LA BIBLIOTECA

 


En el silencio de la madrugada, cuando los rumores de la casa se tornan audibles y los ruidos del exterior apenas existen, un estruendo singular alteró mi sueño y casi provoca un paro cordiorespiratorio; acompañado de un salto de la cama digno de un bailarín de ballet. ¿Qué había sucedido? La luz encendida mostró las evidencias. La biblioteca urgente que uno arma en su mesa de luz, apilando libro sobre libro, se desmoronó.

Allá abajo, desparramados, quedaron Camilo José Cela con su “Viaje a la Alcarria” interrumpido, Estanislao Bachrach y su “Ágil Mente” todo magullado y me pregunto qué habrá quedado del adjetivo del título, un poco más allá los dos tomos de Fortunata y Jacinta de don Benito Pérez Galdós lucen abiertos y uno de ellos boca abajo, con lo que gran parte de la sociedad madrileña del último tercio del siglo diecinueve se dio de bruces contra el piso y debe estar agitada. Debajo de la cama fue el destino final de las fotos de mi amigo Ricardo Cascio incluidas en el libro “Sencillamente fotos III” y mi admirado Tizón con su “Tierras de frontera”, quedó, precisamente, en la frontera de la habitación. También cayó el lector de libros digitales, por lo que me imagino que habrá por ahí una especie de revolución de bytes y se precipitaron también revistas, papeles, lapiceras…

Esta situación seguramente se repite entre quienes tenemos la manía de una petit biblioteca en nuestra mesita de noche. En el caso de lectores saltimbanquis que vamos de un texto a otro según las ganas o las necesidades el caos es el patrón que domina esta selección de textos. Otro sitio propicio para la colección es el baño. Debo confesar que he encontrado verdaderas joyas bibliográficas o una más que poblada hemeroteca en diversos sanitarios. Pero el género más frecuente en esos ámbitos, según he corroborado, es el de las historietas; colecciones de Mafalda, algunos viejos ejemplares de “El Tony”, de “Fierro” varios “Patoruzito”, los personajes de Fontanarrosa y un sinfín más aparecen en los excusados. Al parecer la historieta es un género facilitador de la evacuación y no estaría mal hacer un estudio interdisciplinario entre literatura y medicina para demostrar esta tesis.

Calímaco fue el que se encargó de catalogar la biblioteca de Alejandría. Él ordenó los textos en temas o géneros: drama, oratoria, legislación, medicina, poesía lírica, filosofía, historia y miscelánea; también fue el precursor de disponer los volúmenes por orden alfabético. De allí que todas las bibliotecas del mundo a lo largo de la historia han repetido aquella matriz de esa biblioteca ideal y mítica, la de Alejandría. Yo no sé si vos tenés los libros ordenados por temas y alfabéticamente, en algunos casos uno lo intenta pero pasado un tiempo uno ya ni se acuerda del legado de Calímaco y sí de esa maestría culinaria cual es la ensalada rusa o bien el revuelto gramajo.

He conocido bibliotecas personales admirables, por sus libros y por su arquitectura. Recuerdo la del poeta Juan López, en el primer piso de su casa, espaciosa, con un amplio ventanal que mira a la cordillera mendocina, sillones, escritorio, la infaltable computadora, equipo de música y una gran cantidad de estantes con ejemplares envidiables. Tengo allí prohibida la entrada ya que sospechosamente le han desaparecido algunos libros luego de mi visita. Otro amigo, profesor de filosofía, tiene su biblioteca en una habitación separada de la casa, los guarda en vitrinas vidriadas muy viejas y de nobles maderas. Para sacar un ejemplar no me presta las llaves que abren los anaqueles, va y lo hace personalmente. El aroma gestado por el encierro que combina las maderas con los libros es indescriptible. Le pido que la deje abierta para regodearme en ese perfume. Pero nunca lo hace. Parece que no me tiene confianza.

Calumnias, infundios que siempre sufrimos los cleptómanos.

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