lunes, febrero 28, 2005

QUE NO LE PESE LA TIERRA

No se puede ser cubano si no se es alegre, no se puede ser cubano si no se es erótico, no se puede ser cubano si no se lleva la música en el cuerpo y las palabras, no se puede ser cubano y ser indiferente a Castro, no se puede ser cubano si no se ama a La Habana.

“¿Cine o sardinas?”dijo Caronte. “Jajajaja, cine, siempre cine”, enfatizó Cabrera apoltronado junto a una mesa en el bar “Estigia”.

Más que lector, más que escritor Guillermo Cabrera Infante se consideraba un espectador de cine. Desde los lejanos tiempos del semanario “Carteles” cuando tímidamente comenzaron a asomar sus críticas, pasando por la creación de la cinemateca cubana hasta “Puro Humo”, varias décadas después, la mirada, la estética cinematográfica ha sido esencial para la conformación de sus libros. Sus imágenes, muchos de sus diálogos y parte de la multiplicidad y vertiginosidad de planos es una clara herencia del cine.

“Bueno eso, Caronte, has conseguido la cinta de “Bajo el volcán”, hace mucho que no veo esa película, adaptar la novela no fue fácil, ¿sabes? ¿Tienes ron y un buen puro?...¡claro, cubanos!” “Cabrera escucha esto: ‘Creo, con Casanova, que el mayor placer de fumar está, por supuesto, en el humo. Un cigarrillo es una partícula colgada de tus labios y la pipa es todo dientes apretados y ninguna furia. Pero un puro es como una pasión: primero se le prende, luego arde rojo, violeta, violento, virulento, luego crea ascuas y cría cenizas: una pasión consumida.’ “Buena memoria, Caronte, es así tal cual”.

Cabrera Infante ha sido un virtuoso ebanista y habanista del idioma. Su estilo tan personal, abundoso, juguetón y preciso nace de un oído finísimo para captar los menores matices de pronunciación, de modismos. Esto se reveló ya en su novela más famosa “Tres tristes tigres”, allí las distintas tonalidades del habla de La Habana nocturna son recreadas de una manera nunca vista hasta entonces. Pero el suyo no es un virtuosismo mecánico y frío. Para Cabrera Infante la literatura es un campo lúdico, es el espacio donde el juego verbal y el humor son posibles. Pertenece a esa casta de escritores “erotizados” y “heretizados” por las palabras, por sus combinatorias, sus melodías, sus múltiples sentidos, su música.

“Qué bello eso, Caronte, qué bellos son los boleros. ¿Sabías?, Ravel llamó a su bolero eterno "paroxismo del ritmo". La música cubana podría ser el ritmo de un paroxismo”.

La música cubana que suena en la noche de La Habana junto a los cuerpos que siguen, ondulantes, magnetizados el ritmo. La Habana es la ciudad omnipresente, agigantada por la nostalgia y deformada por la memoria. La Habana nocturna anterior a la revolución y sus personajes han quedado eternizados en la prosa de Cabrera Infante. Su Habana es, tal vez, una ciudad que nunca existió. La Habana real es un territorio prohibido.

“Se hace tarde, Cabrera, hay que cerrar”. “Bueno, ahora indícame la salida, gracias por las atenciones, Caronte”. “Un placer, Cabrera, es por aquí, ¿vamos?”. “Vamos”.

lunes, febrero 21, 2005

SORIA

“¡Soria fría, Soria pura/ cabeza de Extremadura/ con su castillo guerrero/ arruinado sobre el Duero; / con sus murallas roídas/ y sus casas denegridas!”. Pocas ciudades en el mundo deben su fama literaria a un escritor. Pocas ciudades en el mundo son motivo de peregrinación de aquellos fanáticos que se saben sus versos de memoria y buscan identificar, a casi un siglo de ser escritos, los lugares, las atmósferas de esos poemas.

Cuando Antonio Machado llegó a Soria en 1907, la ciudad era apenas un conglomerado de siete mil habitantes. Su estadía durará apenas seis años; sin embargo esos años cambiarán para siempre su vida y también su destino de poeta. Allí se casará, perderá su mujer; escribirá “Campos de Castilla”, un libro esencial de la lírica del siglo XX.

Soria es hoy una ciudad austera, un lugar ascético, sin el ornato de la bonanza española de las últimas décadas. Parte del casco antiguo está en un terreno llano, el resto de la ciudad se ha extendido hacia las “colinas pardas” pero en lo esencial sigue pareciéndose a la descripción de Machado, con los campanarios poblados de cigüeñas.

Dos o tres veces tropiezo con algún adoquín fuera de nivel, en la parte vieja de la ciudad. Descubro una librería; el mobiliario es antiguo como la mujer que me atiende. Le pido un ejemplar de “Campos de Castilla”, sonríe cuando descubre mi acento argentino y se acerca a la vidriera para señalar una ventana del primer piso de la casa de enfrente: “allí, en esa habitación vivió Machado”.

Le agradezco el dato y pienso en los contrastes entre esta soriana orgullosa de mostrar las huellas de don Antonio y aquellos sorianos que miraban con recelo y antipatía a ese profesor un tanto excéntrico. Antipatía que se trocó en indignación y escándalo cuando Machado, ya con 34 años, se casó en 1909, con Leonor Izquierdo, una muchachita de apenas quince.

Jadeo por entre las calles empinadas en plena siesta castellana; busco la iglesia del Espino, en tiempos de Machado separada de la ciudad. Mientras avanzo recuerdo los versos aquellos a su amigo Palacio y su pedido: “...Con los primeros lirios/ y las primeras rosas de las huertas, / en una tarde azul, sube al Espino, / al alto Espino donde está su tierra.”

No he traído flores. El cementerio es pequeño y está pegado a los fondos de la iglesia. Un cartel que se repite cada diez metros me guía hasta la tierra de Leonor. La tumba tiene un pequeño cerco y en la lápida de piedra gris, una foto impertérrita al tiempo y sus inclemencias revela un rostro de niña enferma, junto a una leyenda: “Con amor, Antonio”.

Al salir, reparo en un gigantesco olmo seco ubicado en una pequeña plazoleta. Me acerco y leo la primera estrofa: “Al olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido.” Otra vez los contrastes. Pienso “señuelo para turistas” y desciendo hacia el centro de la ciudad.


Iglesia de El Espino y el olmo seco

lunes, febrero 14, 2005

CIEN SOLEDADES

Siempre asocié las palabras a los juegos para armar. Quizás alguien recuerde a los desaparecidos Rasti, o tenga los, hoy como ayer, carísimos Lego. Mi infancia está asociada a los “Mil ladrillos”; esos rectángulos de plástico blancos, rojos y amarillos que nos permitían diversidad de casas, autos y lo que nuestra creatividad plasmara.

Perdura en mi memoria el día en que un visitante mayor, seguramente con la infancia rezagada, me mostró que esas pequeñas piezas servían para algo más que mis estereotipadas construcciones. ¿Cómo era posible que esos mismos ladrillos en manos de otro dieran como resultado algo tan nuevo y sorprendente?

Lo mismo sucedió con las palabras. Un día las palabras del diario comercio, las habituales y previsibles, las que servían de puente para el trato desprejuiciado con los amigos se transformaron en algo diferente y maravilloso. La misma perplejidad. ¿Cómo era posible que esas palabras con las que “el pueblo suele fablar con su vecino”, al decir de Gonzalo de Berceo, se conviertan en música, en magia y tengan el don de revelarnos recovecos no imaginados, resonancias internas que se despiertan ante su conjuro? Es que se habían juntado las palabras con la poesía.

Y ese momento iniciático pervive intacto en mí. Aún tengo el libro. Es pequeño y, visto ahora, ha sufrido el ultraje del tiempo y del alguno de sus lectores. Su autor: Antonio Machado. El título: “Soledades, galerías y otros poemas”.

En estos días, revolviendo en la profusa bibliografía machadiana, por azar descubrí que este pequeño tomo cumplió ciento dos años. Publicado en enero de 1903, es el primer libro de Antonio Machado. Contenía 42 poemas en los que se manifestaba la influencia del simbolismo francés y pocos ecos del modernismo al estilo de Rubén Darío. El libro pasó inadvertido. En su forma original fue reeditado en 1968.

En 1907, Machado añadió nuevas composiciones, reformuló varios poemas y eliminó definitivamente otros. El resultado es otro libro bien distinto de aquel primero; y muestran al poeta en un momento de transición de una poética intimista hacia una concepción más amplia del mundo.

En “Soledades, galerías y otros poemas”, el poeta dialoga con diversos símbolos: el agua, la fuente, la mañana, la noche. El recuerdo íntimo asociado a una pérdida o bien a una época ya lejana como la infancia. La amada misteriosa e inasible. El gusto por las fuentes, los jardines en sombras, la melancolía...

Y aunque en los poemas todavía no se plasma completamente su particular visión de la realidad, el poeta ya tenía en claro que “el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma (...), o lo que dice (...) con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo”. En este libro están delineados o abordados los grandes temas de la lírica machadiana: el tiempo, los sueños, la intención de subjetivar el paisaje, el quehacer poético.

Releerlo 25 años después fue un retorno a los orígenes, a un tiempo de sortilegio, belleza y misterio.

viernes, febrero 04, 2005

APUNTES DE VIAJE

  • Detesto a los turistas "enlatados". Creen que los lugares son vidrieras para tomarse fotos. Mientras el ómnibus desanda el camino del glaciar P. Moreno hacia El Calafate miro a la parejita valenciana, a dos navarros y más allá un matrimonio mejicano. Duermen. Su dosis paisajística ha sido suficiente por el día. ¿Cómo pueden dormir, inmunes a los lugares que seguramente no volverán a ver jamás? Viajar es también despedirse. Duermen. Confían en su inmortalidad.
  • Asisto, quizás, a los últimos vestigios de un pueblo. El Calafate lentamente se va convirtiendo en un lugar impersonal, hecho para visitantes que quieren consumir paisajes, como buenos champagnes, en hoteles cinco estrellas. Business are business. Ganan los otros.
  • La Patagonia es una construcción imaginaria elaborada por las agencias de viajes, las secretarías de turismo y demás poderes que han edificado el mito. Después lo venden aquende y allende. Y vienen esperando ver exactamente lo que les muestran. Hay miopías peores que la cortedad visual.
  • El glaciar P. Moreno, magnífico, una muestra de lo impresionante de la naturaleza, de la pequeñez humana...etc.,etc., etc.,etc. No quiero ser Pierre Menard.
  • Inmensidad y viento= Patagonia o ¿Patagonias?
  • Tuve la imperiosa necesidad de bajarme del micro en Esperanza, a mitad de camino hacia R. Gallegos. Mientras los pasajeros se dirigían al comedor, corrí hacia una pequeña loma donde el viento me aplanó la cara. Fue un signo de vitalidad. En el viaje, por un momento creí que la inmensidad que veía, de tan uniforme estaba pintada en la ventanilla. Viajar por la Patagonia se parece mucho a caminar por la cinta de Moebius.
  • La estepa patagónica es una paradoja a los ojos del caminante. Es la "movilidad-inmóvil".
  • En medio de la estepa y camino al mar releo a Chatwin y me pone un poco incómodo. Su precisión de cirujano para retratar el paisaje y su gente se torna hacia el final del libro un tanto opresiva. Chatwin con su prosa envidiable y la traducción castellana un tanto indeseable es frío, impasible, diría. Viene en busca de sus recuerdos y tiene pocos ojos para lo demás. Más allá de la aventura el lugar lo ponía incómodo, pero pensaba, tal vez, en su contrato editorial.
  • En Comodoro Rivadavia vi cómo la ciudad se divide en dos y el territorio delimita dos sociedades. Los de la costa y los de la ladera del cerro Chenque. La ciudad es una delgada cinta entre el mar y este cerro. En el llano las empresas, los comercios, los hoteles y una o varias clases sociales se apoderaron del sector y de la cercanía del mar. Los que llegaron al lejano sur se encontraron que la inmensidad es de los otros y sólo les quedó el cerro en el que buscar algo más o menos firme para que sus casitas no hagan tobogán ladera abajo o rogar que no llueva demasiado. De allá arriba tienen una gran vista del mar.

  • En Caleta Olivia encontré la casa. ¿Qué eras cuando no eras? ¿cómo eras cuando eras la infancia? Treinta años después, aquí frente a tu puera, al mundo primigenio que vieron tus ojos, pienso que si dios no juega a los dados es por lo menos un buen billarista.


(Foto de B. Etchegaray)

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...