martes, agosto 30, 2011

Conflictos


               “Le ha perdido el miedo a la vida/ y eso lo hace poderoso e idiota”. Estos versos casi sentenciosos son de un poeta mendocino llamado Juan López que escribe así, tallando las palabras a la manera de un orfebre, de un obsesivo del lenguaje, tanto que es él mismo quien diseña y edita uno por uno sus libros en una editorial propia llamada “Ediciones simples”. Más allá  del placer que le genera el hecho de componer ese objeto físico llamado libro, la actitud de Juan tiene que ver creo, no tanto con lo económico—ya que publicar hoy ediciones de calidad tiene un costo elevado—sino con el celo de cuidar al máximo todos los detalles de la impresión de cada poema que responde a esa obsesión de perfección que mencioné antes.
               Similar actitud tenía Valle-Inclán, él se ocupaba personalmente de sus libros, los editaba y debido a sus problemas económicos a veces los reducía drásticamente para ahorrar papel. Cuando la editorial Destino publicó sus obras don Ramón recomendaba el tipo de papel, la letra y hasta el color de las tapas, que debían ser rojas porque “en las bibliotecas los libros de ese color causan un gran efecto”.
               Quisquilloso como pocos, celoso de su obra y de su prestigio, lo que le valió no pocas enemistades, Juan Ramón Jiménez, el autor de “Platero y yo”, fundó su revista, “Indice” y publicó obras de otros poetas en esmeradas ediciones y así no tuvo que lidiar con editores extraños que tergiversaban sus textos, una vez exclamó “voy a morir un día de una errata”. Kafka era de un rigor similar, cuando se publicó “La metamorfosis” se quejó ante el editor porque el interlineado era un milímetro inferior de lo que él pretendía.
               Maniáticos de la corrección de los originales eran Balzac, y Proust. Cuentan que el autor de “Papá Goriot” entregaba unos manuscritos prácticamente ilegibles, por eso los linotipistas a cargo de sus ediciones exigían cobrar el doble por el tiempo que demandaba descifrar los añadidos y tachones en las galeradas.  Dicen que el autor de “En busca del tiempo perdido” rescribía gran parte de las pruebas de imprenta por lo que en la editorial le asignaron un corrector exclusivo; uno de los que desempeñó esa función por un tiempo fue ni más ni menos que André Bretón.
               Los casos de Manuel Altolaguirre, sobre todo, y de José Bergamín, son llamativos, ya que fueron singulares poetas, pero fueron además sapientísimos editores que cuidaban con esmero inusitado la edición de un libro, que se tornaba un objeto artístico en sí mismo. Altolaguirre debe su fama póstuma tanto a su obra poética como a su labor de editor de la Generación del 27 española.
               Hay más casos, Walt Whitman trabajó como linotipista (una profesión ya extinguida) en una pequeña imprenta en Brooklyn, y ese oficio le permitió armar él mismo la  primera edición de “Hojas de hierba”.
                        Como vemos las relaciones entre escritores y editores han sido complejas desde que comenzó el negocio del libro. Y es así porque es claro que confluyen en el libro dos lógicas muy distintas y la mayoría de las veces no siempre conciliables. Autores y editores se sienten cada uno por su lado los padres de la criatura y esto origina desencuentros y malentendidos.

lunes, agosto 15, 2011

EL CASO PADILLA


Emulando cierta frase de una célebre novela de nuestro reciente y merecido premio Nobel de literatura, uno podría preguntar: “¿Cuándo se jodió el boom, Varguitas?”. Pero antes de contestar esta pregunta, necesitamos una aclaración. Usualmente se le llama “boom” a un hecho singular de la literatura latinoamericana: el conocimiento masivo de la obra de un grupo de narradores jóvenes, y otros no tanto, en gran parte de Europa y en Estados Unidos.

Los límites de principio y fin de esta etapa singular de la narrativa latinoamericana son muy difusos. Algunos pretenden situar el nacimiento del “boom” en 1962, cuando Mario Vargas Llosa , un joven peruano de apenas 24 años, ganó el premio Seix Barral con su novela “La ciudad y los perros”. Los integrantes del boom han sido numerosos; pero es evidente que hay una serie de figuras que han sido mucho más representativas, especialmente por la dimensión que tomaron sus escritos. Entre esa primera fila del boom, no podemos dejar de mencionar a Vargas Llosa, García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar. 

Muchos buscaron los puntos en común de la mayoría de sus integrantes, y hubo uno en el que la coincidencia era importante: el apoyo a la Revolución Cubana, algunos desde las palabras, otros participando activamente en el proceso. Pero la cohesión un día se rompió y marcó un quiebre en la intelectualidad latinoamericana, el responsable de esa fisura que el tiempo en general no restañó, fue lo que se llamó “El caso Padilla”.

Heberto Padilla nació en Pinar del Río, Cuba, en 1932 y falleció en Estados Unidos en la primavera del 2000. Integró junto a otros intelectuales cubanos una verdadera pléyade de grandes escritores, como Virgilio Piñera, Lezama Lima, Severo Sarduy, Cabrera Infante; muchos de los cuales no volverían a la isla cuando sus diferencias con el gobierno de Castro se hicieron irreconciliables.  Padilla, poeta y periodista  fue corresponsal cubano en Moscú lo que le daba una jerarquía importante. De su experiencia del régimen soviético y del contacto con innumerables poetas rusos, Padilla escribe en 1968 su libro de poemas “Fuera del juego”, con el que ganó el premio Julián del Casal; sin embargo la Unión de Escritores acusó al libro de contrarrevolucionario.

A partir de ese hecho Padilla ya no tuvo paz y en ese tiempo que siguió comenzó a escribir la novela “En  mi jardín pastan los héroes” que ponía al desnudo las contradicciones del gobierno de Fidel.  El martes 20 de marzo de 1971 fue encarcelado, torturado y, obligado a rectificarse, a la manera de Galileo,  el 27 de marzo.  Este hecho indignó a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Susan Sontag, Juan Goytisolo, Federico Fellini, Marguerite Duras, Alberto Moravia, Juan Rulfo y otros intelectuales más, entre ellos el embajador y escritor chileno Jorge Edwards que fue declarado “persona non grata” por el gobierno de Castro.

Heberto Padilla se exilió en 1980, y se ganó la vida como periodista y profesor universitario en diferentes países del mundo.  Con cierto dejo de tristeza repetía: “Yo me he convertido en un híbrido por exigencia de la vida. Yo no sé de dónde soy ya.”

De aquella experiencia dijo décadas  después: “Durante mucho tiempo, fue como vivir con un país al cuello. Yo me lo he ido quitando lentamente. Lo único que quiero ahora es que se acostumbren a que escribo, solo escribo”. 

Al final Padilla quería que se lo reconociera como escritor, como poeta; no como aquel que develó el desencanto de una revolución que traía la esperanza de un mundo mejor.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...