miércoles, junio 20, 2007

Ciudad/campo

La tensión entre ciudad y campo, dos formas de vida diferentes se remonta a varios siglos, y si bien esa puja lentamente ha ido inclinándose a favor de la ciudad, siempre se mantuvieron esos dos polos como antagónicos. En la literatura hispana hay ejemplos ilustres, como la fábula incluida en Libro de buen amor entre el ratón de Monferrando (el campo) y el de Guadalajara (la ciudad). También aquella famosa obra de Fray Antonio de Guevara, “Menosprecio de corte y alabanza de aldea” (1539), en la que se pone de manifiesto los contrastes entre la vida cortesana, con todas sus perdiciones y la vida natural que Guevara idealiza; y “El villano en su rincón” de Lope de Vega, su protagonista no puede adaptarse a la vida en la corte y añora su villa y su libertad. Como vemos en la literatura clásica española es el campo el poseedor de virtudes que inculca al hombre y es la ciudad la que lo corrompe.

Todo eso cambia con el Romanticismo, y para nombrar sólo una obra fundante de nuestra literatura, el Facundo” de Sarmiento invierte los términos, la ciudad es la civilización y el campo la barbarie. En contraposición Martín Fierro” achacará a la ciudad y su política, las desgracias del campo. Pero la tensión todavía continuaba.

Decíamos en la columna anterior que es a nuestra época la que le corresponde el raro privilegio de ser quien provoca la agonía de la cultura más vieja de la humanidad, la cultura campesina. No es que el campo desaparezca, sino que los usos de la ciudad invaden el campo y lo trastocan, lentamente van minando esa cosmogonía. Son las prácticas campesinas las que se van borrando y se cambian, de la mano de la tecnología, por determinas prácticas ciudadanas.

Cada vez menos nos encontramos con un habitar campesino. La mayoría de los pobladores de la campiña han optado por irse a la ciudad (o abrigan ese deseo) y vienen desde allí a explotarlo. Además hay cada vez menos prácticas específicas del campo y tienden a uniformarse con las de la ciudad. Por ejemplo, manejar un arado tirado por bueyes o caballos requería de habilidades especiales, hoy manejar un tractor es casi muy similar a un automóvil, prototipo de la vida citadina.

También la vieja sabiduría de leer en la naturaleza los avatares del tiempo, se cambia hoy por sofisticados pronósticos al alcance del celular o de internet. Los oficios o determinadas tradiciones manuales se pierden con nuestros padres o abuelos. La mayoría no estamos interesados en continuar con esas costumbres; ya nadie faena cerdos ni hace chorizos, ni amasa pan, es más cómodo comprarlos en el supermercado.

El campo comienza a ser un lugar de excursión, un sitio extraño al que se va de visita. Y lentamente un mundo se va adelgazando, despidiéndose en silencio y con él se pierde una parte central de la historia del hombre. No hay regreso posible salvo el de la memoria y la nostalgia. Estas líneas también quieren retener—en homenaje a mis mayores—parte de una vida familiar que se disipa como estas nieblas otoñales.

miércoles, junio 13, 2007

CHACARERO

Vivimos en la cultura de las grandes urbes. En el centro de esta vida, que algunos llaman posmoderna, está la ciudad como condensación de todas las virtudes, el terreno ideal para el capitalismo que más que una forma económica es una forma hoy casi excluyente de vida. Es que el mercado centra toda su artillería en las ciudades, es allí donde se concentran los clientes, a los que se busca seducir y crearles necesidades. Parece ser que existir plenamente significa vivir en grandes metrópolis no importa a qué costo; mientras que pertenecer a un pueblo es, por estas latitudes, sinónimo de retraso y de cierta conmiseración.

Asistimos a los estertores de la cultura campesina, una cultura que es casi tan vieja como la humanidad, que resistió a todos los avatares de la historia, desde reyes o emperadores, a diferentes sistemas sociales y económicos; pero no pudo resistir a los andamiajes e intereses de nuestra época. La forma de vida agraria, con sus modos de pensamiento, usos y costumbres va entrando lentamente en el escenario del pasado.

Pertenezco a la cultura campesina. Mi genealogía familiar se hunde en el socavón de la historia amasada de tierra y agua, de trigo y maíz, de tomates y uvas, de caballos, de bueyes, de arados de madera y luego de metal, de pasto recién cortado, de parvas, de canales, de tormentas de granizo, de sudor, sobre todo del mucho sudor y de pobreza.

Soy, junto con muchos de mis coetáneos, de los primeros que rompimos una tradición de cientos o miles de años, de no trabajar la tierra. Fue la generación de mis padres quienes pudieron dar el salto del campo a la ciudad, salto traumático, provocado más que por el convencimiento, por las asfixiantes condiciones socioeconómicas. Sin embargo siempre conservaron un lazo que los unía al mundo rural, un modo de pensar y de actuar propio de la mentalidad campesina, junto con la conservación de determinadas tradiciones y tareas. El trabajo rudo y físico era una línea de continuación entre esos dos ámbitos y también la certeza de que si querían podían reinsertarse nuevamente en el mundo campesino.

Mis amarras con el mundo rural están definitivamente cortadas. Carezco de la más mínima habilidad para ejecutar cualquier tarea que por generaciones mi familia ha venido realizando.

Los libros han marcado mi vida, sin embargo a medida que se acrecientan los años no me he sentido ni un erudito, ni intelectual, ni... sino una especie de chacarero letrado, un campesino instruido, alguien un poco extraviado en ese espacio de las letras. Como si de ese mundo definitivamente perdido me llegasen armonías y ecos que resuenan en mis genes y provocan cierta incomodidad, la sensación de que uno es un impostor, un intruso en esos sitios.

El placer de escribir o leer durante horas a veces se ve empañado por la idea de que no es plenamente trabajo ya que éste, en el mundo de donde vengo, es trabajo físico. Incómodo en uno, desterrado del otro, me revuelvo girando en la zozobra.

miércoles, junio 06, 2007

EL ESTANCIERO


La denominada "generación del 80" tuvo una importancia central en la constitución de cierta imagen de la literatura argentina. La literatura legitimada por una clase que sentía que allí también se estaba construyendo una nación.

Esa línea de escritores que viene desde Mansilla, pasa por Cané, Wilde, Lucio V. López y con menos pretensiones sigue por Güiraldes, Borges, culmina en Mujica Láinez y Bioy Casares.

Bioy es el epígono de esa genealogía; es alguien que ocupa un sitio casi incómodo, no en cuanto a su figura de escritor, sino en cuanto a la temática que un escritor de su clase debe abordar. Imposibilitado de escribir sobre el campo, o desechadas las primeras novelas sobre las peripecias de lo social; lo fantástico fue la solución estética que Bioy halló para sortear ese dilema.

Es en sus textos íntimos donde el escritor de clase alta reaparece. En su libro de "Memorias", editado hace unos años, Bioy se explaya a sus anchas sobre los temas habituales de esa genealogía de escritores de la clase patricia argentina: el campo, los viajes, los libros y agrega con insistencia a las mujeres. La foto de tapa de su libro es la imagen no del intelectual, sino la del estanciero típico, con campera, bombachas y montado en su caballo.

Según Daniel Martino, quien se encarga de la edición de los papeles póstumos de Bioy, su diario llega a unas 20.000 páginas. En esas memorias aparece el Bioy cuya capacidad de percepción asombra, cuya inteligencia parece por momentos extravagante; pero también asoma ese Bioy que enuncia desde una posición de escritor su pertenencia a la alta burguesía porteña. Esas marcas suelen verse en algunos pasajes, por ejemplo las observaciones sobre los partidos políticos: "El argentino, al votar, puede elegir entre peronistas o radicales, vale decir entre la catástrofe o la desilusión”.

Llamativo es el pasaje de su diario donde es testigo involuntario de un fusilamiento por parte de un grupo de tareas del Proceso. ¿Cómo contar este hecho terrible que sucede a metros? Bioy elige la distancia, cierta asepsia "...Las cápsulas caían a mi alrededor. Pensé que en esas ocasiones lo más prudente era tirarse cuerpo a tierra; empecé a hacerlo, pero sentí que el momento para eso no había llegado, que con mi cintura frágil quién sabe qué me pasaría si tenía que levantarme apurado y que iba a ensuciarme la ropa; me incorporé, cambié de vereda y caminé apresuradamente..." Obsérvese que la elegancia se sobrepone al peligro, la actitud de dando prevalece sobre el peligro.

Lo que después hace es comparar todo lo vivido con el cine, en el fondo el fusilamiento se parece a una película, eso tan extraño no pasa en la vida de la gente bien. Ser espectador lo pone a uno a salvo de lo que pasa con algunas películas siniestras de la realidad: “Mientras lo vi, me conmovió menos que los (espectáculos) del cine; pero me dejó más triste".

En los diarios de Bioy la impronta de clase y sus preferencias ideológicas son evidentes y esto lo hermana con esa larga genealogía de escritores patricios amantes del chisme y la fina ironía.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...