martes, mayo 31, 2005

ENCRUCIJADA.

“Para mí, un buen poema es la mejor carta de presentación de un periodista. Parece extraño, pero es así. Hay gente que es literaria y otra que no lo es. Yo creo en la gente literaria. Creo, por ejemplo, que un buen poeta puede escribir una excelente crónica de fútbol”, sostenía el inigualable Natalio Botana, mandamás del diario “Crítica”.

Si las redacciones de hoy siguieran el criterio de Botana, seguramente quedarían bastante despobladas. Si tomamos sus palabras en un sentido más amplio no han perdido para nada vigencia, y hoy más que nunca cierta rigurosidad estilística es necesaria para sacar a los diarios actuales de una encrucijada.

El mundo cada vez más sofisticado de la comunicación electrónica ha puesto a los diarios en un lugar incómodo, en un sitio que si permanecen quietos el alud del progreso los arrastrará.

Hay un hecho incontrastable: el diario llega tarde, y a medida que pase el tiempo llegará cada vez más tarde con la información a los lectores. Esto es inevitable y además imposible de resolver porque está en el centro mismo de la instancia de emisión y producción del diario tal como hoy lo conocemos. Modificar estas instancias sería lisa y llanamente tirar por tierra el diario actual.

La mayoría de los periódicos tratan de generar estrategias para no quedar al margen del consumo de información por parte del público. Unos han variado su formato, otros le han dado suma importancia a la imagen y han dejado menos espacio a lo escrito. Las líneas editoriales, generalmente buscan ya no la gran noticia sino aquellas menos relevantes pero más cotidianas y cercanas a la gente, el punto de vista inesperado y original. En esa dirección marchan hoy las empresas periodísticas y no es una dirección descaminada.

La televisión, internet, la radio nos acercan la información casi al instante. Y cualquier ciudadano medio puede conocer sentado en el sillón de su casa la que pasa con la crisis política de Haití o la hambruna en Etiopía. La imagen se impone y es percibida como objetiva, y los cables que se leen en la radio presumen de objetividad.

Ante esto el contenido de muchos diarios se transforma en más de lo mismo salvo que por otro canal. El problema está en el corazón mismo del diario y atañe a la escritura. Una escritura que refleja una pretenciosa y siempre discutible objetividad, ya vetusta y quizá necesaria cuando el periódico todavía era un portador de primicias.

El estilo periodístico es el gran talón de Aquiles del diario, esa impersonalidad pretendida que convierte a la escritura en un verdadero lenguaje de fórmulas. Sólo en el periodismo el “hospital” es un “nosocomio”, el “agua” es el “líquido elemento”, los accidentes o fenómenos naturales son “horribles”, “desesperantes”, “catastróficos”, “impresionantes”; y en cierta medida todas las noticias suenan parecidas, aunque traten de hechos muy diferentes.

Quizás (arriesgo) los lectores del futuro busquen en los diarios las noticias tratadas desde la mirada personal del periodista, desde sus broncas, opiniones, dudas y saberes; una mirada que se ha de reflejar en un estilo original, alejado de una impersonalidad artificiosa.

lunes, mayo 23, 2005

AGONÍAS II

Vivimos en la era de la imagen. Esta afirmación de Perogrullo sirve para ilustrar una carencia, lo poco habituados que estamos a la oralidad artística. Si leer nos cuesta, cuánto más escuchar. Parece que quienes tuvimos el privilegio en nuestra infancia de oír cuentos (sólo los niños lo conservan durante un tiempo), hemos ido perdiendo esa mágica costumbre a lo largo de los años y hoy fijar nuestra atención auditiva por más de dos minutos suele ser un empresa dificultosa.

Es sabido que la literatura nació oral y que a lo largo de los siglos los hombres y mujeres mantuvieron el goce de oír historias en prosa y verso. El antecedente más ilustre es Homero y sus dos obras magnas: Ilíada y Odisea. Estas obras las recitaba un rapsoda durante varios días en los palacios y en las plazas de toda Grecia. El rapsoda era semejante a un payador actual que dominaba las técnicas de narración y versificación, y que memorizaba e improvisaba grandes cantidades de versos.

En la Península Ibérica, allá por los siglos XII y XIII circulaban unos poemas que se acompañaban con música y eran recitados o cantados por los juglares en las plazas y castillos de cada pueblo. Esos poemillas son los romances y servían para rescatar historias, referir hechos de guerras e incluso algunos funcionaban como verdaderos noticieros ante un público ávido de oír novedades.

Muchos de ellos todavía los oímos en los juegos de las niñas: “Estaba Catalinita/ sentada bajo un laurel,/con los pies en la frescura/ viendo las aguas correr...”

Creo que uno de los últimos casos masivos de concentración ante un hecho sonoro literario ha sido el del radioteatro. Las obras que se emitían en la gran mayoría de los casos provenían de personajes populares tratados desde una vertiente romántica exagerada. Así había historias sobre los gauchos Juan Moreira, “Hormiga Negra”, Juan B. Bairoletto; también sobre una serie de figuras teñidas de religiosidad como “la Difunta Correa”, Ceferino Namuncurá, “el gauchito Gil”. Además estaban las historias adaptadas de obras literarias de renombre y otras cuyo tema central era el del amor.

El radioteatro provocaba la reunión con el sólo objetivo de escuchar, de imaginar por el timbre de voz la belleza de Julieta, el coraje de Bairoletto o la bondad de Ceferino. Cada uno de los y las oyentes tenía una representación diferente de lo que oía; y por espacio de medio o una hora el mundo era puro sonido e imaginación.

De mi infancia, cuando el radioteatro estaba herido de muerte, recuerdo algunos nombres que durante años colmaron de fantasías las horas del descanso de mi gente. Oscar Ubriaco Falcón, Omar Abué y sus compañías me abrieron una puerta a una dimensión diferente de mis días rurales, en noches frías junto a la cocina de leña. La misma sensación de libertad que quizás experimentaron los que hoy recuerdan en el Alto Valle a Jorge Edelman.

Todo eso pertenece a un mundo ya alejado, y sin embargo próximo, un mundo en el que la palabra dicha, era un diapasón de misterios, fantasías y ensueños.

martes, mayo 17, 2005

AGONÍAS

“Parece Isidorito”, repetíamos ante un niño salvaje y ventajero. “¡Es Isidoro Cañones!” comentábamos sobre el hijo de tal que se dedicaba a despilfarrar lúdica y mujerilmente el dinero del padre. “¿Qué hacés Lupín?” era nuestro saludo canchero con aquel cuya nariz se destacaba del resto de la cara.

Cuando recuerdo estas frases me percato que ya no las escucho en las situaciones cotidianas y que pronunciadas por alguien dejan fuera de la complicidad de sentido a un número cada vez mayor de personas.

Esto es inevitable. Pertenezco a una generación que vio la lenta agonía y casi la extinción de las historietas, más precisamente, de las revistas de historietas. Soy de los que se iniciaron en la lectura por placer alargando las siestas ominosas con las aventuras pergeñadas por Dante Quinterno y su indomable héroe tehuelche: Patoruzú. Después, claro, seguí con la versión infantil pero no muy cronológica de Patoruzito y un tiempo más tarde me aficioné al farrista emblemático: Isidoro Cañones.

No sé la frecuencia con que salían esas revistas con su formato apaisado tan especial, y siempre en blanco y negro. Un pariente, un amigo eran quienes nos surtían de esas aventuras tan particulares por lo inverosímiles, aunque previsibles, de Patoruzú. A medida que crecíamos establecimos cierta empatía con Isidoro. Era el Play Boy al que todo le salía bien y algunas de sus características estaban presentes en muchas de las personas concretas de mi pueblo. En cambio Patoruzú estaba encapsulado en el mundo de la historieta, hijo de un tiempo en que los héroes eran desmesurados y únicos.

Un poco más allá de los quince años creo que dejé de leerlos en forma asidua y ya no me atraían Upa, el capitán Cañones, Ñancul, Chupamiel y otros tantos. Había descubierto, en esa biblioteca privada que es el baño, una nueva revista de historietas que traía la primera y la última aventura en color y el resto en blanco y negro, se llamaba “El Tony”.

¡Cuántas horas sumergido, cuando el tiempo era una lenta brisa, en esas entretenidas aventuras de Mark y su mundo postguerra nuclear, Pepe Sánchez con sus disparates y el Cabo Savino y su vida de hombre de frontera!

Después, ya totalmente en colores, seguí con todas las demás revistas de la editorial Columba, especialmente con “D’artagnan”. Allí disfruté de la más bella historieta guerrera: Nippur de Lagash, del agente secreto Denis Martin, del impasible y mítico cowboy Jackaroe, de Savarese y la mafia neoyorquina; todos salidos de la mente de uno de los grandes del género: Robin Wood.

En “Fantasía” se destacaba “Mi novia y yo” y en “Intervalo”, que completaba el cuarteto de oro de la editorial, “Gente de blanco”. No sé en qué momento y siguiendo otros intereses dejé a esas compañeras de juventud, de días de viento o lluvia; compañeras que me transportaban al mundo de la aventura.

Muchos años después la editorial Columba cerró. Consciente de la pérdida, salí a buscar los últimos ejemplares como homenaje a un tiempo de lecturas y sueños.

domingo, mayo 08, 2005

FLORIDA Y BOEDO


La década del 20 en nuestro país vio como nadie la eclosión artística de un grupo de jóvenes que pretendían barrer de un plumazo la literatura anterior y erigir una nueva estética de acuerdo con los tiempos. Es cierto que el país había cambiado y en los primeros 20 años del siglo un aluvión de inmigrantes transformó la fisonomía social y urbana de Buenos Aires.

El cosmopolitismo de la ciudad, cierta bonanza económica y una bohemia muy especial se tradujo en un clima de gran efervescencia artística. Enrolados en Florida y Boedo, ambos grupos constituyen la piedra fundamental de la literatura posterior y algunos opinan que con ellos nace la primera generación estrictamente literaria.

Frecuentaban Boedo, los escritores Roberto Mariani, Leónidas Barletta, Elías Castelnuovo, Enrique Amorim, Lorenzo Stanchina, Álvaro Yunque, César Tiempo, y otros. La mayoría eran descendientes de inmigrantes y de ideología de izquierda, trabajadores, influidos por los novelistas rusos, simpatizantes con la revolución del ’17, tenían una visión social del arte y de fuerte compromiso con la gente. Su vehículo de expresión fue la revista Los Pensadores (2ª época). Alrededor de la Editorial Claridad de Antonio Zamora, se constituyeron en el primer movimiento de literatura realista y social que se dio en Argentina.

El grupo de Florida, representado por la revista Proa y, fundamentalmente por Martín Fierro (2ª época) dirigida por Evar Méndez, promovía una estética vanguardista y una visión más cosmopolita y elitista del arte. Entre sus integrantes se encontraban Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, los hermanos Tuñón, Norah Lange, Francisco Luis Bernárdez, Leopoldo Marechal, Nicolás Olivari, Pablo Rojas Paz.

Esta separación en dos facciones opuestas no es, ya se ha dicho, de ningún modo tajante: Nicolás Olivari, fundador del grupo de Boedo, se pasó más tarde al de Florida; Raúl González Tuñón, quien formó parte de Florida, construyó sin embargo una poesía de temática social; Roberto Arlt solía frecuentar las tertulias de ambos grupos.

Como concluye César Tiempo, polémicas aparte, acerca de estos grupos y su importancia histórica. “Pero si hubo contusos, desertores e hijos pródigos en ambos bandos, es indiscutible que fue esa generación polarizada por Boedo y Florida la que anticipó el renacimiento argentino sacudiendo de su marasmo la vida intelectual del país”.

Lentamente a medida que avanza la década del 20 la polémica, más retórica que de ideas en sí, se va diluyendo y quizás le pone broche final a una época dorada, el golpe de Uriburu.

Leónidas Barletta en un ensayo publicado en 1967 sostuvo que “los de Florida querían la revolución del arte, y nosotros buscábamos el arte para la revolución”. Hay muchas versiones sobre los enfrentamientos cuyo campo de honor eran las revistas. La conclusión de Barletta resalta los frutos de la discordia: “Los de Boedo se aplicaron a escribir cada vez mejor y los de Florida fueron comprendiendo que no podían permanecer ajenos a la política. Pero el beneficio más importante fue que la querella llegó a apasionar a la gente y surgió una literatura argentina y una masa de lectores hasta entonces inexistentes".

lunes, mayo 02, 2005

BOEDO Y FLORIDA

La vida está hecha de contrastes, de opuestos. Nuestra experiencia cotidiana certifica esta afirmación en casi todos los ámbitos. Un filósofo alemán del siglo XIX, Hegel, sostiene que la humanidad avanza mediante la confrontación de opuestos de los que surge una resultante superadora; ese método se conoce en filosofía como dialéctica y sirvió de entramado lógico para la construcción de ese edificio inacabable que es el marxismo.

El pensamiento dialéctico no es un “invento” moderno, ya lo practicaban los griegos con Heráclito en el siglo V a.C.; ni qué hablar de una porción importante de la cosmogonía oriental que está erigida sobre esa forma de discurrir.

En la literatura moderna hay diversos pasajes donde se da esta confrontación de dos grupos antagónicos que pugnan por hacer prevalecer su ideario estético. Esta rivalidad, en algunos casos muy enconada y en otros impostada, ha sido útil —en general—para el posterior devenir de las letras.

Así son célebres las disputas entre neoclásicos y románticos, simbolistas y parnasianistas, modernistas y románticos en nuestro continente, surrealistas y realistas y las diversas corrientes de la vanguardia entre sí o en contra de lo anterior.

En nuestra literatura ha sido célebre la polémica surgida allá en los años 20 entre dos estéticas distintas y que se embanderaron con el nombre de dos calles que reflejaban en forma extrema las diferencias: Florida y Boedo.

Florida representaba el cosmopolitismo y en esta arteria estaba la redacción de la revista Martín Fierro que nucleaba a los jóvenes –en su mayoría poetas-- seducidos por las vanguardias europeas. Al mismo tiempo otro nutrido grupo de escritores que cultivaban preferentemente la prosa y que veían en el arte un camino para la revolución social, eligieron como sede y símbolo una calle de un barrio obrero: Boedo. Allí también estaba la editorial Claridad que publicaba sus obras y una de las primeras en tirar ediciones populares.

(Banquete en la Editorial Claridad)
La polémica surgida entre ambos grupos fue más publicitaria que real, ya que los respectivos integrantes compartían cierta irreverencia por la literatura, eran jóvenes, querían romper con lo establecido y la mayoría participaba de aquella bohemia propia de una ciudad de Buenos Aires que era el centro cultural más importante de Latinoamérica.

En un diálogo con Ernesto Sábato, Borges recuerda que la polémica de Boedo y Florida “fue una broma de Roberto Mariani y Ernesto Palacio; a mí me situaron en Florida, aunque yo habría preferido estar en Boedo. Pero me dijeron que ya estaba hecha la distribución y yo, desde luego, no pude hacer nada, me resigné. Hubo otros, como Roberto Arlt o Nicolás Olivari, que pertenecieron a ambos grupos. Todos sabíamos que era una broma. Ahora hay profesores universitarios que estudian eso en serio. Ernesto Palacio argumentaba que en Francia había grupos literarios y entonces, para no ser menos, acá había que hacer lo mismo y que podía servir para publicidad el hecho de que hubiera dos grupos enemigos, hostiles”.

Más allá de las polémicas, con Florida y Boedo irrumpen una serie de nombres que tendrán una importancia fundamental en la literatura argentina del siglo XX.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...