lunes, abril 25, 2005

LECTOR IN FÁBULA

En el principio era el verbo y el verbo se hizo escritura y la escritura estaba sola. Solita con su alma en este mundo que todavía no se podía llamar así, porque no era más que una especie de limbo. Vagaban por él las letras dispuestas por el creador como niñas huérfanas en la noche oscura, como perros callejeros en la ciudad. Y el Escritor pensó que su invento era absurdo, un juego que nadie jugaba y lo quiso destruir, aunque le daba pena hacerlo personalmente.

Entonces creó al varón y la mujer para que deshicieran lo escrito. Todo estaba en penumbras, vagaba la pareja por diversos lugares apenas entrevistos hasta que vislumbraron en forma confusa una hilera de signos, la primera frase colgando de una hoja del manzano. Con temor primero y con infinita curiosidad después se acercaron y leyeron: “hágase la luz” y de repente la luz se hizo y descubrieron la inmensidad que los rodeaba y las diminutas señales en cada objeto que miraban: Había nacido el mundo.

A lo largo de los siglos los teólogos (cuando ya el creador se había retirado del mundo y aceptado el fracaso de la misión encomendada al varón y la mujer), disputaron en innumerables concilios si leer era un pecado o no. Estos últimos sostenían que el sentido del mundo provenía de la lectura del mismo, que todo era escritura y que nuestra misión era leer los innumerables signos dispersos en la realidad.

Para los otros, leer era uno de los ocho pecados capitales. Los hombres enloquecían por culpa de esas pequeñas hormigas inmóviles en hilera, contaban casos aberrantes de personas a las que se “les secó el seso” por tanta lectura, de otros que se olvidaban de todo por estar transportados vaya a saber dónde, llevados por “la loca de la casa”, la imaginación, que era asaz peligrosa.

En fin, ganaron los últimos, pero tuvieron que negociar y aceptaron excluir a la lectura de los pecados cardinales, pero enviaron ejércitos y ejércitos a borrar las letras inscriptas en el mundo. Así los hombres olvidaron el don de la lectura porque la escritura fue borrada de las cosas y puesta en custodia por los poderosos. Sin embargo, hubo hombres que podían leer aquello que imperfectamente los otros habían borrado, que descifraban los indicios, las huellas que habían dejado las palabras hurtadas.

Y así, con los siglos y siglos, lentamente la escritura habitó nuevamente entre nosotros. Volvió por el empeño de aquellos descifradores de lo oculto (que no son otra cosa que hombres y mujeres sensibles), volvió en papiros, en pergaminos, en hojas de árboles, en tablillas de cera o de cerámica, en papel, en pantallas...

“Un libro es un objeto más entre los objetos”—decía Adolfo Ruiz Díaz, entrañable maestro—“es necesario un/a lector/a para que devenga en un hecho estético”. Sartre había comprendido, no sin cierto fastidio, que su omnipotencia de escritor necesitaba de la labor de esos seres anónimos: las lectoras y lectores para que terminasen su trabajo.

Leer es un acto de generosidad, la otra mitad de la esfera del mito de Platón.

lunes, abril 18, 2005

MANUCHO

La eterna presentadora de almuerzos tenía varios años menos y estaba eufórica y a la vez temerosa por el visitante. Luego de algunos comentarios y con la compañía de la infaltable musiquita anunció la presencia del escritor. Éste bajó las escaleras con su bastón colgando del brazo izquierdo, camisa de seda blanca con moño en el mismo tono que el sombrero pequeño y el saco de paño; zapatos charolados y para enfatizar el tono discreto, reloj con cadena de oro, guantes blancos y un monóculo sobre el ojo derecho. Parecía un personaje de otro tiempo, un dandy, uno de los últimos dandys con estirpe y escritor que hubo en Argentina.

La escena sigue. Ante las loas de la anfitriona repartidas por igual al personaje y a su nuevo decorado, en un momento le pregunta: “Manucho, ¿le gusta mi nueva casa?”; el escritor responde: “No. Es una mezcla atroz de estilos”. Así era Manuel Mujica Láinez, un auténtico personaje que a veces perdura más por la infinitud de anécdotas que por su labor de escritor.

Relegado hoy al museo de la literatura, condenado al anecdotario, olvidado por editoriales y la academia, leer hoy a Manucho es una verdadera extrañeza. Sin embargo muchas de sus páginas merecerían estar en una antología esencial de la literatura argentina.

Descendiente de familias patricias, uno de sus antepasados era ni más ni menos que Juan de Garay, presenció a lo largo de su vida cómo la clase aristocrática a la que pertenecía iba lentamente derrumbándose. Ése es uno de los grandes temas en la obra de Mujica Láinez. Pocos como él captaron y describieron el interior mismo de las grandes familias y su decadencia. Una de las novelas, “La casa”, detalla esto magistralmente. Es la mansión señorial y derruida, a punto de ser demolida, quien recuerda su historia y sus habitantes.

En la mirada de Manucho están siempre el gusto por el detalle, por los objetos que son transfigurados por una prosa siempre clara y reveladora de un mundo apenas sugerido por lo que se está describiendo.

Otro de los pilares en la temática del escritor es sin dudas lo histórico. Pocos como él recrearon con tanta erudición las atmósferas de épocas pasadas. Ejemplo de ello es “Bomarzo”, la novela sobre el duque Francesco Orsini y su particular parque de piedra. La obra es una de las más ambiciosas y extensas de Mujica Láinez y fue luego fuente de la ópera que compuso Alberto Ginastera y que tuvo serios problemas con la censura militar de turno.

“Misteriosa Buenos Aires” es una colección de cuentos que recorren la historia de la ciudad desde su fundación hasta 1904. Hay relatos notables como “El hambre”, “El ilustre amor” o “El salón dorado” que cierra el volumen. Este libro es una radiografía precisa de los temas y del estilo refinado del escritor.

Su vida intelectual estuvo ligada siempre al diario La Nación; eximio políglota fue renombrado traductor de francés, italiano e inglés.

Manuel Mujica Láinez nació en 1910 y murió en su estancia El Paraíso, en Córdoba, el 21 de abril de 1984.

domingo, abril 10, 2005

MICÒL

“Con una mujer sólo se puede hacer tres cosas: amarla, odiarla o hacer literatura”, dijo Lawrence Durrell, en “El cuarteto de Alejandría”. Lo que no dijo es que hacer literatura es el paso siguiente al amor o al odio.

En este caso es el amor de una mujer, su recuerdo preciso de una época y de un lugar los que sirven de entramado para una de las novelas italianas más notables de la centuria pasada: “El jardín de los Finzi-Contini”. Micòl es el personaje omnipresente junto al narrador en toda la novela.

La inminencia del amor a punto de revelarse y el temor a no ser correspondido terminan generando una imposibilidad que las circunstancias históricas, (el arresto y la deportación de la chica y su familia a Alemania durante la Segunda Guerra) hacen definitiva; y perennes en la memoria y en los sentimientos del narrador. Comprobamos una vez más que las historias de amor son eternas cuando vislumbramos que son imposibles. La utopía es la que le confiere el carácter intemporal al amor.

Pero no nos vayamos por las ramas y volvamos a Micòl. Ese amor imposible es el que el narrador evoca en la novela, varias décadas después, ese amor es el que nos contagia a los lectores por un personaje inolvidable y único. Porque la literatura si tiene algo de magia es que el mundo de los libros pasa a formar parte de nuestro mundo y sus historias son las nuestras y a veces nos cuesta separar qué es lo leído y qué lo vivido.

La literatura tiene mujeres inolvidables, mujeres a las que uno no dudaría un momento en hacerles o decirles aquellas cosas que jamás nos atrevimos con una de carne y hueso, a ser valientes, galantes, hermosos, simpáticos, fuertes, débiles, sensibles, rudos, feos, inteligentes o alegres. Micòl es una de ellas. Y hacia ella fui.

Ferrara es hoy una tranquila ciudad a mitad de camino entre la industrialización característica del norte italiano y un pasado agrícola que no se resigna a abandonar. Una ciudad mediana, casi inadvertida entre la opulencia de la cercana Venecia y un pasado que no ha dejado huellas históricas fuertes dignas del turismo.

Pero Ferrara tiene su novelista y gracias a él conocemos mucho del pasado y de la geografía de esta ciudad, gracias a él conocí a Micòl; se llamaba Giorgio Bassani.

La vía Montebello desemboca en el cementerio judío, cuesta trabajo encontrar el solemne panteón de los Finzi-Contini un tanto derruido; después por la calle Corso Ercole se llega a lo que fue una imponente mansión, hoy ocupada por varias familias que miran con recelo a los visitantes; de aquel jardín majestuoso y ahora mítico, de las canchas de tenis donde Micòl y sus amigos, entre ellos el narrador Bassani, compartían tardes enteras absortos del mundo, nada queda.

Mientras me alejo de Ferrara como un arqueólogo un tanto decepcionado por los hallazgos, siento que vine buscando un fantasma que vive en mi memoria, y que por esta vez la vida es una mala copia de la literatura.
Escena de la película "El jardin..." dirigida por Vittorio de Sica y protagonizada por (Micol)Dominique Sanda;(Giorgio)Lino Capolicchio y Fabio Testi entre otros.

lunes, abril 04, 2005

E.M.CIORÁN

“Soy un filósofo aullador. Mis ideas -si ideas son- ladran: no explican nada, explotan”. En esa frase quizá esté resumida la obra y la actitud que generó esa obra de uno de los pensadores más originales del siglo XX. Emil Michel Ciorán, nacido en Rasinari (Rumania) en 1911, estudió filosofía en la Universidad de Bucarest. Ejerció por breve tiempo la docencia en su país natal, y a partir de 1937 fue becado para estudios de postgrado en la Sorbona. Sin embargo nunca fue a la universidad, el dinero de la beca lo usó para recorrer Francia en bicicleta, luego se quedó a vivir en el país.

Diez años después, como sus ya ilustres coterráneos, Ionesco y Mircea Eliade, deja de escribir en rumano y comienza a hacerlo en francés. Lo primero que aparece en Ciorán es una brutalidad casi primitiva, uno tiene la sensación que sus ideas y las palabras que las transmiten son verdaderos garrotes que nos dan en plena frente. Él es capaz de mostrarnos cómo la extrema amargura, el desaliento último tienen su secreta belleza.

Acostumbrados a la academia filosófica con su rigor lógico, a los sistemas inextricables, a las explicaciones, si se quiere, pedantescas del mundo; Ciorán arremete contra todos y contra todo. En su casa se daban cita personajes pintorescos, suicidas, bohemios, tahúres, coperas, quienes eran recibidos muy amablemente por este hombre de aspecto algo desequilibrado y gruñón.

Asomarse a la lectura de Ciorán es asomarse a un precipicio en el que nos atrae por igual el vértigo de la caída y el peligro de la misma. Leerlo es ir un poco más allá de cualquier razonamiento filosófico. En el fondo leemos a un poeta del pensamiento, a un desencantado que lo vio todo y que patea el tablero de las convenciones, simplemente por el solo gusto de pensar, de ver la voluta de una idea generándose en su interior para atravesar diversos procesos y terminar en un verdadero huracán que derriba o deja bastante mal parados nuestros esquemas sobre el mundo.

Una pasión salvó a este hombre del suicidio: el pensamiento y su escritura. “¿Por qué no me mato?”—se preguntó alguna vez—“ Si supiese exactamente lo que me lo impide, no tendría ya más preguntas que hacerme puesto que habría respondido a todas”.
Cuando Ciorán arremetía contra alguien era letal, como ejemplo algunas frases sobre el apóstol san Pablo: “un judío no judío, un judío pervertido, un traidor. De ahí la impresión de insinceridad de sus llamadas, de sus exhortaciones. Es sospechoso: parece demasiado convencido. (...) Cuando ya no sé a quién detestar, abro las Epístolas y en seguida me tranquilizo”.

En muchos libros expresó su desprecio por Europa contemporánea, “un continente de abúlicos (...) Tantas conquistas, adquisiciones, ideas, ¿dónde se perpetuarán?”. Y lanza una profecía: “el futuro pertenece a las barriadas periféricas del globo”.

Leer a este hombre afable no es fácil, su visión del mundo es inquietante y perturbadora. Como latigazos sus palabras provocan la huida de aquellos pensamientos “tranquilizadores” con los que enfrentamos a la realidad y nos dejan desnudos ante la existencia.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...