martes, julio 25, 2006

CONGRESOS ACADÉMICOS II

En la columna anterior estábamos en pleno congreso académico, ¿recuerda?, usted me acompaña y tenemos una ponencia que leeremos cuando nos toque el turno.

Hablando de turnos, viene un señor mayor, lee bien, pausado; pero después de quince minutos advierto su desesperación acompañada de dos o tres cabeceos: el señor mayor va por la cita número cien. Compréndalo las citas dan autoridad a lo dicho, es más serio, más científico, realzan el valor del trabajo, por favor, ni lo dude. Además el “collage” es una técnica noble y pedagógica, no me lo puede negar ¿Que perdió el hilo argumentativo y ya que no sabe qué es lo dicho por el académico y qué por la pléyade de citados? Bueno, también usted, con esas pretensiones; esto más que hilo es una madeja y más que madeja una maraña. No importa, no importa usted haga como que entiende y anote dos o tres frases en la carpetita.

Sí, se está olvidando de algo esencial y se le nota que es novato o novata en esto de los congresos. ¿Para qué cree que los organizadores gastan ingentes esfuerzos en el diseño y la confección de la carpetita que se entrega a los asistentes? Generalmente viene acompañada de una lapicera que rara vez anda, pero con un poco de perseverancia puede que funcione. Usted debe escribir algo, alguna frase para que después pregunte por su sentido y así dar muestras de su atención.

Ni se le ocurra ponerse a rayar las hojas, hacer flechitas, anotar números y otros garabatos, si lo advierte otro asistente lo censurará con flamígera mirada. Tampoco en plena ponencia se le ocurra mirar los folletos de casas de comidas, hoteles que vienen con la dichosa carpetita. Veo que me mira, ya sé, se preguntará qué tienen que ver los hoteles cinco y cuatro estrellas con los desnutridos bolsillos académicos; nada, pero qué quiere es poco académico hacerle publicidad a la pensión “Duermen tres pagan dos” en la que nos encontramos varios de los asistentes.

Terminó, terminó el señor mayor. Presentan al que sigue, es un joven académico de monótono peinado, de monótona vestimenta, de monótona voz y de monótona lectura. Eso sí, ha logrado cual émulo del gran Houdini depositar a los presentes en los umbrales del palacio de Morfeo. Estamos más que hipnotizados, adormilados. Usted da varias cabezadas, me mira desde su nueva fisonomía oriental no ya para decirme que no entendió nada, sino para preguntarme cuándo acaba. ¡Paciencia, ánimo! Queda poco. Reacciona, me tranquilizo, por un momento creí que se dormiría.

Veo que se está preguntando por qué todos leen y nadie expone su trabajo. Por favor, me parece que el sueño le quita lucidez. Esto es académico, serio. Cada palabra de un trabajo ocupa ese lugar y no otro. Equivocar un término supone aflojar un ladrillo en el férreo edificio argumentativo que es cada ponencia.

Terminó, terminó. Lo sabemos porque los más resistentes con sus aplausos despertaron al resto. Ahora nos toca a nosotros, por fin. ¡Oiga!, no me diga que...justo ahora...nos toca, no me haga esto..., despierte, por favor.

domingo, julio 16, 2006

CONGRESOS ACADÉMICOS

Cuando uno va a un estadio de fútbol y observa el comportamiento de la gente en las tribunas puede hacer una radiografía del público asistente y caracterizar los distintos tipos de hinchas.
El procedimiento es análogo para cualquier práctica social que involucre a un grupo de personas con intereses semejantes; por ejemplo, los congresos académicos de alguna especificidad del saber como congresos de literatura, historia, economía, ingeniería en petróleo, arquitectura, etc.
Ahora sí, después de esta larga introducción, lo invito lector, lectora a participar conmigo de un congreso académico. Venga, pase.

Lo primero que hacemos es acreditarnos; le aviso, llevamos un pequeño trabajo que nos da la categoría de “expositores”, ingresar en este estamento supone que nos cuelguen una tarjetita que les informa a los asistentes para qué venimos al congreso, y eso provocará una mirada diferente entre colegas.

Después viene la recepción—antes hay que escuchar alguna conferencia por parte de una personalidad destacada—allí comemos algo livianito, saludamos a conocidos de otros congresos y si somos nuevos en el ambiente, nos quedamos a un costado y atacamos los canapés mientras soportamos las miradas interrogativas de la concurrencia.

Los/as conferenciantes o personajes ilustres se distinguen de los comunes expositores porque siempre van rodeados de un pequeño cortejo, generalmente los organizadores, que no los/as dejan ni a sol ni a sombra.

Como en cualquier congreso del saber hay jerarquías, uno de los criterios, sépalo, es el de la vestimenta. Muchas veces el prestigio de los participantes suele medirse en el caso de los hombres (y si es invierno) por el largo de los sobretodos, mientras más larga e imponente sea la prenda mayor es el currículo, debe acompañarse con un traje a tono con la gravedad del académico.

En el caso de las mujeres la reputación se mide por la solidez del tapado que deja ver un vestido o tailleur de buena confección combinado con un discreto y persistente perfume importado y alguna alhaja señorial.

Bueno, venga, nos toca exponer en una de las cuatro comisiones. Entramos y veo su cara de sorpresa e interrogación, imagino que se está preguntando dónde está el público ya que todos llevamos los redundantes señaleros de papel; si usted se concentra verá que agazapados en ambos rincones, allá en el fondo del salón hay dos estudiantes que pretenden tomar apuntes. El resto son colegas que nos apoyan y que luego deberemos apoyar cuando a ellos les toque el turno.

Luego de las presentaciones, empezamos. Lee su ponencia una joven académica, y otra vez usted me mira con ojos desesperados. Ya sé, se preguntará si es un congreso de lectura veloz. No, pero usted sabe, los nervios, a veces el baño es una urgencia que se presenta en el momento de la lectura, es posible que la dama tenga cistitis, no hay que descartarlo, suele suceder. Termina ¿No entendió nada, me dice?, no se preocupe, con esa avalancha de palabras quién puede, pero haga como que sí.

Veo su ansiedad, paciencia que faltan dos participantes más y en la próxima columna leemos nosotros.

martes, julio 11, 2006

BOHEMIOS ARTÍSTICOS.

París en el 1900
“¡Bohemio yo! ¡Pues no faltaba más! Los bohemios no existen ya sino en las cárceles o en los hospitales [...] En nuestra época, los literatos deben llevar guantes blancos y botas de charol porque el arte es una aristocracia”. Ésa fue la reacción airada de Rubén Darío cuando un amigo suyo en París lo llamó bohemio. Que a Rubén le haya gustado la juerga, los cafés, el alcohol, la noche, los prostíbulos y una vida un tanto desordenada no implica que haya sido un auténtico bohemio.

En su primer viaje a París el poeta sufre el desencanto de la vida bohemia por considerarla ya corrupta por el dinero u otros intereses y quienes quedan militando en sus filas son en el fondo artistas de poco relieve o verdaderos granujas. “Hay que huir de la bohemia, Max”, es la frase que el personaje de nombre Darío le aconseja a Max Estrella (Alejandro Sawa) en “Luces de bohemia”. Hay que huir porque la vida bohemia no es la mejor compañía para hacer arte, y es el arte el verdadero fin del artista.

Años después, en el prólogo a la obra de Alejandro Sawa, Darío nuevamente toma distancia de la bohemia y le reprocha a su amigo que “...Se olvidó, por mirar fijamente lo infinito, de que era un señor de carne y hueso, de que tenía mujer e hija, de que era preciso hacer dinero...para comer, beber y fumar bien, con todo lo cual es indudable que se puede contemplar mejor, y sin ningún peligro, lo infinito...”

Compañero de correrías de Rubén por Guatemala, por París, por Madrid, habitante de las capitales del mundo, Enrique Gómez Carrillo es uno de los grandes cronistas de la Europa finisecular. Se ganó la vida en las redacciones o corresponsalías de innumerables periódicos de América y España. Fue esencialmente un cronista, quizás el que llevó el género a alturas inigualadas, con una vida de leyenda.

Tenía una capacidad de trabajo sorprendente, mirando la voluminosidad de su obra uno se pregunta cómo tuvo tiempo para escribir tanto si jamás faltó a la cita del café, si recorría diferentes lugares de las ciudades para sus crónicas, si se entregaba a los placeres del alcohol y de los amigos en noches interminables, si sus aventuras amorosas (una de ellas, la célebre bailarina y espía Mata Hari) eran casi diarias, si practicaba ejercicios físicos en forma cotidiana, entre ellos la esgrima, si...

Gran parte de lo que pasaba en París o Madrid en la última década del diecinueve y las primeras del veinte está en las crónicas de Gómez Carrillo. Él es un testigo privilegiado del fin de la bohemia, y aunque participó de ese ambiente, siempre tuvo muy en claro sus ambiciones artísticas y mundanas. Su bohemia, si puede llamársele así, era artística. Todos los jóvenes que hacían si viaje de iniciación artística a París, iban al café Cyrano, allí los recibía y orientaba Gómez Carrillo.

Amigo de las grandes figuras literarias francesas o españolas, este “cronista errante”, como muchos lo llamaban, dejó testimonios invalorables de la vida cotidiana y de los personajes de ese tiempo.

miércoles, julio 05, 2006

LA BOHEMIA MADRILEÑA

Y Alejandro Sawa, el rey de la bohemia, aquél que según Rubén Darío “prefirió muchas veces la miseria a macular su pureza estética”, nos da la mano para adentrarnos en la bohemia de la capital española que Aznar Soler caracteriza sin medias tintas como un fenómeno tardío e importado directamente del Barrio Latino parisiense”.

Varios son los personajes destacados de esa época, muchos llegados desde el resto de España deslumbrados por las transformaciones y la ilusión de triunfar en Madrid. Pronto viene el desencanto, las condiciones de legitimación (publicación, circuitos de venta, reseñas periodísticas, etc.) de una obra diferente del gusto burgués son inaccesibles y la mayoría de sus integrantes termina en esbozos y proyectos que refulgen y mueren en el ambiente ahumado y en medio de polémicas y tragos en una mesa de café.

Curiosamente los bohemios se adueñaron de un territorio que el sistema de vida burgués había concebido como suyo: el centro de Madrid. En ese espacio cambiante fruto de la modernización se mueven, caminan, se reúnen en diferentes tertulias por ejemplo en el “Café de Levante”, muy cerca de la Puerta del Sol o el “Café del Correo” en la calle Alcalá. Después, a la hora de la intimidad van rumbo a sus moradas en sitios lóbregos y miserables, en barrios levantados con mucho afán y poco dinero; y eso es lo que tienen: mucho afán, pero también mucha hambre y poco dinero.

Los bohemios de talento trabajan en periódicos o colaboran en ellos, gran parte se malogra artísticamente debido a una vida desordenada, que invitaba a la pereza y a vivir el día. Por eso la mayoría de los bohemios madrileños no dejó una obra perdurable, apenas textos que la crítica reciente ha rescatado del olvido. Algunos militan en el anarquismo o el socialismo, pero el grueso de sus integrantes viven ajenos a la problemática política, sumergidos en su paraíso artístico.

Entre los personajes de aquel Madrid de fin de siglo, además de Sawa, podían verse deambular al poeta Pedro Barrantes que elogiaba en sus versos al puñal y la dinamita, a Ernesto Bark y su fe en el poder de la literatura y el arte como instrumentos de cambio social, al francés Henry Cornuty dilapidando la cuantiosa fortuna de su padre, al joven Baroja (que luego renegaría de la bohemia) y al joven Valle Inclán, incansable trajinador de cafés y autor de una frase-estandarte de la bohemia: ¡Viva la bagatela!

Pero la bohemia que se define por un culto al Arte como ideal de vida, tiene los días contados; da paso “...a una bohemia golfante, prostituida, acomodaticia, entre el cinismo, el parasitismo y la incapacidad imaginativa, a unas circunstancias históricas y sociales adversas”, así la califica Aznar Soler.

Estas dos maneras de vivir están representadas en “Luces de bohemia” por Max Estrella (el bohemio heroico) y Latino de Hispalis (el falso bohemio o golfo). Por esta obra desfilan una multitud de personajes, la mayoría históricos de la bohemia literaria de ese Madrid que Valle Inclán, al momento de escribir la obra (1920), siente irremisiblemente perdido.

lunes, julio 03, 2006

CHOREO SÍ, PERO NO EXAGEREMOS...

Sé que internet es un lugar donde disponemos de innumerables fuentes y que se presta para apropiarse de contenidos, fotos, etc. Pero tampoco es la pavada, aquí encontré esta página que directamente reproduce una columna de este sitio sin decir ni ay. La diferencia de fechas supongo que se debe a algún truco de edición.

sábado, julio 01, 2006

FIN DE FIESTA


El bar del “Gallego” Vicente estaba repleto y en la mesa el “Chino” Zapata y el “Gallego” discutían sobre la última bola que entró de casualidad en su eterno partido de pool. El “Pibe” García apoyaba en su oreja derecha los sonidos de la spika que llegaban de Alemania, mientras se pasaba una mano por los zapatos relucientes. El “Narigón” Rojas daba vueltas frenéticamente el vermouth. El “Lechuzo” Díaz, que ahora lucía una vincha celeste y blanca a la que le había adosado una banderita, jugaba con los carozos de de aceituna.

En otra mesa, el “Petiso” Lisandro repetía su solitario. Había tensión en el ambiente. Me senté y apareció el “Bayo” Rodríguez, el mozo, con las empanadas y mi vermouth. Apenas me vio, se rió y esperé la frase. “Cotejo difícil, la maquinaria teutónica puede ser derrotada con el temple y la audacia criolla”, me dijo y se fue a atender otras mesas.

El partido tiene tan poca emoción que nos pone nerviosos, el “Lechuzo” clama por Aimar y Messi, el “Narigón” se preocupa por el rendimiento de Riquelme, el “Pibe” elogia a Ayala, el “Gallego” se concentra en la mezcla de fernet y vermouth, y el “Chino” discute y defiende a Crespo.

Nervios y más nervios hasta que llega el gol argentino y el bar estalla y estallan también nuestros vasos en el suelo porque en el festejo, el “Pibe” García enganchó con una de sus piernas la mesa y la dio vuelta, allá fueron las empanadas, las salchichitas, la bebida, las papas y los maníes.

La euforia fue tan breve como la luz de estos días de invierno. Se lesionó el arquero y después vino el empate. El “Lechuzo” insulta al técnico por no poner a Messi y en el alargue todos vemos que los alemanes están para el golpe final, pero no, no se lo damos.

Los penales me dan sed, me sirvo dos o tres veces del tinto que reemplazó al aperitivo. El “Chino” se para y decreta que ya perdimos, el “Pibe” se arrodilla y se esconde debajo de la mesa, “prefiero escucharlos, si los veo me puedo infartar, viejo”. El “Narigón” invoca el espíritu del “Goyco” para que se apodere de Franco, pero nada de eso sucede; sí el llanto de Cambiasso y las lágrimas que se contagian de mesa en mesa en el bar.

El “Pibe” asoma de su refugio con la spika muda y hecha trizas; el “Lechuzo” se saca la vincha y la banderita, y lentamente salimos todos. Camino y se palpa la concretidad del silencio. Las calles son de tristeza; “pucha”, digo, nos habíamos ilusionado tanto... ¡Qué cosa rara este juego! En un país atravesado históricamente por las dicotomías es el único puente que nos permite juntarnos a todos tras una misma pasión, una misma esperanza. La piedra de la ilusión ha rodado montaña abajo, como Sísifos volveremos a empujarla cuesta arriba, hacia lo más alto dentro de cuatro años; aunque sería fantástico que el esfuerzo, la ilusión y la esperanza prescindiera de un mundial de fútbol.




HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...