lunes, junio 27, 2005

CLARA BETER

La literatura desde un punto de vista o desde todos es siempre un fraude. Un maquinaria retórica construida para engañar; que tiene, si se quiere, como única ancla segura al autor. Nos desvelamos por conocer siempre al hacedor o hacedora del cuento o del poema. A él o a ella recurrimos para que ate los cabos que unen la realidad con la obra. Desasosiego nos provoca una obra anónima o un autor desconocido u oculto.

Oculta, desconocida era Clara Beter, autora del mayor escándalo literario de los años veinte en Argentina. Gracias a los oficios de un amigo, Clara Beter, se las arregló para que su libro de poemas llegara a la editorial Claridad; centro difusor del grupo de Boedo que unía a una serie de nombres que buscaban una literatura social, comprometida con las clases populares.

En el prólogo que Elías Castelnuovo compuso para la primera edición en 1926, destacaba: "Esta mujer se distingue completamente de las otras mujeres que hacen versos por su espantosa sinceridad"; señala además-- y en esto hace un tiro por elevación al grupo de Florida-- que sus poemas son “un paradigma digno de oponerse a los nuevos poetas fanáticos de la imagen por la imagen”.

Inmediatamente el libro fue publicado, con gran éxito de crítica y público, con el título por demás sugerente de “Versos de una p...” En realidad lo que verdaderamente causó conmoción fue el oficio de la autora: prostituta. Una prostituta judeo-ucraniana que fue engañada y traída a Buenos Aires por una vasta red internacional de prostitución.

Como dicen ciertos amigos sicólogos, en todo hombre late un deseo secreto de redimir a la prostituta, las razones las desconozco aunque conjeturo alguna de ellas. Quizá ésta sea una explicación para analizar los “desbordes” y el pietismo de muchos varones escritores de la época; además de lectores que se enamoraron al contacto con una poesía de una sensibilidad y agudeza poco frecuentes.

Así hubo una verdadera pesquisa de la Clara Beter de carne y hueso que se había tornado literalmente un fantasma. Fiel a sus extravagancias, Roberto Arlt, el autor de “El juguete rabioso”, propuso que se le instalara un prostíbulo y que las ganancias se usaran para un premio literario. Había excursiones por diferentes barrios en busca de Clara, así una anécdota contada por un integrante de la bohemia literaria ilustra hasta qué punto habían llegado las cosas: “¡Vos sos Clara Beter! –saltó Abel Rodríguez tomando por los hombros a una mujer rubia que esperaba a sus clientes en una esquina e inmediatamente quiso besarla a los gritos de-- ¡Hermana! ¡Venimos a salvarte! --Tuvo que intervenir la policía de Sunchales para calmarlo.”

El tiempo pasaba y Clara Beter no aparecía. La presión y el hostigamiento hacia su albacea literario fueron enormes y finalmente se supo. “Clara Beter soy yo”, confesó Israel Zeitlin (César Tiempo) ante la atónita mirada de sus compañeros bodeístas. El joven escritor se ganó el respeto por sus poemas y la enemistad de muchos, entre ellos de Castelnuovo que confesó que el autor del libro “no era una prostituta sino un prostituto”.

lunes, junio 20, 2005

DE LATINES Y GRIEGOS

“Mënin aeide zea Peleiadeo Akhileos...” (Canta, diosa, la cólera funesta de Aquiles, hijo de Peleo). Así comienza la Ilíada, el poema que inaugura la literatura griega, y la musicalidad de estos versos ha recorrido todos los vientos de la historia hasta llegar aquí. Y ésa es una de los grandes logros de la literatura y del arte en general: ejecutar una verónica elegante para que Cronos pase como toro enfurecido.

(La muerte de Héctor, de Rubens, detalle)
Siglos más adelante lo dirá en forma explícita Horacio, uno de los grande poetas latinos: “ "Exegi monumentum aere perennius/ regalique situ pyramidum altius/ quod non imber edax/ non Aquilo inpotens/ possuit diruere aut innumerabilis annorum series et fuga temporum...". (Levanté un monumento más duradero que el bronce, y más alto que las regias pirámides, que ni las lluvias voraces, ni el Aquilón furioso, ni la sucesión innumera de días, ni el paso de los años podrán demoler...).

Y en el medio de esta reflexión sobre la perdurabilidad de la literatura, sobre las obras y sus autores aparecen dos lenguas. El griego y el latín. Las dos están indisolublemente ligadas a la civilización occidental. A ambas se las tilda de “lenguas muertas”, cuando en realidad perviven y evolucionan en las lenguas modernas. Porque el castellano que hablamos, vos, yo y la vecina no podría imaginarse sin el aporte del griego, y hay quienes definen a nuestro idioma como “el latín del siglo XXI”.

El estudio de estas dos lenguas provocó en mí, en un primer momento, la zozobra y la duda para acometer semejante empresa. El griego y su grafía tan particular y el latín con su estructura de la frase y sus declinaciones tan ajenas al español se asemejaban a una fortaleza inexpugnable. Y sin embargo, primero el griego con su ritmo tan particular lentamente se fue transformando en una de mis pasiones a medida que las palabras, las frases cobraban sentido.

Era ni más ni menos que oír la respiración, la dicción de Esquilo en sus personajes trágicos, la voz florida de Safo y sus muchachas en la isla de Lesbos, la garra y el temple de las heroínas de Eurípides, Platón y su estilo luminoso, y por contraste, Aristóteles y su parquedad científica.

El latín fue más amigable en un comienzo; pero luego se tornó arduo y complejo de lidiar con tanta subordinada, con tanto participio. Pero luego experimenté la sencillez de la prosa de Séneca, la claridad y limpieza del estilo de Cicerón, la fuerza de Julio César, la magnificencia de los versos de Virgilio, Ovidio y sus frases tan complejas, Horacio y su poesía tan cercana a nuestro tiempo. La fortaleza había sido conquistada.

Hoy el griego y el latín casi han desaparecido de las carreras de Letras y de Filosofía. Las razones son varias para ello; pero las objeciones también. Sin los clásicos griegos y latinos es difícil entender cabalmente la literatura posterior. Además sin estos idiomas, la historia de las palabras, la etimología, queda sin su sustento.

A veces en nombre del progreso o la utilidad, el árbol de la sabiduría queda más florido pero con pocas raíces y un tronco débil.

martes, junio 14, 2005

EL IMBORRABLE

La rutina laxa de un domingo de otoño impone ir al kiosco a comprar el diario y la sorpresa de la noticia de la muerte del “turco” Saer. Hay zozobra y cierta angustia porque la desaparición de narradores como Blaisten, como Saer, más allá de las pérdidas de por sí invalorables para sus lectores, son faros de una generación que comienza a extinguirse, esa generación que cuando teníamos veinte años eran los nuevos consagrados y leíamos en cuartos de pensión, en las bibliotecas o discutíamos sus obras con amigos en los cafés.

Sin quererlo la muerte de Saer despertó mi conciencia, un tanto aletargada, del transcurrir del tiempo. De ciertas noches discutiendo sobre el objetivismo o no en la literatura, de las polémicas con los docentes y nuestro reclamo de leer a narradores argentinos que ya eran insoslayables, salvo para las cátedras y una universidad recién desperezada de la dictadura.

No sabía de su enfermedad, esperaba ya un nuevo libro y me extrañaba que en el verano no se hubiese dado su vueltita anual por el país, el retorno a su Santa Fe y a su río, dos elementos casi constantes en sus relatos.

Saer (como Cabrera Infante, como Cortázar) perteneció a aquella estirpe de escritores que habitaban en una lengua, y a pesar de las cuatro décadas que llevaba enseñando y hablando en francés seguía escribiendo en español, y sus personajes como Pichón Garay y Carlos Tomatis hablaban en una lengua entrañablemente argentina.

Pocas veces un escritor argentino ha tenido una concepción global de su obra tan coherente. La narrativa de Saer es un calibrado artefacto literario, una conjunción de partes que responde rígidamente a un plan ya diseñado. Ahora que ya no habrá más obras, es tiempo de ver el derrotero trazado por este enorme escritor.

He buscado en esta tarde de domingo, mientras—como decía en esa maravilla que se llama “La mayor”“Sopo la galletita en la taza de té, en la cocina, en invierno, y alzo, rápido, la mano, hacia la boca, dejo la pasta azucarada, tibia, en la punta de la lengua...”; y busco, decía, una palabra que resuma la obra de Saer. La encuentro: sistema, un verdadero sistema literario. Una saga en la que están sus obsesiones sobre el tiempo, el espacio, la ficción y su instrumento, el lenguaje.

Y es el lenguaje la nota inconfundible de este escritor. El estilo de Saer es por momentos sencillo, por momentos complejo, siempre musical, sorprendente, pegadizo en la memoria del lector; pero inimitable por lo trabajado de su concepción. Oraciones de largo aliento, una especie de espiral verbal, de voluta sígnica arman sus páginas más logradas.

Más allá de su obra literaria, sus reflexiones sobre la ficción, sobre la literatura argentina han sido polémicas e iluminadoras; también sus rescates desde el lugar de intelectual prestigioso, como es el caso de Juan L. Ortiz o de Antonio Di Benedetto.

Percibo en Saer, como en ningún otro escritor argentino contemporáneo, una menor distancia entre lo propuesto y lo logrado, entre lo que intentó y lo que logró. Y eso para un escritor es más que suficiente.

lunes, junio 06, 2005

LA LENGUA Y LA REAL ACADEMIA

Cada lengua tiene sus mitos construidos por los hablantes a lo largo del tiempo y luego esos mitos se instalan como algo dado, como una “verdad natural” en el saber común de la gente sobre su propio idioma. Uno de las creencias más difundidas es el criterio de autoridad y casi de propiedad que se le atribuye a la Real Academia Española sobre nuestra lengua.

Ante cualquier duda sobre un vocablo muchos hablantes recurren de inmediato a alguien que suponen más entendido en la materia con la pregunta: “¿está aprobado por la Real Academia?”; o bien ante la discusión sobre un término se esgrime la carta ganadora: “esto está aceptado por la Real Academia”.

Esta potestad sobre el idioma por parte de la institución académica no es caprichosa, tiene una larga tradición y responde a una política lingüística del entonces Imperio Español y a una manera de concebir la lengua que hoy ha caído en desuso.

Fundada en 1713, de concepción marcadamente iluminista, buscaba uniformar en España y en el resto de sus colonias el uso del castellano. Durante siglos ejerció un rígido señorío en el discurso vinculado a la clase ilustrada, sobre todo en los sectores oficiales y en la educación.

Con el surgimiento de los nuevos estados latinoamericanos y la institucionalización en la sociedad de la prensa escrita, sumado esto a la aversión de las nuevas clases dirigentes por todo lo español, la estructura monolítica que pretendía imponer el imperio se desgrana.

Luego de idas y venidas e innumerables polémicas sobre una lengua nacional; fue la escuela la más ferviente defensora de los dictados idiomáticos de la Real Academia, dictados acatados con algunas reservas ante una realidad lingüística totalmente distinta de la peninsular.

Es interesante observar cómo la escuela ignoró hasta hace poco tiempo en sus contenidos el uso del pronombre personal “vos” y seguía enseñando únicamente el “tú”, pronombre que la mayoría de los hablantes de nuestro país no usó nunca.

Con la llegada de los medios masivos y una concepción diferente de la lengua, la RAE perdió su poder coercitivo y en parte su poder legitimador.

Hoy, en realidad, poco nos importa a los hablantes si determinado término está aceptado o no por la RAE, lo que importa es si su uso es adecuado y aceptado por los hablantes en una determinada situación. Es decir, por más que algunos digan que la palabra “haiga” esté aceptada por la Academia (afirmación que no es cierta), es el uso social en una situación concreta lo que lo acepta o no.

(Escudo de la Real Academia)

Dicho de otra manera, puedo quizás decir “haiga” en un ambiente rural o de poca escolarización y pasar inadvertido; pero sería imposible repetir esa palabra en una conferencia o en una clase, sin sufrir algún tipo de descalificación por parte de mi auditorio. Puedo escribir a un amigo que me “refalé”, pero difícilmente podría escribir esto en un diario sin que los lectores pongan en tela de juicio mi competencia lingüística.

La lengua es su uso, el uso que una comunidad hace de ella, con o sin Real Academia.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...