miércoles, marzo 30, 2011

ECOLITERATURA


              “¿Eco qué...?”, dirás lector, ahora que recién hemos apagado las luces en un gesto simbólico que se traduce en un verdadero tirón de orejas para que los poderosos del mundo reflexionen que si seguimos usando y abusando de este planeta la vida de nuestros nietos estará comprometida.
               Este intento de toma de conciencia sobre el uso que hemos hecho de nuestra Tierra se da, sobre todo, en los últimos veinticinco años  por el evidente deterioro de nuestro lugar en el cosmos; sin embargo caso omiso hacen ante este panorama los grandes grupos económicos que no quieren resignar su poder y sus ganancias. Hay sí intentos de resistencia, de decir basta a esta forma de depredación que ha provocado el capitalismo salvaje, la llevan adelante ecólogos, organizaciones regionales, nacionales e internacionales.
               También en esa resistencia debemos contar a algunas direcciones de la literatura, sobre todo, llamo la atención una corriente poética  que pone en tela de juicio las injusticias del mundo actual y los estragos que sufre el medio ambiente. Pero esto no solo se da en la literatura, sino también en el campo académico. Allí surgió en los noventa, en el mundo anglosajón, una corriente de la crítica que se denomina “ecocriticismo” y que estudia las relaciones, según uno de sus pioneros, entre la literatura y el medio ambiente.
               Así en la poesía de corte social explícito aparece un nuevo término que funciona como la unidad sobre la que gira toda esta corriente: el ecopoema. Su definición aúna una disciplina científica, la ecología, y la poesía, que contendrá algunas notas peculiares tanto en su construcción como en su intención y temática.
               Un destacado poeta español, Jorge Riechmann, une su talento literario a una larga militancia ecológica sostenida como escritor de ensayos y prestigiosos libros de ecología. De hecho si la disciplina ingresa a su mundo poético lo hace con un sustrato científico muy fuerte y un conocimiento muy preciso sobre lo que está hablando.  Esta rigurosidad en cuanto a datos, fuentes, juicios es una característica marcada que Riechmann le exige al tema tanto en la poesía como a la ciencia, por eso dice “Una poesía animada por la voluntad de contribuir a transformar la realidad no puede escamotearla a su lector y en algunos aspectos debe ser lo más fiel posible a los términos, a los datos y a las consecuencias”; el resultado, contra lo que se espera es sorprendente, lo que habla muy bien de la capacidad poética de Riechmann.
               Desaparecen las eras/ y se construyen chalés adosados/ desaparecen los ríos/ y se construyen autopistas/ desaparecen los hombres y mujeres/ y da miedo mirar oler decir/ lo que están construyendo”.El ecopoema, como artefacto complejo, es para el poeta madrileño belleza y comunicación, alarma y denuncia en un mundo cada vez más consumido y consumible, la poesía como despertadora del  hombre,  transformado en víctima de los intereses del sistema que lo arrastran a una vida alienada.
               En este panorama su poesía se erige como crítica combativa que trabaja la palabra para insertarla como cuña en las hendijas del poder, poesía “neosocial” la llaman algunos;  y una de las preocupaciones centrales es la salud del planeta. “Tiemblo por el antílope, por el lobo y por el ser humano:/ pero quedan y quedarán suficientes mohos, bacterias e insectos/ como para que este planeta siga siendo un lugar muy agradable”.
               Poesía que denuncia las consecuencias  en la naturaleza y en la gente de  los dos pilares del capitalismo: producción y consumo.

lunes, marzo 07, 2011

EL OFICIAL PEREYRA

               El oficial Pereyra me mira impasible con sus ojos vacunos y su cara norteña; pienso que debe ser la misma cara imperturbable con la que recepciona la denuncia del robo de un celular o un crimen horrendo. He leído mucho policial a lo largo del tiempo y jamás creí verme envuelto en una de sus tramas; y sin embargo acá estoy prestando declaración en una oficina desvencijada, con armarios escorados y cuyas puertas mienten robustez gracias a los candados que las custodian.

               Mientras observo la oficina viene a mi memoria una frase de Chandler, o mejor dicho de su detective, Philip Marlowe: "El marco de la puerta estaba tan sucio que me dieron ganas de tomar un baño de sólo mirarlo". También me acordé de la descripción de su propio sucucho que hace el otro Marlowe, el de Soriano en “Triste, solitario y final”, pero alguien debió quedarse con mi libro. Aunque si lo pienso un poco, el cuarto tiene cierto aire de despojo y abandono como aquella oficina en la que el comisario Laurenzi mataba el frío allá en La Plata, en un célebre cuento de Rodolfo Walsh. Pero el oficial Pereyra carece de la ironía desencantada del detective de Chandler, carece también del olfato de quien se ha visto en mil y una peripecias y casi las perdió todas. 

               Salí de la oficina maldiciendo mi suerte, poca fe le tenía a quien había tomado el timón de mi caso. Hubiese preferido hasta la pedantería inútil del oficial Arzásola o al chambón del cabo Leiva, pero me hubiera quedado más tranquilo si la investigación la llevaba adelante alguien parecido al campechano comisario don Frutos Gómez, el inolvidable personaje de Velmiro Ayala Gauna, un verdadero maestro en el arte de la deducción, un Sherlock Holmes del campo correntino.
               He vuelto varias veces a ver al oficial Pereyra que siempre me responde con un ahorro de musculatura facial, “estamos trabajando”, tras una montaña de papeles y tinta. No se mueve de su oficina, parece, y me pregunto qué hará con toda la información que le aportan sus pares o las víctimas. ¿La cotejará, será un maestro en el pensamiento deductivo o inductivo, tendrá visiones o sueños esclarecedores a la manera de Isaías Bloom, uno de los personajes de un cuento de Walsh? 

               A veces me digo si los policías en general leerán cuentos o novelas policiales y si en caso de hacerlo, les servirá de algo. ¿Habrá leído a Conan Doyle el oficial Pereyra, sabrá quiénes son Auguste Dupin, o Sam Spade o Hércules Poirot, habrá oído nombrar a Chesterton, a Patricia Highsmith?

               Si algo sabemos los lectores asiduos es que hay ciertas correspondencias entre el mundo posible de la literatura y el mundo real, sólo que en algunos casos esa distancia es enorme como es la que hay entre el mundo policial y la ficción policial. Porque en las novelas y cuentos policiales, muchos de sus personajes son brillantes, poseedores de una inteligencia sublime, otros en cambio son unos perdedores natos que se la juegan precisamente porque no tienen nada que resignar; en ambos casos lo que hay es un ámbito de excepcionalidad, tienen algo de personajes románticos que a nuestros ojos los hace mejores que la sociedad en la que habitan. Una excepcionalidad que el oficial Pereyra no averiguará nunca en qué consiste.
(*) Esta columna nació de la impotencia y la falta de resultados de un robo que sufrimos en casa.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...