walsh, y que buscó difundir por todos los medios hasta su arresto en plena calle.

Es conocido por todos que el periódico tal como hoy lo conocemos, es un invento del siglo de Sarmiento y Alberdi, quienes lo utilizaron como tribuna de sus ideas. Es el periódico el que sirve de vehículo a los anónimos ciudadanos que hacen llegar sus cartas con la esperanza de una difusión colectiva.



Los diarios han cambiado--y vaya si lo han hecho-- a lo largo de más de dos siglos; pero una de las secciones que se han mantenido incólumes como un viejo acueducto romano, es aquella de las cartas de lectores, "verdadero género literario", en la consideración de Jorge Castañeda. Sátira, denuncia, información, crítica, queja, agradecimiento, todo entra en esta humilde pero a la vez generosa forma.

Sabiéndolo o no, el remitente de cada carta de lectores está recibiendo y continuando un legado que ha atravesado la historia de Occidente.

lunes, julio 05, 2004

CARTAS

Es curioso que un adelanto tecnológico recupere una saludable tradición de siglos que estaba al borde de la extinción: escribir y recibir cartas. Sí, un lustro atrás poquísimas personas conservaban esa costumbre; el teléfono había reemplazado casi cualquier otra alternativa de la comunicación a distancia.

La comunicación instantánea tiene innumerables ventajas, escuchar el tono, las inflexiones de la voz del otro, incluso su respiración revelan una ilusión de cercanía que nada puede reemplazar. Pero por culpa de Marconi y su invento el hábito de la carta fue desapareciendo hasta quedar muy pocos, generalmente aquellos que por falta de medios o en determinadas circunstancias debían usar la carta; o bien por aquellos fanáticos del género epistolar.

A favor de la carta está la permanencia de lo escrito, la reflexión y las ideas articuladas de una manera más rigurosa que la oralidad. También la ceremonia de la escritura, la elección del papel, del sobre, y aún los más quisquillosos, la decisión del tipo de estampillas que jamás debe ser esa absurda faja de colores.




En fin, todo esto, modificado y adaptado a otro tipo de soporte ha vuelto con el correo electrónico (me niego tajantemente a usar el anglicismo e-mail). Desde hace unos años todo hemos vuelto a escribir cartas, los más nostálgicos extrañarán el papel, la tinta, el sobre y el cartero; pero lo cierto es que la comunicación escrita ha vuelto a instalarse en nuestra vida cotidiana y me pregunto por qué no ver esto como una natural evolución de la carta.

El primer testimonio de esta maravilla de la comunicación data de unos cuatro mil años y es, no podía ser de otro modo, una carta de amor escrita en Babilonia. En el mundo antiguo sólo unos pocos privilegiados, los que dominaban el arte de leer y escribir, se permitían el lujo de cartearse.

Dos grandes instituciones hijas de la Edad Media, la Iglesia y la Universidad, se preocupan por crear un servicio de mensajeros a lugares remotos. Durante siglos, los sabios y los clérigos disfrutan de este servicio de mensajeros y del intercambio epistolar de ideas; esto sin contar a los reyes y sus correos reales.

En los siglos XVII y XVIII la carta sigue siendo el patrimonio de dos clases: la aristocracia social y la del saber. Es el siglo XIX con la ampliación del número de personas que escriben y leen, la carta comienza a tener una difusión nunca vista. Alrededor de 1840 en Inglaterra ocurre un hecho de gran trascendencia para la historia de la misiva, la adopción del sello de correos. Se da entonces que las más remotas aldeas comienzan a conectarse entre sí o con los grandes centros de la cultura en un continuo flujo y reflujo de ideas.

La carta alcanza una popularidad nunca vista y en diferentes países los libros más vendidos eran aquellos manuales para la escritura epistolar. Son tiempos vedados a la vida social, laboral o amorosa si no se ejerce con presteza el oficio de buen escritor de epístolas.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...