miércoles, noviembre 26, 2003

MISERIAS Y VILLANÍAS
Se puede ser un canalla y al mismo tiempo un gran artista; una mala persona con un gran talento para el arte. A mucha gente les cuesta entender, les cuesta creer que aquella persona capaz de crear belleza estética en cualquier disciplina artística no sea el reflejo de lo que creó. Hay ejemplos innumerables en la pintura (Picasso golpeando a sus innumerables mujeres), en la música (Wagner y su visceral racismo) y también en la literatura.
Estas líneas surgen luego de la lectura de algunos aspectos biográficos de Lois Ferdinand Celine. Este médico francés fue un feroz antisemita, simpatizante de Hitler, que luego de la guerra tuvo que exiliarse en el norte de Europa y pudo volver a Francia casi al final de su vida.
Los escritos antisemitas de Celine son terribles, dignos de un fanático del odio; sin embargo "Viaje al fin de la noche" es una novela insoslayable en la historia de la literatura francesa del siglo XX, y por qué no en la historia literaria mundial. Esa densa y fascinante novela salva a Celine para la literatura y deja en un lugar muy secundario la catadura moral del hombre que la escribió.
Otro francés, Francois Villon, delincuente, salteador de caminos, convicto por homicidio, se salvó de la horca gracias a la intervención de sus amigos, ese hombre es uno de los mayores poetas de Francia.
Hace unos años un escritor austríaco de quien he olvidado el nombre fue condenado por asesinato, cumplió su condena y ahora está nuevamente sospechado de otro homicidio, aunque él insiste en su inocencia.
El martes 29 de enero fue ejecutado en California Stephen Wayne Anderson, un asesino convicto que se convirtió durante los años de cárcel en un poeta y dramaturgo de éxito.
Los ejemplos anteriores son casos extremos; pero hay situaciones generadas por escritores que se las podría calificar de incómodas. Es el caso de Lewis Carroll, el creador de "Alicia en el país de las maravillas", un clásico de la literatura infantil. Las últimas investigaciones revelan que Carroll tenía "debilidad" por fotografiar niñas desnudas y que esa afición le trajo varios inconvenientes en la pacata sociedad victoriana de la época.
Se han publicado los diarios íntimos de Bioy Casares, el autor de "La invención de Morel". Interesa subrayar sólo un aspecto: en muchas de las conversaciones de Bioy con Borges, uno no puede hacer otra cosa más que indignarse. Borges es cruel e hipócrita con la mayoría de sus colegas contemporáneos, descubrimos un Borges chismoso y burlesco. Con razón uno entiende por qué los escritores de su tiempo no le tenían mucha estima. A esto también debemos agregar sus declaraciones políticas, entre ellas sus loas a Videla y a las autoridades del Proceso.
El talento artístico no tiene moral, entendida ésta como un conjunto de normas marcadas por las sociedades en diferentes épocas. La moral es patrimonio de los hombres en sociedad; la obra artística en muchísimos casos redime a su creador y oculta sus miserias

martes, noviembre 18, 2003

HUGO Y DIOS

Los escritores son pequeños dioses para sus obras, son sus artífices; y echan a andar al mundo una serie de personajes que viven en los lectores a veces con más nitidez que algunas personas de carne y hueso.
Pequeños dioses. Sus creaciones terminan eclipsadas, olvidadas por la figura de su creador; o bien sucede que de un dios de pacotilla surgen mundos espléndidos.
Hubo un escritor que en su tiempo fue dios, a la manera del dios cristiano: único y excluyente. Dios se llamó Víctor Hugo.
Abarcó todos los géneros literarios de su tiempo, escribió poesía, teatro, novelas, ensayos, artículos periodísticos, y actualmente se está revalorizando su obra pictórica, que en muchos casos presenta una verdadera innovación en la composición y en las técnicas. Dominó todo el firmamento literario de Francia durante más de 50 años.
Además Hugo se creía dios, creía que el artista tenía un don especial, y que por él hablaba ese espíritu universal que alentaba en el mundo. El poeta era una especie de mediador para comunicar ese espíritu al resto de los hombres.
El movimiento romántico francés sería algo muy distinto sin Hugo. Desde aquella lejana fecha del estreno de Hernani, la obra teatral que rompió los moldes clásicos en nombre de la estética romántica, y que generó una verdadera trifulca en el teatro entre clasicistas y románticos.
Dos términos caracterizaron a ese torrente verbal: libertad y vitalismo. Libertad en lo político, defensor de las libertades individuales, del sufragio universal, enemigo de dictadores, pagó con 19 años de destierro la defensa de sus convicciones. Libertad en lo artístico, rompió las reglas del teatro clásico, en sus novelas incorporó todos los géneros, también renovó la poesía en lo temático y en lo formal.
Vitalismo, qué otra cosa es quien a los 74 años se da el lujo de exclamar "apenas comienzo mi carrera". Un escritor que no dejó un solo hueco de la sociedad por llenar; la revolución industrial, la nueva burguesía, el proletariado urbano, los ideales de libertad, la democracia.
La influencia de Víctor Hugo en su época fue enorme; en nuestro continente es imposible pensar el modernismo sin Hugo. En Martí fue no sólo un faro poético, sino también una guía política en ciertos momentos. Rubén Darío reconoció su deuda con el francés en varios poemas.
¿Qué queda de Víctor Hugo hoy? Sorprendentemente mucho. "Los Miserables", esa novela en la que caben todos los géneros y que es histórica, social y en el fondo plantea el tema de la libertad y del destino, sigue atrayendo lectores pese a las casi 1000 páginas y ha sido adaptada para diversos espectáculos.
"Nuestra señora de París", ese fresco medieval sorprendente por la erudición y la pintura de época, escrita en un estilo en el que abundan las metáforas y las imágenes grandiosas. Quasimodo es hoy un personaje popular entre los niños por la versión de Disney.
Francia ha celebrado los doscientos años de su nacimiento, ocurrido el 26 de febrero de 1802. Como los dioses, Hugo nos advierte, de vez en cuando, que siempre está.

jueves, noviembre 13, 2003

PENA SÍ, OLVIDO NO

Hace seis años que seguimos teniendo penas, pero no olvido. Un 29 de enero se fue Osvaldo Soriano, a los 54 años de la mano de un cáncer de pulmón que supo conseguir. Con él desaparece el último escritor best seller de la literatura argentina; un narrador nato que le gustaba contar historias ya sea en el periodismo o en la literatura, aunque en el caso de Soriano esos límites son muy difusos.
Hijo de un inspector de Obras Sanitarias, llevó una vida nómade antes de recalar en Buenos Aires. Soriano siempre habló con especial cariño de Cipolletti y del Alto Valle, porque en esta zona pasó varios años de su juventud.
Muchos de sus relatos transcurren ya en Neuquén, en Allen, en Barda del Medio. La mayoría de ellos están relacionados con una de las grandes pasiones de Soriano, el fútbol. De esas historias recato dos en las que se puede apreciar su maestría narrativa: "Gallardo Pérez, referí" y "El penal más largo del mundo".
Alguna vez tuve la dicha de hablar algunas noches con Soriano cuya conversación jamás tocaba el aburrimiento, era un verdadero contador de historias siempre envuelto en el humo de sus constantes cigarros. Compartimos, dos aficciones y una frustración: el gusto por Laurel y Hardy (El gordo y el flaco), la lectura de Erskine Caldwell y esa novela desoladora "El camino del tabaco".
La frustración fue que ninguno de los dos como futbolistas pudo ganar nunca en Barda del Medio. Soriano se reía cuando yo le contaba las dificultades que pasé en la cancha de Obrero Dique y él confesaba que no podía creer que se haya seguido repitiendo la historia 20 años después. "Sabés que cuando yo les cuento esas cosas en Buenos Aires se ríen, no me creen que sean reales" me dijo una noche lleno de satisfacción por la coincidencia.
De esa anécdota guardo un preciado recuerdo. El ejemplar de "A sus plantas rendido un león", esa novela paródica sobre la izquierda, tiene una dedicatoria en la que destaca la imposibilidad mutua de ganar en Barda del Medio.
Osvaldo Soriano era una especie de "bicho raro" en la literatura argentina. Integrante de la bohemia periodística de finales de los sesenta y principios de los setenta fue uno de los escritores más exitosos de los últimos tiempos.
Entre sus influencias estaba Chandler y los narradores norteamericanos de la "generación perdida"; entre sus devociones Calvino y Bioy Casares.
. Escribió alrededor de once libros--entre los que destaco "Triste, solitario y final"-- e innumerables artículos diseminados por los diferentes diarios en los que actuó. En Italia, en Francia, gozaba de un prestigio que aquí los círculos académicos le negaron.
Escribía de noche hasta las ocho de la mañana, dormía hasta las cuatro de la tarde. Le fascinaba internet y las computadoras. Sentía devoción por los gatos, alimentaba a las arañas que se establecían cerca de su escritorio. Fanático de San Lorenzo. Dejó un puñado de historias tristes, de personajes fracasados que siempre se están moviendo buscando una salvación que nunca llega.

viernes, noviembre 07, 2003

LOS INQUILINOS

La morada de un escritor es su lengua, y esa morada suele ser la que se erige desde que uno abre los ojos al mundo: la lengua materna. Esta sí que es una expresión esclarecedora y extraña. La lengua madre que nos cría y nos alimenta y nos arrulla. Es raro pero casi no existe la lengua paterna; debe ser porque la lengua en que nacemos se nos figura un útero gigante y protector, en el cual nos movemos con cierta libertad.
Sin embargo hay escritores que han abandonado esa morada materna para ir a buscar nuevos cobijos, otras lenguas en las cuales decir aquello que ya no dicen en el idioma primigenio.
Las circunstancias del abandono son múltiples, en algunos casos traumáticas, en otros es el resultado de una larga y paciente decantación. La mayoría de estos escritores suelen ser políglotas, equilibristas de la expresión que van de una a otra lengua asumiendo el vértigo de una posible caída.
Joseph Conrad, el autor de "Lord Jim", era polaco, también hablaba ruso, francés e inglés. En esta lengua decidió escribir su obra luego de que la familia huyera de su país. Como todo inquilino de otra lengua, Conrad era extremadamente puntilloso con la normativa inglesa, e incluso con la pronunciación, a pesar de que él nunca perdió cierto acento eslavo.
Samuel Beckett, autor de "Esperando a Godot", es un desarraigado que se halla como en su propia casa con el inglés o el francés, siendo él irlandés. En muchas de sus obras no se sabe en qué idioma nacieron primero, si en francés o en inglés. Beckett mismo es el traductor de sus obras tanto a uno como a otro idioma .
Otro pez en el agua de las lenguas es el ruso Vladimir Nabokov. Además del ruso, escribió en francés varios relatos, y en inglés su obra más famosa: "Lolita". Mientras muchos exiliados se aferraron desesperadamente a su lengua materna o se sepultaron en el silencio, Nabokov "pasó sucesivamente de una lengua a otra como un turista millonario", según la apreciación de Steiner.
Hay casos especiales, como el de Kafka. De condición judía, nació en Praga y su familia pertenecía a la burguesía alta que hablaba alemán. Por tanto el checo, el yiddish y el alemán eran sus tres lenguas maternas.
En nuestro país, podemos citar el caso de Paul Groussac, un intelectual francés que fue director de la Biblioteca Nacional y que adoptó el español para escribir. Según Borges, Groussac es uno de los mejores prosistas de la lengua castellana.
Héctor Bianciotti un escritor argentino residente en Francia, ha dejado de escribir en español desde hace un tiempo, y ha adoptado el francés como su lengua literaria.
La lista de inquilinos de la lengua es amplia, hay más casos ilustres; pero todos han agregado al idioma en que escriben una resonancia especial, de visitantes ilustres, pero visitantes al fin.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...