lunes, enero 30, 2006

EL SANTO PATRONO


Al parecer los que vivimos desfasados del presente, los que se nos ocurren las cosas más interesantes diez minutos después que sucedieron somos una legión. Ya se habla de juntarnos, de formar una especie de cofradía, de intercambiar experiencias e incluso ya hay algunos que hablan de una antología sobre las experiencias que nunca ocurrieron porque nacieron a destiempo.

Como toda cofradía, en este caso los asincrónicos necesitamos un santo patrono y creo que nadie más indicado que el escritor checo Franz Kafka, autor de “El proceso”, novela cuyo protagonista es procesado por un aparente malentendido que él deja crecer confiando en que pronto se resolverá, aunque no se resuelve. Escritura inconclusa la de Kafka, un asincrónico que esperaba los diez minutos posteriores para que llegara el cierre genial, aunque si esperaba diez minutos más a los diez minutos probablemente todo sería mejor, y así sucesivamente. Por ese camino uno sucumbe a la tentación de la espera, porque cree que si sobre un hecho, un libro o cualquier cosa lo mejor llega diez minutos después ¿cómo no esperar diez veces más si el resultado es la trama, la situación o la respuesta perfecta?

Porque ésa es una característica de muchos asincrónicos: la pasividad. Cuidado, no debe confundirse con pereza, es una pasividad vigilante, al acecho, a la espera de la excelencia. No siempre esto es entendido por el común de los mortales; es más, tengo un amigo que padeció esa incomprensión, pasó veinte años esperando el trabajo perfecto aunque todos lo trataban de vago.

Estar sometido a las reglas de la espera es una constante en la vida y en la obra de Kafka. Por eso ninguna de sus novelas tiene final, ni “El proceso”, ni “América”, ni “El castillo”. Por eso pidió a su amigo Max Brod que destruyera todos sus manuscritos—la mayoría inconclusos—al momento de su muerte. Nunca aclaró la relación de sumisión con su padre, salvo en un escrito secreto; dilató hasta lo increíble la relación con su novia Felice Bauer con quien constantemente estaba a punto de casarse. Repitió la situación con Milena. Cuando se publicaba algún cuento suyo sólo experimentaba desasosiego y congoja.

Esta actitud vital ha sido denominada “postergación infinita”, retrasar lo máximo posible un escrito, una situación en espera de la frase o de la acción perfecta. Los personajes de Kafka saben que una vez que uno se ha equivocado no hay vuelta posible, así lo dice en el final del relato “Un médico rural”: “Por una vez que se haya hecho caso al falso toque de la campanilla de noche...ya no hay remedio”. Ante esto sólo queda no arriesgar y esperar.

Otra prueba de esta actitud la encontramos en el cuento “La construcción de la Muralla China”, allí aparece también otra debilidad de los asincrónicos: concebir el tiempo como una sumatoria de fragmentos y no como un continuum. Queremos que el tiempo sea parcelado, porque en esa división está la posibilidad de apresarlo o demorarlo o reeditarlo.

Como Kafka, los asincrónicos somos partidarios de la tortuga de Zenón de Elea y no del río de Heráclito.

lunes, enero 23, 2006

ASINCRÓNICOS


A juzgar por la cantidad de correos recibidos identificándose con la columna anterior, somos muchos y muchas los asincrónicos, los que vivimos dando respuestas a las situaciones cuando éstas ya pasaron. Verdaderos Aquiles no alcanzaremos con nuestras réplicas o acciones la tortuga de la realidad. Los desfasados/as, los que tenemos el reloj un tanto retrasado al parecer constituimos una verdadera legión.

Y como en vacaciones uno se permite todo tipo de elucubraciones ya que el tiempo es largo y las urgencias nulas, me dije: “quizás tendríamos que formar el club de los y las asincrónicos/as y llevar algún tipo de distintivo y así el común de los mortales nos identificaría y tendría consideraciones especiales con nosotros/as”.

Con alguna señal identificatoria que los demás comprendieran tal vez nuestra vida fuera mucho más exitosa. Y el caso de una estudiante asincrónica cuya respuesta al pedido de desarrollo del tema por parte del tribunal examinador fue poco convincente y todo acabó en fracaso, es posible que sabiendo los profesores de su asincronía tomaran su respuesta como un pequeño introito poco serio, y pasado un tiempo escucharían un excelente examen.

Casos como estos hay miles, me remito a mi propia experiencia y recuerdo a Laura, una pelirroja de ensueño, que perdí porque la declaración de amor jamás escuchada se me ocurrió diez minutos después que ella abandonara para siempre el umbral de mi puerta. Pienso que si ella hubiese sospechado mi desajuste temporal la historia posiblemente hubiera sido distinta.

Y esta es otra característica de la no fácil vida de los asincrónicos/as, la de estar yendo y viniendo a las islas del pasado y del futuro, mientras las aguas del presente apenas si nos mojan. Porque claro, además de lamentarnos por lo que perdimos (una oportunidad de trabajo, un amor, un viaje, etc.) nos lamentamos por lo que podría haber sido, ya que teníamos las armas necesarias para que esa situación se produjera. Así hay algunos asincrónicos/as que lamentan oportunidades desperdiciadas y lamentan aún más las consecuencias que no fueron y viven pensando que hoy serían científicos de la NASA, asesores ministeriales, gerentes ejecutivas, presidentes de empresas, modelos, estudiantes, locutoras, médicas, etc. Como imaginarán los lectores/as nuestra vida no es fácil.

Por eso retomo la idea de nuclearnos y de buscar una manera de identificarnos para intercambiar experiencias, hasta podríamos organizar un congreso de asincrónicos en el que se expusieran las respuestas y acciones geniales que se nos ocurrieron a destiempo, así tomamos nota y podríamos acercar un tanto la brecha que nos separa de la realidad. De todas mis experiencias yo contaría la del día en que di la prueba para violinista de la Filarmónica de Viena, elegí un fragmento de la sonata Nº 14 de Beethoven y mientras la ejecutaba recordé la tirria de los vieneses con este músico y comprendí que mi elección me había llevado a la ruina. Me di cuenta diez minutos después que la elección correcta para pasar la prueba era Mozart, algo que un mortal común hubiese hecho sin dudarlo.

Los asincrónicos somos una especie de exiliados del presente.

lunes, enero 16, 2006

BALANCES

[Publico dos columnas actuales para que no queden desfasadas y luego continúo con las de fútbol]
No hay balance a fin de año, salvo en los papeles de oficina. Estamos demasiado ocupados concluyendo lo que teníamos pendiente hasta último momento o preparando las vacaciones, o bien en una cura reparadora después de tantos misiles gastronómicos y etílicos. El balance del año, inevitable, llega en vacaciones.

Allí uno o una frente a la majestuosidad del lago y la montaña, o frente al río que baja de las sierras o en las escaldadas arenas de las revalorizadas playas argentinas busca los ecos del año que se fue.

Ahí, sentado con su soledad, uno o una se pregunta sobre los aciertos, errores y horrores, lo que se propuso y lo que logró. En la mayoría de los casos la distancia entre lo propuesto y lo que conseguimos no se mide con cinco dedos. Además uno o una descubre que el catálogo de errores se engrosa año a año y que las viejas metidas de pata tienen una vitalidad sorprendente.

Este amanuense tiene su propio balance, mientras mira el mar y lee de vez en cuando. En el 2005 no escribí los poemas que quería, ni la novela que tenía planeada, ni el cuento ya listo en mi cabeza; no dejé de desear la mujer de mi prójimo, ni las sin prójimo; no pude con el orden, ese tirano que no me doblega a pesar de sus intentos, y por lo tanto perdí algunos libros, no encontré innumerables papeles que sí encontré pasada ya la ocasión que los requería; no contesté los correos electrónicos de mis amigos/as con la premura que uno espera y a veces ni siquiera los contesté esperando tener mejor ocasión. No fui al gimnasio como me aconsejaron y me entretuve en levantar vasos y botellas. No viajé lo suficiente aunque las horas sentado frente a la computadora bien podrían equivaler a una vuelta al mundo. No me reconcilié con mis ex mujeres, ni con mis ex amigos, ni con mis ex abogados, menos con los y las imbéciles con los me crucé a lo largo de los días. No leí Shakespeare.

Tengo, debo confesarlo, dos viejas mochilas, compañeras fieles de tantos caminos, una es simbólica, es una vieja tara arenosa hasta hoy imposible de aventar. Padezco del síndrome de los diez minutos después. Siempre se me ocurren las cosas diez minutos más tarde. Y eso me pone mal. Muy mal. Porque, lo juro, soy capaz de decir frases geniales, ingeniosas, contestaciones impecables, acciones perfectas, pero todo a destiempo.

Soy un asicrónico, lo peor es que por apenas diez minutos, lo que lo vuelve torturante porque uno puede evocar la situación que apenas se está disolviendo y ver cuál era la mejor manera de hincarle el diente y sacarle todo el jugo que había que sacarle. La realidad para mí sería fantástica si ese instante se repitiera diez minutos después, si uno pudiera vivir el instante dos veces, si la realidad fuese una cadena de segmentos cíclicos. Como Aquiles no alcanzaré la tortuga y en diez minutos me arrepentiré de esta columna.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...