lunes, enero 17, 2005

NÉSTOR SÁNCHEZ

Sin duda era el escritor más enigmático de la literatura argentina. Escribió muy pocos libros, cuatro novelas y un volumen de relatos, la mayoría de ellos hoy inhallables. Allá entre los años 60 y 70, en pleno “boom” de la literatura latinoamericana, fue uno de los niños mimados; hasta tal punto que Julio Cortázar recomendó fervientemente la publicación de “Nosotros dos”, su primera novela.

Con “Siberia blues” llegó la consagración continental; la crítica lo erigió como una de las grandes figuras continuadoras del prestigio creciente que en esos momentos tenía la literatura escrita en español americano. Y cuando supuestamente cualquier escritor hubiese disfrutado y se hubiese conformado con el éxito, Néstor Sánchez dejó esa senda y se internó por caminos más arduos y desconocidos.

Un destino trashumante y de búsqueda vital y mística lo llevó primero a Perú donde conoció las enseñanzas de Gurdieff y luego a otros sitios de Latinoamérica; Más tarde deambuló por Europa, sobre todo Barcelona y París, y finalmente esa indagación lo trajo a Estados Unidos donde vivió como mendigo varios años y conoció a los seguidores de Castaneda. “Quería vivir 300 años”, derrotar a la muerte, en el fondo ése es el gran tema de todos sus libros.

Para leer a Néstor Sánchez no hay que tener la actitud del sibarita, sino la del entomólogo. No es una escritura fácil, no hay anécdota; hay una escritura que se tensa, caracolea y como un remolino centrípeto indaga en las profundidades de la experiencia y del lenguaje e intenta conjurar la muerte y encontrar un sentido.

Sintetizó su poética en algún reportaje: “fui un buen lector de poesía más que de novelas, pero no me fue dado el poema. Entonces opté por una escritura poemática, sin darle mucha importancia a la anécdota ni a los personajes, sino más bien al tono del libro, como si el libro en su totalidad fuese un poema: cada capítulo un verso”.

Una concepción tan radical de la escritura no atrae gran cantidad de lectores, pero su estética lo erigió como un escritor de culto, con seguidores muy fieles. Estos realizaron un homenaje hace un tiempo al escritor porque creyeron que había muerto, ya que nadie sabía de su paradero; sin embargo Sánchez estaba vivo y curiosamente en Buenos Aires desde 1986.

En su última entrevista para Página 12 contó las razones de su silencio: “Sí. Yo decidí terminar con todo. Siento que se terminó la épica y dejé de escribir. En realidad, cuando yo escribía, mi vida tenía otra riqueza que fue perdiendo. Ahora me quedé sin nada: es la vejez. Siempre escribí en relación conmigo mismo, en relación con un estado de sinceridad irremediable. Le repito, se me terminó la épica.”

Transcurrió sus últimos años en la vieja casona de Villa Pueyrredón donde había nacido, entre mates, cigarros, tangos y recuerdos. Allí lo sorprendió la muerte en patética soledad el 15 de abril de este año; así se cerró el círculo hermético de la vida de este místico, traductor, bailarín profesional de tango, mendigo, hombre y escritor singular.

lunes, enero 10, 2005

LA ÚLTIMA CURDA

“Eche amigo, eche nomás y llene, hasta el borde la copa de champán...” y la voz de Ángel Vargas rompe las persianas del tiempo y del olvido con su lamento de un amor-dolor que sólo el alcohol puede contrarrestar, al menos parcialmente.

El tango testimonia en muchas de sus letras, el carácter amistoso de la bebida compartida con otros; salvo cuando alguien bebe solo, en ese caso el alcohol es la panacea a la que recurren aquellos dolientes y despechados que se hunden en la mesa de un bar mientras fuman y esperan poder olvidar o que vuelva la amada.

Las letras del folclore son esencialmente celebratorias de la bebida y se asocian principalmente con la fiesta. El vino es quien lleva la delantera en la mayoría de las composiciones del folclore argentino; especialmente en la tonada y la zamba.

Pero volvamos a nuestro cauce: el de los personajes literarios que beben en su mundo y que los emparienta con los de carne y hueso.

Hay una escena en “Viaje al fin de la noche”, la novela de Celine, que me produce incomodidad; creo por la brutalidad de los sentimientos expuestos en detalles insignificantes para la tragedia en la que están inmersos.

El cuadro es el siguiente: el protagonista, soldado francés, llega a un pequeño pueblo devastado por los alemanes. Ferdinand siente la necesidad de beber vino, sobre todo blanco; al ingresar a una casa descubre a un niño con el vientre destrozado, de rodillas junto al cadáver están el padre y la madre. Ferdinand habla con la hermana del niño, le pide que le vendan vino. Primero se lo niegan y luego le venden a un precio muy elevado: cinco francos la botella. La escena culmina con el soldado con su botella bajo el brazo lamentando haber pagado tanto dinero.

Distinto es el sabor del vino cordobés y dulzón que toman en la fatídica cena Braulio, su familia y Ramiro en “Luna Caliente”, la novela “negra” de Mempo Giardinelli. Borrachera en la que se mezclan el crimen, la tortura y la lujuria.

“No hay que mezclar” dicen los sabios empinadores del codo, sin embargo ese consejo no lo tiene en cuenta el narrador de un cuento de Abelardo Castillo, “Noche para el negro Griffiths”que obnubilado por el whisky decide cambiar al vodka en una noche de jazz, mujeres y humo.

Hay un boliche mítico de un narrador mítico: el boliche es el de Arispe, el narrador es Miguel Briante. En ese boliche muchos de los personajes de sus cuentos se acercan a tomar una copa; pero en “Inglés” todo el relato transcurre en el interior del boliche y desde el mostrador el loco Toledo en una punta y el Inglés en otra beben vino blanco y caña mientras juegan una pulseada invisible cuyo premio es el destino de cada uno.

Como muestra ya es suficiente. Llegamos al final de la serie sobre el alcohol y su relación con la literatura. Una relación estrecha, compleja y siempre interesante.

Es que el alcohol sigue siendo, como siempre, un elemento convocante y exorcizador

lunes, enero 03, 2005

DÍME QUÉ TOMAS Y ...

Los personajes literarios también manifiestan su atracción por el alcohol; una panorámica recorrida por algunas obras nos muestra hasta qué punto las bebidas “espirituosas”, como en la vida real, acompañan las alegrías y los pesares de su mundo de ficción.

En un poema muy antiguo del griego Anacreonte, el protagonista hace una analogía entre la naturaleza y sus ganas de beber; habla que el sol bebe de los mares, y la tierra bebe de las lluvias y así continúa la analogía hasta que concluye con un pedido: que lo dejen beber a él también.

Diversos ejemplos hay en la literatura clásica, entre ellos se destaca la obra de Petronio, el “Satiricón” en la que aparecen relatados con amenidad todo un conjunto de excesos humanos, entre ellos el de la bebida.

En la segunda mitad del siglo XIX, influido por el positivismo y las ideas de la herencia, Emile Zola se erige como el escritor más representativo del Naturalismo que, entre otras cosas, redujo la literatura a una argumentación probatoria de las taras sociales e individuales. En su saga familiar sobre los Rougon-Macquart hay una novela titulada “La taberna”, en ella trata el tema del alcoholismo encarnado en su protagonista, Gervaise Macquart, una lavandera que no escapa a la herencia familiar de una madre alcohólica.

Las últimas horas del excónsul inglés, Geoffrey Firmin en lucha contra los fantasmas que pueblan su cerebro, en la Cuernavaca de 1938, y que lo llevan a autodestruirse mediante el alcohol, es el tema central de “Bajo el volcán”, de M. Lowry. Según algunos investigadores en este texto se consumen todos los tragos occidentales, vodka, gin y whisky. Abundantes cantidades de tequila que los personajes toman acompañado de sal con chile anaranjado y variedades de mezcal, bebida mexicana que puede producir entre bebedores poco expertos alucinaciones.

Otra novela ambientada desde el principio a fin en un bar es “Conversación en La Catedral”, de Mario Vargas Llosa. Durante cuatro horas Ambrosio y Zavalita dialogan sobre la realidad del Perú, mientras Ambrosio toma pisco y le hace ver a su compañero que “no hay periodistas abstemios”. El pisco es una etapa de una larga bebeta entre un padre calavera y un hijo sin escrúpulos en el cuento de otro peruano, Julio Ramón Ribeyro, titulado “Las botellas y los hombres”, en sus líneas circulan también la cerveza y el champagne.

Beben también para llenar el agujero absurdo que les provocó la vida, Eloise y Mary Jane, beben toda la tarde en ese formidable cuento “El tío Wiggily en Connecticut” de Salinger. Allí la ternura y el sin sentido buscan conciliarse en el whisky que les permite a ambas mujeres soñar con otra vida.

La obsesión por demostrar que se es el mejor catador pierde a Fortunato, protagonista de un cuento de Poe, “La barrica de amontillado”. También Robinson Crusoe logra salvar del naufragio tres barriles de ron; y Santiago, el protagonista de “El viejo y el mar” lleva su botellita de la bebida por excelencia del caribe.

Beben, porque Dionisos, el dios de la fiesta también existe en la literatura.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...