lunes, diciembre 26, 2005

FÚTBOL Y LITERATURA


“Qué aburrimiento los domingos, ahora que se termina el campeonato”, oí que le dijo un adolescente a otro minutos antes que el equipo del colegio del maestro Isaac Newell saliera campeón. Se sabe, la pasión por el fútbol de los argentinos es famosa en el mundo. Y es por eso que este juego tiene una fuerte densidad temática en nuestra literatura.

“Perturbación o afecto desordenado del ánimo.// Inclinación o preferencia muy vivas de alguien, en este caso por un equipo de fútbol.// Apetito o afición vehemente a algo.// Acción de padecer.” Estas acepciones de la palabra pasión pintan por completo el mundo sentimental del hincha de fútbol. La fiesta y el drama forman parte esencial de ese sentimiento. El éxtasis y la locura, risa y llanto por igual. Tenían razón los griegos cuando decían que quien era ganado por la pasión era alguien fuera de sí, era otro; y lo justificaban con el argumento que un dios se había apoderado por un momento de su persona.

No es el propósito de este amanuense adentrarse en los vericuetos de la sociología y la psicología del hincha. Simplemente recordar que es legendaria nuestra pasión por este juego como legendario es su origen en nuestras tierras.

Dicen los estudiosos que el primer partido de fútbol jugado en nuestro país fue el 20 de junio de 1867 en el aristocrático Buenos Aires Cricket Club. El partido fue ocho contra ocho ya que algunos hombres se negaron a ponerse los cortos debido a la intimidatoria presencia de las damas.

El fútbol tuvo un origen “cajetilla”, vino de Inglaterra exportado por los empleados de las innumerables empresas británicas que funcionaban en el país. Los ingleses no sólo trajeron sus empresas, también llegaron sus colegios y su educación. Argentina a la luz de esta época dependía y copiaba fielmente a Inglaterra. Según Osvaldo Bayer, el autor de “La Patagonia rebelde”, hasta la gomina se traía de las islas británicas.

Es en los selectos colegios ingleses donde los jóvenes practican deporte, entre ellos el fútbol, junto a las demás disciplinas académicas. Los gobernantes argentinos, siempre a la zaga de los ingleses, adoptan en 1889 la práctica de deportes en las escuelas públicas. Lentamente se estaba dando el paso de un deporte de clase alta a un deporte popular, aunque todavía deberá pasar mucho tiempo.

Es en la lengua donde el origen inglés del juego se ve con claridad, aunque con algunos cambios un tanto inexplicables en la fonética de los argentinos. Muchos hinchas insultan al “linema” (lineman) por un “orsai”(off side) mal cobrado; o recuerdan a la madre del “refer” (referee) por una expulsión, reclaman “corner” para una pelota que debe patearse desde la esquina del campo o bien un “ful”(fault) al delantero.

En sus comienzos el inicio del partido estaba dado por una ceremonia; quien iba a mover el balón preguntaba “¿All ready?” y los contrarios respondían “¡Yes!”. Cuando los argentinos se apropian del juego siguen con la ceremonia, aunque ahora sus palabras carecen de sentido ya que preguntaban “¿Aurrieri?” y los contrarios respondían “¡Diez!”.

Como se ve cada pueblo resignifica las influencias.

lunes, diciembre 19, 2005

CUENTO DE NAVIDAD

A Irina y Mileva
El sol resquebraja la tierra y el viento caliente enrojece la piel demasiado blanca de la muchacha que camina desde la casa, todavía sin terminar, con dos grandes moldes con pan recién amasado.
Carolina Powraniezky mira el horizonte más allá del canal y de los cultivos y ve montes y más montes; el sol le hace doler la cara y hoy las lágrimas son porfiadas. No entiende cómo puede haber una navidad sin frío, sin nieve; no entiende cómo sus padres y sus tíos andan tan alborotados con los preparativos de la cena de nochebuena sin pensar en la casa vieja, en su perro y en sus primos a los que no ve desde hace diez meses y cinco días, porque ella cuenta los días desde que salieron de Wlodawa.

A pesar del campo que se pone verde, a pesar del hambre mansamente desterrado, a pesar de la cercanía de muchos paisanos, a pesar de sus quince años, Carolina llora a escondidas.

Añora los trigales, los campos dorados de su infancia, el aire suave, el sonido de los acordeones en las fiestas del pueblo. Recuerda—y le parece ya una eternidad—el sonido de la guerra, la partida de su hermano Pedro al frente de batalla, el hambre, los cultivos destruidos, y después la pobreza, la inmensa pobreza y un barco hacia el país de los sueños.

Debajo de una pequeña ramada, Carolina riega la tierra ahora que el sol se oculta tras el cerro y el aroma de los pichanales, las chilcas se hace más intenso y se confunde con el del pan recién horneado y el de la carne asada. Se irrita con las moscas y maldice el calor en su lengua, porque la otra sigue siendo rebelde, y no quiere hablarla, se resiste.

No disfruta, han venido varios paisanos de chacras vecinas, todos cantan y el vodka va y viene a pesar del calor, suena un acordeón, bailan polcas, brindan por la navidad, se divierten. Ella muda, absorta, se encierra en su pieza, llora, y con la candidez de sus cortos años se le ocurre una idea.

Sentada en la cama, con los paquetes de algodón que le sacó a su madre, arma pelotitas, pequeños capullos que va acumulando hasta cubrir de blanco el piso de la habitación. Cuando abre la puerta su madre la sorprende en plena tarea, le recriminan la acción, también su comportamiento durante la fiesta; su padre amaga castigarla con el cinto, finalmente la dejan.

Se apaga el sol de noche, todo está a oscuras, con los ojos llorosos y una rabia acumulada por meses enteros, Carolina patea los cientos de capullos que se levantan por el aire e invaden su habitación. Se queda parada viendo el espectáculo, hay algo raro en el aire, un capullo le roza la nariz, está frío. Otro le enfría su brazo, luego otro en su frente. Nieva. Nieva en la habitación de Carolina Powraniezky y ella gira con los brazos abiertos atrayendo los trocitos de escarcha que le blanquean la cabeza.

Arropada y sonriente, Carolina duerme, es su primer sueño feliz en América.

martes, diciembre 13, 2005

BÉCQUER


Es junio en Sevilla y es la siesta. Sevilla que es flores y sol, sobre todo un sol que estalla sobre nuestras cabezas y el aire tiene el peso del plomo fundido. Huyo del centro y busco refugio en el Parque María Luisa, mientras me compadezco de los pobres caballos que uncidos a los coches esperan por turistas para un recorrido seguramente ya hecho hábito. En este parque, el frescor del agua y el pasto y la variedad de árboles crea un microclima más soportable. Caminando por el bosque llego a la avenida Bécquer, que en realidad es una calle interna del parque y apenas transitada por bicicletas y landós.

Inmediatamente pienso en el poeta sevillano y me pregunto si la gloria póstuma sirve de algo; sobre todo cuando se ha tenido una vida tan miserable y desdichada. En efecto, Gustavo Adolfo Domínguez, que luego utilizaría el segundo nombre de su padre, nació aquí en 1836. Quedó huérfano a los 9 años, y fue en la casa de su madrina, quien lo recogió, que el niño leyó a los clásicos, los románticos franceses, ingleses y alemanes. Ya adolescente trabajó en un taller de pintura y comenzó a hacer versos, algunos fueron publicados por periódicos de vida corta. En ese tiempo junto a su hermano Valeriano, pintor, y un grupo de amigos soñaban con la gloria literaria. En el horizonte aparece Madrid.

Madrid es La Meca, el lugar donde los periódicos tiran miles de ejemplares, donde cada poema se paga oro y la fama es posible. Sin embargo la realidad se encargará muy pronto de mostrar sus bazas. Él, que imaginaba la gloria en breve tiempo tiene que contentarse con pequeñas colaboraciones que no le dejan más que para un día de cama y comida. Gracias a los oficios de un amigo sevillano consigue un empleo en una oficina estatal, pero lo echan al poco tiempo ya que su jefe descubre que sus cajones están repletos de poemas.

Es en esta época que deambula por diferentes pensiones que lo reciben a cambio de prestar algún servicio, a veces duerme en los bancos de las plazas. El invierno en Madrid es duro y esa vida y su fragilidad física desembocan en la tuberculosis. En uno de sus paseos de convaleciente ve en un balcón a una muchacha llamada Julia Espí, hija de un conocido compositor. Bécquer se enamora perdidamente y comienza a escribirle poemas. Ella no los leerá nunca, ni tampoco sabrá de los sentimientos del poeta.

Pasan unos años, Bécquer comienza a escribir artículos en los periódicos, publica algunas leyendas, se casa con Casta Esteban con la que tiene dos hijos. Parece que por fin la vida lo premia. Sin embargo entra en su periodo más negro. Descubre la infidelidad de su mujer, se separa. Casta muere trágicamente en un incendio. Bécquer se abandona. Vuelve a deambular de pensión en pensión, hasta que un invierno de 1870 la tuberculosis termina con su vida.

Un año después sus amigos publican sus poemas con el título de “Rimas”. Ese libro es hoy uno de los de mayor fama de la poesía española.

martes, diciembre 06, 2005

MARIANI

Caro( como usted me llamaba en sus cartas) Mariani.

Esta es la carta que no llegué a enviarle. Estas líneas son --si usted lo quiere—la expiación culposa de cierta ingratitud, ésa que me llevó siempre a posponer para más adelante cierto proyecto en común de incorporarlo como personaje de esta columna, debido a la vana creencia que tenemos los mortales de que el tiempo es largo y la vida también.

Ahora, aquí, en esta madrugada extrañamente fría y ventosa de noviembre recorro desde la memoria aquellos recodos en que nuestras vidas se tocaron. Me ayuda, a modo de secreto homenaje, el sonido del saxo de Coleman Hawkins acariciando las notas de “Red roses for a blue lady”; eso sí, la ceremonia no es completa porque con el fernet y el cigarrillo no lo acompaño.

La primera carta, bah, en realidad fue un correo electrónico, lo recibí a mediados de octubre de 2002, en ese texto me informaba sobre el propósito de enviarme “una cartita y una revistita que hacemos a pulmón...” Después sí, llegó la primera carta, se sucederán otras, siempre en el mismo tipo de sobre blanco de 15 x 20 con un papel pegado que ocultaba el membrete del Banco Nación y siempre con la misma extrañeza tipográfica: la sustitución de la conjunción “y” por la “i” latina.

Con esa carta recibí dos revistas de poesía enmarcadas bajo el título general de “De culo al barro”, un verdadero título marianesco, y “La kafkarria” que acababa de salir. Tiempo después recibiría “Coco rayado”. En todas ellas hay una antología rigurosa de poemas y una selección de grandes autores y también los poetas locales. A Kafka, Pound, Bierce, Bukowski, Cesaire, y tantos más se les unían Isidro Mecio, Andrés Cursaro, Miguel Sabatini, Sergio Pángaro, Pablo Ohde, Bárbara Visnevetsky y el propio mariani.

Ahora que releo sus cartas escritas a máquina cuya cinta da testimonio fiel del paso del tiempo, ya que las últimas son fotocopias muy difusas; en ese conjunto, digo, veo algunas constantes. Observo que nunca me llamó por mi nombre, siempre fui caro o camarada Tkaczek; sus persisitentes digresiones que llevaban a varias notas al pie para aclarar, los subrayados, los entrecomillados. El permanente rescate de autores que no estaban u ocupaban un lugar marginal en el sistema literario y su lucha contra ese sistema. La devoción por Kafka y por Chandler. La pasión por la literatura, el jazz, el fernet y los cigarrillos. Su gratitud con estas columnas a las que dedicó comentarios y sugerencias siempre tenidas en cuenta. La reticencia a hablar de un pasado personal que lo fue convirtiendo en casi una leyenda.

Caro mariani, no nos vimos nunca y sin embargo lo estimaba y mucho. La literatura suele obrar estos milagros. Ahora, gracias a esta foto, conozco su imagen ya congelada definitivamente y puedo imaginarlo sentado frente a la máquina de escribir en aquella última carta tipeando “Chau, amigo, hasta la próxima”.

No hubo otra, amigo. Concluyo aquí, camarada mariani, con la esperanza ( y no soy muy original) de que estas líneas no le hubiesen disgustado.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...