BURDELES Y LITERATURA III


Cuentan los viejos que alguna vez en mi pueblo hubo una huelga general que encendió pasiones y casi rodaron cabezas. Fue una especie de levantamiento, un atisbo revolucionario que casi termina con la carrera de Fructuoso Pérez, el intendente, Cándido Rojas, el juez de paz, y el comisario Ramírez. Ayer en la biblioteca encontré el periódico “El Sol” que contiene una detallada crónica de aquella huelga y que hoy, casi cuarenta años después, suena a historia de Vargas Llosa o García Márquez. La huelga que dividió aguas en el pueblo no fue de petroleros ni nada que se le parezca, fue una huelga de mujeres, de “habitantas” (como las llama “El Sol”) de los tres burdeles más famosos del lugar.
No es mi propósito contarte con detalles esta historia que da para escribir una novela, sino referirte algunos hechos que entroncan con obras que tienen como espacio central el prostíbulo. Parece ser que la huelga vino por un reclamo de mayores porcentajes en las ganancias por parte de las chicas, encabezadas por su líder, “la correntina”, que paralizó la vida nocturna de mi pueblo. Así se acabó la parranda y los hombres solos y no tanto, “respetables” y poco menos deambulaban de bar en bar ahítos de alcohol. Los pabellones de YPF eran un polvorín de gente que al menor roce provocaba bataholas dignas de películas del oeste. La unidad sanitaria y la comisaría estaban colmadas.
Al atardecer del quinto día de huelga, un domingo—según dice el periódico—las “habitantas” organizaron una marcha por la calle principal rumbo a la casa de Fructuoso Pérez para exigirle interviniera en el asunto; al mismo tiempo otra columna llegó al solar del intendente convocada por el cura para reclamar que de una vez por todas se expulse a las mujeres y se cierren los burdeles. El juez de paz y el comisario con algunos efectivos se instalaron a las apuradas en el patio y amenazaron con llevarlas a todas a la comisaría. Al parecer semejante revuelo resonó en todo el pueblo y ante la pretensión de arresto colectivo de las “habitantas”, aparecieron varios camiones de petroleras multinacionales, que a modo de los elefantes de Aníbal, estuvieron a punto de arrasar la casa de Pérez y de aplastar al comisario y sus efectivos.   
Un alboroto similar causó la instalación en las afueras de Piura de la Casa Verde, el mítico prostíbulo que da título a una de las grandes novelas de Mario Vargas Llosa. Así “A las pocas semanas de regresar a Piura don Anselmo con la caravana de habitantas, la Casa Verde había impuesto su dominio. Al principio, sus habitantes salían de la ciudad a ocultas; esperaban la oscuridad, discretamente cruzaban el Viejo Puente y se sumergían en el arenal. Luego las incursiones aumentaron  y a los jóvenes, cada vez más imprudentes, ya no les importó ser reconocidos por las señoras… […] Cayeron los piuranos más sobrios, los más trabajadores y rectos. En la ciudad, antes tan silenciosa, se instalaron como pesadillas el ruido, el movimiento nocturnos. Al alba, cuando el arpa y las guitarras de la Casa Verde callaban, un ritmo indisciplinado y múltiple se elevaba al cielo desde la ciudad…”
No es esta la única novela que Vargas Llosa dedica al tema de los burdeles y la prostitución, es un tema recurrente y tiene que ver, creo, con cierta experiencia personal que el autor resume de esta manera: “Y creo que sería desleal para con mi memoria y mi adolescencia no reconocer, también, que en esos años en los que fui dejando de ser niño, mujeres como ‘la Pies Dorados’ me enseñaron los placeres del cuerpo y los sentidos, a no rechazar el sexo como algo inmundo y denigrante, sino a vivirlo como una fuente de vida y de goce y me hicieron dar los primeros pasos por el misterioso laberinto del deseo”.


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