miércoles, noviembre 02, 2016

CÁRCELES



“Tu risa me hace libre/me pone alas/ soledades me quita/cárcel me arranca”, versos que vienen a mi memoria cuando inmediatamente pienso en los escritores y las cárceles. Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, la padeció y la parte final de su obra poética fue escrita en las cárceles del franquismo que terminaron con su vida. Es evidente que la obra poética de Hernández sufre un cambio estético importante ante esa experiencia central.
      Las cárceles han sido un lugar inevitable de muchos escritores y escritoras en diferentes regiones del planeta. En la mayoría de los casos provocada por poderes intolerantes. En la actualidad el PEN Club registra alrededor de quinientos escritores que están privados de su libertad en diferentes partes del mundo.
      Te propongo hacer un recorrido por aquellos/as escritores/as para quienes la cárcel ha sido una experiencia singular que marcó su vida e influyó en su obra. Seguro que vienen a tu memoria casos emblemáticos del nazismo como los del escritor italiano Primo Levi y el del recientemente desaparecido Jorge Semprún.
      Primo Levi fue uno de los veinte judíos italianos que se salvaron en el campo de Auschwitz. Gran parte de su obra literaria tiene que ver con esa experiencia de diez meses en ese campo de concentración. “Si esto es un hombre” es el testimonio desgarrado de esa pesadilla diaria. Le siguieron muchas obras más, pero siempre el tema que vertebra a todas ellas es la guerra y el horror que los hombres les causan a otros hombres. En Levi la escritura además de ser un ejercicio de memoria, es también una herramienta de supervivencia.
      Semprún recrea una y otra vez su experiencia de detenido en el campo de Buchenwald. Hace unos días y en un discurso en su homenaje Henry-Lévy sintetizaba la obra de este español que peleó siempre por la libertad: “La literatura, su literatura, puestas en el torno de la imposible tarea de transmitir lo intransmisible de la deshumanización en Buchenwald”. Reescritura interminable de un pasado que nunca se decide a pasar y que gracias a la textualidad abre una ventana hacia adelante y permite una reafirmación de la vida.
      “El archipiélago Gulag” fue un libro emblemático en la década del 70. En él se cuentan las atrocidades vividas en los “campos correccionales” del régimen soviético por Alexander Solyenitzin. Ocho años de trabajos forzados por criticar en cartas privadas a Stalin. Una vez cumplida la condena, fue exiliado de por vida en Kazakistán. En ese largo exilio nacieron la mayoría de sus obras literarias que le valieron el Premio Nobel en 1970. Luego vino su exilio en Estados Unidos y posteriormente, ya en el final de su vida, la vuelta a Rusia. Solyenitzin como escritor sería impensable sin estas peripecias dramáticas que atravesaron su existencia.
      “De los nombres de Cristo” es una obra maestra de estilo. Todos los ejemplos de cómo utilizar la retórica en castellano se encuentran allí. Dicen que fue escrita en las cárceles poco gratas de la inquisición, entre 1572 y 1574, años en los que Fray Luis de León pasó allí confinado.
      La experiencia de la cárcel nos ha dejado estos testimonios y hay muchos más; algunos hablan que “El Quijote” se gestó en una de las entradas a prisión de Cervantes. Como quiera que sea, la vivencia carcelaria se manifiesta como un hecho fuerte que ha dado buenos frutos en la literatura.

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