lunes, marzo 28, 2005

EL BOOM II

Repasamos en la columna anterior algunas características de ese singular fenómeno literario hispanoamericano denominado “boom”; fenómeno que coincide con la aparición de un grupo de narradores muy importantes, unido a la publicación de una serie de novelas de indudable calidad que hicieron que la narrativa en español escrita en este continente tuviera una dimensión casi planetaria.

Si el “boom” fue vilipendiado por muchos, también es cierto que por algunos años favoreció el conocimiento en toda América de las literaturas nacionales, que tienen una larga tradición de ignorancia mutua.

Muchos testimonios de comienzo de la década del sesenta, señalan el vasto y mutuo desconocimiento que los integrantes del campo literario y aún más, el público, tenían de la literatura escrita en los diferentes países.

Pocos sabían de Juan Rulfo fuera de México, a Borges lo conocían en Francia, en Estados Unidos y en algunos sitios de Argentina, el cubano Alejo Carpentier gozaba de cierta fama en París, pero contados lectores en Buenos Aires, Santiago o Caracas; así podríamos seguir enumerando, pero rescato otras dos figuras también desconocidas en los demás países o incluso en los propios, Juan Carlos Onetti y José María Arguedas.

Son estos autores quienes comienzan a circular entre los jóvenes escritores gracias a los amigos, a los conocidos, al boca a boca. Son estos autores los que después serán llamados por la crítica “precursores del boom”. En realidad todos tienen en común una nueva estética que da por tierra el regionalismo y el costumbrismo que habían caracterizado por décadas a la novela latinoamericana.

El desconocimiento que los propios escritores tenían del resto de sus pares continentales es hoy impensable, por ejemplo, José Donoso pudo leer “La ciudad y los perros” dos años después de su publicación y porque un conocido se la envió desde Perú. Era imposible conseguir para un argentino, un boliviano las obras de García Márquez, antes del “boom”.

Durante el periodo de mayor apogeo del “boom”, la literatura latinoamericana tuvo una circulación transnacional que posibilitó el conocimiento recíproco y el ingreso de diferentes públicos que veían en esa narrativa ciertas notas comunes de reivindicación y proyecto continental muy asociadas con un contexto sociopolítico emancipador.

Cuarenta años después y pese a todos los adelantos tecnológicos, las literaturas nacionales vuelven a estar enclaustradas. Aislamiento que no es casual para quienes tuvimos que atravesar los tenebrosos setenta y ochenta en muchos países de América Latina.

Pero volvamos a otra nota característica del “boom”: Barcelona. Esta ciudad fue el centro difusor de este fenómeno. Carlos Barral es uno de los míticos nombres en la edición, otro nombre es Carmen Balcells, representante de casi todos los escritores del “boom”, también contribuyó la prensa especializada y sus polémicas y por cierto, la industria editorial que vio en este hecho cultural un gran filón comercial.

Vivían en Barcelona a fines de los sesenta, García Márquez, Vargas Llosa, Donoso e innumerables escritores pasaban por allí con el afán de publicar la novela que les diera fama mundial.

No deja de ser paradójico que el mayor movimiento de autoconocimiento e internacionalización de nuestras literaturas haya tenido su centro difusor fuera del continente.

lunes, marzo 21, 2005

EL BOOM

El término inglés “boom” en la historia de las letras alude a un hecho singular de la literatura latinoamericana: el conocimiento masivo de la obra de un grupo de narradores jóvenes y otros no tanto en gran parte de Europa y en Estados Unidos.

Sin embargo, la existencia misma del “boom” fue cuestionada severamente desde diferentes ámbitos. A sus integrantes se los acusó de “mafia”, de ser un círculo hermético al que sólo muy pocos podían entrar, de hacerse publicidad entre ellos, de ser un producto comercial de las editoriales, o un invento de Carmen Balcells, la mítica agente literaria española, etc.

Pasadas ya tres décadas de aquella efervescencia, hoy no es posible negar la existencia de ese fenómeno singular de nuestras letras. Es cierto que las causas que llevaron al surgimiento y a la consolidación del boom pueden ser múltiples y polémicas, pero con la distancia temporal se hace evidente que el resultado fue una serie de novelas inolvidables y una consideración diferente de nuestra literatura en el mundo entero.

Los límites de principio y fin de esta etapa singular de la narrativa latinoamericana son muy difusos. Algunos pretenden situar el nacimiento del “boom” en 1962, cuando Mario Vargas Llosa, un joven peruano de apenas 24 años, gana el premio Seix Barral con su novela “La ciudad y los perros”.

Otros, como Carlos Fuentes ironizan sobre este comienzo y afirman que nació el día que él le dijo al novelista chileno José Donoso que su novela “Coronación” sería publicada por una prestigiosa editorial estadounidense; “cuando le comuniqué la novedad, escuché un ruido extraño en el teléfono, algo así como “boom”, y Pilar, la mujer de Donoso, a los gritos porque ‘Pepe’ se había desmayado”.

El final tampoco tiene un momento preciso. Hay quienes sostienen que el “boom” murió con el “caso Padilla”, un escritor cubano encarcelado por Fidel Castro en 1971, y que dividió a la intelectualidad americana; otros lo daban por muerto mucho antes.

Fue el crítico uruguayo Ángel Rama quien sostuvo que la mesa del “boom” tenía cinco sillas, cuatro inamovibles, a saber: Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Los ocupantes de la quinta silla rotaban según las preferencias de lectores y críticos: José Donoso, Cabrera Infante, Ernesto Sábato ...

Lo cierto es que en el lapso de una década aparecen una serie de novelas que cambiarán definitivamente el panorama narrativo en lengua española y que se ganarán el respeto y la difusión planetaria. A la ya mencionada de Vargas Llosa, podemos agregar a “Rayuela”, “La muerte de Artemio Cruz”, “Tres Tristes Tigres”, “El obsceno pájaro de la noche”, “Sobre héroes y tumbas” y “Cien años de soledad”.

Todas ellas, según Vargas Llosa, unidas por “un rechazo, que yo creo característico del ‘boom’, de la literatura regionalista, costumbrista, folclórica, centrada en el paisaje y en los tipos pintorescos. El ‘boom’, en cambio, situaba las historias en un mundo más urbano y se preocupaba tanto de la forma como de los temas".

La novela latinoamericana había entrado en la escena mundial definitivamente y para quedarse.

domingo, marzo 13, 2005

EUFEMISMOS

Se entiende por eufemismo (eu= bien, buen + femí=decir) la "manifestación suave o decorosa de ideas cuya expresión directa sería dura y malsonante". Como siempre me han gustado las etimologías, esa historia impúdica de las palabras, en este caso muestra al eufemismo como una cortesía, un gesto de buen gusto.

Sabido es que todo lenguaje carece de inocencia. El lenguaje nos ayuda a revelar, develar la realidad que de otra manera permanecería muda, ininteligible. El punto de máxima tensión del lenguaje está en la poesía, en los textos religiosos, en los mitos. Allí la palabra nos introduce a nuevas realidades, devela nuevas ámbitos, nos descubre lo insospechado, lo no visto, lo oculto.

Pero también el lenguaje sirve para ocultar, disfrazar, distorsionar determinados sucesos, porciones de realidad de acuerdo con los intereses de quien toma posesión de un discurso prestigioso(poderoso) o bien de una sociedad que decide esconder sus tabúes de época.

Es decir que el eufemismo, pasa de ser una figura retórica con un valor positivo, a transformarse en aquello que se oculta por específicos intereses. La sociedad victoriana, la iglesia ocultaron, por ejemplo, casi todos las palabras que nombraban lo relacionado a lo sexual. De allí, palabras tan graciosas, sobre todo por el referente que ocultan, como "pajarito" para no decir pene. "Hacer el amor" es una expresión que puede desconcertar a más de uno. La mayoría de las personas tropezamos con ¿qué cosa es eso del amor?, si no sabemos qué es ¿cómo diablos lo vamos a hacer?

Para ocultar el cuarto donde depositamos nuestras heces y la orina lo disfrazamos con palabras elegantes; en España se llaman "servicios", en Argentina todavía se usa la voz francesa "toilette".

La diplomacia es un caso testigo de hipocresía verbal, de no llamar a las cosas por su nombre. Se sabe que en el ámbito empresarial la palabra "reestructuración " ha perdido su sentido primero para significar simplemente "despido de personal". "Perfil de la empresa" es una expresión aplicable a un sin número de situaciones, ya sea para elogiar a un obrero o para despedirlo por no ajustarse a él. Ahora bien, nadie tiene en claro qué es eso del perfil.

Repito: el lenguaje no es inocente. Hay una frase que ha cundido como la plaga, toda institución, empresa u organismo que se precie debe tener su oficina de "recursos humanos". Me niego a ser un recurso, no lo soy. Un recurso es un medio que sirve para conseguir lo que se pretende. El hombre es una finalidad en sí, no un medio. Las oficinas de "recursos humanos" son eso: un lugar donde los hombres y mujeres son una PC, un martillo, un automóvil, un objeto más en el inventario.

Y en estos tiempos de guerra, el cinismo también se viste de eufemismos. "Daños colaterales" llaman a la matanza indiscriminada de niños, mujeres, ancianos. "Daños colaterales" llaman a la destrucción masiva de las viviendas, de los patrimonios culturales, de los hospitales. "Ayuda humanitaria" a las migajas que pretenden tapar tanto horror, tanta injusticia que unos hombres cometen contra otros.

lunes, marzo 07, 2005

CAMPOS DE SORIA

Entre las calles irregulares de Soria, busco el instituto donde ejerció Machado su cátedra de francés. Es un edificio viejo y rectangular cuyas aberturas actuales distorsionan la visión del conjunto; en el ingreso un busto del poeta recuerda su paso por la institución. El aula está en el primer piso, tiene una plaqueta junto a la puerta muy baja y rústica, y el piso original ha sufrido la reparación de algún albañil no muy interesado en conservar patrimonios históricos.

Cuando salgo ya es media tarde, camino hacia el río Duero y me cruzo con algunas ruinas históricas, iglesias sobre todo. El ritmo de la ciudad es cansino, no hay notas de color y hay pocos jóvenes, el pasado es aquí parte del aire que se respira.
Veo el puente y el río y una emoción guardada desde la adolescencia—cuando leía sus versos-- aflora al ver fluir el agua debajo de mis pies: “¿Y el viejo romancero/ fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?/ ¿ Acaso como tú y por siempre, Duero,/ irá corriendo hacia el mar Castilla?”. Imagino al poeta sobre el mismo puente y vislumbro que la poesía, y la literatura en general, modifican para siempre nuestras miradas sobre las cosas.

Del otro lado del río aparecen en lontananza los campos que rodean a la ciudad en este comienzo de atardecer primaveral. Y otra vez la visión se ve alterada por el cruce de la otra que está en los versos y provoca mis dudas sobre qué es lo que realmente percibo. “Veía el horizonte cerrado por colinas/ obscuras coronadas de robles y de encinas;/ desnudos peñascales, algún humilde prado/ donde el merino pace y el toro arrodillado/ sobre la hierba, rumia; las márgenes del río/ lucir sus verdes álamos al claro sol de estío(...)”.

Soria está lejana ya mientras camino hacia el monasterio de San Saturio, del otro lado del Duero. Hay allí una especie de camping y después un camino escondido entre la montaña que bordea el cauce y lleva al monasterio que se ve imponente en la distancia y, con los colores del atardecer, tiene un tono sepia. Éste era uno de los paseos favoritos de Antonio Machado, incansable caminador. Aquí “el Duero traza su curva de ballesta en torno a Soria”.

Lo miro todo, un caminante me indica cuáles son las encinas, esas “obscuras, pardas, con el tronco torcido y ceniciento”; me sonrío porque son descripciones típicamente machadianas. Miro los álamos que tienen igual que en tiempos del poeta: “...grabadas iniciales que son nombres/ de enamorados, cifras que son fechas/ (...) álamos del amor cerca del agua/ que corre y pasa y sueña,/ álamos de las márgenes del Duero,/ conmigo vais, mi corazón os lleva”!

Con las primeras sombras llego a San Saturio, empotrado en la roca y reflejado sobre el río. No hay nadie ya, me quedo allí hasta que la oscuridad oculta los colores del agua.

En el regreso, pienso: si la vida de los hombres está hecha de algunos días perfectos, éste es uno de los míos.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...