lunes, septiembre 26, 2005

CONGRESOS ACADÉMICOS II

En la columna anterior estábamos en pleno congreso académico, ¿recuerda?, usted me acompaña y tenemos una ponencia que leeremos cuando nos toque el turno.

Hablando de turnos, viene un señor mayor, lee bien, pausado; pero después de quince minutos advierto su desesperación acompañada de dos o tres cabeceos: el señor mayor va por la cita número cien. Compréndalo las citas dan autoridad a lo dicho, es más serio, más científico, realzan el valor del trabajo, por favor, ni lo dude. Además el “collage” es una técnica noble y pedagógica, no me lo puede negar ¿Que perdió el hilo argumentativo y ya que no sabe qué es lo dicho por el académico y qué por la pléyade de citados? Bueno, también usted, con esas pretensiones; esto más que hilo es una madeja y más que madeja una maraña. No importa, no importa usted haga como que entiende y anote dos o tres frases en la carpetita.

Sí, se está olvidando de algo esencial y se le nota que es novato o novata en esto de los congresos. ¿Para qué cree que los organizadores gastan ingentes esfuerzos en el diseño y la confección de la carpetita que se entrega a los asistentes? Generalmente viene acompañada de una lapicera que rara vez anda, pero con un poco de perseverancia puede que funcione. Usted debe escribir algo, alguna frase para que después pregunte por su sentido y así dar muestras de su atención.

Ni se le ocurra ponerse a rayar las hojas, hacer flechitas, anotar números y otros garabatos, si lo advierte otro asistente lo censurará con flamígera mirada. Tampoco en plena ponencia se le ocurra mirar los folletos de casas de comidas, hoteles que vienen con la dichosa carpetita. Veo que me mira, ya sé, se preguntará qué tienen que ver los hoteles cinco y cuatro estrellas con los desnutridos bolsillos académicos; nada, pero qué quiere es poco académico hacerle publicidad a la pensión “Duermen tres pagan dos” en la que nos encontramos varios de los asistentes.

Terminó, terminó el señor mayor. Presentan al que sigue, es un joven académico de monótono peinado, de monótona vestimenta, de monótona voz y de monótona lectura. Eso sí, ha logrado cual émulo del gran Houdini depositar a los presentes en los umbrales del palacio de Morfeo. Estamos más que hipnotizados, adormilados. Usted da varias cabezadas, me mira desde su nueva fisonomía oriental no ya para decirme que no entendió nada, sino para preguntarme cuándo acaba. ¡Paciencia, ánimo! Queda poco. Reacciona, me tranquilizo, por un momento creí que se dormiría.

Veo que se está preguntando por qué todos leen y nadie expone su trabajo. Por favor, me parece que el sueño le quita lucidez. Esto es académico, serio. Cada palabra de un trabajo ocupa ese lugar y no otro. Equivocar un término supone aflojar un ladrillo en el férreo edificio argumentativo que es cada ponencia.

Terminó, terminó. Lo sabemos porque los más resistentes con sus aplausos despertaron al resto. Ahora nos toca a nosotros, por fin. ¡Oiga!, no me diga que...justo ahora...nos toca, no me haga esto..., despierte, por favor.

lunes, septiembre 19, 2005

CONGRESOS ACADÉMICOS

Cuando uno va a un estadio de fútbol y observa el comportamiento de la gente en las tribunas puede hacer una radiografía del público asistente y caracterizar los distintos tipos de hinchas. El procedimiento es análogo para cualquier práctica social que involucre a un grupo de personas con intereses semejantes; por ejemplo, los congresos académicos de alguna especificidad del saber como congresos de literatura, historia, economía, ingeniería en petróleo, arquitectura, etc.

Ahora sí, después de esta larga introducción, lo invito lector, lectora a participar conmigo de un congreso académico. Venga, pase.

Lo primero que hacemos es acreditarnos; le aviso, llevamos un pequeño trabajo que nos da la categoría de "expositores", ingresar en este estamento supone que nos cuelguen una tarjetita que les informa a los asistentes para qué venimos al congreso, y eso provocará una mirada diferente entre colegas.
Después viene la recepción -antes hay que escuchar alguna conferencia por parte de una personalidad destacada- allí comemos algo livianito, saludamos a conocidos de otros congresos y si somos nuevos en el ambiente, nos quedamos a un costado y atacamos los canapés mientras soportamos las miradas interrogativas de la concurrencia.
Los/as conferenciantes o personajes ilustres se distinguen de los comunes expositores porque siempre van rodeados de un pequeño cortejo, generalmente los organizadores, que no los/as dejan ni a sol ni a sombra.
Como en cualquier congreso del saber hay jerarquías, uno de los criterios, sépalo, es el de la vestimenta. Muchas veces el prestigio de los participantes suele medirse en el caso de los hombres (y si es invierno) por el largo de los sobretodos, mientras más larga e imponente sea la prenda mayor es el currículo, debe acompañarse con un traje a tono con la gravedad del académico.
En el caso de las mujeres la reputación se mide por la solidez del tapado que deja ver un vestido o tailleur de buena confección combinado con un discreto y persistente perfume importado y alguna alhaja señorial.
Bueno, venga, nos toca exponer en una de las cuatro comisiones. Entramos y veo su cara de sorpresa e interrogación, imagino que se está preguntando dónde está el público ya que todos llevamos los redundantes señaleros de papel; si usted se concentra verá que agazapados en ambos rincones, allá en el fondo del salón hay dos estudiantes que pretenden tomar apuntes. El resto son colegas que nos apoyan y que luego debemos apoyar cuando a ellos les toque el turno.
Luego de las presentaciones, empezamos. Lee su ponencia una joven académica, y otra vez usted me mira con ojos desesperados. Ya sé, se preguntará si es un congreso de lectura veloz. No, pero usted sabe, los nervios, a veces el baño es una urgencia que se presenta en el momento de la lectura, es posible que la dama tenga cistitis, no hay que descartarlo, suele suceder. Termina ¿No entendió nada, me dice?, no se preocupe, con esa avalancha de palabras quién puede, pero haga como que sí.
Veo su ansiedad, paciencia que faltan dos participantes más y en la próxima columna leemos nosotros.

lunes, septiembre 12, 2005

DENEVI


Que un escritor de corta fama en estas pampas, que un eficiente abogado de la Caja Nacional de Ahorro Postal, se siente en un cine de la calle Lavalle a fines de los sesenta, y vea cómo los seres que imaginó en la soledad de su departamento ahora tienen el cuerpo de Elizabeth Taylor, Robert Mitchum y Mia Farrow, es más que suficiente para instalarlo en el centro del mundillo literario argentino.

Sin embargo, ni este cuento, “Ceremonia secreta”, premio de la desaparecida revista “Life” y llevado al cine por Joseph Losey, ni el prestigioso premio Kraft por “Rosaura a las diez”, una novela sorprendente, pudieron sacarlo de su obstinada soledad y su repelencia a la exposición pública.

“Rosaura a las diez” fue su primera obra y es hoy una de las grandes novelas de la segunda mitad del siglo pasado. Allí aparece una de las líneas vertebradoras de la literatura de Denevi: su preocupación por el lenguaje. En esta historia el perspectivismo está más en el habla de los personajes que en la mirada que sobre el mismo hecho tienen los protagonistas. En la obra el lenguaje está trabajado en un abanico que posibilita el ingreso al texto de los más variados registros, y se ve también el despojamiento que hace el escritor de formas solemnes, la búsqueda de la expresión llana, coloquial y mucho más eficaz. Un lenguaje multiforme y dinámico, vehículo ideal de la ironía presente en la visión del mundo del autor.

Denevi abordó la novela, el cuento, muchos de ellos inolvidables como "Hierba del cielo", "Cartas peligrosas" o "Gaspar de la noche", la fábula y el microrrelato cuyas formas se prestaban muy bien para su visión peculiar de lo fantástico.

Quizás el deseo de Denevi de mantenerse al margen del mundillo literario, de su voluntad de silencio con los medios periodísticos haya contribuido a cierta apatía de la crítica y de las instituciones literarias con respecto a una obra original y de peso dentro del panorama de las letras argentinas.

Amante de la música, era un excelente ejecutante de piano, dedicaba su tiempo a la escritura y a frecuentar amigos. En sus últimos años casi no salía de su departamento, sin querer o no, se fue asemejando a muchos de sus personajes literarios: solitario, tímido, con vocación de antihéroe.

Alguna vez definió que su “mayor ambición es que el acto de la lectura sea de disfrute, de goce para quienes me leen. En estos tiempos en que tanto dolor y humillaciones nos inferimos unos a otros, hacer feliz a alguien es tan hermoso... A mí no me importa más que eso."

Aquí va uno de sus textos titulado “La bella durmiente del bosque y el príncipe”.
“La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.”

Marco Denevi había nacido un 12 de mayo de 1922 en Sáenz Peña (provincia de Buenos Aires) y falleció el 12 de diciembre de 1998.

lunes, septiembre 05, 2005

LA DESCENDENCIA


Muchos fueron los que amparados bajo la figura omnímoda de Esopo escribieron fábulas a lo largo de la historia. En Roma se destacó Fedro, este esclavo primero y luego liberto, redactó cinco libros de fábulas en los que se reflejan las condiciones políticas y sociales de los tiempos del emperador Tiberio.

En la Edad Media, la literatura didáctica tiene un gran florecimiento. Aparecen diversos tipos de textos como los “enxenplos”, apólogos y las fábulas que pretenden instruir al lector u oyente. Es de fundamental importancia el papel desempeñado por el imperio árabe. Son los árabes quienes realizan el nexo entre Oriente y Occidente. Gracias a ellos podemos conocer la literatura india, la persa, la bizantina que van a influir en la fábula medieval.

Esto se ve en dos grandes escritores del medioevo español: El infante Don Juan Manuel que en su libro: “El Conde Lucanor” engarza una serie de cuentos, muchos de ellos son fábulas, para aconsejar al señor feudal sobre problemas específicos de su solar.

El otro autor es el Arcipreste de Hita, que en el “Libro de Buen Amor” utiliza diversas fábulas en verso adaptadas a las costumbres e ideología de su tiempo, lo que les da a las historias un matiz muy personal e inédito.

En el siglo XVII, el rey de la fábula será un francés: Jean de la Fontaine. Sus fábulas denuncian el abuso, los vicios y las injusticias de los hombres de su tiempo. Aconseja la resignación, la prudencia y el esfuerzo. Eximio versificador, sus composiciones son de lectura obligatoria en las escuelas francesas.

En el XVIII, dos coetáneos españoles tendrán justa fama en la posteridad: Tomás de Iriarte y Félix M. de Samaniego. Ambos buscan la sencillez y el logro de una obra que enseñe y deleite al mismo tiempo.

El siglo XIX en Argentina no fue muy propicio para la fábula. En la centuria pasada aparecen escritores de peso que cultivan este género, aunque en forma ocasional. Así tenemos a Joaquín V. González que publicó “Fábulas nativas”.

Álvaro Yunque integrante del grupo de Boedo, escribió “Los animales hablan”, en esta obra se reflejan las preocupaciones sociales y humanas de Yunque. Gudiño Kieffer y Marco Denevi también escribieron fábulas; eso sí, muy alejadas de la estructura canónica del género. Un narrador en plena producción como Marcelo Birmajer ha publicado hace un tiempo un libro de fábulas titulado “Fábulas salvajes”, con una de sus historias cerramos esta columna.
“Un león a punto de morir, llamó a todos los animales. Una vez que los hubo reunido en el palacio, les habló así:
--Queridos súbditos, ahora que la muerte me hace esclavo, deseo para vosotros la libertad, que ningún otro de mi raza sea amo de ustedes como yo lo fui, que...
No pudo terminar de hablar. El burro lo había eliminado de una coz en la cabeza.
--Qué has hecho, ingrato—le gritaron los demás animales--.Nos estaba liberando.
--Ahora podemos gritar que somos libres—les respondió el burro--. De otro modo, sólo hubiéramos cumplido su última voluntad.”

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...