miércoles, febrero 28, 2007

RELATOS Y JARDINES



Hay libros que inspiran jardines y hay jardines que inspiran libros. El ámbito del jardín se lleva de maravillas con la literatura. Quizás tengan en común los dos que son obra del capricho de sus autores; detrás de cada obra literaria o de cada jardín están también, indefectiblemente, las obsesiones, las manías, las taras de quien los construyó.

La literatura inmortaliza jardines, prueba de ello son muchos de los cuentos de ese texto multiforme y cifra de una civilización, como es “Las mil y una noches”; o quién no oyó hablar del “jardín de las hespérides”, aquel lugar mitológico de donde Heracles se llevó las manzanas de oro.

Pero volvamos al presente. Un jardín suele ser el refugio verde, el lugar de la calma y el reencuentro con la naturaleza; un espacio que lentamente en las ciudades, con su afán expansionista y vertical, se va reduciendo a entidades microscópicas.

El jardín como refugio, como territorio cerrado y autosuficiente, impermeable a los vendavales de la realidad aparece en una bellísima novela de Giorgio Bassani titulada “El jardín de los Finzi-Contini”. En ese sitio los Finzi-Contini pretenden negar la guerra, y las deportaciones, amparados en la seguridad de los muros del jardín de ensueño, confían en que la realidad no invadirá ese invicto territorio en el que los viejos descansan y los jóvenes juegan tenis. Pero la realidad se impone y arrastrará a todos ellos a las cámaras de gas; muchos años después, el protagonista recorre las ruinas del que fue el jardín más famoso de la ciudad de Ferrara.

Hay jardines que son un pequeño pedazo de un mundo que perdimos, un mundo que quedó en el tiempo o la distancia. En el jardín contemplado hay otros jardines cronotópicos. Julio Méndez mira desde una ventana de un piso prestado en pleno exilio madrileño un jardín por el que transitan hombres y mujeres. Ese jardín, es en realidad la suma de los jardines que el exiliado ha dejado en Chile. Ese jardín es el lugar de la ausencia, del balance, de los fracasos en la novela “El jardín de al lado” de José Donoso.

Un hombre lee una novela policial sentado frente a los ventanales que dan al jardín. El hombre que lee, lee a otro hombre que recorre el jardín que él ve. ¿Cuántos jardines hay? ¿el del libro, el de la realidad son o no el mismo? “Continuidad de los parques” tiene como escenario el jardín hecho escritura y la pregunta siempre vigente en Cortázar: ¿Cuáles son los límites de la realidad?

También un jardín puede tener la investidura de las pesadillas, de monstruos surgidos de la delirante imaginación de un hombre poderoso. Ese jardín existe y está en Bomarzo, cerca de Viterbo en Italia y lo construyó Pier Luigi Orsini. La magnificencia de este parque impactó a Mujica Láinez quien escribió “Bomarzo”, una de sus mejores novelas sobre el parque y la vida de este noble extravagante.

Recuerdo otros relatos que tienen como centro el jardín, pero como muestra ya está. El jardín, esa naturaleza domesticada, responde al viejo anhelo humano por reencontrar el paraíso.

lunes, febrero 26, 2007

Gracias ala generosidad de Paula, pueden encontrar un texto sobre casas en Kaputt del domingo, están invitados a darse una vueltita.

viernes, febrero 23, 2007

LOCUS AMOENUS


Hay temas o escenarios que son constantes a lo largo de una tradición artística. Desde la antigüedad hay determinados clichés fijos que una disciplina—desarrollada especialmente en el Imperio Romano-- llamada retórica (entendida como teoría de la composición literaria) codificó y propició en el cultivo de las letras.

A lo largo de los siglos hay una fórmula que ha tenido singular fortuna en la literatura y es la del “locus amoenus” (lugar ameno). Y este lugar ameno no debe confundirse con un estadio de fútbol ni con un hotel alojamiento, no, no es cualquier lugar. Es un sitio natural, con arroyos cristalinos, fuentes, flores, aves canoras, pasto, árboles. El “locus amoenus” puede ser un prado, un huerto y a veces un jardín. Es una construcción ideal, un ambiente perfecto que sirve de marco a muchas obras literarias.

En la tradición latina este tema es frecuentísimo, Virgilio lo abordó en las “Bucólicas”, libro de particular influencia en la tradición occidental y también está presente en muchos poemas de Teócrito y Horacio. La novela pastoril, un género de enorme difusión durante el Renacimiento, condensa como pocos el tema del lugar ameno, del sitio ideal, de una nostalgia por una edad dorada de los hombres.

Los personajes de este tipo de novela son pastores de singular belleza, siempre limpios y muy cultos que casi nunca cuidan su ganado debido a que están concentrados en componer versos o hablar sobre temas amorosos; mientras las ovejas pacen en prados que serían la envidia del mismísimo Benetton.

Cervantes no escapó a la fascinación por este género y compuso “La Galatea”, novela en la que cifraba sus esperanzas de prestigio literario. También en el Quijote hay episodios bucólicos como el de la pastora Marcela y Crisóstomo. En otro pasaje del libro, don Quijote le propone a Sancho que se conviertan en pastores, y así Cervantes lleva adelante su parodia del lenguaje y las costumbres pastoriles:“nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allá, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o de los limpios arroyuelos (...) Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas...”.

Es Garcilaso de la Vega el primer poeta pastoril de nuestro idioma. Célebre por sus églogas (composición poética caracterizada por una visión idealizada del campo) que muestran muy bien el “locus amoenus” en estos versos: “al pie de un alta haya, en la verdura,/ por donde un agua clara con sonido/ atravesaba el fresco y verde prado/...”.

El elogio de la vida retirada de las ciudades y dedicada, entre otras cosas, al cultivo de un huerto es el tema de un famoso poema de Fray Luis de León: “Del monte en la ladera/ por mi mano plantado tengo un huerto,/ que con la primavera/ de bella flor cubierto/...”.

Este pequeño caminar por algunos prados del “locos amoenus” muestra la transposición artística del lugar ideal que todos los humanos llevamos dentro y que hoy, algunos, pretenden encontrarlo por ejemplo, en la artificialidad de los barrios cerrados.

jueves, febrero 15, 2007

JARDINES


Un jardín es una especie de radiografía de sus hacedores. Vemos ahí las preferencias, las manías clasificatorias o las anarquías de quienes lo cultivan y lo cuidan. La disposición espacial de las plantas, las especies elegidas, el desarreglo y el cuidado con que sus responsables lo tratan. Eso, un jardín dice mucho de sus jardineros.

Un jardín es verdaderamente un microcosmos, un lugar diseñado para el placer, una manera de concebir la belleza. Están los jardines públicos, cuya lindura es impersonal; en cambio los de nuestras casas llevan, como hemos dicho, nuestras marcas. Habría que hacer una división porque no son los mismos nunca, hablo del jardín que da a la calle, el “público” y el más íntimo, el oculto a la mirada de los extraños, el del fondo. Para éste solemos reservar nuestras plantas y flores preferidas.

En ese oasis de trastienda pasamos gratos momentos de lectura, bajo la sombra de dos cerezos he disfrutado del mundo intemporal de los libros. También entre el perfume de las rosas o de los alhelíes he buscado una idea, una frase, una guía para poder encauzar un texto que había perdido el rumbo. Ese jardín también es el refugio de las crisis, el lugar que logra armar el rompecabezas cuando el mundo ya no tiene sentido. También es el rincón de los juegos con dos hadas traviesas que me convierten en gnomo.

Para muchos escritores el jardín propio ha sido el lugar de inspiración y de solaz, hay una anécdota sobre el escritor español Pío Baroja que una vez sentado en su jardín un vecino lo saludó y le dijo si estaba descansando, Baroja respondió que no, que estaba trabajando; tiempo después don Pío se hallaba en plena tarea de jardinero y el mismo vecino le aseguró: “veo que está trabajando”, y el escritor lo contradijo: “no, estoy descansando”.

Si dejamos las anécdotas y nos vamos a la historia, el jardín concebido casi como una obra de arte viene de Oriente. Una de las siete maravillas del mundo antiguo fueron los jardines colgantes de Babilonia regados por canales del río Éufrates (es hoy la región sur de Irak, lugar que poco tiene que ver con los jardines y mucho con el infierno). El mundo árabe tiene una larga tradición en la jardinería, fueron ellos los que importaron estos edenes artificiales a España y todavía es posible observar su diseño y magnificencia en la Alhambra granadina.

El jardín es un espacio prolífico en la literatura. Una síntesis de escritura y jardín la tenemos en esta frase de “El jardín de los senderos que se bifurcan” de Borges: "Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que eran un solo objeto".

En la Biblia, el jardín ocupa un lugar central, es el espacio en el que se desencadenará un drama que aún continúa: la expulsión de los hombres del paraíso. Con menos relevancia argumental, quizás, también hay jardines en el Corán.

miércoles, febrero 07, 2007

SEGUNDO

Hay gente que nace en el tiempo equivocado, que desde el vamos manifiesta un defasaje con la época que le toca vivir. Hoy eso se experimenta cada vez más debido a la vorágine a la que está sometido el presente. La vertiginosidad de los cambios provoca en muchos de nosotros eso: vértigo. Los que tenemos cuatro décadas venimos de un tiempo sosegado; ni qué hablar de aquellos nacidos en la primera mitad del siglo XX, han visto pasar todos los cambios, tantos que el contexto en el que fueron jóvenes parece más propio de la prehistoria que de la edad contemporánea.

Se llamaba Segundo, como el gaucho Don Segundo Sombra, que inmortalizara Ricardo Güiraldes en su novela. Y como el personaje literario, él fue el arquetipo del gaucho, uno de sus epígonos, quizás el último de una raza especial que conocí. Su época, estoy seguro, fue el siglo XIX, la inmensa llanura pampeana, el caballo, las faenas del campo, el mate largo junto al fogón y el lento abanicarse del tiempo.
A contrapelo, cabalgando contra el viento del progreso, vivió en ese contraste que se fue acentuando con los años. Despreció el tiempo de la modernidad, ignoró el reloj y la velocidad de las horas medidas y organizadas en que dividimos nuestros días. Podía llegar de visita a las dos o tres de la mañana y aguardar que los dueños de casa se levantaran y así matear y charlar hasta el amanecer. Cuando salía de su casa tardaba horas, semanas o meses en volver. No conoció el apuro, seguramente no oyó ni siquiera mencionar la palabra “estrés”. Cultivaba la paciencia, esa que los orientales proclaman y que él la había adquirido en su contacto con la tierra, sus animales y sus tareas. Trenzaba lazos, maneas, bozales con parsimonia y maestría, y lograba—como los viejos hechiceros—entretener al tiempo y manearlo.

Cabalgó varias provincias, llevó animales en arreos propios de su fantasía desde Choele Choel a Mendoza. Por puro gusto, se iba a visitar a los amigos a caballo en travesías de quinientos kilómetros que duraban más de tres meses, y que le permitían adentrarse en la inmensidad del monte y frecuentar la soledad, los parajes inhóspitos y el silencio. Sí, tenía obsesión por el silencio; varias veces lo oí lamentarse de los ruidos de los pueblos y de las ciudades, lo trabajoso que era para él poder dormir.

Era flaco y alto a semejanza de un chañar desgarbado, tenía patillas al estilo Facundo Quiroga, un bigote infaltable suavizaba su cara ajetreada por los soles. Usaba gorra o sombrero, un eterno pañuelo al cuello, camisa y bombacha. Hablaba lento, con voz suave y un tono carraspero; se sonreía casi siempre. Armaba cigarrillos con lentitud de ajedrecista. Como hombre habituado a los soliloquios le gustaba entretejer historias no siempre verosímiles.

Hace unas horas me enteré que el viejo resero había dejado ya de cabalgar. Se apeó en Puerto Madryn. Imagino que ahora sus huesos cabalgarán en esa otra inmensidad tan azul; pero también tan llena de soledad y silencio.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...