martes, abril 25, 2006

BIBLIOCLASTIA



Confieso que la frase me ha parecido una verdadera síntesis del tema, me refiero a la citada ya en la columna anterior y que pertenece al poeta romántico alemán Heinrich Heine: “Allí donde queman libros acaban quemando hombres”.

La biblioclastia es la purificación mediante la destrucción de libros que se consideran nocivos. Todos los biblioclastas son, en el fondo, fanáticos apocalípticos. La historia está llena de ejemplos. Se dice que en la antigüedad Platón quemó los libros del filósofo de los átomos, Demócrito. A fines del siglo XIX se creó en Estados Unidos “La Sociedad de Nueva York para la eliminación del vicio” regenteada por un fanático religioso llamado Anthony Constock, quien quemó junto a sus seguidores durante años más de cien mil kilos de libros y revistas.

En la contemporaneidad la destrucción de libros tiene que ver no tanto con lo religioso sino con lo político. En la Francia revolucionaria son destruidos y desaparecen miles de libros en nombre del progreso. Lo mismo sucede en la España republicana donde, producto de un odio atávico la historia se invierte, son saqueados iglesias y conventos y entregados al fuego miles de libros y documentos eclesiásticos.

Las guerras brutales del siglo XX contribuyeron a la destrucción de más de un centenar de millones de ejemplares en las bibliotecas de Inglaterra, de Alemania, Francia y el resto de Europa. Los comunistas arrasaron con innumerables bibliotecas en los países del Este, paralelamente con la caída de estos regímenes en muchos de estos lugares, como en Rumania, se eliminaron miles de volúmenes de la universidad estatal.

Hay también ejemplos ilustres en la ficción y por suerte más inofensivos aunque tenebrosos. Ray Bradbury escribió una novela de ciencia ficción llamada “Fahrenheit 451”, en ella leer está prohibido y paradójicamente son los bomberos los encargados de confiscar y eliminar los libros mediante el fuego. Al fuego van a parar los libros de caballerías de la biblioteca del Alonso Quijano, libros acusados por el cura, el barbero, su sobrina y su ama de llaves de haberlo vuelto loco, de convertirlo en Don Quijote. La biblioteca del capitán Nemo, el protagonista de la novela de Julio Verne “20.000 leguas de viaje submarino” corre la misma suerte y se pierden en ella los misteriosos tratados filosóficos.

Y hay ejemplos cercanos y dolorosos. Innumerables fueron los ejemplares destruidos por la última dictadura militar. Innumerables las bibliotecas populares, estatales, privadas que vieron cómo se perdían para siempre ediciones irrecuperables. El 26 de junio de 1978, en un baldío de Sarandí, se quemaron por orden de un juez de la dictadura más de medio millón de libros y fascículos del Centro Editor de América Latina, uno de los proyectos culturales más importantes gestados en nuestro país.

Todavía muchos amigos y amigas, colegas, refieren, a veces con lágrimas, la autodestrucción obligada de parte de sus bibliotecas durante la última dictadura. Muchos libros amados terminaron quemados, aunque la mayoría de quienes me han contado su triste experiencia optaron por devolverlos a la tierra. Enterrados en baldíos, jardines, chacras, esos libros son una especie de cementerio del espíritu.

martes, abril 18, 2006

BIBLIOCAUSTO

Decíamos en una columna pretérita que es tan fuerte la carga simbólica y los lazos que unen el “saber” de un pueblo, es decir su tradición, con su pretendida identidad, que no ha sido accidental que en las largas luchas de los pueblos por la hegemonía de unos sobre otros, a la masacre haya seguido la destrucción de su tradición, representada por la biblioteca y también, claro está, por los libros.

"Allí donde queman libros acaban quemando hombres” dijo alguna vez Heinrich Heine. La historia le ha dado plenamente la razón. Desde la Inquisición y sus famosos index, un catálogo de libros prohibidos que convertían a sus poseedores en alimento de las llamas o en un peregrinaje de torturas, hasta hoy la destrucción de libros ha ido de la mano de la destrucción de vidas humanas.

Un ejemplo del poder y el fanatismo lo tenemos en el siglo XV con la censura del libro “De confessione”, del teólogo Pedro Martínez de Osma, quien es condenado a muerte. Como explica el estudioso Fernando Báez, “el libro fue paseado por las calles, escupido y luego se quemó, no sin que esta acción fuese precedida por una bula de excomunión”. Los libros de caballerías también sufrieron la censura eclesiástica y ésa fue una de las razones por las que en América hay muy pocos testimonios sobre este tipo de novela.

Por la misma época el ejército de Carlos V conquista Roma y los soldados no tienen mejor idea para combatir el frío que utilizar como combustible los libros de las bibliotecas saqueadas. El mismo fuego arde avivado por el fanatismo del otro lado del océano, gracias al primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, el primero de una larga lista de fanáticos que nos privaron del conocimiento profundo de las civilizaciones prehispánicas.

Las dictaduras latinoamericanas usaron el mismo principio para arrestar, torturar y desaparecer a los portadores de determinadas obras. No olvidaré una triste experiencia de estudiante cuando trataba de disimular—ante una patrulla del ejército-- en mi mochila un valioso ejemplar de Neruda, ya que seguramente de ser descubierto lo perdería o bien mi viaje hubiese sufrido una larga serie de contratiempos.

En Chile, pocos días después del golpe militar allanaron la editorial Quimantú, que editaba libros a bajo precio para los estudiantes y obreros. La televisión chilena mostró al público cómo los soldados destruían mediante las guillotinas la edición entera de las Obras Completas de Ernesto Che Guevara en 4 tomos y miles de títulos no exclusivamente marxistas.

La intolerancia y el descontento de un grupo de militares peruanos con la novela “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa se canalizó mediante la confiscación y la quema de cientos de ejemplares en Lima.

La historia está llena de ejemplos que privilegian el egoísmo personal, la ceguera fanática a la memoria colectiva, a la cultura. Es que el otro, lo diferente, no siempre ha sido fácil de aceptar, de convivir con él. Una de las operaciones más corrientes ha sido la eliminación o el sojuzgamiento del distinto; pero al parecer esa acción no basta, hay que borrar todo rastro de ideas, de sentimientos, de costumbres y entonces no se vacila en destruir también los libros.

martes, abril 11, 2006

DESTRUCCIONES


Una biblioteca es un artefacto cultural, un bien simbólico, un lugar de acumulación y de fundación. Acumulación porque más allá de la cantidad de material, lo acumulado actúa como un verdadero tesauro en el imaginario de la gente que le da a ese acumulado la categoría de saber. Un saber que se hace prestigioso y deseado por las operaciones que lleva adelante el poder o la ideología dominante, y a su vez este poder es legitimado por ese saber.

Qué entra y qué no en una biblioteca ha sido asunto de Estado, porque desde ese reservorio se fundaban ciertas genealogías. Una biblioteca es esencialmente tradición, lo que se ve y lo que se oculta, también lo que se construye.

Es tan fuerte la carga simbólica y los lazos que unen el “saber” de un pueblo, es decir su tradición, con su pretendida identidad, que no ha sido accidental que en las largas luchas de los pueblos por la hegemonía de unos sobre otros a la masacre haya seguido la destrucción de su tradición, representada por la biblioteca.

Entre la multitud de acontecimientos del pasado que han dejado una línea indeleble en el devenir, hay uno que rescato porque hizo a la humanidad menos sabia. ¿Seríamos los mismos si la famosa biblioteca de Alejandría no hubiese sido destruida? ¿Qué tesoros, qué sabiduría acumulada durante miles de años por civilizaciones muy adelantadas en lo científico, en las humanidades se perdieron allí y condicionaron el posterior desarrollo histórico? Nunca lo sabremos con certeza, como tampoco sabremos quién la destruyó, aunque actualmente se piensa que fue una serie de hechos a lo largo del tiempo, primero los romanos, luego fanáticos cristianos y por último los árabes se encargaron de terminar con uno de los patrimonios humanísticos más importantes de todos los tiempos.

Hay una noche aciaga para Latinoamérica y un año funesto entre tantos: 1562. Hay un hombre que se cree poderoso pero es apenas un títere animado por una larga cadena de brazos que cruzan el mar. Un pequeño hombre dominado por el fanatismo. Fray Diego de Landa. Esa noche, ese año y ese hombre son un vértice de fuego. Y en el fuego arden uno tras otro formando tirabuzones de ceniza, los libros de los mayas. Ocho siglos convertidos en llamas. La cosmovisión de un pueblo hecha de literatura, ciencias, cosmogonías, historias desaparece a medida que los largos pliegos de cortezas inscriptos con signos y dibujos se retuercen, en su última resistencia, y son aire caliente hacia la nada. Después de esa noche los mayas estaban más derrotados, el futuro, en parte también.

Pero esos mismos gestos que reflejan el egoísmo que tienen los hombres con otros hombres se repiten en nuestra contemporaneidad. También hay otra fecha ruinosa, el 26 de agosto de 1992 la Biblioteca de Sarajevo, verdadero acervo de la cultura bosnia, fue bombardeada e incendiada por los serbios que no ignoraban su valor. Ni qué hablar de la barbarie cometida por los estadounidenses al bombardear y saquear la biblioteca de Bagdad.

Gestos que nos dejan más pobres, más solos, más inermes como humanos.

martes, abril 04, 2006

BIBLIOTECAS

Muchas veces me he preguntado quién fue el primer hombre en poseer una biblioteca en el sentido actual, es decir un ordenamiento de libros con un criterio y destinado a una finalidad. Es un dato velado e irrecuperable de la historia.

¿Qué es una biblioteca? Y más allá de los libros, de los estantes, de los lugares, una biblioteca es un artefacto cultural, un bien simbólico que reúne las preferencias, los saberes y los rechazos u omisiones de quien la posee. Una biblioteca es una placa de rayos x que revela nuestra formación, de dónde venimos, qué somos y hacia qué tendemos como lectores. Si bien es cierto que toda colección hay ausencias notorias y que echamos de menos ya sea porque son ejemplares inhallables o por su precio astronáutico, estos casos no son los más numerosos.

Aunque claro, hay excepciones como las de mi amigo Miky, gran lector, socio de varias bibliotecas, que en su departamento apenas uno podía encontrar dos o tres ejemplares desperdigados. “No tengo biblioteca porque los libros necesarios para formarla no los puedo conseguir y los otros valen demasiado”, argumentaba y los compañeros de estudio, mucho no le creíamos.

Pero dejemos la anécdota para retomar la idea que una biblioteca es una radiografía de su dueño. Entre las preferencias de este amanuense están los/as escritores/as argentinos/as, ocupan tres estantes completos y van desde Álvaro Abós hasta Beatriz Vignoli; hay mucho Blaisten, Borges, Conti, Di Benedetto, Fogwill, Moyano Orgambide, Puig, Rivera, Tizón.
Los latinoamericanos ocupan el segundo lugar en volumen y predilección, van desde Asturias hasta el colombiano Fernando Vallejos. Aquí las ausencias son más notorias, faltan muchos mexicanos, colombianos, chilenos, nada de los bolivianos, salvadoreños. Predominan Monterroso, Vargas Llosa (el de la primera época), Donoso.

Los grandes ausentes en cuanto a cantidad de libros y autores en esta biblioteca son los narradores de lengua inglesa. Por desconocimiento, a veces por el precio de los ejemplares, a veces por las traducciones españolas, son los que tienen poca presencia en los anaqueles. Ni hablar de literaturas que prácticamente ignoramos por estos lares, como la que se produce, excepto Sudáfrica, en el continente africano. También la nueva literatura árabe o la asiática o la eslava son decididamente desconocidas por el mercado editorial y por los potenciales lectores.

Otro aspecto que delata a los lectores es el sitio destinado a la biblioteca. Salvo que vivamos en un monoambiente o algo parecido, el lugar de la biblioteca es un sitio oculto para los visitantes. No al extremo de mi amiga Celia que en su pensión de estudiante tenía una más que poblada biblioteca oculta debajo de la cama. Lo que provocaba las más variadas contorsiones de su cuerpo cuando, con cualquier excusa, sus compañeros la visitábamos para pedirle un libro.

Hay que desconfiar de aquellos estantes con libros demasiado expuestos al público, más si son enciclopedias o están encuadernados; seguramente pocas veces han sido abiertos y cumplen una función decorativa en el hogar del mismo modo que el tarro del lechero que ahora ha sido patinado.

El lugar de la biblioteca es el lugar de la intimidad.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...