lunes, julio 18, 2005

EL ALEPH II


Mientras camino hacia el Museo Británico, pienso en esas cotidianeidades del mito Marx. Y como mortal, en esta ciudad que lo albergó desde 1849 hasta su muerte en 1883, me asaltan sus contradicciones y sus coherencias. Por un lado, el burgués estudioso que conocía a fondo a todos los pensadores de su época, dueño de una memoria fuera de lo común, que podía recitar a los clásicos en su idioma original, incluido Cervantes en nuestro español. Por otro es el redactor de uno de los documentos filosófico-políticos que marcará a fuego la historia del proletariado del final del Siglo XIX y de gran parte del XX: El manifiesto comunista.

Por Great Russell Street las casas conservan el aire victoriano e imagino a Karl Marx andar por esta calle durante varias décadas, cargado de cuadernos y libros, rumbo al Museo para seguir su labor de lectura y de toma de notas que lentamente se irán decantando en su obra, escrita al amparo de la noche y cobijada por el insomnio que padecía desde su juventud.

Sale a mi paso un mendigo, quizás para recordarme que la miseria no puede ser tapada por la opulencia; e inevitablemente me viene a la memoria los desvelos económicos de la familia Marx. Gran parte de las tres décadas en el exilio londinense fueron solventadas por su amigo Engels, ya que el trabajo de Marx como periodista en diversos medios, oficio que detestaba, apenas alcanzaba para subsistir.

Es frecuente en su correspondencia la mención a las penurias económicas: “Estoy en unasituación mucho más desesperada que hace cinco años, y ya no sé qué camino tomar (...) Lo peor es que la crisis no tiene visos de acabar. No sé a qué dedicarme para abrirme camino”, escribe en 1857.

Como buenos burgueses que eran tenían, tanto él como su esposa Jenny, una preocupación constante y a la vez casi infantil por las apariencias, que los llevaba a toda una serie de mentiras y engaños pueriles.

La imponente sala de lectura del Museo Británico está restaurada, es una invitación a la historia de la cultura. Ya no está la biblioteca que el autor de “El Capital” frecuentaba, ha sido trasladada a otro edificio. Me siento un buen rato a observar el lugar en el que trabajaba ese hombre que cambió, con su mente, lápiz y papel, parte de la historia contemporánea.

De ese hombre agobiado por la miseria propia y la de los otros, sobre todo la del proletariado que era sometido a las más viles explotaciones; de ese hombre saldrá una obra multiforme, inacabada, enorme, lúcida, compleja sobre la sociedad burguesa de su tiempo y que tendrá una enorme influencia en la vida política de muchos pueblos.

Sus ideas, sus análisis siguen siendo plenamente fecundos en el campo de los estudios humanísticos: ¿qué sería de la sociología contemporánea sin su aporte, de Bourdieu, por ejemplo? ¿Qué sería de los estudios culturales, de la “escuela de Birmingham”, de Raymond Willians? ¿de Gramsci, de Althusser y de tantos más?

No hace falta, pero lo digo: el mito Marx sigue vivo.

martes, julio 12, 2005

EL ALEPH

Miro las páginas de uno de los cuadernos de notas, los espacios en blanco son mínimos, como mínima es la letra que cubre esas páginas y que rivaliza por el protagonismo con los borrones, los sobrescritos, las notas al margen. La letra se asemeja a esos encefalogramas que denotan cierta monotonía cerebral; es una letra que desdeña las formas, está urgida de futuro y quien la dibuja es un escritor insaciable, que ya está pensando en la próxima página o en el cuaderno siguiente. Es el testimonio de un hombre que quiere comprenderlo todo, abarcarlo todo y sabe que el mundo es arduo y la vida corta.

Mientras camino por esta tenue primavera londinense, siento la extraña incomodidad de espiar parte de las huellas de un mito, de palpar sus rasgos humanos. Es curioso, la visión de sus grafismos me impacta, la visión de su tumba en este simétrico y abarrotado cementerio de Highgate sólo despierta curiosidad y respeto. Es sencilla, la comparte con su esposa, su consuegro y con su fiel ama de llaves y madre de uno de sus hijos. Tallado sobre un mármol blanco desleído por el tiempo puede leerse: Karl Marx, nacido el 5 de mayo de 1818, muerto el 14 de marzo de 1883.

Entre dos cifras: un hombre. Una vasta inteligencia, a caballo de todas las disciplinas y con un rigor crítico pocas veces visto, aplicada al análisis de la sociedad europea de su tiempo. Eso es Marx, si se me permite la petulancia. Excedió todos los campos del saber por los que transitó y produjo una obra multiforme y difícil de encasillar. Esta obra está en todas las avenidas que conducen a nuestro tiempo y forma parte indisoluble de esqueleto ideológico del S. XX.

No es el propósito de este amanuense adentrarse en los vericuetos del pensamiento marxista, sino simplemente tratar de pintar una semblanza del hombre y de su fecundidad como pensador. Porque Marx al igual que Nietszche nació póstumo, sus lectores estaban en el futuro, a pesar del reconocimiento que sobre el final de su vida tuvieron parte de sus escritos.

Un problema central en Marx y luego en sus seguidores es la relación entre pensamiento y realidad, entre teoría y praxis. Su análisis de la sociedad industrial y burguesa de su tiempo se asemeja al de un experimentado cirujano que sabe en qué puntos exactos cortar. Nadie como él mostró en lo profundo de la sociedad las lacras del capitalismo decimonónico.

Marx es la síntesis de esos saberes que acompañan y certifican el ascenso de la burguesía (el idealismo filosófico alemán, la Ilustración francesa y la economía liberal inglesa); pero también es su crítico más extremo. Y esa crítica en el sistema ideológico y político de su tiempo tuvo sus consecuencias: lo llevaron a permanentes exilios y persecuciones hasta por fin recalar en Inglaterra.

Su vida burguesa estuvo marcada por el estudio, su insatisfacción por los medios con que tenía que ganarse la vida y una constante preocupación por desterrar la pobreza de su entorno familiar.

Mientras camino hacia el Museo Británico, pienso en esas cotidianeidades del Mito.

lunes, julio 04, 2005

CELAN

La primavera apenas da señales en las tenues erupciones de los árboles, recién llega y no logra imponer su vigor a las noches que se le resisten a su embrujo. Cerca del río los paseantes recurren todavía al abrigo. Ensimismado, el hombre de pelo ya ralo y raro de colores que van del rubiojoven al blancovejez, se dirige lentamente hacia el puente Mirabeu.

El aire fresco le enrojece un poco la piel de la cara; no se le ven los ojos en la oscuridad de la noche—esos ojos que han sabido escrutar como nadie el dolor humano—ni sus manos que oculta como un atormentado asesino. El Sena, por lo avanzado de la hora, está silencioso y sombrío. El hombre se acerca a las barandas del puente y oye el choque del agua sobre los pilares. Mira las luces de París e intuye el agua allá abajo, el agua como bálsamo purificador y se tira. Es el 20 de abril de 1970.

“...El nombrar tiene un límite/ sobre ti arrojo mi destino.” Estos versos bien podrían ser una especie de testamento final, por parte del poeta que nombró—vaya paradoja—más profundamente en el idioma de sus verdugos el dolor del hombre de la segunda mitad del siglo XX. Nombrar para conjurar es un de las claves en la poesía de Celan.

Paul Anczel (Celan es un anagrama) nació el 23 de mayo de 1920 en la ciudad de Czernowitz, antigua capital del reino de Bucovina, en la frontera entre Rumania y Ucrania. En esa región convivieron, hasta antes de la Segunda Guerra, cuatro culturas diferentes: la alemana y la judía, la latina y la eslava.

Hay un hecho esencial en la vida del poeta: tiene que ver con sus padres. Es junio de 1942. Perseguidos por el régimen nazi, Celan consiguió un escondite en una fábrica de cosméticos. Un fin de semana, después de la cena, les dijo que la fábrica ofrecía todas las seguridades y que debían esconderse allí. Sus padres dilataron el asunto, Celan abandonó la casa convencido de que vendrían.

Los esperó toda la noche, pero no llegaron. Al regresar a su casa, encontró la puerta clausurada. Supo tiempo después que su padre murió de tifoidea en un campo de concentración y su madre fue asesinada por un oficial alemán. Ese hecho marcará a fuego su vida y lo hará peregrino de las clínicas psiquiátricas buscando mitigar el remordimiento y la culpa.

En el poema "A un lado de las tumbas", Paul Celan escribió: “¿Me permites, madre, como ayer/,¡ ay!, en casa, la discreta, dolorosa rima alemana?” Porque Celan encarna, creo, con la figura del judío errante, un haz en donde confluyen varias razas y sus lenguas; y entre las lenguas Celan elige el alemán, el “doloroso” alemán al que someterá a unas exigencias expresivas no vistas en la poesía contemporánea.

Poesía hermética, desgarrada, críptica y sin embargo, celebratoria, como toda gran poesía. Celebración que es la comunión anhelada entre los hombres: “Estuvo/la partícula de higo sobre tu labio,/estuvo/Jerusalén en torno nuestro,/ estuvo/ el claro aroma del pino/sobre el barco danés al que agradecimos,/estuve/ en ti.”

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...