domingo, agosto 24, 2014

ANAGNÓRISIS





“La vida imita al arte”, seguramente habrás escuchado o leído estas palabras muchas veces. Y hay situaciones vitales que corroboran que la trillada frase se cumple para bien o para mal. El hecho ocurrido esta semana que revela la identidad del nieto de la titular de las Abuelas de Plaza de Mayo también puede suscribirse a esta frase, en este caso habría que ajustarla y decir que “la vida imita a la literatura”. Porque lo que sucedió fue un descubrimiento, una revelación, un reconocimiento de una identidad que permanecía oculta. Y esto es propio de un procedimiento que los griegos denominaron “anagnórisis”. Esta palabra aparece en la “Poética” de Aristóteles y le sirve para caracterizar el instante en que la ignorancia da paso al conocimiento.

Si bien Aristóteles distingue varios tipos de anagnórisis (la que se produce por señales, por revelaciones del poeta o narrador, la que origina el recuerdo, la que se da mediante el razonamiento y la que surge de las acciones mismas) no nos vamos a detener en ellas; sí recorreremos algunos ejemplos ilustres de este procedimiento. Los más evidentes surgen en la tragedia griega (sobre ella teorizó el estagirita). Uno de los momentos más sublimes de la literatura universal es la anagnórisis de Edipo en la tragedia de Sófocles cuando se entera que ha matado a su padre y se ha casado con su madre: SERVIDOR.- Por compasión, oh señor, pensando que se lo llevaría a otra tierra de donde él era. Y éste lo salvó para los peores males. Pues si eres tú, en verdad, quien él asegura, sábete que has nacido con funesto destino. EDIPO.- ¡Ay, ay! Todo se cumple con certeza. ¡Oh luz del día, que te vea ahora por última vez! ¡Yo que he resultado nacido de los que no debía, teniendo relaciones con los que no podía y habiendo dado muerte a quienes no tenía que hacerlo!

Seguramente recordarás, esta vez con final feliz, el descubrimiento de Odiseo que vuelve a su hogar luego de diez años por parte de su esposa Penélope y de su padre Laertes. Un autor muy amante de la anagnórisis fue Cervantes, en muchas de sus Novelas Ejemplares usa este procedimiento. En “La Gitanilla” y “La Española inglesa”, por ejemplo, hay casos de anagnórisis cuando los padres descubren la verdadera identidad de estas mujeres que resultan ser sus hijas. Este recurso también lo utilizó profusamente Lope en su teatro. Tanto Cervantes como Lope la utilizan en situaciones finales y generalmente para lograr un final dichoso.

Viene a mi memoria el caso del romance tradicional que hasta no hace mucho tiempo la cantaban las niñas en sus juegos: Estaba la Catalina/sentada bajo un laurel/gozando la frescura/de las aguas al caer./ De pronto pasó un soldado/ y lo hizo detener./ - Deténgase usted soldado/que una pregunta le quiero hacer.” Ella le pregunta por su marido y le dice cómo es, luego de comentarle qué hará en caso de que él no vuelva de la guerra, sobreviene la anagnórisis: Calla, calla, Catalina./Calla, calla de una vez,/que estás hablando con tu marido/ que no has sabido reconocer”. También en los cuentos tradicionales se da el reconocimiento-descubrimiento-revelación, basta pensar en historias como las de Cenicienta, Blancanieves e incluso Caperucita Roja.

El romanticismo y su exacerbación de los sentimientos utilizó mucho este procedimiento en el teatro y la novela; de esta herencia proviene el uso y abuso que hace la telenovela de la anagnórisis, ejemplo de ello ha sido recientemente la exitosa “Avenida Brasil”.

Anagnórisis con final feliz, así podría caracterizarse desde la técnica literaria la situación vivida el martes por Estela de Carlotto. Quizá por eso nos haya embargado tanta emoción debido a que un trozo de nuestra maltrecha realidad cotidiana se parecía a esos finales de novelas o de películas que nos hace mejores como seres humanos.

lunes, agosto 18, 2014

PÍCAROS IV



Y un día el espíritu del viejo Lazarillo salmantino y su progenie, después de recorrer siglos y leguas, se aposentó por nuestras tierras de la mano de uno de los grandes narradores de fin del siglo XIX y comienzos del XX, Roberto J. Payró. En 1906 publica El casamiento de Laucha”, una novela corta que me atrevo a afirmar (vaya osadía) que quizá sea la única novela picaresca de la literatura argentina; e inmediatamente al escribir esto ya me pongo reparos porque pienso en “Casi perro del hambre”, de Graciela Montes, obra injustamente encasillada como infantil-juvenil.


Pero volvamos a la novelita de Payró.  Es indudable que tiene muchos puntos de contacto con la picaresca española. Su protagonista es presentado de esta manera por el narrador: “El nombre de Laucha---apodo y no apellido---le sentaba a las mil maravillas. Era pequeñito, delgado, receloso, móvil; la boca parecía un hociquillo orlado de poco y rígido bigote; los ojos negros, como cuentas de azabache, algo saltones, sin blanco casi, añadían a la semejanza, completada por la cara angostita, la frente fugitiva y estrecha, el cabello descolorido, arratonado...”. Después le cede la voz al personaje quien se encargará de la narración completa de su historia. A diferencia de otros pícaros, Laucha ya es grande, además no nos contará su vida hasta el momento, sino un episodio que lo pinta de cuerpo entero, su casamiento con la viuda dueña de la pulpería. Es un pícaro criollo, nos adentra en el mundo rural de los pequeños pueblos bonaerenses y se mantiene alejado de las grandes ciudades. Esto le sirve a Payró para pintar usos y costumbres de esos lugares y sus personajes. Su autor lo calificó como “un hombre de presa [que] es nuestro enemigo en todos los campos y en todas las clases, y hay que combatirlo sin descanso, pintándolo con pelos y señales”. Este hombre—continúa Payró—“no es necesariamente antipático […] y muchas veces resulta más atrayente y simpático que los inofensivos y aún que los benefactores”.


Laucha es un pícaro, un hijo del desengaño que concibe la vida como una compulsa entre vivos y zonzos, y que no duda en engañar y despojar de todo a una pobre mujer. Un verdadero canalla guiado por el egoísmo en busca de satisfacer sus propios deseos y gustos. Por sus páginas desfila la sociedad argentina de fines del XIX, con sus gringos emprendedores, sus curas de rapiña, sus comisarios coimeros y el pícaro como sinónimo de la “viveza criolla”. Toda esa materia artística tamizada por el humor y la ironía que la vuelve inmensamente atractiva.

Hay otras dos obras de Payró que contienen elementos de la picaresca, Pago Chico”
con su galería de personajes inolvidables, entre los que destacan el escribano Ferreira, el comisario Barraba del lado de los “vivos”; y del lado de los “zonzos”, Viera, el periodista, y Silvestre. En Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira”,  el humor da paso a la ironía, y la crítica llega ahora a los estratos más altos de la sociedad y de la política; ya que Mauricio Gómez Herrera asciende guido por la ambición a diputado nacional. Sin embargo, ni este personaje ni el escribano Ferreira de “Pago Chico” pueden considerarse pícaros, aunque hagan picardías, en el fondo son dos cínicos que saben moverse en ese mundo de corrupción para su propio beneficio, representan una clase que abundaba en la sociedad conservadora finisecular.

Noventa y un años después de “El Casamiento de Laucha” se publica “Aventuras y desventuras de Casiperro del Hambre”, el gran homenaje que Graciela Montes le brinda a la picaresca, y especialmente al Lazarillo y a los cervantinos Cipión y Berganza, los personajes principales de “El coloquio de los perros”. La piedra que arrojó a las aguas de la literatura hace cuatroscientos sesenta años “El Lazarillo de Tormes” llega con sus ondas a las costas de nuestra literatura contemporánea.


lunes, agosto 04, 2014

PÍCAROS III



Después de Cervantes y de Quevedo la picaresca comienza un largo declive en suelo español, tendremos que encontrarnos siglos después con reescrituras del género; pero ya sabemos que toda reescritura implica un nuevo estado de cosas. Pero volvamos al mil seiscientos, para rescatar algunos pícaros, aunque ya un tanto disminuidos artísticamente.
Sorpresivo es encontrarse en 1605 con una mujer pícara en un texto denominado “La pícara Justina”, ambientado en Italia, que cuenta las aventuras de una muchacha que se mueve libremente en el  mundo de la delincuencia y de la prostitución. El servicio a los diferentes amos es un servicio debido solamente a su condición sexual. La pícara utiliza la astucia de mujer y su belleza para embaucar a los incautos e inexpertos. La obra no tiene una intención satírica, es lisa y llanamente un retrato descarnado y sarcástico de la vida humana. Su mayor valor literario tiene que ver con el uso de los diferentes registros coloquiales que aparecen en el texto, lo que nos pone en estrecho contacto con la lengua hablada de su tiempo.
Con nombre tan rimbombante, don Cleofás Pérez Zambullo, un estudiante que
encuentra al diablo prisionero de un brujo y lo libera, tenemos un pícaro protagonista de la novela “El diablo cojuelo”; pero en ella asistimos a la desintegración de un género. Estamos lejos ya del realismo revolucionario de “El Lazarillo de Tormes”, ya que es el diablo quien lo guía en su recorrido por el lado oscuro de la vida. Destaca el humor constante al observar el lado ridículo de la gente y de las cosas.
Siempre se especuló qué hubiese pasado si la corona española accedía al pedido de Cervantes para pasar a tierras americanas, quizás no tendríamos a Rinconete y Cortadillo, o quizás sí, recorriendo las calles, empleados de esparteros, de México o de Lima. Hubo algunos de los pícaros que pasaron a las Indias, como lo hizo el Guzmán de Alfarache buscando mejor fortuna; inclusive su autor Mateo Alemán ya viejo, viene a nuestras tierras.
En 1816 se recopila la primera novela latinoamericana que aparecía por entregas. Su protagonista es Pedro Sarniento, un pícaro netamente mestizo nacido de la pluma del mejicano José Joaquín Fernández de Lizardi y cuyo título es “El Periquillo Sarniento”. Ya desde el apodo del protagonista estamos ante una novela picaresca. “Tenía cuando fui a la escuela una chaquetilla verde y pantalón amarillo. Estos colores y el llamarme mi maestro algunas veces por cariño Pedrillo, facilitaron a mis amigos mi mal nombre, que fue Periquillo; pero me faltaba un adjetivo que me distinguiera de otro Perico que había entre nosotros, y este adjetivo o apellido no tardé en lograrlo. Contraje una enfermedad de sarna, y apenas lo advirtieron, cuando acordándose de mi legítimo apellido me encajaron el retumbante título de Sarniento; y heme aquí ya conocido no sólo en la escuela ni de muchacho, sino ya hombre y en todas partes, por Periquillo Sarniento”
Es, como indica la tradición, un relato en primera persona, el Periquillo no es un vividor, es un hombre débil de carácter que se ve arrastrado por las lacras de un sistema social; las desgracias que le ocurren se debe a su falta de raciocinio y virtud. En un juego que aparece el autor como editor, lo que narra la novela son las notas autobiográficas que Sarmiento deja en unos cuadernos para que lo lean sus hijos y quiere prevenirlos de que el vicio y la falta de conocimientos no conducen más que a la desventura.
La conciencia moral, la responsabilidad social, la sátira están presentes en el primer pícaro americano.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...