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BURDELES Y LITERATURA II

En la columna anterior me dejé llevar por los recuerdos de la pandilla del barrio y nuestro diario frecuentar (por afuera) del burdel, ya que formaba parte de nuestra vecindad. El tiempo ha borrado tantas cosas, también lo ha hecho con una cicatriz que comenzaba en el esternón y terminaba casi en el ombligo. Su origen tiene que ver con el patio del burdel y unos árboles altos en las cercanías. Mi querido amigo Carlitos era el adelantado, en todo. Él descubrió que en las tardes calientes de enero las mujeres que andaban en el patio de la casona prescindían de la casi totalidad de sus ropas. Allá fuimos a treparnos a los árboles, así desde esa atalaya, a la manera de vigías, podríamos descubrir la desnudez misteriosa de los cuerpos. La aventura no duró mucho, nos faltó sigilo, en cada uno de los tres árboles había por lo menos cinco de nosotros, una de las mujeres nos descubrió y amenazó con buscar un revólver; nunca supe cómo bajé del árbol, pero me di cuenta—pasado el susto—de las con…

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