martes, septiembre 26, 2006

SABORES GRIEGOS


Hablábamos días atrás de los sabores, de los gustos y la capacidad que tienen para adentrarse y condicionar nuestras elecciones gastronómicas cuando esos sabores están asociados a determinados vericuetos del pasado. Ahora es tiempo de sentarnos a la mesa de la literatura.

Si hacemos un recorrido histórico, en el comienzo está el mito y ya sabemos que en los mitos la delicadeza no es lo que más abunda entre héroes, dioses y personajes fantásticos. La teogonía griega tiene un comienzo brutal; Cronos, el dios del tiempo reinaba en el Olimpo y para evitar perder su reinado devoraba a sus hijos. Sé que este inventario culinario no empieza de la mejor manera, pero qué quiere...

Como consuelo, es sabido que hay diversas lecturas de los mitos, una de ellas sugiere leerlos en un sentido figurado y así uno puede identificarse con Cronos cuando nuestros hijos o hijas llegan con un papel del colegio y uno lo mira y dice “qué bueno, estás aprendiendo números binarios (01010101)”. Y el o la adolescente contesta: “no, papá, esas son las notas del primer trimestre”. Es en ese momento cuando uno se siente Cronos y en sentido metafórico se “comería” al hijo o hija en cuestión.

Dejemos estos devaneos y sigamos avanzando, como es de esperar los sabores griegos aparecen en sus dos grandes monumentos épicos: la “Ilíada” y la “Odisea”. Los ejemplos son innumerables, rescato uno de la “Ilíada” relacionado con los sacrificios de animales como ofrendas para los dioses. “A las víctimas degollaron y descuartizaron; y cortaron los muslos que cubrieron con grasa y otros pedazos de carne que el anciano puso en el fuego rociados con vino muy negro; los jóvenes pusieron muchos asadores y después de quemados los muslos comieron las entrañas y cortaron el resto en pedazos y los espetaron hasta quedar asados”(canto I).

Generalmente los animales destinados para el sacrificio eran vacunos, estos no formaban parte de la comida cotidiana de los griegos; sí, ovejas y cabras. Al final en el mismo poema, Aquiles agasaja a su enemigo troyano Príamo con “una oveja muy blanca degolló y una vez desollada por sus compañeros, la partieron en trozos que fueron clavando en espiches, los asaron y Automedonte repartió en cestas el pan y el héroe Aquiles los trozos de carne”(canto XXIV).

En la “Odisea” los feacios festejan a Odiseo y su grupo con “doce ovejas, ocho cerdos blancos y dos bueyes” que son asados y regados con abundante vino. Recordemos que en la antigua Grecia el vino siempre se tomaba con agua, nunca puro.

Los griegos al igual que los romanos eran muy devotos de los banquetes, de reunirse en torno a una buena mesa. Cuenta Aristóteles que las comidas en común tuvieron su origen en Italia y desde allí la costumbre se expandió. Eran tan apreciados los convites entre los helenos que no tuvieron mejor idea que erigir en la Acrópolis de Atenas un templo a Eructeón, que honraba los eructos con que se finalizaba una buena comilona.

Y hablando de comilona, termino aquí, ante el irresistible aroma de las empanadas salteñas, esta columna.

martes, septiembre 19, 2006

SABOR Y MEMORIA

La memoria es un territorio misterioso e inesperado. Un lugar de la aventura, una perinola (¿se seguirá usando?) de sensaciones que giran ante la situación más trivial. La memoria que va siempre acollarada de la imaginación—esa “loca de la casa” como la llamaban en la Edad Media--, nos transporta, nos envuelve, nos hace anclar en un tiempo paralelo al actual.

Por qué tanto caracoleo, se preguntarán los lectores o lectoras; y debo contestar porque la memoria es laberíntica y por uno de sus pasillos abiertos por el sabor del dulce de batata desemboqué en la infancia y en las letras.

El sentido del gusto, la memoria, la imaginación transformados todos ellos en literatura. A la manera de Marcel Proust al degustar la famosa magdalena en “En busca del tiempo perdido”. Pero antes de avanzar por los senderos de la ficción y de los sabores, hablaré de mí, si se me permite la petulancia.

A lo largo de cuatro décadas uno cambia y vaya si lo hace. Cambian nuestras ideas, nuestros gustos, nuestra visión de la realidad; cambiamos pero hay pequeñas reverberaciones que se mantienen constantes. Una de ellas es en mi caso el sabor del dulce de batata. Cuando esa pasta semisólida inunda la boca más que ir al estómago desemboca en el tiempo, un tiempo de infancia y de escuela, de mesones verdes y rondas y juegos entre los pinos junto a una taza de leche, de historias que aparecían por primera vez en mis oídos. Y así, andando los años me he convertido en un experto en este dulce, los he probado todos con la esperanza de que alguno se aproximara al que provocaba aquellas sensaciones en la infancia, pero no lo he encontrado.

Seguramente usted, lectora, lectora evocará a medida que se desliza por esta columna diferentes comidas, postres, dulces que dispararán su imaginación y memoria a lugares recónditos y sumergidos, a tiempos idos, a personas queridas; estos sabores—les guste o no a los científicos—forman parte ya de nuestra genética.

Quién no recuerda el olor penetrante y único de la cascarilla (¿existe todavía?); o del arroz con leche o de la fécula de maíz espolvoreada con chocolate. Todos estos platos o infusiones están asociados a infancia y juegos interminables con amigos y primos.

Hay una ceremonia culinaria que el tiempo ha interrumpido. En los veranos de mi larga (algunos sostienen que todavía sigue) adolescencia el rito era comer, por lo menos una vez, el inigualable pastel de choclo de la tía Carmen, un verdadero regalo para la vista, la nariz y el paladar.

Hay un zapallo dulce y naranja, de cáscara rugosa que mi madre ponía en el horno de una cocina de leña marca “Volcán” en las noches de invierno e inundaba con su aroma cálido la habitación fría y que después comíamos con cuchara mientras escuchábamos algún radioteatro u hojeaba por enésima vez el único “Anteojito” que tenía.

Sabores algunos perdidos, recuperados y agigantados por el recuerdo, otros persistentes y actualizados en ceremonias íntimas.

martes, septiembre 12, 2006

LITERATURA DE CORDEL


“Papá, ¿puedo jugar con este papel?, dale, mirá, está viejo, ya no sirve” y continúa con su avalancha de palabras para convencerme que le dé esa hoja que ella juzga ya en desuso por su estado. Claro, ella no sabe qué es una edición facsimilar (aquella que reproduce fielmente un texto, imágenes, etc.) pero le digo que parece vieja porque es una “fotocopia” de un texto antiguo.

Mi hija que no concibe la cotidianeidad sin la televisión o la computadora como entretenimiento, ignora que esas hojas “viejas” que contienen versos y pequeños cuentos en prosa fueron la entretención de miles de hombres, mujeres y niños durante siglos. Ignora que la literatura también fue espectáculo callejero, juego; y ante su pedido de usar esas páginas para jugar—aunque en otro sentido—las estaba devolviendo al origen.

Esas pequeñas hojas, dobladas en dos o en cuatro para formar cuatro y ocho páginas pertenecen a un producto editorial denominado literatura de cordel. “Esa hoja vieja”, como la calificó Irina es ni más ni menos que la reproducción del primer pliego suelto conservado: “Regimiento de príncipes” de Gómez Manrique publicado en Zamora en 1482. Entre los siglos XVI y XIX estos pliegos aumentan considerablemente las tiradas de imprenta a medida que se incrementa la población lectora.

La literatura de cordel recibe el nombre de la forma en que se exhibían los pliegos, ya que generalmente quien los vendía, los colgaba entre dos ramas de un árbol en las plazas o entre dos clavos en alguna fachada o pórtico o, en alguna esquina populosa de las ciudades o pequeños poblados.

Estas hojas trataban los temas más diversos, asuntos religiosos, históricos, de bandidos legendarios, historias domésticas, amorosas, satíricas. La actualidad estaba presente en estas páginas, sobre todo aquellos hechos que tenían cierta truculencia y que garantizaban buena aceptación por parte del público como crímenes resonantes, historias de aparecidos o escándalos sentimentales.

Y estos temas populares estaban relacionados con el tipo de público al que estaban dirigidos, un público humilde, que en muchos casos con trabajo y esfuerzo descifraban la letra romana luego de incontables recorridos. Generalmente estas láminas tenían grabados que ilustraban parte del texto y que facilitaban la comprensión, esto los tornaba ideales para ser utilizados como hoja de lectura para los niños.

Así la literatura de cordel se revela como la corriente escrita popular que circulaba paralela a la literatura culta y que generalmente estaba escrita por autores de los que apenas tenemos algunos nombres, como Brizuela, Bravo, Reinosa.

Es tradicional adjudicar a un ciego la venta de los pliegos; pero el ciego también brindaba su espectáculo de recitado o narración y dejaba así en los oyentes el deseo de proseguir o consumir nuevas historias que posteriormente vendía a los presentes. Con el tiempo esta figura se va perdiendo y es reemplazada por personas que se limitan simplemente a vender.

La literatura de cordel pasó a América y circuló hasta bien entrado el siglo XIX. La modernización extinguió este producto popular que conservó versos e historias en la calle, a la intemperie, por siglos, para goce de los lectores.

lunes, septiembre 11, 2006

COLUMNAS

A partir de este mes dejan de salir las columnas en La Mañana de Córdoba debido a la venta del diario al grupo empresario mendocino propietario del diario UNO.

martes, septiembre 05, 2006

RAFAEL BARRETT


“El espíritu sopla donde quiere” y quiso alguna vez el espíritu que elige a los elegidos, los singulares, a los que cobija y dota de un talento sin igual para todo lo que emprendan soplar sobre un hombre que tenía el don natural de la inteligencia y el don natural de que esa inteligencia se manifestara mediante la escritura.

Hubo un hecho que lo marca en su carácter y le permitirá conocer otra cara del mundo. Abelardo Castillo lo cuenta así: “A fines del siglo pasado (XIX), un aristócrata lo tildó de homosexual. Él le molió el lomo a latigazos en un teatro, ante todo Madrid, y exhibió un certificado médico sobre su impoluto esfínter. Se fue de España. Cuando llegó a América ya era el anarquista Rafael Barrett, el revolucionario Rafael Barrett, el escritor Rafael Barrett”.

A ese hecho que virará para siempre las vías de su existencia le sucederán otros, todos arrastrados por el torbellino de los conflictos. Ya en Argentina siguen las polémicas y los duelos. Marcha enviado por un diario argentino a Paraguay a cubrir la revolución liberal.

Participa activamente de la política paraguaya y ya a partir de 1907, en sus artículos periodísticos, Barrett desnuda la realidad social paraguaya con una clarividencia de ideas y de análisis que más de un siglo después siguen siendo fundamentales en el pensamiento ensayístico.

Es célebre aquel escrito de 1908, “Lo que son los yerbales paraguayos”, en el que denuncia la esclavitud que las empresas yerbateras someten a los trabajadores (“mensús”) en sus plantaciones. La respuesta de las empresas no tardan y Barrett se queda sin trabajo. Poco después marcha al exilio.

Sólo seis años estuvo en el país, los suficientes para sentirse plenamente paraguayo para siempre y para dejar una obra que lo consagra como uno de sus prosistas más importantes. La obra de Barrett, fragmentaria, dispersa en innumerables periódicos argentinos, paraguayos y uruguayos está al servicio de los más humildes y marca como en un plano imaginario varias sendas que la vida cultural y los hechos sociales y políticos en los años venideros seguirán.

Así lo reconoce Augusto Roa Bastos, el autor de “Yo, el supremo”: "En el Paraguay [...] sus escritos constituyen el hito inicial de una literatura como actividad distinta de la simple producción historiográfica, predominante hasta entonces. Los mejores narradores y poetas surgen a la sombra del denso pero casi invisible árbol barretiano; invisible pero actuante en el olvido que lo circunda y esfuma".

Borges no fue ajeno al deslumbramiento de las ideas y la prosa lacónica de Barrett “te pregunto si no conoces un gran escritor argentino, Rafael Barrett, espíritu libre y audaz. Con lágrimas en los ojos y de rodillas te ruego que cuando tengas un nacional o dos que gastar, vayas [...] a cualquier librería y le pidas al dependiente que te salga al encuentro un ejemplar de ‘Mirando la vida’ de este autor”

Rafael Barrett había nacido en 1876 en Torrelavega (Santander) y falleció en 1910 en un pueblo francés donde, desesperado, había ido en busca de cura para su tuberculosis.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...