lunes, febrero 23, 2004

TERTULIAS LITERARIAS
Tertulia literaria: "reunión de personas que se juntan habitualmente con la intención de conversar y leer". A la definición del diccionario convendría agregarle que las tertulias literarias pueden tener o no un organizador de las mismas que impone o propone temas. Generalmente estos círculos literarios se han desarrollado en los cafés, pero no son los reductos exclusivos de estas reuniones.
Las tertulias literarias tienen como antecedente a los salones literarios de la aristocracia letrada o de la alta burguesía en el siglo XVIII. Las tertulias tuvieron su apogeo al final del siglo XIX y las primeras cinco décadas del siglo XX.
En España el auge de esta forma especial de compartir la literatura se dio en las primeras cuatro décadas del siglo pasado. Las llamadas generación del 98, del 14 y del 27 fueron generaciones de contertulios. Desde Valle-Inclán, siguiendo por Azorín, Unamuno, Baroja, llegando a Juan Ramón Jiménez o a los hermanos Machado y García Lorca visitaron el Gato Negro, el Suizo, la Maisón Doré, el Castilla, el Colonial, el de la Iberia, el de la Montaña, o en el Levante, entre otros.
Tal era la fidelidad de los contertulios del 98 a estos encuentros que Ramón Gómez de la Serna contaba de su tocayo Ramón Valle-Inclán, respecto a su salud lo siguiente: "Pues ya ve usted. Del sanatorio al café y del café al sanatorio".
Las que más han perdurado en el recuerdo son aquellas que se organizaron en torno a famosos escritores como la que regenteaba Valle-Inclán en el "Ateneo" y en la "Flor y Nata" (dos de los muchos cafés que frecuentaba Don Ramón, se comenta que hasta allí llegaba su hijo a recordarle que lo esperaban en su casa a comer) o la del café de Pombo, cuyo sótano se hizo famoso con el nombre de "La Cripta de Pombo" debido a las reuniones que allí organizaba el inclasificable autor de las "greguerías",Ramón Gómez de la Serna, líder de la vanguardia madrileña .
En la bohemia madrileña Borges asiste a las tertulias literarias que preside el escritor Rafael Cansinos-Asséns, a quien va a considerar su maestro, admirando su vasta cultura universal, ya que por ejemplo dominaba once idiomas.
Es en esos círculos donde surge el Ultraísmo (palabra que inventó Cansinos) que fue un movimiento de vanguardia exaltador de la metáfora y al que Borges adhirió en su primera época de escritor.
En el Buenos Aires de principios del siglo XX quien era amo y señor de los cenáculos literarios era Rubén Darío. El poeta nicaragüense pasaba gran parte de sus noches en " La Helvética " , de San Martín y Corrientes; en los bares de "Monti", "Luzio" o en la cervecería "Auer's Keller". "Monti, Luzio y Aure's son templos./ Allí se excluyen las políticas, /se muestran líricos ejemplos, /vuelan las odas y las críticas". Esta es una estrofa de "Versos de Año Nuevo", que Darío escribió años más tarde.




La tertulia española debe mucho a don Ramón del Valle Inclán.

lunes, febrero 16, 2004

Cafés de Buenos Aires II
La calle Corrientes es sinónimo cultural de Buenos Aires. Por supuesto, en esta época de crisis nacional, nada es lo que era, y hoy Corrientes es un pálido reflejo de lo que alguna vez fue: "la calle que nunca duerme", como decían los tangueros.
En esta calle hubo una serie de cafés con mucha tradición, lamentablemente muchos cerraron y otros se reformaron para darle un aspecto más actual, aunque de dudoso gusto.
Éste es el caso del bar "La Paz", ubicado en Corrientes y Montevideo, verdadero símbolo de la década del 60' y comienzo de los 70'. El movimiento hippie vernáculo con sus ondas de amor y paz, y la idea de cambiar el mundo poblaron sus mesas durante más de diez años. A este café concurrían en esa época de efervescencia política y literaria David Viñas; Ricardo Piglia; Rodolfo Walsh y tantos otros.
Otro bar de estirpe un tanto más tanguera fue el "Domínguez", ya desaparecido, fue el primer café 24 horas de Buenos Aires, estuvo ubicado en Corrientes y Paraná. Muchos poetas del tango se dieron cita en este café, como Celedonio Flores; también Enrique Cadícamo era un cliente del lugar.
El "Café Japonés" debe su fama literaria a Roberto Arlt, quien lo extrajo del anonimato al incluirlo en su novela "Los siete locos". En sus mesas Erdosain mitigaba sus penas frente a una taza de café ante las miradas de cocheros y rufianes.
En la típica esquina tanguera de Corrientes y Esmeralda estuvo el "Bar de Rosendo". Éste fue un típico bar de periodistas y literatos, José S. Álvarez (Fray Mocho) junto a otro grupo de amigos gestaron en sus mesas la aparición de la revista "Caras y Caretas.
El café "Los Inmortales" estaba en Corrientes y Suipacha y se reunía la plana mayor de la bohemia literaria de comienzos del siglo XX. Anteriormente se llamaba "Café Brasil" pero gracias a la ocurrencia de Florencio Sánchez y Evaristo Carriego, quienes le otorgaron la nueva denominación, porque los clientes nunca comían, y por tal motivo, debían ser "inmortales"... También andaban por allí José Ingenieros y Horacio Quiroga.
El "Royal Keller" ubicado en Corrientes y Esmeralda da cobijo al grupo "martinfierrista". Allí se lee y se discute sobre las novedades literarias y las propias creaciones. También concurre, aunque mira de lejos a los nuevos literatos, Baldomero Fernández Moreno; otro habitué es Rega Molina que tiene buena acogida entre los nuevos poetas y prosistas.
La confitería "Richmond" sigue ubicada en Florida y Corrientes. Desde siempre, supo ser un café literario; frecuentaban el lugar Horacio Quiroga, Héctor Blomberg y A. Gerchunoff. Luego el sitio fue ocupado por los poetas de la vanguardia como Borges, Evar Méndez, Oliverio Girondo, Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes, González Tuñón, Marechal.
Aquí termina este imaginario recorrido por algunos cafés de Buenos Aires, ámbitos donde la amistad, las ideas, el amor, las letras, la música tuvieron su escenario y escenografía precisa, todo ello envuelto en el aroma penetrante del café.

Café "Los inmortales", en la década del '10.


lunes, febrero 09, 2004

Cafés de Buenos Aires I
"Sobre tus mesas que nunca preguntan/ lloré una tarde el primer desengaño..." Estos versos de Discépolo condensan el sentir del hombre de la ciudad, y sobre todo de Buenos Aires. El café ocupaba un espacio vital en la cotidianeidad de la gente.
El tango ha vanagloriado al café porque su filosofía concuerda en mucho con la filosofía cafetera. "Cafetín de Buenos Aires" es una buena síntesis del maridaje entre estos locales y el hombre ciudadano.
Los tradicionales negocios de café han sido, y algunos todavía lo son, muy importantes en muchas ciudades de Argentina. Aquí sólo entraremos un momento a aquellos cafés en donde algún literato ha compartido su taza con las musas.
En Brasil y Defensa, frente al Parque Lezama se encuentra el café "Británico". Fue fundado en 1928 y desde ese momento permanece abierto y con muy pocas reformas. Cuando Ernesto Sábato escribía su novela más famosa, "Sobre héroes y tumbas", que transcurre en parte en el Lezama, venía frecuentemente al café y algunos aseguran que casi toda la novela la escribió en una de sus mesas.
En Callao y Rivadavia estuvo hasta 1997, el señorial café y confitería "El Molino" cuyo edificio aún hoy, pese al deterioro, causa asombro. Leopoldo Lugones concurría a beber los copetines que se preparaban en ese lugar. "Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino", escribió Oliverio Girondo, quien fuera otro de sus asiduos concurrentes. También allí Roberto Arlt, un incansable visitante de cafés, escribió parte de sus "Aguafuertes Porteñas".
El café cultural por excelencia de Buenos Aires es el "Tortoni", sentado en una de sus mesas puede uno admirar la majestuosidad de su decoración, los innumerables cuadros de pintores famosos, clientes del lugar, las plaquetas con las mesas preferidas por los escritores. El "Tortoni" es además un símbolo de la Avenida de Mayo, ya que abrió sus puertas en 1893, cuando esta tradicional arteria recién se inauguraba.
En 1926 se fundó la "Peña del Tortoni", un lugar de encuentro entre literatos, músicos y artistas plásticos, que contribuyó a darle fama al lugar. Por esa peña pasaron Roberto Arlt, cuando no, Raúl Scalabrini Ortiz, Conrado Nalé Roxlo, Leopoldo Marechal; Raúl González Tunón, Baldomero Fernández Moreno y Alfonsina Storni, para escándalo de la época que no podía concebir que una mujer estuviera hasta tan tarde en un café rodeada de hombres. Borges no concurría a la peña pero siempre que andaba por el café pedía una Indian Tonic Cunnington.
Muchos intelectuales hispánicos de paso por nuestro país fueron clientes del lugar. Algunos de los que saborearon su exquisito café fueron el filósofo Ortega y Gasset, célebre por aquella frase "argentinos, a las cosas"; Ramón del Valle Inclán, el autor de "Tirano Banderas"; el poeta y dramaturgo Federico García Lorca y don Miguel de Unamuno.
La lista de cafés literarios es extensa, pero hoy dejamos acá. En estos días fríos, este amanuense opina que no hay nada mejor que un exquisito café y un buen libro, a ellos voy.

El interior del café Tortoni en Avda. de Mayo.

miércoles, febrero 04, 2004

LOS CAFÉS EUROPEOS
La prisa del mundo cotidiano ha terminado con una costumbre entrañable, la rueda del café, en esos locales en los que el mundo exterior apenas existía. El arte y la literatura en general en los dos últimos siglos se han gestado y desarrollado envueltos en el exquisito aroma de un café.
Siempre los artistas tuvieron su punto de reunión en donde el tiempo hacía un recodo y uno departía con los amigos, colegas de temas tan disímiles como estrafalarios. También se perdió en el tiempo las tertulias en las que determinados grupos se reunían para hablar, en este caso específico de literatura, muchas veces guiados por una figura que coordinaba y concitaba la atención del resto de los contertulios.
El café es un ámbito de comunicación de persona a persona, un lugar real en el que nos movemos, a pesar de todas las urticarias que presenta la palabra "real". Hoy la moda es el cibercafé, pero internet en el fondo es una distracción de solitarios, o un encuentro en un no lugar.
En Europa aún se conservan locales que guardan las voces de ilustres hombres y mujeres que ayudaron a cimentar la fama de estos locales en diferentes países.
El primer café de la historia nació en Venecia el 29 de diciembre de 1729, su dueño, Floriano Francesconi lo instaló en la plaza de San Marcos. Ése es el lugar del mítico "Caffé Florian", con sus elegantes salones que aún hoy se conservan y tomar un café allí es estar sentado, quizá en la mesa en la que alguna vez se sentaron Lord Byron, el poeta romántico inglés; Marcel Proust, autor de la saga "En busca del tiempo perdido" o el novelista Charles Dickens.
Un inmigrante griego inaugura en Roma el "Caffé Greco" en 1760, desde ese momento se convirtió en el favorito de los literatos y músicos locales y extranjeros. El poeta Keats y el escritor alemán Goethe, autor del "Fausto" protagonizaron en sus mesas y reflejaron en sus grandes espejos acaloradas discusiones literarias. A la luz de sus veladores de mármol Wagner esbozó muchas de sus partituras.
Para muchos el existencialismo francés nació en el barrio parisino de Saint Germain des Prés, y acotando más los espacios, en el venerado "Café de Flore". Allí Simonne de Beauvoir y Jean Paul Sartre tenían su tertulia. Este café, centro de peregrinación de todos los sartreanos, sigue conservando mezclado con el aroma del café y el humo del tabaco, también el aroma filosófico que la pareja le impregnó por años.
Si hay un café símbolo en Madrid ése es el "Gijón", fundado a finales del siglo XIX.. Camilo José Cela, el autor de "La familia de Pascual Duarte" era un habitué del lugar, otros autores que establecieron sus tertulias en sus mesas señoriales fueron el poeta Gerardo Diego, el dramaturgo Antonio Buero Vallejo y todavía hoy anda por allí el escritor Antonio Gala. Para muchos el "Gijón" es el último sobreviviente de una larga tradición de cafés literarios madrileños.

domingo, febrero 01, 2004

¿QUÉ ES?
"Manifesto antiguo que conserva huellas de una escritura anterior que fue borrada para poder escribir en él otro texto". Ésta es una de las definiciones de palimpsesto. Estas líneas pretenden contestar una pregunta repetida sobre el título de la columna.
Un poco de historia. La operación denominada palimpsesto surge por necesidad; en la antigüedad todo soporte para escribir era escaso y preciado, así las tablillas, los papiros, los pergaminos, los primeros papeles. Había que ahorrarlos, entonces ante la necesidad de dejar por escrito algo y no contar con más material para hacerlo se decidía borrar la escritura que se juzgaba menos importante en ese momento y realizar la nueva.
Pero los materiales con los que se hacía la escritura y los soportes donde ella se volcaba no eran fáciles de borrar, como resultado siempre quedaba una huella de lo borrado en los trazos presentes. Con la llegada masiva del papel y de la imprenta los palimpsestos ya no tenían razón de ser.
Un palimpsesto comprende como mínimo dos escrituras sobre una misma superficie; además es una actividad si se quiere imperfecta, porque en la escritura más reciente se puede percibir los restos de la anterior. Todo palimpsesto es un híbrido. Muestra simultáneamente dos tiempos, dos voces que pueden ser muy diferentes. Muestra la tensión entre lo actual y lo que ha ido quedando atrás pero que siempre vuelve a resurgir.
Gérard Genette, el crítico francés, escribió todo un libro con este título. Para él, un palimpsesto es todo texto que muestra los ecos de uno anterior. La repetición puede tener diversas formas: imitación, prolongación, transformación y varias categorías más.
Toda escritura por más personal que sea, es siempre el eco de otras voces. La originalidad es un concepto borroso y limitado; en un sentido estricto nadie es ya original, es impensable después de tantos siglos de escritura.
Uno escribe con el idioma que otros forjaron, con el estilo que se ha ido amasando a través de los años. La tradición es la jaula en la que buscamos alguna brizna de originalidad.
Uno escribe luchando para lograr un pálido acercamiento a los escritores que amamos, uno escribe contra el estilo hipnótico de ciertos escritores, estilo del que se huye como la peste para no perecer en él.
Uno es la suma de sus lecturas, las lecturas directas y las otras, las que leyeron los que leemos. Leemos la poesía oriental cuando leemos a Octavio Paz; leemos a los nórdicos cuando leemos a Borges, a Platón en San Agustín, a Japón en Ishiguro, a Arlt en Onetti, a Kafka en Buzatti. La lista no tiene fin.
Esta columna que pretende simplemente ser un eco de voces de la literatura, un anecdotario que ilumina en algo a los autores de los libros que nos deslumbraron, está construida de retazos, de citas, de glosas, de otros que escriben y que este amanuense intenta traducir.
Un palimpsesto donde lo importante son las huellas que otros dejaron en la superficie del texto que ahora estás leyendo.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...