Moyano (Exilios)
“Nunca se vuelve”, dijo y sin saberlo estaba repitiendo una frase que bien podría haberla dicho Heráclito. Joe Louis fue campeón mundial pesado, cuando el boxeo era la brutalidad extrema y se parecía mucho a las peleas callejeras. Se retiró y un día decidió volver y la realidad le hizo ver en el cuerpo y en los resultados que el retorno había sido un gesto inútil. “Nunca se vuelve”, repite Daniel Moyano (1930-1991) y sabe quién es Heráclito y sabe quién es Joe Louis. Y sabe que esa frase es tan verdadera como el hueco dejado en su vida por los años del exilio. “Para volver tendrían que devolverme los doce años que me faltan, los doce compases de este tiempo acá. Además no tengo adónde volver”.
Profundos surcos recorren su cara aindiada que se refleja en el espejo del café madrileño. Habla pausado, con una tonada entre cordobesa y riojana, hay dolor pese a un presente mucho más grato que aquellos primeros años del exilio. “Trabajé de maquetista para una internacional de petroquímica, las manos se me entumecieron un poco para tocar la viola, la tengo en casa, pero casi no la toco; me recuerda el tiempo de la orquesta de cámara de La Rioja, de cuando enseñaba música en el conservatorio”.
Dice—mientras toma el segundo café—que ahora da talleres literarios en un pueblo de los
Mientras termina el café, Daniel Moyano cuenta la historia del baúl que tenían sus abuelos italianos, repleto de cosas de su tierra, “Allí estaba el paraíso perdido. Yo también tengo mi baúl mitológico que traje de La Rioja y que quizás conserve hasta el último día”.


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