lunes, enero 30, 2017

CÁRCELES III



     
“¿Cuándo será que pueda,/ libre desta prisión volar al cielo,/ Felipe, y en la rueda,/ que huye más del suelo,/ contemplar la verdad pura sin duelo?, dice Fray Luis de León en una de sus odas; y este poema nos introduce en una variante más de la cárcel, la variante simbólica. El cuerpo como cárcel del alma que tiene una antiquísima tradición, especialmente en el mundo oriental desde donde se irradió a occidente. Un antecedente filosófico importante de esta idea habría que buscarla en el orfismo y los pitagóricos y su creencia en la transmigración de las almas. Esa misma noción de un alma encarcelada en un cuerpo es la que tomará Platón para quien el alma y el cuerpo eran dos sustancias heterogéneas de muy diferente valor. La razón no tiene más que un camino a seguir en sus indagaciones; mientras tengamos nuestro cuerpo, y nuestra alma esté sumida en esta corrupción, jamás poseeremos el objeto de nuestros deseos; es decir, la verdad. En efecto, el cuerpo nos pone mil obstáculos…”
      Esta idea no necesitó abono en el terreno fértil del cristianismo, floreció inmediatamente en sus campos y en el Medioevo fue un tópico común el desprecio del cuerpo. Durante el Renacimiento europeo recobró nuevo vigor la filosofía platónica, de ella y de su sistema de pensamiento proviene este poema cuyo sujeto poético anhela el conocimiento absoluto que se logra desprendiéndose de nuestra materialidad.
      Muchos textos literarios medievales dan cuenta de la fecundidad de esta idea en el imaginario social. Así tenemos escritos como “La disputa entre el alma y el cuerpo” del siglo XII, en el que un cadáver en descomposición intercambia reproches con el alma, ya que esta lo culpa de su destino infernal. “Cárcel de amor” es el título de una de las novelas sentimentales más leídas durante los siglos XVI y XVII. En ella la alegoría es un elemento central de la narración como podemos leer en el comienzo de la obra: …yo soy principal oficial en la Casa de Amor. Llámanme por nombre Deseo. Con la fortaleza de este escudo defiendo las esperanzas, y con la hermosura de esta imagen causo las aficiones y con ellas quemo las vidas, como puedes ver en este preso que llevo a la Cárcel de Amor, donde con solo morir se espera librar”. No todo es alegoría, también hay cárcel en sentido lato, ya que la amada Laureola está en prisión y a punto de morir cuando Leriano y sus partidarios asaltan la fortaleza y la liberan.
      “Estrecha roca” le llama Garcilaso al cuerpo; y Quevedo vuelve una y otra vez sobre esta idea del cuerpo como claustro, en uno de sus sonetos dice: “Lo que el humano afecto siente y llora,/ goza el entendimiento, amartelado/ del espíritu eterno, encarcelado/ en el claustro mortal que le atesora”.
      La filosofía del siglo XX dio una vuelta de tuerca a esta concepción. Foucault fue quien invirtió los términos en su interpelación por el sujeto y la fuerza ideológica del estado; así ha afirmado “El hombre del que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el efecto de una sujeción mucho más profunda que él mismo. Un ‘alma’ lo habita y lo conduce a la existencia, que es por sí misma un factor en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma es el efecto y el instrumento de una anatomía política; el alma es la prisión del cuerpo”.
      La cárcel ha sido y es tema de la literatura porque es parte de la vida de los hombres; quedan muchas maneras de considerarla, pero ya está bien, no más barrotes concretos ni simbólicos.

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